El otoño que no grabamos 30
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La cámara lleva quince días en la ventana del cuarto de Vera.

No la puse yo. La puso Marta Oyelaran el cinco de noviembre, que es la fecha que yo misma escribí en la página tres de un documento que entregué el veintiséis de octubre pensando que iba a leerlo otra persona, y que resulta que lo leyó otra persona y lo hizo.

Cuando volví, el doce, ya estaba montada. Bien montada, además: el trípode pequeño encima de la mesa, el objetivo corto, el enfoque manual bloqueado con cinta para que nadie lo mueva y una nota pegada al alféizar con la letra de Marta que dice NO TOCAR — pregunta a V.

Un fotograma cada quince minutos, de día y de noche.

En quince días son mil cuatrocientos cuarenta fotogramas.

La tarjeta es una de doscientos cincuenta y seis gigas que compró él por sesenta y un dólares, aparte, que no está en la cajita de las once porque no es de trabajo.

Y hay un ritual, que lo montó Marta y que yo he heredado.

Cada tres días, a las seis de la tarde, se sube al cuarto de Vera, se saca la tarjeta, se mete en el portátil, se vuelcan los fotogramas a las dos copias, se verifica, se formatea y se vuelve a meter.

Once minutos. Lo he hecho cinco veces desde el doce y las cinco lo ha hecho ella conmigo, de pie a mi izquierda, mirando.

—¿Por qué hay que sacarla si no está llena? —dijo la primera vez.

—Porque si esperas a que esté llena, un día está llena.

—Eso no tiene sentido.

—Ya lo tendrá.

Yo hice la cuenta el doce de noviembre. La hice bien, además: a este ritmo y con esta calidad, la tarjeta se llena entre el veinte y el veintiuno.

Y lo apunté en el calendario del móvil.

Viernes 20, 18:00 — cambiar tarjeta ventana V.

A las seis de la tarde. Porque a las seis de la tarde estaría yo allí, como todos los días desde el doce de noviembre.

◆

La helada entra a las tres y diez de la madrugada del viernes.

Yo estoy en Somerville. Me he quedado a dormir en mi casa porque el jueves por la noche estaba aquí, y porque el viernes a las nueve tenía que devolver un objetivo alquilado en una tienda de Cambridge que cierra a las doce y no abre los sábados.

Daniel salió de mi casa a las seis y veinte de la mañana del jueves y se fue a Beverly, y el jueves por la noche durmió en Marbury.

Vera durmió en casa de su abuela, que es lo que hace los jueves desde octubre.

En la casa de Alewife Lane no había nadie el jueves por la noche.

Bueno: había un hombre durmiendo, y una cámara en una ventana del piso de arriba haciendo una foto cada quince minutos.

◆

La tarjeta se llenó a las tres y treinta y siete.

Eso lo sé porque el último archivo se llama span class="ar"DSC_1207.NEF/span y tiene esa hora en los metadatos, y porque el fotograma mil doscientos ocho no existe.

Mil doscientos siete fotogramas, no mil cuatrocientos cuarenta, porque en la última semana subí la calidad sin volver a hacer la cuenta.

Eso no lo pienso ahora. Eso lo pienso el domingo.

A las tres y treinta y siete de la madrugada del viernes veinte de noviembre, en la ventana del cuarto de una niña de doce años, una cámara hizo la última foto de un ginkgo de doce metros con todas las hojas puestas y se paró.

Treinta y tres minutos después entró la helada.

◆

Yo llego a Marbury a las dos y diez de la tarde.

Llego contenta, además, y eso es lo que hay que decir aquí y no otra cosa.

Llego con un objetivo devuelto, con un café de la gasolinera de la 127 en el posavasos y con una idea bastante buena para el corte del minuto once, y llego pensando que a las seis cambio la tarjeta y que el fin de semana toca lo de la helada, que es la línea diecinueve.

Aparco. Bajo. Cojo la bolsa del asiento de atrás.

Y en el segundo en que me enderezo, lo veo por encima del tejado del garaje.

◆

El ginkgo está desnudo.

Doce metros de árbol con las ramas al aire, negras contra el cielo, con la forma exacta que tiene un ginkgo debajo, que no la había visto nunca porque llevaba once años tapada.

Y debajo hay un círculo amarillo de seis metros de diámetro.

No es una alfombra de hojas. Es otra cosa. Es una capa de veinte centímetros de espesor, densa, perfectamente redonda, del color de la yema, en la que no se ve la hierba por ninguna parte y sobre la que no ha pisado nadie todavía.

Está todo abajo. Todas las hojas de un árbol de doce metros están abajo, en el suelo, en un círculo, en el jardín de una casa vacía, a las dos y once minutos de la tarde de un viernes.

Yo me quedo de pie en el camino de entrada con la bolsa del equipo en la mano.

Y hago lo único que sabe hacer mi cuerpo, que es sacar la cámara.

Y la saco, y la enciendo, y la levanto, y a la mitad de levantarla la vuelvo a bajar, porque no hay nada que grabar.

Esto no es la línea veintidós. La línea veintidós era el día.

La línea veintidós era un árbol soltándolo todo en cuatro horas y esto es el después, y el después lo puede grabar cualquiera con un móvil, y el después no era lo que pedía nadie.

Subo al garaje y saco la tarjeta de la cámara de la ventana antes de subirla a la ventana.

Mil doscientos siete.

Los paso a toda velocidad en la pantalla grande: quince días de un árbol verde, con la luz subiendo y bajando cada veinticuatro imágenes, con dos días de lluvia en los que se pone todo gris, con una noche en la que se ve el reflejo de la lámpara de una niña que se ha quedado leyendo hasta muy tarde.

Con las hojas quietas y quietas y quietas.

Lo vuelvo a pasar más despacio.

En el fotograma cuatrocientos y pico hay una ardilla. En el ochocientos y algo se ve entrar a alguien en el jardín, que es él, un domingo, a recoger las bolas del suelo con un rastrillo, y son cuatro fotogramas y sale movido en los cuatro.

Y luego nada, y nada, y nada.

Fotograma mil doscientos siete: tres y treinta y siete de la madrugada, negro, con un poco de luz de una farola en la esquina de arriba a la izquierda, y las hojas puestas.

Y luego se acaba.

Mil doscientos siete fotogramas de un árbol sin caerse.

Hago las dos copias igualmente. Las verifico igualmente. Y les pongo la etiqueta igualmente, con la fecha y la hora del último archivo, porque eso es lo que se hace y porque hoy no se me ocurre nada mejor que hacer con las manos.

◆

Daniel llega a las seis y cuarto.

Lo veo desde la ventana del garaje: aparca, baja, y hace exactamente lo mismo que he hecho yo cuatro horas antes, que es enderezarse y quedarse quieto.

Está de pie en el camino de entrada seis minutos.

Cuando bajo, sigue ahí.

—No estaba —dice.

—No.

—Me fui a las siete menos veinte y estaba entero.

—Sí.

—Y ha sido esta mañana.

—Entre las ocho y las doce, calculo yo. Con menos cuatro grados a las cuatro de la madrugada, la hoja aguanta unas horas y luego suelta de golpe.

—Ya.

—Yo tenía la cámara puesta —digo.

—Ya lo sé, la he visto todos los días.

—La tarjeta se llenó a las tres y treinta y siete.

Daniel se vuelve.

—¿Se llenó?

—Se llenó. La iba a cambiar hoy a las seis. Lo tenía en el calendario desde el cinco.

Él se queda mirándome.

Y aquí es donde este hombre podría decir cuatro o cinco cosas que serían un desastre, y donde la mayoría de la gente diría dos de las cinco, y donde hasta yo diría una.

—Ya —dice.

Y nada más.

◆

Vera llega a las seis y media, andando desde la parada.

Viene por el camino con la mochila y con los cascos puestos, y a los diez metros levanta la vista y se para en seco, y se quita un casco.

—Ah —dice.

Nos quedamos los tres en el camino de entrada mirando un árbol.

—¿Hoy? —dice.

—Hoy.

—¿Y no lo ha grabado nadie?

—No.

—¿Y la cámara de mi ventana?

—Se llenó la tarjeta a las tres y media de la madrugada.

Vera se descuelga la mochila y la deja en el suelo del camino, que es una cosa que no hace nunca.

Y entonces dice:

—Da igual.

Y lo peor de todo es que yo, que llevo dos meses avisando de esto en seis páginas grapadas, abro la boca para explicarle por qué no da igual.

—Vera, es la veintidós.

—Ya lo sé cuál es.

—Es la única que no se puede repetir. El año que viene vuelve a caer, pero el año que viene no es este.

—Ya lo sé.

—Y tu madre lo puso el último.

—Ya lo sé, Sara. —Se sube la cremallera—. Da igual.

Y lo dice sin ninguna carga, sin resignación y sin enfado, mirando el círculo amarillo del jardín.

Y yo entiendo, con una lentitud que me da vergüenza, que esta niña no lo está diciendo para consolar a nadie.

Lo está diciendo porque le da igual.

◆

Y luego pasa lo otro.

Vera cruza el jardín, se planta en el borde del círculo, saca el móvil del bolsillo del abrigo y se pone a grabar.

No graba el árbol. Graba el suelo.

Y no lo graba de pie: se agacha, se pone en cuclillas, apoya los dos codos en las rodillas para que no tiemble —que eso se lo enseñé yo el sábado pasado en el comedor con un vaso de agua encima de la mesa— y hace un plano fijo del suelo amarillo, a treinta centímetros, durante mucho tiempo.

Cuento. Cincuenta y un segundos. Un plano fijo de cincuenta y un segundos de una capa de hojas, hecho por una niña de doce años que hace cuatro días no aguantaba veinte.

Luego se levanta, da ocho pasos, y hace otro igual desde otro sitio.

Luego mete el pie despacio en la capa, hasta el tobillo, y graba el pie entrando. Y lo repite, porque el primero no le ha salido, y en el segundo se ve el amarillo cerrándose por encima de la zapatilla.

Luego se pone en el centro del círculo, levanta el móvil hacia arriba y graba las ramas vacías durante un minuto largo, girando muy despacio sobre sí misma. Demasiado despacio. Se le va a mover y va a marear y no va a valer, y no se lo digo.

Y luego vuelve al borde, se agacha otra vez, coge una hoja sola, la pone en la palma de la mano izquierda y graba la mano quieta con la hoja encima durante veintidós segundos.

Su padre y yo estamos a quince metros, en el camino de entrada, sin decir nada.

—¿Eso qué es? —dice él, muy bajo.

—Eso es lo que hay que hacer.

—¿Está grabando el suelo?

—Está grabando el suelo, sí.

—Yo pensaba que lo importante era el árbol.

—Y yo.

Yo llevo trece años haciendo esto y he grabado ciento noventa y seis familias, y sé perfectamente lo que estoy viendo.

Lo que estoy viendo es que a esa niña la línea veintidós no le hace ninguna falta.

Su madre escribió el ginkgo, todo en un día, que no se lo pierda , y llevaba dos años teniendo razón, y hoy ha dejado de tenerla, porque escribió esa línea pensando en una niña de diez años a la que había que enseñarle una cosa bonita antes de que se acabara.

Y la niña tiene doce años y once meses y no necesita que le enseñen nada.

Ella no quería el árbol cayendo.

Ella quería el jardín después.

Vuelve a los quince minutos, con el móvil en el bolsillo y las zapatillas amarillas hasta el tobillo.

—¿Cuánto has grabado? —digo.

—No sé. Seis cosas.

—¿Las has nombrado?

—Todavía no.

—Nómbralas hoy.

—Ya lo sé, Sara.

Y coge la mochila del suelo del camino y entra en su casa.

Eso no lo he grabado yo.