El otoño que no grabamos 29 #2
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29 #2

—Tiene todo el sentido y usted lo sabe. Si aquello no valiera nada para mí, lo firmo en junio y me voy a comer.

Y si no lo quisiera tirar, lo firmo en junio y me da igual quién se enfade.

—Se pasa la mano por la boca—. Lo que no se puede firmar es un papel que dice que una cosa hay que tirarla cuando tú quieres tirarla.

◆

Y yo me quedo con eso y no me gusta nada lo que me pasa, que es que lo primero que pienso no es en él.

Lo primero que pienso es: hay que grabarlo antes.

Hay que meterse ahí con dos cámaras y hacer el interior entero, la cala de varada, los raíles, el hormigón escrito y raspado por sesenta años de gente, las once cerchas, el portón descolgado.

Y hay que buscar a alguien de ochenta años que trabajara allí.

Y hay que preguntarle a Margaret Kovac si tiene fotos del cincuenta y ocho.

Eso es lo que pienso en los primeros cuatro segundos.

Y en el quinto me doy cuenta de la otra cosa.

—Yo llevo tres meses diciéndole que usted es el que guarda y yo la que corta —digo.

—Sí.

—Y es al revés.

—No es al revés.

—Es al revés. Usted tiene doscientas ochenta y una fotos de su mujer que no puede clasificar, y va a firmar un papel para que tiren un edificio de mil novecientos treinta y uno donde trabajó su abuelo.

—Su abuelo —dice Daniel—. El abuelo de mi mujer.

Y ahí está.

Ahí está entera la diferencia que yo llevo tres meses sin ver, y no es de carácter, y no es de oficio.

Él guarda lo que es suyo.

Yo guardo lo de los demás.

◆

—Te voy a preguntar una cosa y te puedes negar —digo, a los postres, que son dos yogures porque no había otra cosa.

—A ver.

—¿Cómo era?

—¿Quién?

—Elena.

Daniel deja la cuchara.

—Llevo tres meses viendo ciento sesenta y cinco minutos suyos —digo—. Sé cómo coloca un trípode, sé cómo pela un melocotón y sé lo que piensa del seguro de la casa. Y no tengo ni idea de cómo era.

—Es que eso es dificilísimo.

—Ya lo sé que es dificilísimo. Por eso te puedes negar.

Y se lo piensa un rato bastante largo, con el yogur a medias, y lo que sale es lo que sale cuando le preguntas eso a alguien, que es una lista de cosas pequeñas y ninguna sirve.

—Era muy rápida —dice—. Muy rápida de hablar y muy lenta de decidir. Podía tardar tres semanas en comprar una lámpara.

—Vale.

—Y no pedía perdón. En dieciocho años me pidió perdón cuatro veces y las cuatro por cosas graves. Por lo demás no. Se ponía a hacer otra cosa y a los dos días estaba arreglado y ninguno de los dos sabía cómo.

—Eso también lo hace su madre.

—Eso lo hacen las dos y no se lo digas nunca a ninguna.

Y luego se para.

—Y era mala —dice.

—¿Mala?

—Mala como se es malo. Se reía de la gente. Se reía muchísimo de la gente y se reía muy bien, y en las cenas había que pararla, y a mí me daba mucha vergüenza y me hacía mucha gracia.

—Eso sí lo he visto.

—¿Dónde?

—En el verano. Hay una parte en la que se ríe de una vecina y se le nota que está midiendo cuánto puede decir con la niña delante.

Daniel se queda quieto.

—¿Eso se ve?

—Se ve perfectamente. Está en el minuto veintidós y no lo he montado porque no cabía.

—Enséñamelo.

—Está en el disco de descartes.

—Enséñamelo alguna vez.

—Te lo enseño en enero —digo—. Es una cosa de ocho segundos y es de las mejores que hay.

Y él asiente, y coge el yogur otra vez, y se lo come, y no vuelve a eso en toda la noche.

◆

Tiene las manos como las tiene la gente que sujeta cosas que pesan: anchas, con dos dedos que no cierran del todo, con una cicatriz blanca en el nudillo del anular derecho de una cosa que pasó en 2011.

Yo tengo las mías estropeadas del frío de los cobertizos y de once años de tarjetas, y las uñas cortas porque las uñas largas rayan los objetivos, y una marca en la yema del índice izquierdo de apretar el mismo botón desde 2013.

Nos las miramos las dos veces que hay que mirárselas.

Es lento y no es solemne, que es lo único que yo pedía sin habérselo pedido a nadie. Hay una parte en la que nos reímos porque la cama de este piso hace un ruido concreto que llevo cuatro años oyendo sola. Hay otra en la que él se para y me pregunta una cosa en voz baja y yo le digo que sí.

No es la casa de nadie muerto. Es mi cocina, mi pasillo, mis ochenta y un discos y mi cama que hace ruido.

Eso también lo elegí yo.

◆

A las dos de la mañana estamos despiertos los dos y hablamos de lo práctico, que es donde acaban todas las conversaciones de esta casa.

—El seis de diciembre —dice.

—El seis de diciembre entrego y ya está.

—¿Y luego?

—Luego yo tengo un piso aquí y tú tienes una casa allí, y hay cincuenta y dos minutos en medio.

—Cincuenta y dos.

—Ochenta y uno a las cuatro y veinte de un lunes.

—Eso lo sabes muy bien.

—Lo hice una vez.

Silencio.

—Yo no me voy a mudar —digo.

—No te he pedido que te mudes.

—Ya lo sé. Te lo digo antes de que se te ocurra.

—Vale.

—Y tú tampoco.

—Yo no me puedo mudar. Tengo una niña en un colegio y un ginkgo de doce metros.

—Pues ya está.

—Ya está.

—Y en esa casa no duermo.

—¿Nunca?

—Nunca. —Me apoyo en el codo—. No es una cosa moral. Es que en esa casa hay una niña que se levanta a las siete menos cuarto y que me ha contratado con trescientos ochenta y dos dólares, y hasta el seis de diciembre yo soy la persona que le monta su película.

—¿Y después del seis de diciembre?

—Después del seis de diciembre sigo siendo la persona que le monta su película. Eso no se acaba en diciembre, eso empieza en diciembre.

Daniel cruza los brazos detrás de la cabeza.

—¿Y yo qué soy en diciembre? —dice.

—Tú eres un señor de Marbury que baja los jueves.

—Los jueves.

—O los martes. Yo los jueves entrego cosas.

—Los martes entonces.

—Vale.

Y eso es todo lo que decidimos esa noche, que es exactamente nada salvo un día de la semana, y a mí me parece bien.

◆

Se va a las seis y veinte de la mañana porque a las siete y media tiene que estar en Beverly.

Se viste en el pasillo para no encender la luz. Se toma un café de pie en la cocina, mirando por la ventana el patio, que no tiene nada.

Y bajo con él.

Bajo con el abrigo verde encima del pijama y con las zapatillas, cuatro pisos por la escalera porque el ascensor de este edificio hace un ruido que despierta al primero, y salimos a la calle.

Son las seis y veintitrés de la mañana de un viernes de noviembre en Somerville y hace tres grados, que es la primera vez en todo este otoño que hace tres grados.

La calle está vacía. Enfrente hay una lavandería con la luz encendida y nadie dentro, y en la acera hay un contenedor y un colchón, y al fondo se oye la 93.

Él tiene el coche a cuarenta metros y no va a por él.

—Va a helar la semana que viene —dice.

—Eso dicen.

—El jueves o el viernes. Menos cuatro el viernes por la noche.

—Ya lo he visto.

—¿Lo mira?

—Todas las noches desde el cinco.

—Yo también.

Y nos quedamos los dos de pie en una acera de Somerville a las seis y veintitrés de la mañana hablando del parte meteorológico, que es la única cosa que sabemos hacer los dos a la vez.

—Váyase —digo—, que llega tarde.

—Voy.

Y va, y a los diez metros se vuelve y hace un gesto con la mano que no significa nada y que yo llevo desde entonces haciéndole a la gente.

Y se va, y no me pide nada, y no dice ninguna de las cuatro o cinco cosas que se dicen normalmente en una acera a las seis y media de la mañana.

Yo me vuelvo a la cama y no me duermo, y a las siete me levanto y abro el parte del tiempo, que es lo que hago todas las noches desde el cinco de noviembre.

Jueves 19: mínima de dos grados.

Viernes 20: mínima de menos cuatro.

Y aviso de helada fuerte para toda la costa norte a partir de las tres de la madrugada.