29
Le escribo el miércoles por la noche desde el Blue Anchor.
¿Puedes bajar mañana a Somerville?
No es de trabajo.
Contesta a los seis minutos.
Sí.
¿A qué hora?
D.
Y ahí, en esas tres líneas, está este hombre entero: dice que sí antes de preguntar cuándo.
◆
Llega el jueves a las siete y diez con una botella de vino que ha comprado en el sitio equivocado y que además es de un tipo que no me gusta, y las dos cosas me parecen bien.
El piso está recogido. Lo he recogido esta mañana y lo reconozco. He tirado tres plantas muertas, he metido la caja de plátanos del pasillo en el armario y he cambiado las sábanas, y las tres cosas las he hecho a las once de la mañana con la radio puesta y sin mirarme.
—Es pequeño —dice.
—Son ochenta y nueve metros.
—Digo que es pequeño para tanto disco.
Y tiene razón: hay ochenta y un discos duros en dos estanterías de metal que compré en 2019, y el tercer estante está combado por el peso, y llevo dos años diciendo que voy a poner un travesaño.
Lo mira cuatro segundos.
—Eso se arregla con un listón de cuarenta centímetros —dice.
—Ya lo sé.
—Y dos escuadras.
—Ya lo sé, Daniel.
—Es que se va a caer.
—Se lleva cayendo dos años.
—Se lleva combando dos años —dice—. Se cae de golpe.
Y ahí nos quedamos los dos mirando una estantería, y esta es exactamente la conversación que teníamos que tener y no la que habíamos preparado ninguno de los dos.
Nos sentamos en la cocina, que es donde se sienta la gente.
Y antes de nada le digo lo que tengo que decirle, porque si no lo digo ahora no lo voy a decir en toda la noche.
◆
—Tres cosas —digo.
—Vale.
—La primera. Yo ahora ya lo sé todo. Sé lo del árbol, sé lo del taller, sé lo de agosto y sé lo de los setenta y cinco días. No hay nada que vaya a descubrir el mes que viene.
—Que yo sepa, no.
—«Que yo sepa» no vale.
Daniel se lo piensa cuatro segundos, que es lo que tarda él en pensar cualquier cosa.
—No hay nada más —dice.
—Vale. Entonces lo de esta noche lo estoy eligiendo yo con toda la información, y eso es lo único que me importaba y ya está dicho.
—Vale.
—La segunda es la niña.
—Ya.
—Si esto se acaba, y las cosas se acaban, yo sigo trabajando hasta el seis de diciembre y luego sigo viendo a tu hija. Eso no lo decides tú y no lo decido yo. Está en la cláusula cuatro y la escribió ella en una servilleta.
—Ya la he leído.
—¿Y si dentro de dos años te parece mal?
—Me parecerá mal —dice— y me aguantaré.
—Eso se dice muy fácil hoy.
—Eso se dice fatal hoy. —Deja el vaso—. Hoy es cuando mejor me viene decirlo y peor me creo. Pregúntamelo dentro de dos años y a lo mejor te contesto llorando, y te lo voy a contestar igual.
Y yo me quedo con eso un momento, porque no es una promesa, y porque las promesas no valen nada y las descripciones sí.
—Y la tercera —digo.
—A ver.
—No me digas nunca que soy el amor de tu vida.
Daniel levanta la cabeza.
—No te lo iba a decir.
—Ni hoy, ni dentro de cinco años, ni en una boda de nadie. Y no me compares con ella ni para bien ni para mal, ni delante de mí ni delante de tu hija ni delante de tu suegra.
—Vale.
—Y si algún día te sale, te callas.
—Sara.
—Es que yo he trabajado en cuatro casas con viudos —digo—.
Y en las cuatro, en algún momento, ese señor le dijo a alguien delante de mí que ahora sí había encontrado lo bueno.
Y a mí se me caía el alma a los pies, porque había una mujer muerta que había estado veinte años ahí y que se acababa de convertir en el ensayo.
Daniel gira el vaso media vuelta sobre la mesa.
—Elena no es el ensayo —dice.
—Ya lo sé.
—Elena es la mitad de mi vida y va a seguir siendo la mitad de mi vida cuando yo tenga ochenta años.
—Ya lo sé. Por eso te lo he dicho.
—Vale.
—Vale.
Y se acabaron las tres cosas.
Y entonces hago una cosa que no tenía prevista, que es añadir la cuarta.
—Hay una más —digo.
—Has dicho tres.
—Ya. Esta no la tenía preparada.
Me sirvo agua para tener las manos ocupadas, que es una cosa que sé que estoy haciendo mientras la hago.
—Tu hija me ha contado algo que tú no sabes —digo—. Y no te lo voy a contar.
Daniel deja el vaso.
—¿Es grave?
—No.
—¿Está bien ella?
—Está perfectamente. No es nada de eso y si fuera de eso ya te lo habría dicho, y eso también está en el contrato y lo hablé con ella el ocho de noviembre en una servilleta.
—Vale.
—No es nada malo. Es una cosa suya y tiene derecho a tenerla.
—Vale.
—Y te lo estoy diciendo porque no me da la gana estar en tu cocina el martes que viene sabiendo una cosa tuya que tú no sabes y que tú no sabes que yo sé. —Dejo el vaso—. Eso es exactamente lo que hicisteis vosotros dos conmigo y no lo pienso hacer.
Daniel se queda callado unos segundos y luego hace una cosa que no me espero: se ríe. Corto, por la nariz, sin ninguna alegría.
—¿Qué?
—Nada. —Se pasa la mano por la boca—. Que me acabas de decir que tienes un secreto mío y que me lo estás diciendo para que no sea un secreto.
—Sí.
—Eso es una tontería enorme.
—Es una tontería enorme y es lo mejor que se me ocurre.
—No, si me parece bien. —Coge el vaso otra vez—. Me parece bien y me molesta muchísimo, y las dos cosas a la vez, y a mí eso me pasa contigo desde septiembre.
—A mí también.
—¿Y no vas a decírmelo nunca?
—Se lo dirá ella o no se lo dirá —digo—. Y si te lo dice, tú te vas a enterar de que llevabas meses sabiéndolo sin saberlo, y ese día me vas a mirar y te vas a acordar de esta conversación.
—Vale.
—Y espero que te acuerdes de que te avisé.
—Me voy a acordar —dice.
Y se acabó, y nos quedamos los dos en una cocina de Somerville a las ocho menos veinte de un jueves sin ninguna cosa más que decir.
—¿Y ahora? —dice.
—Ahora nada. Ahora ya está todo dicho y es incomodísimo.
—Muy incómodo.
—Muchísimo.
—¿Cenamos?
—Cenamos.
◆
Cenamos y es lo mejor de la noche hasta que deja de serlo.
Le cuento lo de la fundación de Roxbury, que la rechacé en septiembre y que en enero se lo voy a volver a pedir a Owen. Le cuento que Owen tiene un hijo de dos años que no duerme y que a las once de la noche me contesta los mensajes en cuatro minutos.
Me cuenta que el muelle de Beverly se ha movido otros cuatro milímetros y que va a haber que cerrarlo, y que él va a firmar el informe, y que el año pasado firmó tres informes de cierre y que los tres se los ha discutido gente que no ha visto nunca un pilote.
—¿Y qué le dicen?
—Que exagero.
—¿Y usted qué contesta?
—Que vale. Y firmo igual.
—¿Así?
—Así. —Se sirve—. La gente cree que discutir es lo difícil. Lo difícil es firmar y aguantarse la reunión de la semana siguiente.
Me cuenta que cerrar un puente es lo único que hace en su trabajo que le importa de verdad.
—¿Por qué?
—Porque es lo único donde tengo razón yo solo —dice—. Todo lo demás son reuniones.
Y luego se ríe de él mismo por haber dicho eso.
Y yo, que llevo tres meses aprendiendo a mirar a este hombre, hago la pregunta.
—¿Y qué es lo que no está cerrando?
Daniel deja el vaso.
Tarda. Tarda de esa manera suya, con la exactitud puesta en otra cosa, contando algo por dentro.
—El astillero —dice.
—¿Cómo?
—Doggett. El cobertizo cuatro y los otros dos.
—¿Usted?
—Desde abril.
Y me lo cuenta entero en cuatro minutos, ordenado, con las fechas, como cuenta él las cosas.
Hay una promotora que compró la parcela en 2023 y que quiere hacer veintiocho viviendas.
Para tirar tres naves de 1931 hace falta un informe estructural firmado por un ingeniero colegiado que diga que aquello no es recuperable.
La promotora se lo encargó a su despacho en abril porque es el despacho de la zona, y a él porque es el que hace peritajes.
El informe está escrito desde junio.
—¿Escrito?
—Escrito, con las mediciones, con las fotos y con las cerchas numeradas. Doce páginas.
—¿Y?
—Y no está firmado.
—¿Desde junio?
—Desde junio.
Yo me apoyo en el respaldo.
—Vale —digo—. Ya sé por qué.
—No lo sabe.
—Claro que lo sé. Su mujer tiene ahí a su abuelo treinta y un años y a su padre veinte, y el garaje de su casa está hecho con la madera de un barco que desguazaron en esa nave, y usted lo que no quiere es ser el señor que firma el papel que la tira.
Daniel me mira.
—Eso es lo que digo yo —dice.
—¿Cómo que es lo que dice usted?
—Que eso es lo que le digo yo a la gente cuando me preguntan por qué no lo he firmado. Y funciona muy bien y todo el mundo lo entiende y nadie me vuelve a preguntar.
—¿Y no es verdad?
—Es verdad. —Gira el vaso media vuelta—. Es verdad y no es lo que pasa.
◆
—Lo que pasa es que quiero firmarlo —dice.
Y lo dice mirando la mesa de mi cocina, en Somerville, a las nueve y media de la noche de un jueves, a ciento cuarenta y dos kilómetros de ese cobertizo.
—¿Quiere tirarlo?
—Quiero firmarlo.
—Es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo, sí.
—¿Por qué?
Y ahí este hombre hace una cosa que no le he visto hacer en tres meses, que es empezar a hablar sin saber dónde va a terminar.
—Llevo dieciocho años en Marbury —dice—.
Y en dieciocho años yo no soy nadie de ese pueblo.
Soy el marido de Elena Kovac. Voy a la ferretería y soy el marido de Elena Kovac.
Voy a una reunión del colegio y la profesora me pregunta por mi suegra.
Bob Cusick me llamó «el chico de Elena» en septiembre y Bob Cusick tiene setenta y un años y yo cuarenta y cuatro.
—Ya.
—Y ese cobertizo es la última cosa de esa familia que se ve desde la carretera.
Silencio.
—Y el día que se caiga —dice—, yo voy a seguir aquí, y voy a ser un señor que vive en Alewife Lane y que trabaja en Beverly.
Yo no digo nada durante un rato bastante largo.
—Eso es horrible —digo.
—Ya lo sé.
—Es que es horrible, Daniel.
—Ya lo sé. Llevo desde junio sabiéndolo. —Se echa hacia atrás—. Por eso no lo he firmado. No lo he firmado porque no puedo firmar una cosa que quiero.
—Eso no tiene ningún sentido.