28 #2
—Yo la vi en la escalera con el pijama y no le dije nada a su madre, porque su madre estaba llorando y porque me pareció que ya había bastante.
Y esa frase, dicha por una mujer de sesenta y ocho años con el abrigo puesto en una cocina un martes por la mañana, es probablemente la cosa más triste que he oído en esta casa.
◆
—¿Y a Daniel? —digo—. En dos años.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque mi hija me lo contó a mí y no a él.
—Eso no es una razón.
—Es la única que hay. —Margaret se pone de pie—. Ella eligió a quién se lo contaba. Se murió eligiendo eso. Y yo puedo estar de acuerdo o no, y no estoy de acuerdo, y llevo dos años sin dormir bien por esto. Pero eso no lo cambia una madre después.
—Él lo encontró solo.
—Ya lo sé. En octubre. Me lo dijo el uno de este mes por teléfono, y yo le dejé que me lo contara todo como si fuera nuevo, y estuve hora y cuarto haciendo como que me enteraba.
—Margaret.
—No me diga nada.
—No le iba a decir nada.
—Bueno —dice—. Pues eso.
◆
Coge el bolso y va hacia el mudroom y a mitad de camino se para y vuelve, y abre el bolso, y saca un sobre pequeño, de esos de fotos de revelado.
Saca una foto y la deja en la mesa boca arriba.
Es una fotografía de teléfono impresa en una máquina de supermercado, con el borde blanco y la fecha en naranja en la esquina: 8-2019.
Es Elena en una cocina que no es esta. Está sentada de lado en una silla, con el pelo aplastado por un lado y de punta por el otro, con una camiseta grande y sin una gota de maquillaje, comiendo algo con la mano, con la boca llena y la barbilla brillante, riéndose de algo que está fuera del cuadro.
Sale fatal. Sale mal de una manera absoluta: el flash directo, los ojos medio cerrados, la papada que hace todo el mundo cuando se ríe hacia abajo.
Y es la primera vez en tres meses que veo a esa mujer de frente sin que esté trabajando.
—Esta no le habría gustado —dice Margaret Kovac.
—No.
—La hice yo en agosto del diecinueve, en mi casa, un domingo. Me dijo que la borrara y le dije que sí y no la borré. —Se cuelga el bolso—. Por eso se la doy.
Y se va.
Y el Buick sale del camino esta vez en una sola maniobra.
◆
Esa noche monto A6.
No hacía falta hacerlo hoy y lo hago hoy.
Cojo los trescientos cuarenta archivos de ambiente, descarto los que tienen ruido de fuera y los que están cortados, y con lo que queda hago una sola pista de cuarenta y un minutos: la cocina, el pasillo, la lluvia en la ventana del este, la caldera, el radiador que hace ese ruido, el frigorífico, el pasillo otra vez.
Cuarenta y un minutos de esta casa vacía, grabados en julio de 2024 por una mujer a la que le quedaban cinco semanas.
No habla nadie en ninguno.
◆
Antes de eso, a las siete menos veinte, llega él.
Yo llevo la foto en el bolso desde las once y media de la mañana y llevo siete horas y media sin saber qué se hace con una cosa así.
—¿Ha venido mi suegra? —dice, desde el mudroom.
—A las diez y media.
—El Buick estaba pegado al seto.
—Sí.
—Eso es que venía a hablar.
—Vino a hablar.
Deja las llaves en el cuenco. No pregunta de qué, que lo ha aprendido en cuatro semanas y que en septiembre no sabía hacer.
Saco la foto del bolso y se la pongo en la mesa boca arriba.
—Me la ha dado ella.
Daniel se acerca a la mesa y no la coge.
La mira de pie, con las dos manos en el respaldo de una silla, durante bastante tiempo.
Es una fotografía de teléfono impresa en una máquina de supermercado, con el borde blanco y 8-2019 en naranja en la esquina.
Una mujer sentada de lado en una silla de cocina, con el pelo aplastado por un lado y de punta por el otro, con una camiseta grande, sin una gota de maquillaje, comiendo algo con la mano, con la boca llena y la barbilla brillante, riéndose de algo que está fuera del cuadro.
—Yo esta no la he visto nunca —dice.
—Ya me lo imaginaba.
—Le hizo prometer que la borraba.
—Le dijo que sí y no la borró.
—Ya. —Sigue sin cogerla—. Eso también es de ella.
Y luego dice lo único que se puede decir de esa foto.
—Es de antes.
—Sí.
—Agosto del diecinueve. —Se sienta, por fin—. Esto es dos años y ocho meses antes.
—Sí.
—Se ríe así.
—Ya lo he visto.
—No, digo que se ríe así de verdad. —Pone un dedo al lado del borde de la foto, sin tocarla—. En el vídeo no se ríe así. En el vídeo se ríe bien, pero está haciendo una cosa. Aquí no está haciendo nada.
Y ahí está, dicho por un ingeniero de estructuras en la cocina de su casa un martes por la tarde, el problema entero de mi oficio en dos frases.
—¿Me la puedo quedar? —dice.
—Es suya.
—No es mía. Se la ha dado ella a usted.
—Daniel.
—Se la ha dado a usted a propósito y yo eso lo respeto.
Y entonces hago lo único que sé hacer, que además es literalmente por lo que me pagan.
—Se la escaneo —digo—. A mil doscientos, con el borde y la fecha en naranja, y le imprimo dos.
—¿Dos?
—Una para usted y una para la niña, para dentro de unos años. Y el archivo se lo dejo en el disco con la fecha y con quién la hizo.
—¿Y la de papel?
—La de papel me la quedo yo, que es lo que ha querido su suegra.
Daniel asiente una vez.
—Vale —dice—. Gracias.
—No me dé las gracias, que va en la factura.
—No va en la factura.
—No va en la factura, no.
La escaneo esa noche, antes de ponerme con los trescientos cuarenta archivos de sonido, y tardo cuatro minutos, y salen perfectas las dos.
HOJA DE MONTAJE — A6 / SONIDO TC 00:00:00:00 — 00:41:12:08 Interior, casa, julio. Sin voces. 340 archivos, 219 utilizables. DECISIÓN: dentro, debajo de todo. MOTIVO: es lo único suyo que no está mirando a nadie.