El otoño que no grabamos 28
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Margaret Kovac viene el martes a las diez y media de la mañana, que es cuando la niña está en el colegio y su yerno está en Beverly.

Ha venido a por mí. Eso se sabe en cuatro segundos por dos cosas: porque ha aparcado el Buick pegado al seto y no en el centro del camino, y porque no trae nada en las manos.

Esa mujer ha entrado en esta casa cinco veces desde septiembre y las cinco con una fuente, un rodillo, una báscula de aguja o un sobre de fotos.

Hoy no.

—¿Puedo pasar? —dice.

—Es su casa.

—Es la casa de mi yerno.

—Pase.

Se sienta en la cocina sin quitarse el abrigo, que también es una manera de decir cuánto va a durar esto.

—¿Café? —digo.

—No.

—Vale.

—Siéntese usted también, que estar de pie es de camareros.

Me siento.

Y hay unos cuatro segundos en los que ninguna de las dos sabe por dónde empezar, que es la primera vez desde el veinte de septiembre que yo veo a Margaret Kovac no saber por dónde empezar.

◆

—Danny me lo contó el uno —dice.

—Ya me lo imaginaba.

—Me lo contó el domingo por la noche, después de contárselo a la niña, y me lo contó por teléfono, que eso ya le dice a usted la clase de conversación que fue.

—Ya.

—Estuvimos hora y cuarto.

—¿Y qué le dijo usted?

Margaret se coloca el bolso en el regazo con las dos manos encima.

—Le dije que menudo lío —dice.

Y ahí me río, sin querer, medio segundo, y ella no.

—¿Le hace gracia?

—Un poco. Es que es verdad.

—Es verdad, sí. —Se mira las manos—. Y luego le dije otra cosa, y esa se la voy a decir a usted ahora porque llevo dos semanas dándole vueltas y porque no se la puedo decir a nadie más.

—Diga.

—Le dije que él no había inventado nada.

◆

No digo nada. Aprendí en septiembre que a esta mujer no se le interrumpe.

—Yo lo supe en el veintidós —dice—. En julio.

—Vale.

—Vino a mi casa un jueves por la tarde con un papel y me lo puso encima de la mesa, igual que le he hecho yo a usted ahora, y me dijo: ya sé quién es.

—¿El árbol?

—El árbol lo hizo delante de mí, la mitad. Con dos bolígrafos, porque el primero se le acabó. —Se toca la sien—. En la parte de atrás de una placa que le habían hecho en abril.

—¿Usted la vio hacerlo?

—Yo se la sujetaba.

Y esa frase se queda ahí puesta encima de la mesa un buen rato.

—Cuatro horas —dice—. Cuatro horas en mi cocina con el ordenador y una libreta, buscando a gente en un pueblo de Navarra que yo no sé ni dónde está. Y había una parte con una iglesia.

—Cascante.

—Eso. Ahí se atascó dos semanas.

—¿Y usted qué hacía?

—Le sujetaba la placa y le llenaba el vaso. —Se encoge de hombros—. Yo no entendía nada de lo que estaba haciendo y ella lo sabía y le daba igual, y creo que por eso me lo contó a mí. Porque yo no le iba a discutir el método.

—¿Y qué le dijo cuando llegó al nombre?

—Nada. Estuvo un rato callada y luego dijo: es más joven de lo que pensaba.

—¿Y usted qué le dijo?

Margaret se coloca el bolso.

—Que lo dejara.

—¿Así?

—Así. Le dije: Elena, deja en paz a esa chica.

—Levanta un dedo—. Y no lo dije por usted, que conste.

No sabía nada de usted más que un nombre y un pueblo de España.

Lo dije por ella, porque llevaba cuatro meses malísima y porque lo único que le faltaba era meterse en un asunto que no se puede terminar.

—Ya.

—Y me dijo que solo quería saber.

—¿Y usted le creyó?

—No —dice Margaret—. Y ella tampoco.

◆

—En octubre volvió —dice.

Y aquí me tengo que sujetar a la mesa un poco, porque sé lo que viene y llevo dos semanas sabiéndolo y no lo he oído todavía de una persona viva.

—Vino un domingo. El dieciséis, creo, o el diecisiete. Un domingo. —Se coloca el bolso—. Y me dijo que había ido a una clase.

—A un taller.

—A una clase, dijo ella. En la biblioteca de Salem, el sábado por la tarde. Quince dólares.

—Sí.

—¿Usted lo sabía?

—Lo supe hace dos semanas —digo—. Porque me lo dejó escrito.

—¿Le escribió?

—Escribió una carta y no la mandó.

Margaret se queda un momento con la boca cerrada.

—Bueno —dice—. Eso es de ella.

—¿Cómo?

—Que eso es muy de ella. Mi hija escribía cartas que no mandaba desde los once años. —Y lo dice con una cosa en la voz que no había oído en dos meses—. Una vez le escribió una a una profesora que la había suspendido y la tuvo en el cajón cuatro años.

—¿Y qué le contó a usted del taller?

—Que era usted buena.

Y eso me lo suelta así, sin ningún cuidado, mirando la mesa.

—Dijo que había pagado quince dólares por dos horas y que había aprendido más que en un curso de setecientos que hizo en Boston en el diez. Dijo que usted no dejaba a nadie sentarse a mirar. —Levanta la vista—. Y dijo que había levantado la mano y que le había preguntado una cosa.

—¿Le dijo qué le contesté?

—Me dijo que le había contestado bien.

—Ya.

—Y estaba enfadadísima.

◆

Se hace uno de esos silencios que se oyen.

—¿Enfadada por qué? —digo.

—Yo qué sé por qué. —Margaret abre las manos—.

Por lo mismo por lo que se enfada la gente cuando va a un sitio a hacer una cosa y hace otra.

Se pasó una hora en mi cocina hablando de la carretera de Salem y del aparcamiento y de lo cara que estaba la gasolina, y a las nueve de la noche me dijo desde la puerta: le he preguntado una tontería.

—¿Eso dijo?

—Le he preguntado una tontería y me ha contestado como a una tonta. —Y luego, más bajo—: Y no le contestó como a una tonta, ¿verdad?

—No.

—Le contestó como a una alumna.

—Le contesté como a una alumna.

—Ya. —Margaret asiente una vez—. Eso es lo que no soportó.

◆

Y entonces llega lo otro, y llega sin aviso, que es como llega todo con esta mujer.

—Y en enero me dijo que quería contratarla.

Yo dejo de respirar un segundo. No es una manera de hablar: se para el aire y luego vuelve.

—¿Cómo?

—En enero del veintitrés. Ya estaba peor. —Se coloca el abrigo—. Me dijo que quería hacer una película para Vera y que quería que la hiciera usted.

—¿Que la hiciera yo?

—Que la hiciera usted, con su nombre y su empresa y su factura, como se contrata a cualquiera. Que la llamaba, le decía que era una madre de Marbury con una niña de nueve años, y le pagaba lo que costara.

—Y no me llamó.

—No la llamó porque yo le dije que no.

Margaret lo dice sin ninguna defensa. Lo dice como se dice el nombre de una calle.

—Le dije: Elena, tú la vas a meter en tu casa dos meses y no le vas a decir quién es. Y ella me dijo que eso era asunto suyo. Y yo le dije que no, que ese era asunto de la otra, y que le iba a hacer a una desconocida una cosa que a ella no le habrían hecho ni loca.

—¿Y qué dijo?

—Que se lo iba a decir al final.

—¿Al final?

—Al final. Cuando terminara la película. —Margaret abre las manos—. Le dije: ¿y si se enfada? Y me dijo que entonces se enfadaría y que ya estaría hecho.

Y yo me quedo con eso.

Yo me quedo con eso bastante tiempo, porque acabo de oír, dicho por una señora de sesenta y ocho años con el abrigo puesto, el plan exacto que yo he vivido este otoño sin saberlo, redactado por otra persona cuatro años antes.

Con una diferencia.

—Ella pensaba decírmelo —digo.

—Eso decía.

—Él no.

Margaret me mira.

—Él tampoco lo sabe —dice—. Él lleva setenta y cinco días levantándose por las mañanas sin saber si se lo iba a decir o no, y eso lo sé porque me lo dijo el uno por teléfono llorando, que es una cosa que no le he visto hacer a ese hombre en dieciocho años.

—Ya.

—Y no se lo estoy defendiendo. Hizo una barbaridad.

—Sí.

—Y su mujer también. —Se coloca el bolso—. Yo he tenido dos años para decidir eso y ya lo he decidido: las dos cosas fueron una barbaridad y las hicieron dos personas que yo quiero, y eso es todo lo que hay, y ya está.

—¿Y?

—Y se enfadó conmigo tres semanas. Y en febrero me dijo que tenía razón y que la iba a hacer ella. Y compró un trípode.

◆

Y entonces Margaret Kovac hace la única pregunta que no me ha hecho nadie en tres meses.

—¿Y usted qué quiere?

—¿Cómo?

—Que qué quiere usted. —Se coloca el bolso en el regazo—. Llevo desde septiembre oyendo lo que quería mi hija, lo que quiere mi yerno y lo que quiere la niña. Y usted es la única de esta historia a la que no le ha preguntado nadie.

Yo abro la boca y no sale nada.

—No me diga que trabaja aquí —dice—. Eso ya lo sé y encima ya no es verdad, porque desde el domingo su cliente tiene doce años.

—Trece dentro de dos semanas.

—Peor.

—Margaret…

—Y no me diga tampoco que no quiere nada, que eso lo dice la gente cuando quiere algo y le da vergüenza.

Y ahí me tengo que apoyar en la encimera, porque esta señora acaba de hacer en once segundos lo que yo hago en cuatro tardes con ciento noventa y seis familias, que es preguntar la cosa exacta que nadie quiere contestar.

—No lo sé —digo.

—Eso tampoco vale.

—Es que es verdad. —Cojo el paño de la barra del horno y lo doblo, que no hace ninguna falta—.

Hace tres meses yo tenía un trabajo, una deuda y un plan.

Y ahora hay una niña que me ha pagado con trescientos ochenta y dos dólares de sus cumpleaños, y una carta que su hija escribió y no mandó, y un hombre en Beverly.

—Ya.

—Y hay una ficha con mi cara de los cinco años en un archivador de Brookline desde hace trece años, y yo no sabía que estaba allí de esa manera hasta hace cuatro semanas.

—Eso lo sabía usted perfectamente.

—Sabía que estaba. No sabía que estaba para alguien .

Margaret asiente una vez, muy corto.

—Bueno —dice—. Pues ya sabe una cosa.

—¿Cuál?

—Que quiere saber quién ha estado mirando esa ficha. —Se levanta—. Y yo se lo acabo de decir, y no le ha servido de nada, ¿verdad?

—No.

—Ya. —Se cuelga el bolso—. A mí tampoco me sirvió que me lo contara mi hija.

◆

Yo me levanto y voy al fregadero, que es lo que hago en esta cocina cuando necesito darle la espalda a alguien y que ya he hecho tres veces en tres meses.

—Ella la oyó —digo.

—¿Quién?

—Vera. La oyó decir eso en esta cocina, o en la suya.

—¿Que qué?

—El doce de septiembre, el segundo día que estuve aquí, me dijo desde la escalera que su madre quería a otra persona para la película y que no la llamó. —Me vuelvo—. Tenía diez años y lo oyó y se ha acordado tres años.

Margaret se queda muy quieta.

—Sí —dice—. Estaba en la escalera. Yo la vi.

—¿Usted la vio?