27
El lunes vuelve del colegio distinta.
Lo sé antes de que entre, porque la puerta del mudroom hace un ruido cuando se cierra despacio y otro cuando se cierra deprisa, y hoy se cierra deprisa y en el pasillo hay cuatro pasos y no ocho.
Yo llevo desde las nueve de la mañana con el ensamblado del otoño, que ya son cuarenta y tres minutos con lo de Marta metido y con lo del kolač de octubre puesto en el sitio que le toca, y llevo dos horas discutiendo conmigo misma un corte de tres fotogramas, que es exactamente el tipo de cosa que hago cuando no quiero pensar en otra.
—Sara.
—Dime.
—Ven.
Y no se sienta. Se queda de pie al otro lado de la mesa, con la mochila puesta todavía, y saca unos folios doblados en tres.
Están impresos en la impresora de la casa, la que tarda catorce minutos, y se nota porque la tinta va a rayas y porque el papel sale caliente.
—¿Qué es eso?
—La cuenta de mi madre.
◆
Los extiende encima de la mesa como se extiende una cosa que se ha mirado ochenta veces.
Son cuatro folios. La lista de coincidencias entera, con el logotipo arriba, la barra verde de cada uno, la cifra en centimorgans y la etiqueta a la derecha.
Cuatrocientas treinta y una.
Están en orden, de más a menos, y a partir de la mitad de la primera página ya son todos lo mismo: cincuenta, cuarenta, treinta centimorgans, etiquetas que dicen primo 4º–6º y primo 5º–8º , nombres abreviados, sitios que no significan nada.
Hay veintitantos en España. Hay dos en Argentina. Hay uno en Melbourne.
Está la prima Rosa, en el puesto once, con doscientos catorce.
Y arriba del todo, separado del resto por una línea, hay un recuadro que la página llama parientes cercanos .
Y dentro del recuadro hay uno.
C. Renner — 1.743 cM compartidos — 42 segmentos — Medio hermano/a — Dayton, OH
Debajo hay una foto de perfil que es un chico con una gorra en un campo de béisbol, demasiado lejos para verle la cara, y un año: 2011.
—¿Y esto de dónde ha salido?
—Se la pedí a mi padre.
—¿La contraseña?
—El sábado. —Deja la mochila en la silla—. Le dije que quería entrar y me dijo que vale.
—¿Así?
—Así. Tardó como veinte minutos.
—¿Veinte minutos?
—Se fue a la cocina, estuvo veinte minutos y volvió con el papel. —Se encoge de hombros—. Y me dijo que si quería que se sentara conmigo y le dije que no.
—¿Y se sentó?
—No. Se fue al sótano.
Y eso, en cualquier otra semana, sería la mejor noticia del mes. Un hombre que en veinte minutos decide no ser la puerta, y que después se va al sótano a no estar delante.
—¿Y esto lo llevas mirando desde el sábado?
—Desde el sábado a las siete.
—Son dos días.
—Ya.
—¿Y no me habías dicho nada?
—Es que primero quería mirarlo yo.
Y esa frase, dicha por una niña de doce años sobre la lista genética de su propia concepción, es exactamente la frase que yo llevo tres meses defendiendo delante de todo el mundo.
◆
Yo miro ese recuadro durante bastante tiempo.
—Quince años —digo.
—Quince años.
—Vale.
—Se llama Caleb. Sale en el nombre completo si le das.
—Vale.
—Sara.
—Estoy aquí.
—Le voy a escribir.
Y yo digo que no.
Lo digo rápido, antes de pensarlo, en una cocina que no es mía, a una niña que no es mi clienta en ese segundo sino simplemente una niña de doce años con una mochila.
—No.
◆
Y a partir de aquí lo hago todo mal, y lo hago mal durante once minutos seguidos, y lo voy a contar entero porque en algún sitio hay que contarlo.
Primero digo que no sabe quién es.
—Es un nombre y una gorra —digo—. Puede ser cualquiera. Puede ser un señor de cuarenta años, puede ser una cuenta de alguien que ha muerto, puede ser un tío buscando a gente.
—Pone dos mil once.
—Pone lo que ha puesto quien lo haya puesto.
Segundo digo que eso lo tiene que decidir su padre.
—Ya lo ha decidido —dice—. Me ha dado la contraseña.
—Darte la contraseña no es decirte que escribas.
—Es exactamente eso.
—No lo es.
—Sara, tiene cuarenta y cuatro años y es ingeniero. Si me da una contraseña sabe perfectamente lo que hay dentro.
Y tiene razón, y yo lo sé, y sigo.
Tercero digo lo de la familia.
—Es que tú no sabes lo que le vas a hacer a esa familia —digo—. Hay una madre y un padre en Dayton, Ohio, que a lo mejor no le han contado nada a ese chico. Igual se enteró el año pasado. Igual no se ha enterado todavía y tú le llegas un lunes por la noche.
—Entonces no me contesta.
—Entonces tú le has puesto una bomba en el correo.
—Yo no le pongo ninguna bomba, yo le digo hola.
Y entonces digo la cuarta y es la peor.
—¿Y si son cinco?
Vera me mira.
—¿Qué?
—Que si son cinco —digo—. O nueve. Un ciclo no es un óvulo, es un ciclo. Yo no sé cuántos hubo, ni cuántos se usaron, ni cuántas familias fueron, y no lo he preguntado nunca porque no se pregunta. Esa lista se actualiza sola. Hoy hay uno. Dentro de tres años puede haber cuatro.
—Vale.
—No es vale.
—Es vale. —Y ahora sí se sienta, por fin, con las dos manos encima de los folios—. Es vale porque eso ya lo sé desde el sábado.
—¿Lo sabías?
—Lo pone en la página. —Le da la vuelta al segundo folio y señala una línea de letra pequeña que yo no había leído—. Ahí. Dice que la lista cambia cuando se apunta gente nueva y que te avisan por correo.
—Vera…
—Y lo he mirado. Hay foros y todo. Hay gente que tiene ocho.
—¿Has estado en foros?
—Dos días, Sara. Llevo dos días.
Y yo me quedo sin la quinta razón, porque la quinta razón era esa.
◆
—¿Y a ti qué más te da? —dice.
Y ahí ya no hay salida.
—¿Qué?
—Que a ti qué más te da. —No lo dice enfadada.
Lo dice como se dice una pregunta a la que uno ya sabe la respuesta y quiere oírla igual—.
Llevas dos meses diciéndoles a todos que esto no significa nada.
Se lo dijiste a mi abuela en la cena de septiembre, que yo estaba delante.
Se lo dijiste a mi padre. Me lo has dicho a mí dos veces esta semana.
—Y es verdad.
—Vale. Pues entonces qué más te da que haya uno o cuatro.
—Me da que eres tú la que va a escribir.
—Eso no es lo que te da.
—Vera.
—Es que no lo es. —Se echa hacia delante—. Si fuera eso me estarías diciendo cómo se escribe. Me estarías diciendo qué pongo y qué no pongo y cuánto espero. Eso es lo que haces tú con todo.
Y tiene razón, y es lo que habría hecho yo el jueves pasado, y hace cuarenta minutos que no lo estoy haciendo.
Y yo abro la boca para decir la cosa razonable, que es que me preocupa ella, que es que es muy joven, que es que hay que hacerlo con alguien delante.
Y lo que sale es esto:
—Es que yo no quiero saber cuántos hay.
Silencio.
—Pues yo sí —dice Vera.
Ocho palabras y cuatro palabras.
Y ya está. Ahí se ha acabado la discusión y las dos lo sabemos, y ninguna de las dos va a decir en voz alta lo que acaba de pasar, que es que yo llevo dos meses explicándole a todo el mundo que no soy nada de esta niña, y que el día que aparece la prueba de que efectivamente no soy nada resulta que no lo aguanto.
Vera espera.
Espera con una paciencia que no le he visto en tres meses, y que a mí me da más vergüenza que si me hubiera gritado.
—Vale —digo.
—¿Vale de verdad?
—No. —Me apoyo en la mesa—. Vale de que tienes razón y de que a mí me da igual tener razón.
—Eso no se puede.
—Se puede perfectamente y lo hacen los adultos todos los días.
—¿Y qué se hace entonces?
—Se pierde —digo—. Y se está delante mientras se pierde, que es la parte que casi nadie hace.
◆
Escribe el correo delante de mí.
Le lleva veinte minutos y escribe cuatro versiones, que ha aprendido esta semana y que no sé si me alegra.
La primera tiene nueve líneas y explica quién es su madre y de qué se murió.
—Esa no —digo.
—¿Por qué no?
—Porque si le cuentas eso, lo primero que tiene que hacer ese chico es darte el pésame. Y entonces la conversación empieza con él debiéndote algo.
—Ah.
—Y porque tu madre no es asunto suyo todavía.
La segunda tiene seis y pregunta cuatro cosas.
—Demasiadas preguntas.
—Es que quiero saber cuatro cosas.
—Y las vas a saber. En el tercer correo o en el séptimo. —Empujo el portátil por la mesa—. Si le mandas cuatro preguntas, tiene que contestar cuatro y contestar cuatro es un trabajo. La gente no contesta a los trabajos.
—¿Cuántas se pueden?
—Una.
La tercera tiene dos líneas y no dice nada.
Y la que manda dice:
Hola. Me llamo Vera y tengo 12 años y vivo en Massachusetts. Creo que somos medio hermanos por la parte de la donante. Si no quieres contestar no pasa nada.
Si contestas: ¿tú lo sabías?
Y le da a enviar a las cinco y veintidós de la tarde de un lunes, con la mochila todavía encima de la silla.
Y luego cierra el portátil de ocho años y se queda mirando la tapa.
—Ya está —dice.
—Ya está.
—¿Y ahora?
—Ahora nada. Ahora puede tardar un día o cuatro meses o no contestar nunca, y las tres cosas son normales.
—¿Y si contesta y es raro?
—Entonces me lo enseñas y lo miramos.
—¿Y si es un tío de cuarenta años?
—Entonces me lo enseñas y lo miramos, y llamamos a tu padre.
—Vale.
—Y una cosa más. —Le paso el cuaderno—. Apunta la fecha, la hora y lo que has mandado.
—¿Por qué?
—Porque dentro de once años vas a querer saber qué escribiste exactamente el dieciséis de noviembre de 2026 a las cinco y veintidós de la tarde.
Y lo apunta, con el bolígrafo azul de su padre, y lo apunta bien.
◆
Recoge los folios. Los dobla en tres por donde estaban doblados.
—Sara.
—Dime.
—Cuatrocientas treinta y una son las de todo. Las de primos y esas.
—Ya lo he visto.
—Cercanos hay uno.
—Ya lo he visto.
—Por ahora —dice.
Y coge la mochila y sube.
◆
Yo bajo al sótano a las seis menos veinte.
Está donde ha estado toda la tarde, delante de la caldera, con la linterna apoyada en el banco de trabajo y una llave inglesa en el panel perforado colgada en su silueta.
—¿Ha bajado por algo? —dice.
—No.
—Vale.
Y no pregunta nada más, y sigue con lo que esté haciendo, que es apretar una cosa que no necesita que la aprieten.
Yo me quedo de pie en el cuarto escalón, que es exactamente donde se quedaba él en septiembre, y ahí caigo en la cuenta y no digo nada de eso tampoco.
—¿Se sabe el número de la caldera? —digo.
—Bob Cusick.
—El del móvil, digo.
—Está en la nevera desde el once.
—Ah.
—Lo puso Marta.
—Ya.
Aprieta otra cosa. La caldera hace el ruido que hacen las calderas cuando alguien les aprieta algo que no hacía falta.
Y entonces dice, sin volverse:
—¿Hice bien?
—¿En qué?
—En darle la contraseña.
Y esa pregunta lleva tres días esperando en este sótano, y este hombre se la ha guardado el sábado, el domingo y el lunes, y me la hace ahora de espaldas y con una llave inglesa en la mano.
—Sí.
—¿Seguro?
—Es la única cosa de las últimas nueve semanas de la que estoy completamente segura —digo—. En veinte minutos y sin condiciones. Eso ha estado bien.
—Vale.
—Y le va a costar caro.
—Ya lo sé.
—No, digo que le va a costar caro a usted. Le va a doler y va a durar años y no lo va a poder parar, y usted lo sabía cuando se fue a la cocina el sábado y por eso tardó veinte minutos.
Daniel deja la llave en su silueta del panel.
—Tardé veinte minutos porque no me acordaba de la contraseña —dice.
—No es verdad.
—No es verdad.
Y ahí se ríe una vez, corto, y yo también, y a mí me está subiendo por la garganta el nombre de un chico de quince años de Dayton, Ohio, y la hora exacta a la que se ha enviado un correo, y no lo digo.
—¿Ha ido bien esta tarde? —dice.
—Sí.
—Vale.
Y no pregunta más.
Y yo subo los cuatro escalones y cierro la puerta del sótano con el pestillo de media altura, el que se pone en las casas donde hay un niño de tres años.
◆
Yo me quedo en el comedor hasta las siete y media y no monto nada.
A las siete y media viene su padre a preguntar si me quedo a cenar y le digo que no. Me pregunta si ha ido bien lo de la tarde y le digo que sí. Me pregunta si le ha escrito y le digo que eso me lo tiene que contar ella.
—Cláusula tres —dice.
—Cláusula tres.
—Es que la escribió usted.
—Ya lo sé —digo—. La escribí yo y la escribí pensando en usted, y llevo una semana descubriendo para qué sirve de verdad.
En el Blue Anchor, esa noche, a las once, hago una cosa que no había hecho nunca.
Busco. Busco en internet, en la habitación seis, con el portátil en las rodillas y la espalda contra el cabecero, las palabras que llevo trece años sin escribir en ningún sitio.
Tardo cuatro minutos en escribirlas, además. Escribo tres versiones de la búsqueda y borro dos, que es exactamente lo mismo que hice el seis de noviembre para contestarle tres líneas a una niña.
Y hay foros.
Hay tres o cuatro, y hay gente escribiendo en ellos desde 2009, y están organizados por años y por clínicas y por estados, y tienen normas fijadas en el primer mensaje que empiezan diciendo que aquí no se juzga a nadie.
Hay personas concebidas por donación que tienen veintiocho años y hermanos en cuatro estados y que quedan una vez al año en Chicago.
Hay una mujer que escribe desde 2014 y que ha encontrado a treinta y uno.
Hay padres preguntando cómo se lo cuentan a un niño de seis, y hay quince respuestas y todas dicen lo mismo, que es que a los seis ya es tarde y que se cuenta a los dos.
Y hay donantes.
Hay un hilo entero de donantes de los noventa y de los dos mil.
Hay un hombre que donó esperma cuarenta y una veces en Wisconsin en 1993 por veinticinco dólares la vez y que se enteró a los cincuenta y tres de que hay once.
Hay una mujer de mi edad que donó óvulos dos veces en Nueva York, que escribe muy bien y muy seco, y que dice una cosa que me quedo mirando un rato largo.
Dice que lo que más le costó no fue enterarse de cuántos había.
Fue enterarse de que ellos llevaban años sabiendo de ella.
Leo hasta la una y media y no escribo nada en ninguna parte y no me apunto a nada y no creo una cuenta.
Y luego cierro el portátil y me quedo mirando el cuadro del faro que no es ningún faro de por aquí, y pienso en una cosa que dijo una niña de doce años a las cinco y media de la tarde con la mochila en una silla, y que era exactamente la misma cosa que le dije yo a su abuela en septiembre, y que en su boca no me molestó y en la mía sí.
Que esto no significa nada.
Y que significa algo igual.
◆
El martes por la mañana llego a las nueve y cuarto y ella todavía está en casa porque el autobús pasa a las nueve y veinte.
Está de pie en la cocina con la mochila puesta y con el portátil de ocho años abierto encima de la encimera.
—Nada —dice, sin que yo pregunte.
—Son diecisiete horas.
—Ya lo sé.
—Es muy pronto.
—Ya lo sé, Sara.
Cierra el portátil, se cuelga la mochila del otro hombro y se va a coger el autobús.
Y a las tres y cuarenta vuelve y lo primero que hace, antes de dejar la mochila, es abrirlo otra vez.
Y así once días.