26 #2
El domingo por la tarde, cuando Priya ya se ha ido y estamos otra vez las dos con la lista de nombres, Vera dice:
—Hay uno que no has mirado.
Yo no levanto la vista.
—He mirado como treinta.
—Hay uno que abriste y cerraste.
—He cerrado varios.
—Sara.
Y ahí sí levanto la vista.
—El del coche —digo.
—El del coche.
—Sí, lo cerré.
—¿Por qué?
—Porque a los seis segundos ya sabía lo que era.
Vera se queda quieta con el bolígrafo en la mano.
—Lo he numerado —dice—. Es el trescientos ochenta y ocho.
◆
Lo vemos entero.
Dos minutos y catorce segundos, cuatro de mayo, cinco y cuarenta de la tarde. El aparcamiento del Star Market de Beverly, la fila del fondo, la de al lado de los carros.
Está grabado desde el asiento de atrás, a través del hueco entre los dos reposacabezas, con el móvil apoyado en algo. Se ve un trozo de la oreja izquierda de él, la ventanilla, el retrovisor y un cuarto de su cara reflejada en el retrovisor.
El coche está parado y el motor apagado. Se oye el aparcamiento: carros, una puerta, un pájaro.
Durante cuarenta y un segundos no pasa nada.
Y luego pasa.
No hace ruido. Eso es lo que lo hace insoportable: que un hombre de metro noventa esté llorando en el asiento del conductor de su propio coche a cinco metros de la puerta de un supermercado y no haga absolutamente ningún ruido, con las dos manos en el volante y sin taparse la cara.
Un minuto y once segundos.
Luego se pasa la mano por la cara dos veces, arranca, y se acaba el vídeo.
◆
—¿Dónde estabas tú? —digo.
—Detrás. Había ido a por unas cosas y me dejé el móvil en el coche y volví.
—¿Y él sabía que estabas?
—No.
—¿Y no dijiste nada?
—No.
—¿Y por qué grabaste?
Y Vera se lo piensa, y se lo piensa de verdad, que es lo que hace esta niña cuando la pregunta es seria.
—Porque me asusté —dice.
—Vale.
—Es que no lo había visto nunca. Ni en el hospital, ni en lo del funeral, ni nada. —Se mira las manos—. Y yo pensaba que a lo mejor era que no le importaba tanto.
—Ya.
—Y entonces lo vi ahí y ya sabía que sí. —Se encoge de hombros—. Y lo grabé.
Yo me quedo un momento con eso.
—¿Y luego lo has visto?
—Un montón de veces.
—¿Cuántas?
—No sé. Un montón.
◆
—¿Eso se puede usar? —dice.
Y ahí está.
Ahí está la pregunta y hay que contestarla bien, y bien no significa decirle que no.
—Técnicamente sí —digo.
—¿Sí?
—Sí. Está grabado, es tuyo, tienes el archivo y nadie te lo puede quitar. En una película de cuarenta minutos eso son dos minutos y catorce segundos y es lo mejor que hay en el disco, con muchísima diferencia.
—¿Con mucha?
—Con muchísima. Yo no tengo nada ni parecido en once horas de material.
Vera asiente, muy despacio.
—Y no lo vas a usar —digo.
—¿Por qué no?
—Te voy a dar tres razones y las tres son de trabajo. Si después de las tres lo quieres usar, es tuyo y yo te ayudo a montarlo.
—Vale.
—La primera es que si metes eso, eso es la película.
—Le pongo la pantalla delante—. Todo lo que pongas antes va a estar preparando eso y todo lo que pongas después va a estar recogiendo eso.
Los once vídeos de la ventana, tu abuela, Priya, el árbol, todo.
Deja de ser lo que es y se convierte en lo de antes y lo de después.
—¿Y eso es malo?
—Es malo si lo que querías hacer era otra cosa. Y tú llevas diez meses grabando otra cosa.
Vera mueve el ratón un centímetro y lo devuelve a donde estaba.
—La segunda —sigo— es que tu padre lo va a ver una vez.
—Ya lo sé.
—No, escúchame bien, que esto es lo importante. Lo va a ver una vez, y a partir de esa vez ya nunca va a poder no saber que lo tenías. Y no va a estar enfadado. Va a ser peor: va a estar de acuerdo. Va a decirte que hiciste bien y va a pensar que es verdad.
—¿Y eso es malo?
—Eso es lo que te va a costar tres años arreglar.
—Vale.
—Y la tercera es la de mi oficio y es la que a mí me importa. —Bajo el volumen a cero—. Si lo usas, se acabó. No vuelves a grabar a tu padre en tu vida.
—Eso no es verdad.
—Es exactamente verdad. Tú puedes seguir grabándolo, pero él ya va a saber que existe una versión de él llorando en un aparcamiento que está en un sitio, y a partir de ahí un hombre no vuelve a estar solo en su propia casa.
Vera mira la pantalla apagada.
—O sea que si lo guardo, puedo seguir.
—Si lo guardas y no lo enseñas, puedes seguir toda la vida.
—Eso es hacer trampa otra vez.
—Eso es la misma trampa de siempre —digo—. Es la única que hay.
◆
Tarda cuatro minutos en decidirlo y lo decide sola.
Arrastra el trescientos ochenta y ocho a una carpeta que crea en ese momento y que llama con dos letras, y la mete dentro de otra, y la saca de la línea de tiempo.
—Ya está.
—Vale.
—¿Se lo digo?
—¿A tu padre?
—Sí.
Y yo tengo aquí, otra vez, la respuesta profesional de trece años, que es decir que sí, que se lo diga, que en las familias las cosas se dicen.
—No lo sé —digo.
—¿No lo sabes?
—No lo sé. Es tuyo y es tuya la decisión y no me toca a mí.
—¿Y tú se lo vas a decir?
—No.
—¿Seguro?
—Cláusula tres —digo—. La escribí yo el ocho de noviembre en una servilleta y la escribí pensando en otra cosa.
Vera se levanta a por agua y se queda de espaldas en el fregadero un rato.
—Pues no —dice.
—Vale.
—A lo mejor en Navidad.
—Vale.
—O no.
—Vale.
Y se va arriba con el disco espejo de veintidós dólares debajo del brazo, y yo me quedo en el comedor de esa casa con un secreto de una niña de doce años que no le puedo contar a su padre, y que no le voy a contar, y que él tampoco sabe que existe.
Yo escribí esa cláusula para protegerla a ella.