26
La primera clase no es de montaje. La primera clase es de no perder cosas.
—Esto es lo aburrido —digo—. Si aguantas esto, lo demás es fácil.
—¿Cuánto dura?
—Dos horas.
—¿Dos horas?
—Dos horas y media.
Vera se deja caer en la silla como se dejan caer los de doce años, que es con el cuerpo entero y una sola vértebra.
Lo primero es sacar los seiscientos once vídeos del móvil. Eso, que parece que se hace en cuatro minutos, se hace en cincuenta, porque el cable es malo, porque el móvil se apaga la pantalla y se para la transferencia y porque doce vídeos vienen mal y hay que repetirlos.
Ochenta y siete gigas.
—¿Eso es mucho? —dice.
—Eso son diez meses de tu vida y caben en un disco de veinte dólares.
Doble copia. Una en el disco de trabajo y otra en un disco espejo que le compro yo por veintidós dólares en la tienda de la 127, y que se queda en su cuarto, en el cajón de abajo, y que no se saca de ahí.
—¿Por qué dos?
—Porque un disco es cero discos.
—Eso no tiene sentido.
—Un disco se muere. Se muere solo, un martes, sin avisar, y no se arregla. —Le doy la vuelta al disco espejo y le pongo la etiqueta delante—. Si tienes uno, tienes cero. Si tienes dos en dos sitios, tienes uno.
—¿Y si tengo tres?
—Si tienes tres eres yo y no se lo recomiendo a nadie.
◆
Lo segundo son los nombres.
Seiscientos once archivos con el nombre que les puso el móvil, que es una letra y una fecha y un número, y ninguno dice nada.
—Hay que renombrarlos.
—¿Los seiscientos once?
—Los seiscientos once.
—Ni de coña.
—Fecha, sitio, quién sale. —Le escribo uno en el cuaderno—. Así: veinte cero tres, guion bajo, ventana, guion bajo, nieve.
—Sara, son seiscientos once.
—Ya.
—Eso son cuatro días.
—Eso son once horas si lo haces bien y catorce si lo haces mal.
—¿Y para qué?
Y esa sí es una buena pregunta y se la contesto con la única respuesta que tengo.
—Porque dentro de cuatro años vas a querer una cosa concreta —digo—. Una. Y va a ser un martes por la noche y vas a tener quince minutos. Y o los archivos tienen nombre, o no la encuentras.
Vera mira la lista de seiscientos once líneas idénticas.
—Cuarenta —digo—. Hoy cuarenta. Los cuarenta que ya sabes cuáles son.
Y hace cuarenta en una hora y diez, y a los veinte ya va más rápida que yo.
◆
El sábado empieza lo otro.
Le pongo tres clips en una línea de tiempo: los once minutos de la ventana de marzo, uno de Priya andando por un pasillo y treinta y ocho segundos de la nevera abierta.
—Veinte segundos —digo.
—¿Qué veinte segundos?
—Tienes trece minutos de material. Quiero veinte segundos. Los que tú quieras.
—¿Y qué tienen que contar?
—Nada. Tienen que aguantarse veinte segundos.
Su primera versión dura un minuto y treinta y cuatro.
—Eso no son veinte segundos.
—Es que si quito algo se entiende peor.
—¿Qué se entiende peor?
—Que va pasando el tiempo.
—Vale. —Giro la pantalla hacia él—. Enséñame el momento exacto en el que se entiende que va pasando el tiempo.
Y lo busca, y tarda un minuto, y lo encuentra: es el corte entre el séptimo plano de la ventana y el octavo, donde la luz cambia de golpe.
—Ahí.
—Ahí. Un corte. —Le pongo el dedo en la pantalla—. No hacen falta nueve. Con dos ya lo sabe todo el mundo y con tres empieza a sobrar.
Segunda versión: cuarenta y un segundos.
Tercera: veintitrés.
Cuarta: veinte clavados, y es mejor que la primera de una manera que ella misma nota y que se le ve en la cara.
—Ahora otra vez —digo.
—¿Otra vez?
—Otra vez, pero en diez.
—¡Sara!
—En diez. Y luego nos tomamos algo.
◆
Lo del corte antes de la frase se lo enseño con su abuela.
Le pongo los dos minutos del salón, los de la altura de la rodilla, en los que Margaret cuenta una cosa larguísima sobre una vecina que se ha caído en la iglesia metodista.
—¿Dónde cortarías?
—Al final.
—¿Cuándo es el final?
—Cuando se calla.
—Prueba.
Lo prueba. Corta cuando se calla, y suena a que se ha acabado la cinta.
—Qué raro —dice.
—Ahora corta cuatro palabras antes.
—¿Antes de que termine?
—Antes de que termine.
Lo hace. Y ahí, en el salón de su casa, un sábado a las seis de la tarde, una niña de doce años ve por primera vez lo que hace un corte bueno.
—Ah —dice.
—Sí.
—Pero se queda a medias.
—No se queda a medias. Se queda ella hablando en la cabeza del que lo mira. —Vuelvo a poner las dos versiones—. Si esperas a que se calle, la frase se acaba en la pantalla. Si cortas antes, la frase se acaba dentro.
—Eso es una trampa.
—Todo esto son trampas —digo—. Llevamos hora y media de trampas.
—Ya me he dado cuenta.
—Y aún quedan como treinta.
—¿Y me las vas a enseñar todas?
—Las que me dé tiempo hasta el seis de diciembre.
Y ella hace una cosa muy pequeña con la boca, que no es sonreír pero se le parece bastante, y que es exactamente la misma que hace su padre, y de eso tampoco voy a decir nada nunca.
◆
Priya llega a las siete.
Llega con la bolsa de deporte, otra vez, y con un asunto: en el colegio han puesto que los del club de teatro tienen que hacer una cosa en diciembre y hay que apuntarse antes del veinte, y ella se ha apuntado y Vera no.
—Es que yo no me voy a apuntar.
—Ya lo sé que no te vas a apuntar. Te lo digo por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
—Por si acaso te apuntas.
—Priya.
—Es que si te apuntas ahora estamos las dos y si te apuntas en enero ya están los grupos hechos y te toca con Marcus.
—Yo no me voy a apuntar en enero.
—Eso lo dijiste del clarinete.
—Del clarinete dije que lo dejaba en junio, que es distinto.
—Es lo mismo.
—Priya, es que no es lo mismo, y ya te lo he explicado dos veces.
Y siguen. Siguen once minutos por el asunto del club de teatro, con dos posiciones perfectamente argumentadas, y en algún momento se sientan las dos en el suelo del comedor con la espalda contra la pared porque las sillas están ocupadas por mi equipo, y yo sigo trabajando en la otra punta de la mesa con los cascos a medio poner, que es lo mismo que tenerlos quitados.
De los once minutos, cuatro son del club de teatro y siete son de otras cosas.
De una profesora que se llama Whitcomb. De un chico llamado Marcus, que aparece tres veces y las tres de refilón.
De si el hermano de Priya es tonto o es que no se esfuerza.
De una serie que han visto las dos y de la que Priya sostiene que el final está mal y Vera sostiene que el final es el único que había.
—Es que no puede acabar así.
—Priya, es que si acaba de otra manera se ha estado engañando cuatro temporadas.
—Pues que se engañe.
—No se puede.
—¿Por qué no?
—Porque entonces no vale de nada lo de antes.
No digo nada en once minutos.
No me piden nada, no me miran, no me consultan. En el minuto siete, Priya se levanta a por agua, pasa por delante de mi silla, dice «perdona» sin mirarme y sigue.
Y eso, de todo lo que ha pasado esta semana, es lo mejor.
◆
El sábado a las once de la noche bajo a por agua y hay luz en el garaje.
Está la puerta lateral entornada y se oye a alguien moverse dentro, y yo pienso lo que pensaría cualquiera a las once de la noche en una casa que no es suya, y luego me acuerdo de que en esta casa vive un hombre.
Está sentado en el suelo, con la espalda contra la caldera, con una caja abierta delante.
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Y alrededor tiene cuatro montones.
—¿Cuánto lleva? —digo.
—Dos horas.
—¿Y esos cuatro qué son?
Daniel mira los cuatro montones.
—Este es de Vera. Este es de la casa. Este es de trabajo de ella. Y este es de gente.
—¿Y cuál se tira?
—Ninguno.
—Ya.
—Es que no hay nada que tirar.
Y ahí, en un garaje de Marbury a las once de la noche de un sábado, vuelve exactamente la misma conversación del quince de septiembre.
Me siento en el escalón.
—Usted no está clasificando —digo—. Usted está cambiando cosas de sitio.
—Estoy clasificando.
—Tiene cuatro montones y en los cuatro pone «me lo quedo». Eso no es clasificar, eso es mudarse.
—Es que son fotos de mi mujer.
—Doscientas ochenta y una. Y arriba hay otras dos cajas con seiscientas, y en el disco hay cuatro mil quinientas, y usted lo sabe porque las conté yo en octubre y se lo dije.
—Ya lo sé.
—Y dentro de once años su hija va a abrir eso y va a haber cinco mil trescientas fotos y no va a mirar ninguna.
Daniel se queda con una foto en la mano, boca abajo.
—Hágalo usted —dice.
Y yo, sentada en un escalón de hormigón con un vaso de agua, le digo que no.
—No.
—Es su trabajo.
—Mi trabajo es lo otro. Esto es una caja de zapatos de su casa.
—Sara, yo llevo dos años y he abierto la caja cuatro veces.
—Ya lo sé.
—Y las cuatro he acabado a las dos de la mañana con cuatro montones.
—Ya lo sé, y no lo voy a hacer yo, y no es por hacerme la interesante. —Dejo el vaso en el escalón—. Es que si lo hago yo, dentro de once años su hija va a tener quinientas fotos elegidas por una señora de Pamplona que estuvo aquí tres meses.
—Vale.
—Le voy a dar otra cosa.
—¿El qué?
—Una regla.
Se vuelve.
—Usted está intentando decidir qué se queda —digo—. Y eso no se puede. Eso no lo puede hacer nadie con las fotos de su mujer y por eso lleva dos años sin poder, y no es un defecto suyo, es que la pregunta está mal hecha.
—¿Y cuál es la pregunta bien hecha?
—Qué se enseña.
Silencio de garaje, que es un silencio con caldera dentro.
—No decida qué se queda —digo—. Se queda todo. Todo, siempre, y usted no tira ni una. Decida qué se enseña, que es otra cosa mucho más pequeña y que sí se puede hacer un sábado a las once de la noche.
—¿Y qué diferencia hay?
—Toda. Lo que se queda es para siempre y lo decide el que muere. Lo que se enseña es para el domingo que viene y lo decide el que está vivo.
Daniel se queda con la foto boca abajo un rato bastante largo.
Y luego la gira, la mira, la pone en el montón de Vera y coge otra.
Y a los veinte minutos hay un quinto montón, que tiene once fotos y que es el único que ha elegido de verdad, y las once son buenas.
Yo me bebo el agua en el escalón y no digo nada, y a la una menos veinte subo al garaje y él sigue abajo.
Al día siguiente las once fotos están en la nevera, sujetas con imanes, en dos filas.
◆