El otoño que no grabamos 25
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El jueves empiezo otra vez, con otra clienta y con otras reglas.

La primera regla se nota en cuatro minutos: la clienta es la que decide dónde trabajo. Y la clienta ha decidido que trabajo en el comedor, en la mesa larga, con la pantalla grande hacia la puerta, y no en el garaje.

—¿Por qué aquí? —digo.

—Porque si estás en el garaje no te veo.

—Puedes subir.

—No quiero subir. Quiero verte desde la cocina.

Y me lo dice sin ninguna carga, colocando la mochila, como quien coloca a un electricista.

La segunda regla la establece ella el mismo jueves, a las cuatro y diez, cuando su padre entra en el comedor a preguntar una cosa.

—Papá.

—¿Qué?

—Que aquí no.

Daniel se para en la puerta con medio pie dentro.

—Es que solo iba a…

—Ya, pero aquí no. —No levanta la vista del cuaderno—. Esto es mío. Está en el contrato.

Y él mira la mesa, y me mira a mí, y yo no digo absolutamente nada porque esto no es asunto mío y porque además está en el contrato.

—Vale —dice, y se va.

Y a mí me da una pena enorme y no lo demuestro, porque llevo dos meses viendo a ese hombre entrar en esa habitación cuarenta veces y hoy es la primera que no puede.

Duermo en el Blue Anchor. Ciento noventa y seis dólares la semana, habitación seis, la de la tabla atornillada a la pared, y esta vez la pago yo y no la pone nadie en un contrato, y esa diferencia solo la entiendo yo. El chico de recepción es el mismo y esta vez sí baja el volumen del partido.

Marta se fue el miércoles.

Me dejó sus notas en un documento de dos páginas y me las leo el jueves por la mañana, antes de que llegue nadie, sentada en el comedor con el café malo del paquete azul, que sigue ahí.

Son muy buenas.

Son mejores que las mías, para ser exactos, porque son de alguien que ha entrado en una casa ajena diez días con un proyecto empezado por otra persona y ha resuelto tres cosas que yo llevaba dos meses sin ver.

La primera: que esta casa tiene un eco de doscientos y pico hercios que se mata cerrando la puerta del pasillo, y que si se cierra esa puerta desaparece la mitad del trabajo de sonido. Dos meses. Dos meses grabando en esta cocina con la puerta abierta.

La segunda: que la niña no habla si hay una silla vacía enfrente, y que si se quita la silla habla. Lo tiene apuntado con la fecha de los tres días en que lo comprobó.

Y la tercera: que Margaret Kovac cuenta mejor las cosas si tiene una tarea en las manos, y que la manera de grabarla es darle algo que pelar.

Al final hay una línea: La niña sabe más de esto de lo que os pensáis los dos. M.

A las cuatro y diez llega Vera, deja la mochila en la silla y ve el documento abierto en la pantalla.

—¿Eso qué es?

—Las notas de Marta.

—Ah.

—Son muy buenas.

—Ya.

—No, de verdad. Hay tres cosas aquí que yo no había visto en dos meses. Lo del eco del pasillo es…

—Ponía el trípode en el sitio de la mesa —dice Vera.

Y se sienta, y saca el cuaderno de mates, y ahí se acaba.

Yo tengo la corrección entera en la boca.

La tengo montada, además, con las tres cosas por orden y con las fechas, y es corta y es cierta y sería el trabajo de treinta segundos: decirle a una niña de doce años que la mujer a la que ha estado poniendo verde durante dos semanas es mejor profesional que yo, que se leyó una hoja de estado de seis páginas que nadie le obligaba a leer, que montó una cámara en su ventana porque lo ponía en la página tres, y que dejó escrito, en la última línea, que esa niña sabe más de esto de lo que nos pensamos su padre y yo.

Y no lo digo.

Y no lo digo por una razón que sé perfectamente y que voy a escribir aquí porque en algún sitio hay que escribirla.

Si Marta era buena, entonces esta casa no me necesitaba.

Si Marta era buena, entonces lo del trípode era una excusa, y el correo del viernes a las nueve y cuarenta no era un encargo profesional de una clienta descontenta: era una niña de doce años buscando la única manera que se le ocurría de que yo volviera.

Y si eso es lo que era, yo lo sabía el sábado por la noche mientras escribía cinco versiones de tres líneas.

Cierro el documento de Marta y me pongo con el ensamblado del otoño.

—¿Qué hacemos hoy? —dice Vera.

—Hoy renombramos.

—Qué asco.

—Bastante.

◆

Lo del móvil sale el jueves a las cinco y media, y sale por casualidad, que es como salen las cosas.

Yo estoy revisando el ensamblado de otoño para ver qué falta y qué ha grabado Marta en diez días, que ha grabado poco y bien: una cena, una tarde de deberes en la mesa de la cocina y once minutos de Margaret hablando de una vecina.

Vera está enfrente con los deberes, que ahora los hace aquí.

—¿Eso qué es? —dice, sin levantar la vista.

—El otoño entero, sin cortar. Cuarenta y tres minutos.

—¿Y cuánto va a durar la película?

—Cincuenta y tres con lo que hay.

—¿Y con lo de mi madre?

—Con lo de tu madre, ciento sesenta y cinco más cuarenta y tres son doscientos ocho, y de doscientos ocho salen cincuenta y tres.

Vera hace la cuenta en la cabeza. Le lleva dos segundos.

—O sea que tiras el setenta y cinco por ciento.

—Dejo fuera el setenta y cinco por ciento.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo, y esa discusión ya la he tenido con tu padre y la gané.

—¿La ganaste?

—Empatamos.

Y se ríe por la nariz, y yo he visto hacer eso en una pantalla a las once menos cuarto de una noche de octubre, y de la que no voy a decir nada nunca.

Luego se queda callada un rato largo, y a los tres minutos cierra el cuaderno de mates sin haberlo terminado.

—Tengo una cosa —dice.

◆

Saca el móvil.

Es un móvil normal, de hace tres años, con una funda rosa que se le está despegando por una esquina y una grieta en el cristal, arriba a la derecha, que no llega a la pantalla.

Lo pone encima de la mesa y lo empuja.

—Ábrelo. Álbumes. El de abajo del todo.

Lo abro.

El álbum se llama con una sola letra, una span class="ar"p/span minúscula, que es lo que pone la gente que no quiere que nadie lo abra por curiosidad, porque una carpeta llamada span class="ar"privado/span la abre cualquiera y una carpeta llamada span class="ar"p/span no la abre nadie.

Seiscientos once vídeos.

El primero es del catorce de enero. El último es de anteayer.

—Ocho meses —digo.

—Diez.

—Aquí pone enero.

—Es que en noviembre y diciembre lo hacía con la otra cuenta y se me borró.

Empiezo a mirar. No los abro todos: los abro como se abre un archivo desconocido, que es a saltos, uno de cada veinte, para ver qué clase de cosa tienes delante.

Y lo que tengo delante no se parece a nada que haya montado en trece años.

Hay cuarenta segundos de la puerta de la nevera abierta. Nada más: la puerta abierta, la luz de dentro, los estantes. Sin voces.

Hay dos minutos de su abuela en una silla del salón contando algo de una vecina, grabados desde la altura de la rodilla, sin que ella lo sepa.

Hay diecinueve segundos de una zapatilla.

Hay seis minutos y medio de una clase de mates enteros, con el móvil apoyado en el estuche, en los que no pasa absolutamente nada y en los que se oye a la señora Delgado explicando fracciones y a alguien de la fila de atrás abriendo un envoltorio durante casi un minuto.

Hay once vídeos seguidos del mismo día de marzo, todos de la misma ventana, cada uno de un minuto, tomados cada media hora, y en el noveno empieza a nevar.

Hay veintitrés de Priya. Priya andando, Priya hablando, Priya haciendo una cosa con las manos que no entiendo, Priya diciéndole que pare y riéndose.

Hay siete de un perro que no es de esta casa.

Hay cuatro del ginkgo, uno por estación, y el de verano y el de otoño están grabados exactamente desde el mismo sitio, desde la ventana de su cuarto, con el mismo encuadre, y eso no es casualidad y eso lo hace muy poca gente de doce años.

Hay dos que son solo audio, con la pantalla en negro, porque tenía el móvil en el bolsillo.

Hay uno, del cuatro de mayo, de un coche aparcado visto desde detrás, a través de un cristal, que dura dos minutos y catorce segundos.

Ese lo cierro a los seis segundos.

Lo cierro a los seis segundos porque a los seis segundos ya sé lo que es, y porque en trece años he aprendido a saber lo que es una cosa antes de tener que verla, y porque no me toca a mí.

Y hay treinta y uno de septiembre y octubre en los que salgo yo.

Salgo montando el trípode. Salgo de espaldas en la cocina.

Salgo discutiendo con su padre por el escalón del porche, grabada desde el salón a través de la puerta, y ahí se me ve muy bien y se oye fatal.

Salgo comiendo. Salgo, en uno de treinta segundos del once de octubre, dormida en una silla del comedor a las cuatro de la tarde con la mano encima del portátil.

De ese no me acordaba en absoluto.

◆

Dejo el móvil en la mesa.

—¿Esto lo sabe alguien? —digo.

—No.

—¿Tu padre?

—No.

—¿Priya?

—Priya sabe que grabo cosas. No sabe que hay seiscientos.

—Vale.

—¿Está mal?

Y esa pregunta la hace mirando el móvil y no a mí, y la hace con doce años y once meses, y es la primera vez en dos meses que me pregunta algo sin defenderse antes.

—Espera —digo—. Antes de eso.

—¿Qué.

—¿Por qué empezaste?

Vera coge el móvil de la mesa y lo vuelve a dejar en el mismo sitio.

—En enero.

—Ya lo sé, en enero. Digo por qué.

—Por una tontería.

—Vale.

—Es una tontería de verdad.

—Vale.

Y se lo piensa doce o trece segundos, que en esta mesa es muchísimo.

—Estaba en el autobús —dice—. Volviendo del colegio, en enero, y estaba pensando en otra cosa, y de pronto intenté acordarme de cómo decía mi madre una palabra.

—¿Qué palabra?

—Da igual cuál.

—Vale.

—Y no me acordaba. —Se sube la manga—. Como cuatro segundos. Cuatro segundos que no me acordaba de cómo lo decía, y luego me acordé, y ya está.

—Ya.

—Y no me asusté por eso.

—¿Por qué te asustaste?

—Porque de mi padre me acordaba de todo.

Y se pone a rascar una marca de la mesa con la uña.

—De todo —dice—. De cómo dice las cosas, de cómo anda, de cómo cierra la puerta del coche. Y de ella me acuerdo de un montón, pero de un montón menos, y de él me acuerdo de todo porque lo estoy viendo todos los días.

—Sí.

—Y un día no lo voy a estar viendo.

Silencio.

—Y entonces me puse a grabarlo a él —dice—. Y luego a la abuela. Y luego a Priya, porque Priya se va a ir a la universidad y ya está.

Y coge el vaso de agua y se lo bebe entero, que es lo que hace esta niña cuando ha dicho algo y quiere que se acabe de decir.

Yo llevo cuatro años montando una película sobre un hombre del que tengo nueve segundos.

Esta niña se subió a un autobús escolar en enero, hizo la misma cuenta que hice yo en 2020 en el sofá de un piso de Somerville, y empezó por el otro lado.

—No está mal —digo.

—¿No?

—No está mal en absoluto. Está bien pensado y es lo que haría cualquiera que trabaje en esto.

—Vale.

—Lo que puede estar mal es cómo lo has hecho, que es otra cosa. ¿Quieres que lo miremos?

—Sí.

—Depende —digo.

—Eso es que sí.

—Depende de verdad. Hay cosas de ahí que están mal y que lo sabes tú mejor que yo, y hay otras que no.

—¿Cuáles están mal?

—Las que has grabado a gente que estaba sola.

Vera pasa el dedo por la grieta del cristal, arriba a la derecha, dos veces.

—Y eso no lo digo como una regañina —sigo—. Lo digo como el oficio. Yo llevo trece años haciendo esto y hay una sola cosa que no se hace nunca, y es grabar a alguien en el momento en que ese alguien se cree que no lo mira nadie. Todo lo demás se puede discutir. Eso no.

—Tú grabaste a mi abuela.

—Con la cámara en un trípode, en el centro de la cocina, con un piloto rojo encendido y después de decirle a todo el mundo en voz alta el primer día que iba a grabar.

—Ella no se acordaba.

—No se acordaba, y eso es cosa suya. Yo lo dije.

—O sea que vale con decirlo una vez.

—Vale con decirlo una vez, en voz alta, delante de todos y el primer día. —Me apoyo en la mesa—. Y si alguien te dice que pares, paras. Y si alguien te dice que no lo uses, no lo usas, aunque sea lo mejor que tengas.

—¿Y si es lo mejor que tienes?

—Sobre todo si es lo mejor que tienes.

Vera se lo piensa.

—¿A ti te ha pasado?

—Sí.

—¿Cuántas veces?

—Una vez este otoño.

Y ella levanta la vista y me mira exactamente el tiempo que hace falta para que las dos sepamos de qué estamos hablando, y luego mira otra vez el móvil, y eso es todo lo que va a pasar con eso.

—Hay como seis que están mal —dice.

—Vale.

—¿Los borro?

—No.

—¿No?

—No se borra material —digo—. Los sacas de ahí, los metes en otro sitio y no los usas. Y cuando tengas dieciocho decides.

—Eso es hacer trampa.

—Eso es exactamente hacer trampa —digo—, y llevo trece años haciéndola.

—¿Y si no quiero decidir a los dieciocho?

—Entonces sigues sin decidir y no pasa nada. Lo único que no se puede hacer es decidirlo hoy.

—¿Por qué?

—Porque hoy tienes doce años y estás enfadada con tu padre.

Vera se queda con eso un rato bastante largo.

—Doce años y once meses —dice.

◆

Y entonces me pide lo que ha venido a pedirme, y me lo pide con la barbilla apoyada en las dos manos.

—Móntamelos.

—No.

Lo digo rápido. Demasiado rápido, con las tres razones ya cargadas, porque llevo veinte minutos viéndolo venir y tengo la respuesta preparada desde el vídeo número cuarenta.

Le voy a decir que es suya. Le voy a decir que si se lo monto yo va a ser mi película con su material, que es lo que le pasó a su madre con el otoño y lo que le está pasando a su padre con las veintidós líneas.

Le voy a decir que ella es la clienta y que la clienta no monta pero que esto no es un encargo, esto es otra cosa.

Le voy a decir: es tuya, yo te enseño.

Y abro la boca para decirlo y ella dice:

—Ya lo sé.

—¿Cómo?

—Que ya sé que vas a decir que no. —Se endereza—. No quiero que la montes tú.

—Vera…

—Quiero saber hacerlo.

Y se queda mirándome desde el otro lado de una mesa de comedor de Massachusetts con las manos en las mangas del jersey, con doce años y once meses, esperando a que yo diga algo.

Y yo llevo veinte minutos preparando un discurso para convencer a una niña de una cosa de la que ya estaba convencida antes de sacar el móvil de la mochila.

—Vale —digo.

—¿Vale?

—Vale. Empezamos mañana a las cuatro y traes el cargador, porque esto se va a comer la batería.

—Vale.

—Y una cosa.

—¿Qué.

—Esto lo vamos a hacer bien —digo—. Con nombres, con fechas y con hojas. Y las hojas las escribes tú.

—¿Qué hojas?

Le doy la vuelta al cuaderno y le enseño una.

Vera la lee entera, los cinco campos, moviendo un poco los labios en el de abajo.

—Esto es un formulario —dice.

—Esto es un formulario, sí.

—Qué asco.

—Un poco sí.

—Es que es asqueroso.

—Bastante —digo—. Escribe una.

Y me la devuelve doce minutos después, hecha con el bolígrafo azul de su padre, con los campos en el orden equivocado y con una mancha de chocolate en la esquina de abajo a la derecha.

DECISIÓN: dentro D1 / video 47 Interior, cocina, marzo. Ventana. Nieve. MOTIVO: por que es el noveno y en el noveno empieza TC — no se