24 #2
—Cuarenta y siete días de trabajo, del nueve de septiembre al veintiséis de octubre.
Once horas y cuarenta minutos de material grabado en veintiséis sesiones.
Un montaje de once minutos entregado. Un ensamblado de cuarenta y tres.
Seis páginas de estado de proyecto. Doscientas ochenta y una fotos escaneadas a mil doscientos y catorce papeles, que son doce horas.
Una ficha de cocina escaneada y plastificada, que eso no lo cobro porque no lo cobro nunca.
Y dieciocho noches de motel a veintiocho dólares, que sí las cobro.
—Sara.
—Nueve mil cuatrocientos. Le devuelvo doce mil seiscientos esta tarde y le mando la factura desglosada mañana.
—No quiero la factura.
—La factura es para mí.
—¿Por qué?
—Porque si acepto veintidós mil por siete semanas, entonces esto no era un trabajo. —Cierro el cuaderno—. Y si esto no era un trabajo, entonces yo estuve dos meses en su casa por otra cosa, y no estuve por otra cosa. Estuve porque me pagaban.
Daniel pone un dedo encima del cuaderno cerrado y lo deja ahí.
—Al principio —dice.
—¿Cómo?
—Que al principio estuvo porque le pagaban.
Y ahí no tengo nada que contestar, así que no contesto, y él abre la boca y la cierra, que es un gesto que he visto esta semana en otro sitio y del que no me pienso acordar ahora mismo.
—Vale —dice.
Nueve mil cuatrocientos dólares.
Con nueve mil cuatrocientos dólares se paga el alquiler de noviembre, el de diciembre y el de enero, se le quitan seis mil a la deuda y quedan mil doscientos para vivir hasta que entre otra cosa.
Yo llevo quince días haciendo esa cuenta todas las noches antes de dormirme y he llegado a hacerla en once segundos.
◆
Y entonces, ya en la puerta, cuando yo tengo el abrigo puesto, pregunta lo otro.
—¿Dónde duerme?
—En el Blue Anchor.
Daniel se para.
—¿En el motel?
—En el motel.
—¿Desde cuándo?
—Desde el jueves.
—¿Y hasta cuándo?
—Hasta el seis de diciembre.
Y le veo hacer la cuenta. Le veo hacerla entera, con los ojos, en unos cuatro segundos, y le veo llegar al número y no gustarle.
—Son tres semanas y media —dice.
—Veinticuatro días.
—A veintiocho la noche.
—A veintiocho la noche si pago por semanas, que es lo que hago.
—Seiscientos setenta y dos dólares.
—Seiscientos setenta y dos.
—Con un baño con la ducha de plato.
—Con un baño con la ducha de plato, sí.
—Y una tabla atornillada a la pared en vez de una mesa.
—Usted no ha entrado nunca en esa habitación.
—Me lo ha contado usted dos veces —dice—. En septiembre.
Y ahí este hombre se apoya en el marco de la puerta del mudroom de su casa y hace lo que hace este hombre, que es exponer un problema.
—Ahí arriba hay cuarenta metros vacíos —dice—. Con cocina, con baño y con una ventana que da al jardín. Están vacíos desde el veintiséis de octubre. Nadie los usa, nadie los va a usar, no le cuestan nada a nadie y usted vació ese sitio conmigo en cuatro horas un domingo.
—Ya lo sé.
—Y usted está pagando seiscientos setenta y dos dólares por dormir a seis minutos.
—Cinco.
—Peor.
—Ya lo sé, Daniel.
—Es que no es una cuestión de dinero, es que es absurdo.
—Es absurdísimo.
—¿Entonces?
Y se lo digo, porque se lo tengo que decir y porque además es verdad.
—Porque en esa casa no duermo.
—¿Por qué no?
—Porque su hija se levanta a las siete menos cuarto, y porque me ha contratado con trescientos ochenta y dos dólares que se ganó paseando tres perros, y porque el día que ella baje a desayunar y yo esté ahí a las siete de la mañana con la misma ropa de ayer, esa niña va a saber una cosa que todavía no le toca saber.
Daniel se queda quieto.
—Ya —dice.
—Y no me lo discuta, porque tengo razón.
—Tiene razón.
—Ya lo sé.
—Es que sigue siendo absurdo.
—Es que las dos cosas caben —digo—. Es absurdo y tengo razón, y eso pasa todos los días.
Se aparta del marco.
—Le puedo pagar el motel.
—No.
—Va en el proyecto.
—No va en el proyecto porque el proyecto es de su hija y su hija tiene trece años en dos semanas y no le voy a facturar a una niña seiscientos setenta y dos dólares de motel.
—Entonces se lo pago yo aparte.
—Daniel.
—Es que son seiscientos setenta y dos dólares.
—Buenas tardes.
—Es que se los puedo transferir esta noche y no se entera nadie.
—Buenas tardes —digo, y salgo.
Y desde el camino de entrada, cuando ya estoy abriendo el coche, le oigo decir, desde la puerta, en voz normal, sin gritar, a un jardín vacío:
—Seiscientos setenta y dos dólares.
◆
Cuando me voy, ya en el mudroom, con la caja de zapatos otra vez en la mesa de la cocina y con el contrato de la niña firmado por su padre encima de la caja, hago una cosa.
Me pongo el abrigo. Cojo la bolsa. Abro la puerta.
Y me quedo con la mano en el picaporte cuarenta segundos, que es más de lo que se tarda en decidir nada.
Vuelvo.
—¿Me deja una? —digo.
—¿Una qué?
—Una fotocopia. La del formulario.
Daniel abre la caja, saca el juego de arriba y me lo da entero, los cuatro documentos, sin preguntar nada.
Yo saco las dos hojas de la ficha 4471 y le devuelvo el resto.
—¿Solo esa?
—Solo esa.
—Puede llevárselas todas.
—No las quiero todas.
—Puede llevarse el original si quiere. Es suyo.
—No es mío —digo, por segunda vez en una hora—. Y no quiero el original, quiero la fotocopia, que es otra cosa.
Y él no me pregunta por qué es otra cosa, y menos mal, porque yo tampoco lo sé todavía.
Me meto las dos hojas en el bolso, dobladas por la mitad, entre el cuaderno y el estuche de las tarjetas, y me pongo el abrigo verde y salgo.
En el coche, antes de arrancar, me quedo con las manos en el volante.
Ahí dentro hay una niña de cinco años en Zarautz con un bañador rojo, diecinueve casillas marcadas a bolígrafo azul por una chica que se llamaba Kelsey y ciento ochenta palabras escritas en veinte minutos por una persona a la que le dijeron que no se pusiera trascendente.
Nadie me ha pedido que me las lleve. Él me ha ofrecido cuatro documentos y yo he cogido uno, y el que he cogido no es el árbol, ni el test, ni la carta.
He cogido el único de los cuatro que escribí yo.
Y hay una parte de esto que no le voy a contar a nadie, ni a Owen, ni a mi hermana, ni a la niña que me ha contratado con trescientos ochenta y dos dólares en un sobre, y es que me da vergüenza.
Me da vergüenza de una manera muy concreta: no por quererlo, sino por haber tenido que volver a por ello.
Cuarenta segundos con la mano en un picaporte.
Eso me lo llevo y no sé para qué.