El otoño que no grabamos 24
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Vuelvo a la casa el martes, quince días después de irme.

Aparco en el mismo sitio. Entro por el mudroom, que es lo que llevo haciendo desde el diez de septiembre y que hoy no sé si me toca.

Los zapatos siguen igual. Ocho pares contra el zócalo y, en la esquina, los dos del treinta y ocho, uno pegado al otro.

Y luego, dentro, hay dieciséis días de otra persona.

Se nota en cuatro cosas y las cuatro me llevan tres minutos: hay un rollo de cinta americana en la encimera, que Marta lleva siempre y que yo no; hay dos marcas de trípode en la alfombra del salón que no son las mías; hay una regleta nueva enchufada detrás del sofá con el cable pasado por debajo y grapado a la pared, que es un trabajo mejor que el que habría hecho yo; y en el frigorífico, sujeto con un imán, hay un papel escrito con una letra que no conozco que dice, en tres líneas, a qué hora sale el autobús de Vera, a qué hora vuelve y el teléfono del colegio.

Eso último me molesta durante unos ocho segundos y luego me parece bien.

Daniel está en la cocina y se levanta cuando entro, que es una cosa que no ha hecho nunca.

—Hola.

—Hola.

—¿Café?

—No.

—Vale.

Y se queda de pie con la mano en el respaldo de una silla, y me doy cuenta de que ha ensayado esto, y de que lo que ha ensayado no le está sirviendo de nada.

◆

Primero el trabajo, porque el trabajo es lo único que sabemos hacer los dos.

—El contrato es con ella —digo—. Lo he pasado a limpio y lo tiene. Usted lo firma como tutor y no es su cliente.

—Vale.

—Tiene cuatro cláusulas y una de ellas dice que lo que ella me diga trabajando no se lo cuento a usted.

—Vale.

—¿Vale de verdad o vale de por ahora?

—De verdad. —Se sienta—. Léame la cuatro.

—La cuatro es suya, no mía.

—Léamela.

Y se la leo, y él baja la vista a la mesa y con el pulgar alisa el borde del mantel individual dos veces.

—¿Eso lo ha escrito ella?

—Palabra por palabra.

—¿Y por qué se le ha ocurrido eso?

—Porque tiene doce años y no es tonta —digo—. Porque lleva dos meses viendo a dos adultos hacer el idiota en su cocina y sabe perfectamente que si eso se acaba mal, la que desaparece soy yo. Y ha decidido que eso no.

Daniel se pasa la mano por la boca.

—Vale —dice—. Lo firmo hoy.

◆

—Se lo conté el uno —dice, después.

—Ya lo sé.

—¿Se lo ha contado ella?

—No. Me lo ha dicho usted ahora.

—Ah.

—Ella no me ha contado nada de eso y no se lo voy a preguntar.

—Vale. —Junta las manos—. Se lo conté el uno, un domingo, aquí, en esta mesa. Le dije lo del árbol de su madre, lo de la carpeta, lo de que yo lo sabía desde el veinticuatro y lo de que la contraté sabiéndolo.

—¿Todo?

—Todo. Menos la conversación del veinticinco, que le dije que habíamos discutido y que usted se había ido, y no le dije de qué.

—Eso está bien.

—Eso me lo dijo usted el veintiséis.

—Ya. Está bien igual.

—Y no me habla desde entonces.

Lo dice sin ninguna dramatización, como se dice un dato.

—Nueve días —dice—. Me contesta a lo que le pregunto. Come, va al colegio, hace los deberes en la mesa de la cocina, que eso lo ha empezado a hacer ahora, y no me habla.

—¿Y usted qué ha hecho?

—Estar.

—Bien.

—¿Bien?

—Muy bien —digo—. Es lo único que se puede hacer y es lo más difícil que hay, y la mitad de la gente en su sitio se pone a hacer cosas para arreglarlo y lo empeora.

Y entonces le pregunto lo que llevo dieciséis días queriendo preguntar y que no tiene nada que ver con nada.

—¿Qué hizo usted el veinticinco por la noche?

Daniel levanta la vista.

—¿El veinticinco?

—Cuando yo subí al garaje. Yo me quedé mirando por la ventana y usted estuvo cincuenta minutos sentado en una silla en el centro de la cocina sin moverse.

—¿Me estuvo mirando?

—Cincuenta minutos.

—Ya.

—¿Qué hacía?

Y él se lo piensa, y lo que contesta es lo que contestaría este hombre y no otra cosa.

—Estaba haciendo una lista —dice.

—¿De qué?

—De lo que tenía que decirle a mi hija. —Se pasa la mano por la boca—. Estuve cincuenta minutos ordenando en qué orden se lo decía, porque si se lo decía en el orden equivocado ella iba a oír una cosa distinta.

—¿Y cuál era el orden bueno?

—Primero lo de su madre. Segundo lo mío. Y luego usted, al final y lo más corto posible.

—¿Por qué al final?

—Porque si la pongo a usted en medio, la película se convierte en lo que hizo su padre. Y esa película es de su madre.

Y yo me quedo un momento con eso, porque acabo de entender una cosa que no había entendido en dieciséis días de repasarla: que aquella noche, sentado en una silla en el centro de su cocina, ese hombre estaba haciendo un montaje.

Mal, tarde y sin saber que lo hacía. Pero un montaje.

—Es que he empezado a hacer cosas —dice.

—Ya lo veo.

—Le he comprado un ordenador.

—¿Perdone?

—Un portátil. —Y lo dice como quien confiesa—. El jueves. Está en la caja, arriba, sin abrir. Se lo iba a dar el viernes y luego pensé que si se lo daba el viernes era una manera de comprarla y lo dejé arriba.

—Eso ha estado bien pensado.

—Sí.

—Y ahora tiene un ordenador de mil dólares en un armario.

—Novecientos.

—Novecientos.

—Y ahora está ahí y ya no se lo puedo dar nunca, porque si se lo doy en Navidad va a pensar que se lo compré por esto, que es exactamente lo que pasó. —Se tapa la boca con la mano un segundo—. Y lo peor es que lo necesita. Está haciendo los deberes con el de la casa, que tiene ocho años.

Yo me quedo un momento con eso.

—Déselo en enero —digo—. Un martes cualquiera. Y cuando se lo dé, dígale que lo compró el cinco de noviembre y que no se lo dio porque le pareció que quedaría fatal.

—¿Se lo digo?

—Se lo dice entero. Esa niña detecta las omisiones a cuarenta metros.

—Ya lo he notado.

—Todos lo hemos notado.

◆

Porque encima de la mesa hay una caja de zapatos.

La ha puesto ahí antes de que yo llegara, y lleva veinte minutos en el borde de mi visión, y él no la ha tocado ni la ha mencionado.

Ahora la empuja quince centímetros hacia mí.

—Aquí está todo —dice.

Dentro hay: los cuatro originales en papel, que no había visto nunca, porque yo solo había visto los escaneos.

Dos juegos de fotocopias, hechas en una copistería de Beverly y no en casa, y eso significa que las hizo hace tiempo y con calma.

Un pendrive de treinta y dos gigas con una etiqueta escrita con letra de plano de ingeniería que dice span class="ar"44 — COPIA/span.

Y un papel doblado con las contraseñas de la cuenta de la empresa del test genético, con el usuario, la contraseña y una nota debajo que pone el cobro es anual, marzo .

—¿Sigue pagándolo? —digo.

—Cuarenta y nueve dólares al año.

—¿Por qué?

—Porque si dejo de pagarlo se borra la cuenta.

—Y en la cuenta está el árbol.

—En la cuenta está el árbol y está la lista entera de coincidencias, que son cuatrocientas y pico. —Se ajusta el reloj—. Y la lista se actualiza sola cuando se apunta gente nueva.

Eso lo dice y sigue hablando de otra cosa, y a mí ese dato se me queda enganchado en algún sitio y no lo saco hasta la semana siguiente.

Cojo el árbol. El original.

El reverso de la radiografía es más grande de lo que parecía escaneado, y el papel es rígido y brilla, y pesa. Por el otro lado hay unas costillas, una fecha y un nombre impreso en la esquina con el tipo de letra que ponen las máquinas: Kovac, E.

Elena Kovac dibujó el árbol de mi familia en el reverso de una radiografía de su propio pecho.

Eso no se sabe hasta que se tiene el papel en la mano, y ahora ya no se puede dejar de saber.

Le doy la vuelta otra vez. Miro el árbol de cerca por primera vez, en papel y no en una pantalla, y hay tres cosas que en el escaneo no se ven.

La primera es que hay dos bolígrafos y no uno: el azul es de un día y el negro es de otro, y el negro es el que rodea mi nombre por segunda vez.

La segunda es que en el margen izquierdo, en vertical, muy pequeño, hay una fecha con un signo de interrogación: ¿1992?

Y la tercera es que en la parte de abajo, debajo de todo, separado del árbol, hay una palabra sola.

Zarautz.

Con la ese al final y con la zeta bien puesta, escrita por alguien que ha copiado esa palabra de un sitio letra por letra, sin saber cómo se pronuncia.

—Decida usted qué se destruye —dice Daniel.

Y yo dejo el papel en la caja y me apoyo en la mesa.

—No.

—Es suyo.

—No es mío.

—Sara, esto es su nombre, su cara y su letra.

—Y es la letra de su mujer y es la radiografía de su mujer y es el árbol que hizo su mujer durante un año, y dentro de tres años va a ser lo único que tenga su hija para saber cómo llegó su madre hasta aquí.

—Cierro la caja—. Usted lo que quiere es que yo le diga que lo queme, para poder quemarlo sin ser el que lo ha decidido.

—Eso no es verdad.

—Es un poquito verdad.

Daniel se queda quieto.

—Sí —dice—. Es un poco verdad.

—Pues no.

—¿Entonces qué hago con esto?

—Guardarlo. En un sitio que no sea esta casa, con una etiqueta y una fecha, y que sepa dónde está.

—¿Y ya?

—Y cuando ella tenga dieciocho, o veinte, o veintiséis, y un martes por la noche le dé por preguntar, usted abre un armario y le da una caja de zapatos en vez de una explicación. —Le empujo la caja de vuelta—. Eso es lo que hay que hacer y no hay nada más.

◆

Lo del dinero lo deja para el final, igual que la última vez.

—Le he transferido los veintidós mil.

—Ya lo he visto.

—Esta mañana.

—A las siete y cuarenta, sí.

—Es el contrato completo.

—Es el contrato completo de una película que no terminé, que estuve siete semanas de las trece y que ha terminado otra persona.

—Me da igual.

—A mí no. —Saco el cuaderno.

Y se lo leo entero, en voz alta, porque si no se lo leo va a seguir discutiendo.