23
Me siento en la mesa del fondo, la de la esquina, que es donde me sentaría de todas formas.
Vera llega a las once y cuatro en bicicleta.
La veo llegar por la ventana: aparca contra la valla, no la ata, se sube la cremallera del abrigo hasta arriba, se la baja tres centímetros y entra.
Lleva una mochila.
—Hola —dice.
—Hola.
Se sienta enfrente. Se quita la mochila y la pone en la silla de al lado, no en el suelo.
Y no pasa nada durante unos ocho segundos, que en una mesa de un metro por un metro es muchísimo tiempo.
—¿Quieres algo? —digo.
—Un chocolate.
—Vale.
—Y una de esas cosas.
—¿Cuál?
—La de la vitrina, la redonda.
Pido un chocolate, una cosa redonda de la vitrina y un café. Vienen a los dos minutos. Ella coge la cosa redonda, la parte por la mitad y no se come ninguna de las dos mitades.
◆
—Mi padre me ha dicho lo tuyo —dice.
—Ya lo sé.
—¿Tú lo sabías?
—Desde el veinticinco.
—Vale.
Coge una de las dos mitades. La vuelve a dejar.
—¿Y qué? —dice.
—¿Qué de qué?
—Que qué. —Se encoge de hombros—. Es que no sé qué se dice.
—Yo tampoco.
—Vale.
Y coge la carta plastificada del soporte de las servilletas y se pone a leerla entera, los dos lados, incluidas las bebidas, y a mí me da tiempo a contar hasta cuarenta.
Y ya está.
Eso es todo lo que va a pasar hoy con ese asunto, y yo llevo dos semanas preparando tres respuestas para una conversación que ha durado once segundos y que la ha cerrado ella con una carta plastificada.
◆
—El trípode se lo he dicho —dice, dejando la carta.
—¿Y?
—Lo ha movido.
—Bien.
—Pero luego lo ha vuelto a poner donde estaba porque dice que ahí se oye mejor.
—Ahí se oye mejor, sí.
—¿Entonces por qué lo ponías tú en la otra esquina?
—Porque prefiero que se vea bien y arreglar el sonido después. —Saco el cuaderno—. Marta prefiere lo contrario. Las dos maneras están bien y ella lleva veinte años y yo trece.
—Ya, pero la mesa se ve fatal.
—La mesa se ve fatal, sí.
—Es que la mesa es lo único que hay.
Y ahí me río, porque tiene toda la razón y porque lo ha dicho como se dice una cosa obvia.
—¿Qué más? —digo.
—Que no sabe dónde están las cosas.
—Eso se arregla solo. En diez días las sabe.
—Y que le pregunta a mi padre.
—Ya.
—Todo el rato. —Se apoya en la mesa—. «¿Puedo grabar esto?», «¿te importa si…?», «¿prefieres que…?». Y mi padre dice que sí a todo porque mi padre dice que sí a todo, y luego pone una cara.
—¿Y a ti te pregunta?
—A mí no me pregunta nada.
—Vale. Eso sí es un problema.
—¿Verdad que sí?
—Eso es el problema —digo—. Lo del trípode no es un problema, es una escuela. Eso sí.
Vera se echa hacia atrás en la silla con las dos manos alrededor de la taza.
—Se lo dije a mi padre y me dijo que se lo dijera a ella.
—¿Y se lo dijiste?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no la conozco de nada.
—Ya.
—Y porque si se lo digo yo parece que soy una borde.
—¿Y si te lo digo yo?
—Si se lo dices tú es peor, porque entonces es que yo he ido a quejarme.
Y tiene razón en las dos, que es lo que me pasa con esta niña desde el catorce de septiembre.
—Hay una tercera —digo.
—A ver.
—Se lo dices tú, pero no te quejas. Le pides una cosa. —Cojo el bolígrafo—. No se dice «el trípode está mal ahí». Se dice «¿me lo puedes poner en la otra esquina y lo vemos?». Y entonces no eres una borde, eres alguien con una idea.
Vera me mira con desconfianza absoluta.
—Eso es una trampa.
—Eso es una trampa, sí.
—O sea que es lo mismo pero dicho de otra manera.
—Es exactamente lo mismo dicho de otra manera y funciona el noventa por ciento de las veces, y lo llevo haciendo trece años, y algún día te va a dar mucho asco haberlo aprendido.
—Ya me da asco ahora.
—Pues ya está aprendido.
◆
Nos traen otra cosa redonda porque la primera se la ha comido a trozos y sin darse cuenta.
Y luego hay una parte de esta hora que no era de trabajo y que no estaba en ninguna de mis nueve reglas del aparcamiento.
Me cuenta que en el colegio han puesto una obra de teatro en diciembre y que Priya se ha apuntado y ella no.
Me cuenta que a la señora Delgado le han dado una beca para irse a un sitio y que se va en marzo y que la va a sustituir un hombre.
Me cuenta que en el autobús hay un chico de octavo que se sienta siempre en el mismo asiento y que un día se sentó otro y que fue, según ella, «un desastre absoluto».
Habla catorce minutos casi seguidos.
Yo no digo nada útil en catorce minutos y no me hace ninguna falta, porque llevo tres meses viendo a esta niña hablar así con una sola persona en el mundo y esa persona es Priya Ramanathan.
Y en algún momento del minuto quince, sin ninguna transición, dice:
—¿Tú tienes hermanos?
—Una hermana.
—¿Mayor?
—Tres años mayor. Se llama Nuria.
—¿Y os lleváis bien?
Y ahí me tengo que parar, porque hace tres días, a las cinco menos veinte de la tarde de un jueves, colgué un teléfono en un piso de Somerville y me puse a llorar sentada en una silla de oficina.
—Regular —digo.
—¿Regular de que os peleáis?
—Regular de que hablamos todos los sábados por la mañana durante cuarenta minutos y no nos contamos nada.
Vera se lo piensa.
—Eso es peor que pelearse.
—Sí.
—¿Y por qué no os contáis nada?
—Porque yo me fui a los veinte años y desde entonces todo lo mío le llega terminado.
—Eso es feo.
—Es feísimo.
—¿Y no se lo puedes contar?
—Se lo conté el jueves.
—¿Y?
—Y no fue bien.
Vera coge la carta plastificada otra vez, la mira sin leerla y la vuelve a dejar en el soporte de las servilletas.
—Bueno —dice—. Por lo menos ya está contado.
Y se bebe lo que le queda del chocolate.
◆
Y entonces coge la mochila, la abre, saca un sobre y lo pone encima de la mesa.
Es un sobre de esos de carta, blanco, con la solapa metida por dentro y no pegada. Está abultado.
—¿Qué es eso?
—Lo sabes perfectamente.
—Vera.
—Ábrelo.
Lo abro.
Hay billetes. Están ordenados por valor, con los de veinte abajo, y no doblados: planos, como los guarda la gente que no gasta.
—Trescientos ochenta y dos —dice.
—Vera…
—Trescientos ochenta y dos dólares. Cumpleaños, la comunión de Priya y el verano de los perros de los Marchetti, que eran tres perros y me pagaban cuarenta a la semana y fueron nueve semanas menos una que me fui a casa de mi abuela.
—Ya.
—Y ya sé que no es lo que cobras.
—No, no es lo que cobro.
—Ya lo sé. —No ha movido las manos de la taza—. Es lo que hay. Es todo lo que hay, o sea que es todo.
Yo miro el sobre encima de la mesa de The Pilot House un domingo por la mañana.
Y sé, con una precisión que me da un poco de miedo, cuál es la única cosa que no puedo hacer aquí.
No puedo hacer la gracia.
No puedo decir «anda, guárdatelo», ni «ya me invitarás a un helado», ni «esto lo hacemos gratis», ni ninguna de las once cosas que dice un adulto cuando una niña le pone dinero de verdad encima de una mesa. Porque cualquiera de esas once cosas significa exactamente lo mismo: lo tuyo no cuenta.
Así que cuento los billetes.
Los cuento delante de ella, despacio, dos veces, como se cuenta el dinero de un cliente.
—Trescientos ochenta y dos —digo.
—Te lo he dicho.
—Ya, pero se cuenta.
—¿Siempre?
—Siempre. —Los meto en el sobre—. Y se cuenta delante, no después. Si lo cuentas después parece que no te fías, y si no lo cuentas parece que te da igual.
Vera asiente una vez.
—Vale —dice—. ¿Y ahora?
—Ahora hay un contrato.
◆
Lo escribimos en una servilleta de papel porque no llevo folios, y eso está bien, porque una servilleta se puede pasar a limpio y una hoja impresa asusta.
Yo escribo tres cláusulas.
1. Vera ve todo el material antes que nadie. Todo. Lo montado y lo no montado.
2. Sara no monta nada que Vera no haya autorizado.
3. Lo que Vera diga durante el trabajo no se le cuenta a Daniel.
—¿Nada de nada? —dice, leyendo la tres.
—Nada de nada.
—¿Y si le tienes que contar algo?
—Entonces te lo digo antes y decides tú.
—¿Y si es algo malo?
—Si me dices que te estás haciendo daño o que te está haciendo daño alguien, se lo cuento. —Le doy la vuelta a la servilleta—. Eso no se negocia y prefiero que lo sepas ahora y no el día que pase.
—No pasa nada de eso.
—Ya lo sé. Se dice igual.
—Vale.
Le paso el bolígrafo.
—La cuatro la escribes tú.
—¿Yo?
—Un contrato lo escriben las dos partes. Si lo escribo yo entero no es un contrato, es una hoja.
—¿Y qué pongo?
—Lo que necesites que ponga.
—Es que no sé qué necesito.
—Sí lo sabes. —Empujo la servilleta—. Piensa en la cosa que te da miedo que pase y escríbela al revés.
Vera coge el bolígrafo y se queda con él en la mano un rato bastante largo, mirando la servilleta y no a mí.
Fuera pasa un coche. En la barra alguien pide algo. El perro de la puerta se levanta, da una vuelta y se vuelve a tumbar.
Luego escribe. Escribe cuatro palabras, se para, y las tacha.
Las tacha con dos rayas encima y luego con una tercera, apretando, hasta que el papel de servilleta se rompe un poco por debajo.
Y debajo escribe otra cosa, más despacio, separando las palabras.
Cuando termina, le da la vuelta a la servilleta y la empuja por la mesa con dos dedos.
4. Si dejáis de estar juntos, yo sigo pudiendo llamarla.
Y encima, tachado con tres rayas y perfectamente legible a contraluz de la ventana de The Pilot House, hay esto:
4. Si os enfadáis, ella
Y nada más. Se paró ahí.
Yo leo las dos cosas.
Y hay como cuatro o cinco maneras de responder a esto y todas menos una son un desastre, y la que no es un desastre consiste en tratar una servilleta rota como lo que es, que es un documento.
—Vale —digo.
—Es que la primera estaba mal.
—Está bien la que has puesto.
—¿La copio bien en una hoja luego?
—La copio yo esta noche y te la mando a la cuenta esa. —Doblo la servilleta por una parte que no está escrita—. Tu padre la va a tener que firmar como tutor, y va a leer la cuatro.
—Ya lo sé.
—¿Y te parece bien?
Vera se lo piensa dos segundos.
—Sí —dice—. Para eso la he puesto.
—¿Y la que has tachado?
—Esa que no la lea.
—Esa se lee a contraluz.
—Ya lo sé —dice—. Por eso la he tachado tres veces y no una.
Y coge la mitad de la cosa redonda de la vitrina, por fin, y se la come.
—Y esta servilleta la guardo yo —digo.
—¿Para qué?
—Porque los originales se guardan.
—Eso lo dices siempre.
—Lo digo siempre porque es verdad siempre.
Vera mira la servilleta rota por debajo, con la tachadura, doblada al lado de mi cuaderno.
—Vale —dice.
◆
La llamo a Marta a las dos de la tarde, desde el aparcamiento del puerto, con el motor apagado.
Marta Oyelaran tiene cuarenta y seis años, vive en Providence y trabajó cuatro años con Ruth Okafor al mismo tiempo que yo, en la misma habitación, con la misma silla buena en la esquina y con los mismos gritos. Se fue en 2015 a hacer entrevistas para museos y le fue bien.
Yo no la he llamado en dos años y el veintisiete de octubre a las siete de la mañana le mandé un correo con seis páginas grapadas escaneadas y el número de un viudo de Marbury.
—Ya me lo imaginaba —dice.
—Marta.
—No, si no pasa nada. Llevo diez días en esa casa y hay algo raro y yo ya soy mayor para hacer como que no.
—¿Qué es lo raro?
—Que el padre es majísimo y contesta a todo, y a los cuatro días caí en que no me había contado nada. —Se oye una radio de fondo—. Y que la niña me trata como se trata a un fontanero.
—Eso es que le caes bien.
—Eso es que a la niña le falta alguien y no soy yo.
Yo no digo nada a eso.
—Y hay otra cosa —dice.
—A ver.
—Hay una hoja de estado de proyecto de seis páginas que es la mejor que he visto en mi vida y que está firmada por ti, y que me ha llegado por correo el veintisiete de octubre a las siete de la mañana. —Una pausa—. Yo llevaba dos años sin saber nada de ti, Sara, y de pronto me llega eso.
—Lo siento.
—No lo sientas, cóbralo. —Se ríe—. ¿Tú sabes lo que vale una página tres así? Yo llevo veinte años y no la habría escrito.
—La página tres no ha servido de nada.
—¿Por qué no?
—Porque el árbol no lo ha grabado nadie todavía y porque yo no estoy allí para grabarlo.
—Ah, no. Eso sí lo tengo montado. —Se oye que se mueve—. Llevo una cámara puesta en la ventana del cuarto de la niña desde el jueves. La compró él, la puse yo, y la niña cambia la tarjeta.
Y yo me quedo sentada en un coche en un aparcamiento del puerto de Marbury sin arrancar.
—¿Has puesto la cámara?
—Sara, ponía en tu página tres que había que ponerla el cinco de noviembre. Es una hoja de estado. Yo las hojas de estado me las leo.
—Ya.
—Y por eso lo digo. Esa casa está atendida.
—Ya lo sé.
—Digo que está atendida por si eso te ayuda a decidir algo.
Y ahí es donde tengo que decirle a Marta Oyelaran, en voz alta y con la boca seca, lo que llevo tres horas sabiendo.
—Marta, la niña me ha contratado esta mañana.
Silencio de cuatro segundos.
—¿La niña?
—Trescientos ochenta y dos dólares en un sobre. Con contrato.
—Vale. —Y se oye la sonrisa antes de la frase—. Eso sí es de Ruth.
—Te estoy quitando un trabajo.
—Me estás quitando un trabajo que ya era tuyo y que yo he cogido tres semanas antes de Acción de Gracias. —Un ruido de puerta—. Termino la semana, le paso mis notas a la niña y me voy. Y me pagan los diez días.
—Te van a pagar los diez días.
—Ya lo sé, que ya está hablado. Ese hombre paga a los tres días, que eso también es raro.
—No es raro. Es ingeniero.
—Ah, bueno. —Y luego, más bajo—: ¿Estás bien?
—No.
—Vale —dice Marta Oyelaran—. Pues eso también es de Ruth.
Y cuelga sin despedirse, que es lo que hacíamos todos en aquel estudio y que llevo diez años sin que me lo haga nadie.