22
El jueves entrego el bautizo.
Cuatro minutos y cincuenta segundos. La abuela sale una vez, treinta y un segundos, en el pasillo lateral de la iglesia y no en la silla.
El baile del final está montado desde dentro del corro y dura cuarenta y cuatro segundos y hay una parte en la que la cámara se mueve porque alguien me da con el codo, y la he dejado.
Conduzco a Quincy con dos pendrives y me abre la puerta la señora Furtado con un delantal y con cara de no esperar a nadie.
—¿Ha pasado algo?
—No, no. Le traigo la película.
—¿La trae usted?
—La traigo yo.
Y me mete en la cocina, que es una cocina de tres metros por cuatro con una mesa que ocupa dos tercios, y llama a su marido, y su marido llama a alguien por teléfono, y a los veinte minutos hay seis personas en esa cocina y una tarta de nueces del domingo y un ordenador portátil apoyado en dos libros para que se vea desde todos los sitios.
La abuela llega en coche desde Fall River con una hija.
Ochenta y siete años, la silla plegada en el maletero, un abrigo bueno.
La sientan en la cabecera. Y le ponen los cuatro minutos y cincuenta.
Y ella lo ve entero con las dos manos en el bolso, y en el segundo treinta y uno, cuando sale ella misma en el pasillo lateral mirando hacia el altar, hace un ruido corto con la garganta y se lleva la mano derecha a la boca y la deja ahí hasta el final.
Cuando se acaba hay quince segundos malos, que los hay siempre.
Y luego dice algo en portugués que no entiendo y que le hace reír a todo el mundo menos a mí, y su hija me lo traduce a medias, y por lo que consigo sacar es una queja sobre lo poco que sale su hermano.
Me quedo cincuenta minutos.
Me dan tarta, me preguntan de dónde soy, me dicen que en abril hay una boda y que si estoy libre, y yo digo que sí antes de acordarme de que en abril no sé lo que voy a estar haciendo.
Y en el coche, en el aparcamiento, antes de arrancar, me quedo un rato sin meter la llave.
Porque llevo trece años haciendo exactamente eso, doscientas once veces, y porque esta vez, en esa cocina, había una silla vacía enfrente de mí que era exactamente donde estaría sentada una niña de doce años si esto hubiera sido otra casa.
Y porque hay una cosa que ha pasado ahí dentro y que no me ha pasado nunca en doscientas once entregas.
Cuando se han apagado los cuatro minutos y cincuenta y ha habido los quince segundos malos, yo he mirado, sin querer, a una persona concreta de esa cocina, buscándole la cara para saber si estaba bien.
Y la persona a la que he mirado era la nieta de trece años de la señora Furtado, que estaba de pie al lado de la nevera con un plato en la mano.
No la conozco. No he hablado con ella en dos días de rodaje más de cuatro frases. No sale casi en la película.
Y le he buscado la cara.
La señora Furtado me escribe a las nueve de la noche para decir que su madre lo ha visto tres veces y que la tercera se ha reído. Le mando la factura el viernes por la mañana. Dos mil cuatrocientos dólares.
Con eso y con lo que me queda llego a diciembre. A diciembre justo.
El correo entra el viernes a las nueve y cuarenta de la noche.
Yo estoy en la cocina, de pie, comiendo arroz de un táper con la luz de la campana, que es la cena de la gente que vive sola y que ha entregado un trabajo esa mañana.
El remitente es una dirección que no conozco. Diez caracteres y un número. Sin nombre.
Sin asunto.
Sin saludo.
Ha venido una señora de Providence. Es simpática pero no sabe donde están las cosas y ha puesto el trípode en el sitio de la mesa.
El domingo a las once en el Pilot Hose si puedes.
Se lo he dicho a mi padre pero no le he dicho la hora.
Tres líneas.
La leo catorce veces en once minutos. Dejo el táper.
◆
Tardo cuatro horas en contestar tres líneas, y no es una manera de hablar: son cuatro horas exactas, de las diez menos cuarto a las dos menos cuarto de la mañana, y escribo cinco versiones y borro cuatro.
Yo escribo para vivir. Yo escribo doscientos correos al mes a familias que están de duelo, o de boda, o de las dos cosas, y tengo plantillas para once situaciones distintas, incluida la de cuando el cliente se muere entre el rodaje y la entrega.
Cuatro horas.
La primera versión tiene once líneas y es un desastre.
En la primera versión le explico lo del trípode.
Le explico que Marta lo pone ahí porque Marta viene de rodar entrevistas y que en las entrevistas el trípode va ahí, y que no está mal, que es otra escuela, y que Marta es mejor que yo en tres cosas y que se las voy a decir por orden.
Le explico que la mesa de esa cocina tiene la luz por el este y que por eso yo lo ponía en la otra esquina.
Le explico que la línea veintidós es lo urgente y que si no la han grabado el seis de diciembre va a haber un hueco, y le explico también, por si acaso, lo del hueco de la primavera del minuto veintinueve.
La borro entera a las once menos diez.
La borro porque me doy cuenta de que le estoy escribiendo a una clienta que tiene doce años, y de que en once líneas no he dicho ni una sola cosa que no sea de trabajo, y de que eso lo he hecho a propósito y de que he tardado veinticinco minutos en hacerlo.
La segunda versión tiene cuatro líneas y empieza diciendo que siento haberme ido así.
La borro a las once y veinte, porque «siento haberme ido así» es una frase que sirve para que se quede tranquila la persona que la escribe.
Y porque no es verdad: yo no siento haberme ido así.
Yo me fui de la única manera en que podía irme y volvería a irme el lunes veintiséis a las cuatro y veinte de la tarde.
Lo que siento es otra cosa y no cabe en cuatro líneas.
La tercera versión no la borro: la dejo escrita en un documento aparte y abro otra ventana.
En la tercera versión he escrito la palabra «explicar». Hay cosas que a lo mejor te tengo que explicar. Y me quedo mirando esa frase un rato largo, hasta que entiendo lo que hace: le está proponiendo a una niña de doce años que la persona que le cuente esto sea yo y no su padre.
Su padre se lo contó el uno de noviembre. Bien o mal, se lo contó él, que es a quien le tocaba.
Yo no tengo nada que explicarle a esa niña, y lo que me pasa a las once y media de la noche de un viernes es que me apetece muchísimo tener algo.
La cuarta versión son dos líneas y es cobarde.
Hola Vera. El domingo a las once me viene bien. Nos vemos allí.
Es correcta, es breve, es lo que le escribiría a un cliente, y es exactamente lo mismo que hice el quince de octubre de 2022 con una señora que me hizo una pregunta buena.
La borro a la una y diez.
Y a la una y media escribo la quinta, que es la que mando.
La escribo en cuatro minutos y sin borrar nada, que es lo que pasa siempre con la que vale.
Vera:
El domingo a las once. Llevo el cuaderno.
El trípode en esa cocina va en la esquina de la izquierda, la de la puerta. Díselo tú, no se lo digas de mi parte.
Sara
Le doy a enviar a la una y treinta y siete.
Tiene tres cosas y las tres son a propósito.
La primera es que empieza por su nombre y dos puntos, que es como se empiezan las cartas de verdad y no los correos, y que ella va a notar sin saber que lo nota.
La segunda es que no le pregunto nada. Ni cómo está, ni qué le ha contado su padre, ni si le parece bien que nos veamos. Si le pregunto algo, tiene que contestar algo, y a las dos de la mañana de un viernes de noviembre esa niña no le debe una respuesta a nadie.
Y la tercera es que la última línea la trata como a una profesional que va a tener una conversación difícil con otra profesional, y le dice cómo tenerla.
Contesta a las una y cuarenta y ocho, que es una hora a la que no debería estar despierta una niña de doce años y a la que llevo dos meses viendo una luz encendida en una ventana.
vale
◆
El sábado por la mañana escribo el otro correo, que es el que importa.
Daniel:
Vera me ha escrito ayer. He quedado con ella mañana a las once en The Pilot House. Va a estar sola conmigo y va a durar una hora.
Te lo digo, no te lo pregunto. Si crees que no debo ir, dímelo y hablamos, pero no vas a estar delante y no te voy a contar lo que hablemos salvo que ella quiera.
Sara
Lo mando a las nueve y once.
Contesta a las nueve y trece.
Vale.
Gracias por decírmelo.
D.
Y luego, a las nueve y catorce, otro:
El Pilot House cierra a la una los domingos.
Y ese segundo mensaje me tiene diez minutos releyéndolo, porque es exactamente la clase de dato inútil y exacto que manda un hombre que no sabe qué mandar, y porque es lo único que ha escrito en dos semanas.
El sábado no hago nada bueno.
Compro comida, meto una lavadora, riego dos plantas que ya no tienen arreglo y a las siete de la tarde me siento a mirar el ensamblado del otoño en el disco espejo, que es el único disco que no he entregado porque nadie me lo pidió y porque es una copia.
Eso, técnicamente, es material de un cliente que ya no es mi cliente, mirado un sábado por la noche sin ningún encargo por delante.
Lo hago igual.
Cuarenta y tres minutos. La caldera, el escalón del porche, el kolač de octubre, Rye Ledge, el baile por fuera y por dentro, la primera caja que no grabé y que por lo tanto no está.
Lo veo entero dos veces y las dos veces lo paro en el mismo sitio, que es un plano de once segundos de una niña bajando una escalera con un jersey de color hueso debajo del brazo.
Ese plano lo grabó Marta el martes pasado. No sabe lo que ha grabado.
Está bien grabado, además. Está grabado desde el sitio correcto, con la puerta entera en cuadro, y dura once segundos porque Marta Oyelaran lleva veinte años y sabe que en ese momento no se corta.
A las once de la noche cierro el portátil, saco el disco, lo meto en la funda y lo pongo en la estantería, en el tercer estante, el que está combado.
Y a las once y diez lo vuelvo a sacar.
◆
El domingo salgo de Somerville a las nueve y cuarto.
En la 128 hay poco. Este año no ha subido nadie a la costa norte porque no hay nada que subir a ver: estamos a ocho de noviembre, hace diecisiete grados y el condado sigue verde.
En la radio, un hombre explica que es el otoño más cálido desde que hay registros. Lo apago en Peabody.
Tardo cincuenta y cuatro minutos.
Paro en la gasolinera de la 127 y me compro un café que está bueno, y me lo bebo en el coche en el aparcamiento del puerto mirando el rótulo de DOGGETT & SONS BOATWORKS, que alguien sigue repintando.
Desde aquí se ve la valla de la esquina sureste, la del tramo suelto.
Son las diez y cuarenta.
Llevo el cuaderno, dos bolígrafos y una lista mental de todas las cosas que no le voy a decir a esa niña, que la hice anoche a la una de la mañana y que tiene nueve puntos.
Los repaso en el aparcamiento como se repasa una escaleta.
Uno: no le voy a explicar por qué me fui. Dos: no le voy a preguntar qué le contó su padre. Tres: no le voy a preguntar cómo está. Cuatro: no le voy a decir que la he echado de menos.
Y así hasta nueve.
Entro a las once menos cinco.