21
La llamo el jueves a las cuatro de la tarde, que en Pamplona son las diez de la noche, y la llamo con una excusa.
Llevo dos días sin trabajar.
El martes por la tarde vi noventa y seis minutos de un taller que di hace cuatro años en una biblioteca de Salem.
El miércoles no hice nada. Bajé a por leche a las once, volví, me senté, y a las siete y media de la tarde seguía sentada con el mismo archivo abierto en el fotograma setenta y uno con veintidós.
El jueves, a mediodía, me levanté y me puse a preparar una excusa.
La excusa es buena, además. La he trabajado.
—¿Qué pasa?
—Nada. Una pregunta tonta.
—Sara, son las diez.
—Ya, si es un minuto. —Me siento en la silla de sesenta dólares—. La prima Rosa, la de Tudela. Lo del test ese que se hizo.
Silencio de dos segundos.
—¿El del ADN?
—Ese.
—¿Y qué pasa con el del ADN?
—Que si sabes cuándo se lo hizo.
—En el veintiuno, en el viaje del Imserso, que se lo regalaron. Lo contó en Navidad y la tía Charo se enfadó. —Se oye que se sienta—. ¿Por qué?
—Por una cosa de aquí.
—¿Qué cosa de ahí?
—Es un lío. Una cosa de trabajo.
Y ahí Nuria hace lo que hace mi hermana, que es no decir nada. Que es dejar el silencio ahí puesto encima de la mesa hasta que el otro lo recoge.
Dura once segundos.
—Nuria.
—Yo estoy aquí.
—Ya lo sé.
—Es que si me llamas un jueves a las diez de la noche para preguntarme por la prima Rosa, algo pasa, y llevas desde septiembre rara.
—No estoy rara.
—Estás rarísima, hija.
Y yo abro la boca para decirle lo que sea, y lo que sale es lo otro.
◆
—A los veintiún años doné óvulos.
Se hace un silencio distinto de los otros dos. Este tiene textura.
—¿Qué?
—Que a los veintiún años doné óvulos. Aquí, en Boston, en el trece. Me pagaron ocho mil cuatrocientos dólares y con eso pagué la matrícula.
—Espera.
—Vale.
—Espera, espera. —Se oye que se levanta, que anda, que cierra una puerta, que es lo que hace siempre—. ¿Óvulos de óvulos?
—Óvulos de óvulos.
—¿Y eso se paga?
—Aquí sí.
—¿Y te lo hiciste tú sola?
—Sí.
—¿Con veintiún años?
—Con veintiuno.
—¿Y quién te acompañó?
Y esa, de todas las preguntas del mundo, es la que hace mi hermana la primera. No cómo, ni por qué, ni si dolió. Quién te acompañó.
—Nadie.
—Vale.
—Nuria…
—Que vale. Sigue.
—No, es que no es lo que estás pensando. Aquí no te acompaña nadie porque no hace falta. Vas, te pinchan, te miran, te vas.
—¿Cuántas veces?
—Nueve controles.
—Nueve.
—A las siete de la mañana, antes de clase. Y once noches de inyecciones.
—¿Tú sola?
—En el baño. —Me cambio el móvil de oreja—. Compartía piso con dos chicas de Ohio y les dije que era de la alergia.
—Sara.
—Y el último día te duermen media hora y sales andando, y te dan una hoja con un teléfono y te dicen que no cojas peso. Y me fui en el metro.
—¿En el metro?
—En la línea verde, que además va fatal.
—¿Tú te fuiste en metro después de una operación?
—No es una operación.
—Es una operación.
—Es un procedimiento.
—Sara, te durmieron.
—Media hora.
—Que te durmieron.
Y ahí mi hermana se calla, y en el silencio la oigo hacer una cosa que hace desde los quince años, que es respirar por la nariz una vez, largo, cuando ha decidido no decir la primera frase que le ha salido.
—Sigue —dice.
◆
Se lo cuento todo en once minutos y se lo cuento mal, con las cosas fuera de orden, empezando por lo de Marbury y volviendo atrás dos veces.
Le cuento que hay una niña de doce años.
Que la madre, que está muerta, hizo un test genético en el veintiuno, y que le salió una coincidencia con una prima segunda por vía materna, y que la prima segunda es Rosa, la de Tudela, la del Imserso, la que enseñó el mapa de colores en la comida de Navidad.
Le cuento que aquella mujer se pasó un año dibujando un árbol en el reverso de una radiografía hasta que llegó a un nombre, y que el nombre era el mío, con los dos apellidos.
Le cuento que llevo dos meses trabajando en esa casa sin saberlo.
Le cuento que el padre sí lo sabía.
Nuria me deja terminar. Mi hermana no interrumpe nunca cuando la cosa es de verdad, y esa es su mejor virtud y no se lo he dicho en mi vida.
Y cuando termino dice:
—O sea que la niña esa es tuya.
—No.
—Sara.
—No, Nuria. Escúchame bien esto porque es lo único que te voy a pedir. Esa niña no es mía. Esa niña tiene una madre que se llamaba Elena y que se murió hace dos años, y tiene un padre, y yo di un óvulo en una clínica de Brookline en marzo del trece y firmé un papel de cuatro páginas.
—Ya, pero…
—No hay pero.
—Es que biológicamente…
—Biológicamente comparte conmigo lo que comparte contigo la prima Rosa, más o menos —digo—. Y a la prima Rosa no la has visto desde el diecinueve.
—Eso no es lo mismo.
—No, no es lo mismo. Pero tampoco es lo que tú estás diciendo.
Y Nuria se calla, y en el silencio se oye una televisión lejos, la de mi madre, en la habitación de al lado, porque mi hermana ha ido a cerrar la puerta de la cocina y mi madre está en el salón viendo la tele, que es donde está mi madre a las diez y veinte de la noche desde 2019.
◆
—¿Y esto lo sabe alguien? —dice.
—¿El qué?
—Todo. Cualquier cosa. Lo de los óvulos.
—Owen.
—Owen.
—Owen lo sabe desde el diecisiete porque necesitaba que alguien me llevara a una cosa.
—Owen.
—Nuria.
—Y yo no. —Lo dice sin subir la voz, y ese es exactamente el problema—.
O sea que un señor de Dorchester al que yo he visto dos veces por videollamada lleva nueve años sabiendo que mi hermana se metió hormonas en un baño de Boston con veintiún años, y yo me entero un jueves por la noche porque necesitas saber cuándo se hizo la prima Rosa una prueba.
—No es así.
—¿Cómo es?
—Es que no era nada, Nuria. De verdad. Era un papel y un dinero y se acabó. Yo no lo he contado nunca porque no había nada que contar.
—Trece años.
—Sí.
—Trece años de sábados por la mañana.
—Sí.
—¿Y desde cuándo lo sabe todo el mundo menos yo?
Y ahí ya no hay manera de contestar, porque la pregunta no es una pregunta.
◆
—Papá tampoco lo sabía, ¿no? —dice.
—No.
—Vale.
—Nuria.
—He dicho vale. —Se oye un vaso—. Es que tú haces esto.
—¿El qué hago?
—Esto. Tú resuelves las cosas y luego apareces cuando ya está todo hecho.
—Y no lo dice enfadada; lo dice ordenando, como se ordena la ropa que ya estaba doblada—.
Tú te fuiste con veinte años y desde entonces todo lo tuyo nos llega terminado.
La beca, terminada. Lo de que dejabas la publicidad, terminado.
Lo del estudio, terminado. Lo del estudio cerrado, terminado y en junio, y yo me enteré en agosto.
—Es que no hay que contarlo todo.
—Hay que contar algo, Sara. Hay que contar una cosa al año.
—Vale.
—Y luego te vas a un pueblo de esos que no sabemos ni pronunciar y estás dos meses y me llamas los sábados y me cuentas que hay una niña muy graciosa.
—Nuria.
—Como en lo de papá.
Y ahí para.
◆
Yo no digo nada durante cuatro segundos, y en esos cuatro segundos oigo la televisión de mi madre a cinco mil kilómetros.
—¿Qué has dicho? —digo.
—Nada.
—No, dilo.
—No he dicho nada.
—Nuria, llevas siete años sin decirlo. Dilo ahora.
—No hay nada que decir. Tú llegaste el domingo y no había vuelos, y eso lo sabemos las dos, y ya está.
—Eso no es lo que acabas de decir.
—Es exactamente lo que acabo de decir.
—Has dicho «como en lo de papá».
—Y he dicho también que no había vuelos —dice—. Las dos cosas caben.
Y ese es el problema. Que las dos cosas caben. Que mi hermana lleva siete años metiendo las dos cosas en el mismo sitio y no ha sacado ninguna, y hoy ha sacado una durante medio segundo y la ha vuelto a meter, y yo no voy a poder ir a buscarla.
—Yo te llamé desde el pasillo —digo.
—Ya lo sé.
—Me pasé cincuenta minutos buscando un vuelo.
—Ya lo sé, Sara.
—El primero era el sábado a las siete y veinte con escala en Lisboa.
—Que ya lo sé. —Y ahora sí le sube la voz un poco—. Que me lo dijiste ese día y me lo has dicho tres veces más, ¿vale? Me lo sabes decir de memoria. Yo también me sé de memoria lo que hice yo esos dos días y no te lo he contado nunca y no te lo pienso contar.
—Cuéntamelo.
—No.
—Nuria, cuéntamelo.
—Que no —dice—. Porque si te lo cuento te vas a quedar más tranquila y no me da la gana.
◆
Hablamos cuatro minutos más y son cuatro minutos de nada.
Me pregunta si estoy bien y le digo que sí. Le pregunto por Íker y me dice que bien. Me dice que a mamá no se lo cuente todavía, que se lo cuente en Navidad, y yo le digo que vale, y luego dice «o no se lo cuentes, tú verás», y eso es peor.
Y al final, cuando ya estamos las dos buscando la salida, dice:
—¿Tú la has visto?
—¿A quién?
—A la niña.
—Todos los días durante dos meses.
—Ya. —Un silencio—. Digo si la has visto.
Y yo no contesto a eso, y ella no insiste, y nos despedimos como se despide la gente que se va a llamar el sábado igual.
Cuelgo a las cinco menos veinte de la tarde de un jueves.
Me quedo sentada con el móvil en la mano un rato largo, mirando la pantalla apagada, en la que se ve mi cara.
Y me pongo a llorar por segunda vez en dos semanas, y esta vez no es por mi padre, y eso es lo que más rabia me da.
◆
A las seis y veinte suena el móvil otra vez.
Número desconocido, prefijo 978, que es el de la costa norte.
—¿Diga?
—¿Sara Iribarne?
Y yo conozco esa voz aunque solo la haya oído en tres habitaciones y siempre a menos de cuatro metros.
—Margaret.
—Margaret Kovac.
—Ya sé quién es.
—Bueno. —Un ruido de silla—. Le llamo por una cosa y luego cuelgo.
—Vale.
—Danny me lo contó el domingo por la noche.
—Ya me lo imaginaba.
—Hora y cuarto de teléfono, que es más de lo que ha hablado conmigo en dos años juntos. —Una pausa—. Y le voy a hacer dos preguntas y le agradecería que me conteste rápido, porque llevo cuatro días con esto y a mi edad eso es mucho.
—Pregunte.
—La primera. ¿Usted lo sabía?
Y ahí se ve lo que ha venido a hacer esta mujer.
No ha llamado para disculparse, ni para preguntarme cómo estoy, ni para decirme que lo siente. Ha llamado a comprobar un dato, que es exactamente lo que habría hecho yo.
—No —digo.
—¿Nada?
—Nada. Lo encontré yo el domingo pasado a la una y cuarto de la tarde, en un disco duro, buscando dos segundos de silencio.
—¿Y él se lo había dicho?
—Él no me había dicho nada en setenta y cinco días.
Silencio de tres segundos.
—Vale —dice.
—¿Y la segunda?
—La segunda es peor.
—Dígame.
—¿Mi hija le escribió a usted alguna vez?
Y ahí me tengo que sentar en el borde de la cama de un piso de Somerville, porque acabo de entender de qué va esta llamada y no va de mí en absoluto.
—¿Cómo?
—Que si le escribió. Un correo, una carta, una llamada. Lo que sea. —La voz no le tiembla, pero va más despacio—. Alguna vez entre el veintidós y que se murió.
—No.
—¿Segura?
—Segurísima. No he tenido nunca ningún contacto con su hija.
—Vale.
—Margaret.
—Vale, ya está. Ya lo sé.
—Hay una carta.
Y se hace un silencio distinto de los otros dos.
—¿Una carta?
—Escribió una carta y no la mandó. La escribió el dieciséis de octubre de 2022 y la escaneó trece meses después y la dejó en una carpeta.
—¿Qué pone?
—Que fue a mi taller y que le contesté como a alguien que había pagado quince dólares.
Y Margaret Kovac, al otro lado de un teléfono, en una casa a once minutos de Alewife Lane, no dice absolutamente nada durante seis segundos.
—Entonces se lo llevó —dice.
—¿El qué?
—Nada.
—Margaret, ¿el qué?
—Que se lo llevó. —Se aclara la garganta—. Ya está, era eso. Gracias por contestar.
Y luego, sin ninguna transición, con la voz de siempre:
—Y ese árbol hay que quitarlo. Este año ha soltado el fruto nueve días antes y esa casa huele a muerto.
—Ya lo sé.
—Se lo dije a Elena en el quince y se lo he dicho a Danny cuatro veces.
—Ya lo sé.
—Bueno. Adiós.
Y cuelga sin esperar a que yo diga nada, que es lo que hice yo con mi hermana hace una hora y media y que ahora, desde el otro lado, es una cosa que se agradece muchísimo.
Me quedo con el móvil en las dos manos.
Son las seis y veinticinco de la tarde de un jueves y en Pamplona son las doce y veinticinco de la noche, y en un piso de Somerville hay una mujer de treinta y cuatro años que en noventa minutos ha hablado con las dos únicas personas del mundo que sabían algo que ella no sabía.
Y ninguna de las dos ha llamado para contárselo.
Han llamado a comprobar.
Eso ya no lo arreglo yo.