El otoño que no grabamos 20
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Lo pongo el lunes a las diez de la mañana con un café al lado y con el cuaderno abierto, y lo pongo como se pone el material de trabajo, que es a velocidad normal y con la mano en la barra.

Y lo primero que pasa es que me cae bien.

Es una cosa incomodísima y no la esperaba. Yo tengo treinta años ahí dentro y no me he visto desde entonces, y esperaba encontrarme insoportable, porque eso es lo que se encuentra todo el mundo, y en vez de eso me encuentro a una mujer que sabe lo que hace.

Está de pie, no sentada. Lleva el abrigo verde en el respaldo de una silla. Ha puesto las sillas en cinco filas de siete y no en filas rectas, sino ligeramente curvadas hacia dentro, porque eso lo aprendí de Ruth y funciona.

Ha llegado cuarenta minutos antes, además. Eso se ve porque el primer archivo empieza con la sala vacía y con alguien moviendo sillas, y la que mueve las sillas soy yo.

Hay treinta y cuatro personas.

Y hay una cosa que hago en el minuto cero y que llevo cuatro años sin acordarme de que hacía.

Digo esto:

—Yo esto lo grabo. La cámara está ahí, la ve todo el mundo y va a estar encendida dos horas. Cuelgo trozos en mi página y si alguien no quiere salir que me lo diga ahora o cuando quiera, hoy, mañana o dentro de seis años, y lo quito y ya está.

Once palabras de las que llevo tres meses diciendo en otra casa.

Y ninguna de las treinta y cuatro personas levanta la mano.

Empieza sin presentarse. Empieza diciendo: «Levantad la mano los que hayáis venido con una cámara que no sabéis usar», y levantan la mano once, y a partir de ahí ya son suyos.

Da dos horas de clase que están bien.

Explica lo de los cuarenta minutos contra las cuarenta horas.

Explica que hay que grabar en las cocinas y no en los salones, porque en los salones la gente se sienta y en las cocinas la gente hace cosas, y que la única regla infalible de todo esto es: si tiene las manos ocupadas, es bueno; si tiene las manos quietas, es una entrevista.

Explica que a los viejos no se les hacen preguntas.

Que si le pones a un señor de ochenta y cinco años una cámara delante y le preguntas por su infancia, te va a contar la versión que lleva contando cuarenta años, y que esa versión no vale nada porque ya la sabe todo el mundo.

Que hay que darle un trabajo. Que le pidas que te enseñe a hacer algo, lo que sea, y que la cámara esté encendida mientras te lo enseña, y que ahí, en el minuto once, cuando ya se le ha olvidado que estás grabando porque está pendiente de que no se te queme la cebolla, dice la frase.

Explica que no hay que pedir permiso todo el rato, porque el permiso continuo convierte a la familia en actores. Que se pide una vez, el primer día, en voz alta y delante de todos, y luego ya no se vuelve a pedir nunca.

Explica lo del plano abandonado y le da vergüenza el nombre, igual que ahora.

Y en el minuto cincuenta y ocho, una señora de la primera fila pregunta si esto se puede hacer con el móvil, y ella dice que sí, que se puede y que además es mejor, y que la mitad de la gente de esta sala se ha comprado una cámara de cuatrocientos dólares que se va a quedar en un armario mientras las cosas importantes pasan delante de un móvil que sí saben usar.

Once personas se ríen. Dos se enfadan.

Y en el minuto sesenta y dos hay una parte que yo no recordaba en absoluto y que me hace parar la reproducción.

Está explicando qué se hace con el material de alguien que se ha muerto.

—Lo primero no es verlo —dice—. Lo primero es contarlo. Cuántos archivos hay, de qué años, quién sale y cuánto dura. Eso son dos tardes y os va a parecer una frialdad y no lo es: es lo único que se puede hacer las primeras semanas, porque es lo único que se puede hacer sin mirarlo.

Y luego:

—Y no lo montéis vosotros. Que lo monte alguien de fuera. No porque no sepáis: porque no vais a poder cortar nada. Vosotros lo queréis todo y hacéis bien en quererlo todo, y por eso no sois la persona.

Cuenta tres anécdotas y las tres son verdad.

Cuenta la de la tarjeta dentro del piano.

Cuenta la de una señora de Everett que se pasó cuarenta años sin saber que su marido cantaba, y que se enteró viendo una cinta de una boda de 1988.

Y cuenta la del chico de Gloucester y la cámara en el agua, que ahí todavía la contaba.

Y yo estoy sentada en Somerville con un café frío, viendo a una persona que fui hace cuatro años dar la mejor clase de su vida, y buscando en esa persona seis segundos que se puedan meter en el minuto diecinueve de una película sobre un hombre muerto.

Marco cuatro puntos buenos. Minuto 12: de frente, quieta, hablando, luz por la izquierda. Minuto 34: mejor todavía, más cerca. Minuto 58: se ríe, y sirve. Minuto 67: quieta y callada mientras alguien habla, que es el mejor de los cuatro porque no hace nada.

Con el minuto 67 ya tengo lo que he venido a buscar.

Y sigo, porque quedan veintinueve minutos y porque nunca se para el material a la mitad. Eso también lo dice ella en el minuto veintiuno, señalando con un rotulador.

◆

En el minuto sesenta y nueve empieza el turno de preguntas.

Las preguntas de los talleres son siempre las mismas cinco y salen siempre en el mismo orden.

Qué cámara comprar. Cuánto dura una batería.

Qué hago con las cintas viejas de mi padre.

Cómo consigo que mi marido no mire a la cámara.

Y una señora que pregunta si esto se puede hacer con el móvil, y la respuesta es que sí y que es lo mejor.

Salen cuatro de las cinco.

Y en el minuto setenta y uno con cuatro segundos, una mujer de la tercera fila levanta la mano.

Se le ve mal. La cámara está a la izquierda de la sala, en un trípode bajo, encuadrando principalmente a la persona que habla, que soy yo, y el público entra en el lado derecho del cuadro en un tres cuartos y con la luz de la ventana por detrás.

Es una mujer con una chaqueta de punto larga, de color gris o beige, sentada la tercera empezando por el pasillo.

Y pregunta:

—¿Cuánto material hay que grabar para que le quede suficiente a alguien?

Y yo, en la pantalla, contesto sin pensarlo:

—No es cuestión de cantidad. Con cuarenta minutos bien montados tienes más que con cuarenta horas. Lo que la gente no soporta no es que falte material; es que sobre.

Y sigo, y en la misma respiración, mirando ya hacia el otro lado de la sala, digo:

—¿Alguna pregunta más?

◆

Le doy hacia atrás.

Le doy hacia atrás por una razón profesional, y esto es importante y lo voy a dejar dicho: le doy hacia atrás porque la pregunta es buena.

Es una pregunta buenísima. Es la única pregunta de las noventa y seis que no está en la lista de las cinco, y es la única que no es técnica, y es la que yo habría querido que me hicieran en treinta y un talleres, y me la hicieron una vez y la contesté en once segundos y pasé a otra cosa.

Eso es lo que estoy pensando cuando le doy hacia atrás la primera vez. Estoy pensando: qué mal la he contestado.

La segunda vez me oigo a mí misma y es peor de lo que recordaba de hace treinta segundos, porque no es que la conteste mal, es que la contesto bien. La contesto con una respuesta correcta, útil, comprobada, que sirve para trescientas personas y para esa no.

La tercera vez ya no me miro a mí.

Miro a la tercera fila.

◆

Está a doce metros de la cámara, en el borde derecho del cuadro, con la ventana detrás, y ocupa como mucho una novena parte de la altura del encuadre.

Amplío. A partir del doscientos por ciento se deshace, y a ese tamaño se ve una mujer de unos cuarenta años con el pelo por los hombros y una chaqueta de punto larga que se sujeta con la mano izquierda cerrada a la altura del pecho, que es un gesto que hace la gente que tiene frío en octubre en una sala con las ventanas al este.

La cuarta vez ya lo sé, y la cuarta vez es solo para confirmarlo.

Tengo ciento sesenta y cinco minutos de esa mujer en otro disco.

Tengo setenta y cuatro de invierno, cincuenta y uno de primavera y cuarenta de verano.

Tengo diecinueve minutos suyos hablando de una caldera.

La he visto colocar un trípode durante un minuto y veinticinco segundos, y sé cómo se pasa la mano por el pelo antes de salir de un plano, y sé que se le sube la ceja izquierda medio milímetro cuando va a decir algo que le parece gracioso, y sé cómo pela un melocotón mal a propósito.

Doce metros y una novena parte de la altura del encuadre, y aun así.

Hay una cosa que se dice mucho y que es mentira, que es que a la gente se la reconoce por la cara. A la gente se la reconoce por cómo ocupa una silla.

La quinta vez la dejo correr después.

Después de mi respuesta, después del «¿alguna pregunta más?», mientras yo ya estoy mirando hacia la izquierda de la sala y señalando a otra persona, ella hace lo siguiente:

Baja la mano, que la tenía todavía a media altura.

Abre la boca.

Y la vuelve a cerrar.

Y luego mira hacia abajo, hacia su regazo, durante unos cuatro segundos, y luego levanta la cabeza y mira otra vez al frente con la cara de una persona que está escuchando una clase.

Dos segundos. Todo el asunto dura dos segundos y es la única cosa que va a pasar hoy.

La sexta vez cuento los fotogramas entre que abre la boca y la cierra: catorce. Poco más de medio segundo. Es lo que se tarda en empezar a decir una palabra de dos sílabas.

La séptima vez le subo el audio a la parte de ella por si acaso, y no hay nada: hay treinta y cuatro personas respirando, un radiador y mi propia voz al doble de volumen porque el micro está pegado a mí.

La octava vez la miro hasta el final del turno de preguntas, veintitrés minutos más.

No vuelve a levantar la mano. Se queda hasta el final.

En el minuto noventa y cuatro, cuando la sala se levanta y se ponen los abrigos, ella se levanta, se pone el abrigo la primera y sale de plano por la derecha sin acercarse a la mesa, mientras cuatro personas se acercan a la mesa a preguntarme cosas.

La novena vez no la veo entera. La novena vez la paro en el fotograma de la boca abierta y me quedo así un rato que no cuento, que es la primera cosa que no cuento en toda la semana.

◆

Hay un término del oficio que se llama contraplano.

Cuando dos personas hablan, tú tienes que rodar los dos lados.

Ruedas a una hablando y luego giras la cámara y ruedas a la otra escuchando, y luego, en la mesa, las montas alternadas.

Y si no tienes el contraplano no tienes una conversación: tienes a una persona hablando sola y a un montador buscándose la vida.

Yo llevo siete semanas montando el plano de Elena Kovac. Ciento sesenta y cinco minutos de una mujer mirando a su hija, a su marido, a su casa y a un ginkgo.

Esto es el contraplano.

Esto es la única imagen que existe en el mundo de Elena Kovac mirándome a mí, y lleva cuatro años en un disco duro de mi casa, a metro y medio de donde duermo, debajo de once cartas de publicidad y de una carta de la comunidad sobre el ascensor.

◆

Voy al otro archivo, al mío, al que copié la mañana del veintiséis a las cinco menos cuarto y que no tenía que haber copiado.

span class="ar"scan_0074/span. La esquina de arriba a la derecha.

16-10-2022

Fui a tu taller ayer.

El taller fue el quince. La carta es del dieciséis.

Esa mujer se sentó en la tercera fila de una biblioteca de Salem un sábado por la tarde, pagó quince dólares, escuchó dos horas de clase, esperó al turno de preguntas, levantó la mano y me hizo la única pregunta buena de treinta y un talleres.

Yo le contesté como se le contesta a alguien que ha pagado quince dólares.

Ella abrió la boca para preguntar otra cosa y la cerró.

Se puso el abrigo la primera, no se acercó a la mesa, se fue a su casa, condujo cuarenta minutos hasta Marbury, y al día siguiente cogió una libreta y escribió dos párrafos y no los envió.

Y en algún momento de aquel domingo, o del lunes, o del martes, dobló el folio por la mitad y lo guardó, y trece meses después, un jueves de noviembre por la tarde, entre las cuatro y dos y las cuatro y once, lo puso en un escáner de doscientos dólares junto con otras tres cosas.

◆

Y luego, a las tres y veinte de la tarde de un lunes, con el archivo parado en el minuto setenta y uno con treinta y nueve, entiendo la otra cosa.

Daniel Prieto no ha inventado nada.

Daniel Prieto abrió una carpeta en octubre de 2024 y encontró dentro a una mujer con nombre y apellidos y un árbol dibujado en el reverso de una radiografía, y estuvo dos años sin hacer nada, y luego escribió un correo de cuatro líneas el once de agosto y se pasó setenta y cinco días mirándome sin decirme quién era.

Su mujer hizo exactamente lo mismo cuatro años antes.

Localizó a una desconocida en otro continente.

Reconstruyó un árbol con tres nombres tachados y una anotación al margen que dice mirar iglesia Cascante .

Y luego cogió el coche un sábado por la tarde, se metió en una sala con treinta y cuatro personas, se sentó en la tercera fila para verme de cerca y no me dijo quién era.

La diferencia es que ella pagó quince dólares y él pagó veintidós mil.

Y que ella escribió una carta y no la mandó, y él me la puso en la mano dentro de un disco duro sin acordarse de que estaba dentro.

Y hay una tercera diferencia, y es la que me tiene aquí sentada a las cuatro menos veinte sin haberme levantado a por otro café.

Que a él lo he descubierto.

Que a él lo he tenido delante en una cocina, sentado en una silla, contestándome con números, y que le he podido preguntar cuánto tiempo llevaba y por qué y qué miraba, y me lo ha dicho todo, mal y tarde y de una manera que no arregla nada, pero me lo ha dicho.

Y a ella no.

Y a ella ya no.

◆

Hay una cosa más y es la que me va a durar más tiempo.

En el minuto sesenta y dos de ese archivo, delante de treinta y cuatro personas y de una mujer con una chaqueta de punto en la tercera fila, yo digo esto:

No lo montéis vosotros. Que lo monte alguien de fuera.

Elena Kovac oyó eso el quince de octubre de 2022 a las cinco y pico de la tarde, sentada a doce metros de mí, con la chaqueta sujeta con la mano izquierda cerrada a la altura del pecho porque tenía frío.

Tres meses antes había dibujado un árbol en el reverso de una placa de tórax.

Y en enero le dijo a su madre que quería contratarme.

Yo llevo cuatro semanas creyendo que aquello se le ocurrió a esa mujer porque estaba enferma y desesperada y porque tenía delante un nombre y un pueblo de España.

Y no.

Se le ocurrió porque se lo dije yo.

HOJA DE MONTAJE — C2 / SALEM 2022 TC 01:11:04:16 — 01:12:39:22 Interior, sala de la biblioteca, tarde. Tercera fila, chaqueta de punto. Una pregunta. DECISIÓN: fuera. MOTIVO: