19
Nueve segundos son treinta y un minutos de montaje provisional y no hay ni un solo plano rodado por mí.
Eso es lo que es y eso es lo que la hace imposible.
Lo que hay, ordenado como lo tengo ordenado desde hace cuatro años:
Cuarenta y una fotografías. Once de antes de que naciera yo, incluidas dos del servicio militar en Zaragoza y una de una moto que era de un amigo. Diecinueve de los años ochenta, casi todas en interiores y casi todas movidas. Once posteriores, de las cuales cuatro son de carné.
Tres cintas de vídeo digitalizadas por sesenta euros cada una en un sitio de la calle Estafeta.
La boda de mi tío Fermín, 1997, dos horas y cuarenta minutos, en la que sale nueve segundos.
Una comida de la empresa, 2003, en la que sale cuarenta y un segundos de espaldas y con la voz de otro por encima.
Una cinta de una excursión a Ochagavía, 1994, en la que no sale y en la que se le oye una vez decir «venga» desde fuera de plano.
Un anuncio de la fábrica de chapa donde trabajó veintiséis años, emitido en la televisión local en 1988, del que hay medio segundo con cuatro hombres al fondo desenfocados, y uno de esos cuatro es él, y eso lo sé porque me lo dijo mi madre y no porque se vea.
Doce cartas. Cuatro de él a mi madre en 1979, escritas desde Zaragoza, que son las cartas de un chico de veinte años y que no puedo usar porque no las he leído enteras.
Y ocho de trámite: dos del banco firmadas por él, una reclamación a un taller, una carta a la mutua de 1996 quejándose de un plazo, y cuatro impresos.
Su letra en el reverso de siete fotos, poniendo el año. Solo el año. Nunca el sitio ni las personas.
Nueve horas y cuarenta minutos de sonido ambiente que grabé yo en 2021, en un viaje de once días a Pamplona, con la idea de tener la textura: la calle de casa a las siete de la mañana, el taller donde trabajó, que ahora es un almacén de una empresa de logística, la cocina de mi madre, un partido de pelota, la carretera de Ochagavía.
Nueve horas y cuarenta minutos de sitios donde él estuvo y donde ya no está. Eso es lo que hace la gente de mi oficio cuando no tiene material: graba los sitios. Y no sirve, y todos lo sabemos, y todos lo hacemos.
Y una grabación de voz de veintiséis segundos de un contestador automático de 2011 que mi hermana conservó por accidente al cambiar de teléfono y que dice: Nuria, soy papá. Que dice tu madre que si vais a venir el domingo. Que dice que le digas algo. Ya está.
Veintiséis segundos. Es lo único donde habla.
En treinta y un minutos de montaje, esa grabación entra dos veces y las dos veces está por debajo de otra cosa, porque si la pongo sola no aguanto.
◆
El jueves y el viernes trabajo en la transición del minuto diecinueve, que es donde la película se rompe y donde lleva rompiéndose cuatro años.
El problema es de estructura y lo tengo diagnosticado desde 2023: la película va bien hasta que él se muere, y a partir de ahí no hay nada, porque a partir de ahí no hay material, porque la persona que se murió es la que no volvió a salir en ninguna foto de nadie.
Los primeros diecinueve minutos funcionan. Eso hay que decirlo porque es verdad y porque llevo cuatro años sin decírmelo.
Funcionan porque de 1962 a 2019 hay cuarenta fotos, tres cintas y doce cartas, y con cuarenta fotos, tres cintas y doce cartas se hacen diecinueve minutos si se saben hacer.
Hay una parte, del minuto siete al once, con el anuncio de la fábrica del ochenta y ocho, la carta de Zaragoza de 1979 y una foto de un hombre de veinticuatro años apoyado en una moto que no era suya, en la que aquello es una película de verdad.
Y en el minuto diecinueve se muere y se acaba.
Y no se acaba porque yo no sepa: se acaba porque en octubre de 2019 dejó de existir material nuevo y porque los doce minutos siguientes son mi voz encima de fotos que ya han salido antes.
Yo he probado seis cosas en cuatro años.
He probado con las nueve horas y cuarenta de sonido ambiente de Pamplona.
He probado con la voz del contestador partida en cuatro.
He probado a montarlo al revés, empezando por el final, que es lo que hace todo el mundo cuando no sabe qué hacer.
He probado a meter a mi madre y no quiso.
He probado a meter a mi hermana y no se lo pedí.
Y la sexta, que es la que se me ocurrió hace dos años y que es la única que no he probado, es meterme yo.
No en el sentido de contar mi vida, que eso no lo pienso hacer. En el sentido literal: un plano. Un plano mío en el minuto diecinueve, de la edad que tenía cuando me fui, para que se entienda que hay alguien que se marchó y que por eso no hay más material.
Y para eso hago falta yo a los veinticuatro años, y a los veinticuatro años yo no me grababa.
Así que el viernes abro el archivo.
◆
Doscientas once referencias. Ochenta y un discos. Trece años.
Empiezo a buscarme.
Es una cosa rarísima y no se la recomiendo a nadie: pasarse un viernes entero rebuscando en el material de otra gente a ver si sales tú. Es rarísimo y además funciona, porque sales, porque en trece años de grabar en casas ajenas es imposible no dejarse la sombra en alguna parte.
Salgo en un espejo del pasillo de una casa de Newton, en 2017, dos segundos y medio, borrosa, agachada.
Salgo reflejada en el cristal de una vitrina en una comunión de Malden, en 2019, con la cámara delante de la cara, que no vale.
Sale mi mano izquierda ajustando un micro de solapa en la solapa de un señor de Brookline, en 2016, y se ve la manga del abrigo verde.
Sale mi sombra en la hierba de un jardín de Newburyport, en 2018, alargada, con el trípode, a las seis y media de una tarde de junio.
Salgo entera y de cuerpo entero una sola vez, en 2022, en una boda de Lowell, porque el hermano de la novia me cogió la segunda cámara mientras yo estaba de espaldas y grabó cuarenta segundos de la fiesta, y en esos cuarenta segundos aparezco once, andando entre las mesas con la cámara en la mano, sin mirar a nadie, cruzando el plano de izquierda a derecha como pasa el personal.
Ese es el único plano mío de trece años y no vale, porque tengo treinta años y no veinticuatro, y porque estoy trabajando, y porque en un plano en el que estoy trabajando no se me ve a mí, se ve a la cámara con una persona pegada detrás.
Y sale mi voz. Mi voz sale doscientas veces, en doscientas cocinas y doscientos salones, diciendo siempre las mismas cuatro cosas: que no me miren, que hagan lo que iban a hacer, que empiecen otra vez, que ya está.
Al final de la tarde tengo once fragmentos y en ninguno se me ve la cara.
Trece años. Ochenta y un discos. Seis mil horas.
Una mujer buscando en su propio archivo una prueba de que estuvo allí, que es exactamente lo mismo que le pedí yo por correo a catorce primos míos en 2021.
◆
Y a las siete y media, en la referencia span class="ar"VITALE 2021 / CR-118/span, me paro.
Es el señor de Winthrop. Cincuenta aniversario. Cuatro tardes en octubre de 2021, seis meses después de que se muriera Ruth.
Está el montaje de veintidós minutos que entregué en diciembre. Y al lado, en una carpeta que hice en junio, están las seis horas de bruto que le mandé al hijo.
Abro el correo del hijo. Se llama Anthony y me escribió el diecinueve de junio a las once de la noche.
Son cuatro líneas. Da las gracias, dos veces, y una de las dos gracias está mal escrita porque la escribió a las once de la noche. Dice que su madre no ha querido verlo todavía y que él lo entiende y que no la va a presionar. Y luego dice:
Hay un trozo en el segundo disco, creo que sobre la hora y media, donde está hablando con usted de la fábrica y en medio dice mi nombre. Solo eso. Dice «Anthony» y sigue hablando de otra cosa. No sabía que tenía eso.
Lo leí en junio, entre otros cuarenta correos, y contesté que me alegraba y que si necesitaba algo más me escribiera.
Y me pareció bien y me pareció normal, porque eso es lo que pasa cuando entregas seis horas de bruto: la gente encuentra dentro una cosa que tú ni sabías que estaba, y esa cosa nunca es la que tú habrías elegido.
Hoy lo leo a las siete y media de un viernes, en un piso de Somerville, con once fragmentos míos sin cara encima de la mesa, con treinta y un minutos de una película que no se puede terminar abierta en la otra pantalla y con el disco de una familia de Massachusetts que ya no es mi cliente en un cajón.
Busco el trozo, porque tengo el material.
Hora y treinta y cuatro del segundo disco. El señor Vitale está sentado en una butaca marrón hablando de la fábrica de zapatos de Lynn, se para a mitad de una frase, mira a alguien fuera de plano y dice:
—Anthony, ¿esto se lo cuento o no?
Y sigue con lo de la fábrica.
Cuatro palabras y un nombre.
Yo tengo veintiséis segundos de un contestador de 2011 en los que mi padre dice «Nuria», dice «papá» y dice «tu madre». Los tengo transcritos. Los he oído cuatrocientas veces y sé exactamente dónde respira.
No dice «Sara» en ninguna parte.
No hay una sola grabación en el mundo en la que mi padre diga mi nombre. Y no es una desgracia ni una metáfora ni significa nada: es que llamó a mi hermana porque mi hermana vivía en Pamplona y yo no.
Y aun así.
Y ahí me pongo a llorar, sentada, con el portátil abierto, durante bastante rato, y no es bonito ni es una escena, es simplemente una mujer de treinta y cuatro años llorando en una silla de oficina de sesenta dólares un viernes por la noche.
◆
El sábado no hago nada.
Y eso hay que contarlo, porque en trece años yo no he tenido un sábado sin hacer nada y porque el catálogo de lo que hace una mujer de treinta y cuatro años un sábado sin hacer nada es más corto de lo que parece.
Me levanto a las diez y media. Bajo a por leche.
Vuelvo. Pongo una lavadora con cuatro cosas.
Me como un táper de pie con la luz de la campana.
A las tres bajo a la lavandería y hay un hombre con dos niños y me quedo sentada veinte minutos leyendo un anuncio de una clase de yoga que hay pegado en la máquina cuatro. Vuelvo. Cuelgo la ropa.
A las cinco y veinte enciendo el portátil y lo apago a las cinco y veintiuno.
A las siete llamo a mi hermana, porque es sábado, y me acuerdo a los dos tonos de que la llamé el jueves y de cómo acabó, y cuelgo antes del tercero.
A las nueve me acuesto y no duermo.
◆
El domingo por la mañana vuelvo al problema, porque el problema sigue ahí y porque yo no sé estar sin un problema delante.
Necesito un plano mío a los veinticuatro. Necesito que se me vea la cara, que esté quieta, que esté a foco y que la luz no sea una porquería, porque va en el minuto diecinueve de una película de treinta y uno y va a durar seis segundos y esos seis segundos tienen que aguantar.
Y hay un sitio, y llevo dos días sin querer mirarlo.
Los talleres.
Yo grabé todos los talleres que di entre 2016 y 2023 porque colgaba trozos en la página. Treinta y un archivos. Noventa y pico minutos cada uno. Yo, delante, hablando a treinta personas durante dos horas, con la cámara al fondo o al lado, encuadrada por mí misma, a foco, con la luz que había.
Es el único material del mundo en el que salgo yo, de frente, quieta.
También es el sitio donde estuvo Elena Kovac.
Eso lo sé desde el domingo veinticinco de octubre a la una y cuarto de la tarde, cuando leí un folio arrancado de una libreta que empezaba diciendo fui a tu taller ayer .
Y llevo diez días sin mirar.
He tenido diez días. He tenido diez días, un disco duro y una fecha escrita a mano en la esquina de arriba, y lo único que hay que hacer es ordenar treinta y un archivos por nombre y mirar cuál cae en octubre de 2022, y eso son once segundos de trabajo.
No lo he hecho, y no lo he hecho a propósito, y me lo he dicho a mí misma con estas palabras: eso no es mi asunto, eso se acabó el veintiséis y yo ya he entregado.
Así que abro la carpeta por la otra razón. Por la luz.
Ordeno los treinta y un archivos y descarto veintitrés a ojo, porque me acuerdo de las salas: los sótanos de Everett y de Chelsea, que eran fluorescentes puros; los tres de Lowell, que eran una sala sin ventanas; los de la biblioteca de Somerville, que están grabados demasiado lejos.
Quedan ocho.
De los ocho, el mejor iluminado, y lo sé porque me acuerdo perfectamente de la sala, es el de la biblioteca de Salem: una sala en la primera planta con tres ventanales altos que dan al este, luz de tarde entrando por la izquierda, paredes claras.
Fui dos veces a Salem. Una en 2018 y otra en 2022.
La de 2018 la grabé con la cámara vieja y en 1080.
Abro la de 2022.
span class="ar"TALLER_SALEM_20221015.mov/span Duración: 01:36:22 Tamaño: 41,2 GB
Eso lo miro por la luz.