El otoño que no grabamos 18
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El piso de Somerville lleva siete semanas cerrado y huele a eso.

Hay tres plantas muertas, un frigorífico con media botella de vino blanco abierta en agosto y catorce cartas en el suelo del recibidor, de las cuales once son publicidad, dos son del banco y una es de la comunidad para decir que el ascensor va a estar parado en septiembre.

Deshago la maleta el martes por la mañana, y la deshago mal, y dejo la mitad dentro, y la maleta se queda abierta en el suelo del dormitorio como se ha quedado siempre.

Y hago la cuenta, que es lo primero que hago siempre y lo que hago cuatro veces al día desde el lunes.

Mil doscientos ochenta y un dólares en la cuenta.

Doce mil cuatrocientos de deuda, de los cuales trescientos noventa se pagan el uno de cada mes pase lo que pase.

Dos mil trescientos de alquiler el uno de diciembre.

Ciento diez de luz. Setenta y cuatro del móvil.

Un seguro de equipo de ciento sesenta que se renueva el nueve y que no se puede dejar de pagar, porque el día que dejas de pagar el seguro del equipo es el día que se te cae una cámara al agua.

Con mil doscientos ochenta y uno llego al uno de diciembre y no al dos.

Eso lo sé el martes a las once de la mañana, sentada en el suelo del dormitorio al lado de una maleta abierta, y por eso el miércoles le digo que sí a Owen en cuatro segundos.

Daniel Prieto no escribe.

Eso lo apunto aquí porque lo apunté también aquella semana, mentalmente, cuatro veces: el martes, el miércoles, el viernes y el domingo por la noche.

No escribe, no llama, no manda un mensaje de dos líneas preguntando si he llegado bien, no manda a nadie a preguntar y no aparece un jueves en Somerville con una excusa.

Y eso es exactamente lo que hay que hacer y lo sabemos los dos, y es lo único correcto que ha hecho ese hombre en setenta y cinco días, y me molesta muchísimo.

◆

Owen me consigue trabajo el miércoles.

—Bautizo. Sábado y domingo. Quincy.

—Vale.

—¿Vale sin discutir?

—Vale sin discutir.

—A ver, espera. —Se le oye pararse en la calle—. Tú a las bodas y a los bautizos me dices siempre que no, y a este me dices que sí en cuatro segundos. ¿Qué ha pasado en Marbury?

—Que se acabó.

—Se acabó cómo.

—Se acabó que se acabó.

—Sara.

—Owen, es un bautizo. ¿Cuánto es?

—Dos mil cuatrocientos.

—Perfecto.

Y me cuelga y me vuelve a llamar a los diez minutos para decirme que no le gusta esto, y yo le digo que ya lo sé, y él dice vale.

◆

El bautizo es el de la nieta pequeña de una familia de Quincy que se llama Furtado y que llena la iglesia de Santa Ana con noventa personas un sábado por la mañana.

Es un trabajo bueno. Es de los buenos, además.

Hay una abuela de ochenta y siete años que ha venido de Fall River en silla de ruedas y que es el centro de todo sin proponérselo, porque no habla apenas y porque todo el mundo se le acerca a decirle algo al oído y ella asiente y les toca la mano.

Hay cuatro primos de entre seis y nueve años que se pelean por sujetar la vela y a los que separan tres veces.

Hay un tío que canta, y canta bien, y lo sabe.

Hay una madre de veintiséis años que está agotada y que se ríe todo el rato de puro cansancio.

Hay un cura joven que hace un chiste sobre el agua fría y le sale.

Y hay un almuerzo de cuatro horas en un club portugués de Quincy Point, con manteles de papel, con bandejas de aluminio y con un altavoz que da problemas hasta las tres.

Grabo cinco horas el sábado y tres el domingo.

Todo lo que hay que tener está. La puerta y la luz de la puerta.

El agua cayendo y la cara de la niña, que es de asombro y no de llanto, que es un golpe de suerte.

La cara del padre en el momento en que la niña no llora.

La abuela mirando desde el pasillo lateral, a la que llevo yo misma un metro y medio hacia delante para que vea, con permiso de su hija.

La vela. El brindis del tío que canta, que dura dos minutos y que es bueno.

Y el baile del final, con la niña dormida en un cochecito en un rincón y cuarenta personas bailando alrededor sin acercarse al cochecito, que es la imagen de la fiesta y que yo grabo desde dentro del corro, entre la gente, con el micro pegado.

El lunes lo monto en once horas y sale una cosa de nueve minutos y cuarenta segundos.

Y es una mierda.

◆

Owen viene el martes a las siete a verlo, con dos cervezas y con su hijo pequeño en un carro que se duerme a los tres minutos.

Lo ve entero.

Cuando se acaba, se queda un momento mirando la pantalla y luego dice:

—¿Puedo ser sincero o quieres la versión de amigo?

—La sincera.

—Vale. —Deja la cerveza—. ¿De quién es esta película?

—De los Furtado.

—No.

—Owen.

—No, de verdad, contéstame como profesional. ¿De quién es esta película?

Y yo miro la pantalla, que está en negro, y no contesto.

—Empieza con la abuela sola en una silla —dice—. Cuarenta segundos. Sola. Y luego pasa a la niña, y luego vuelves a la abuela, y a los tres minutos vuelves otra vez. La has puesto tres veces sola en una silla en nueve minutos.

—Es que es la abuela.

—Es que hay noventa personas en esa iglesia y tú has hecho una película sobre una señora sola.

—Es la mejor cara que hay.

—Es la cara que tú querías mirar. —Le da la vuelta al portátil—.

Y mira los cortes. Tú cortas siempre antes de que se acabe la frase, siempre, llevas ocho años cortando antes y es lo que te hace buena.

Aquí has dejado los finales. Los has dejado todos.

Hay silencios de dos segundos después de cada frase y en un bautizo eso es un funeral.

—Hay que dejar respirar.

—En un funeral hay que dejar respirar. En un bautizo hay que empujar. —Se echa hacia atrás—. Tú me lo enseñaste a mí en 2019 en esta misma mesa.

Yo me levanto y voy a la cocina a por otra cerveza que no quiero.

—Y hay otra cosa —dice, detrás.

—A ver.

—El baile del final. Cuarenta segundos de cuarenta personas bailando y tú lo montas desde la puerta. Desde fuera. Desde el pasillo de la entrada, con la puerta en el encuadre. —Levanta las manos—. Estabas dentro, Sara. Tenías el plano dentro, lo he visto en el bruto. Y has elegido el de la puerta.

—Es más bonito.

—Es más triste.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo y llevas ocho años diciéndome que no es lo mismo. —Se levanta a mirar al niño, que sigue dormido, y baja la voz—. Tú siempre dices que el trabajo bueno es el que no se nota. Que si al cliente le queda la sensación de que ha visto su vida y no la tuya, has hecho bien el trabajo.

—Sí.

—Pues en esta se te ve la cara en todos los cortes.

Y ahí me tengo que apoyar en la encimera, y él no sabe por qué, y no se lo voy a explicar.

—¿He dicho algo? —dice.

—No.

—Sara.

—Que no. —Abro la cerveza que no quiero—. Tienes razón en todo. En lo de la abuela, en lo de los finales y en lo del baile.

—Vale.

—Y en lo de la puerta sobre todo.

—Ya.

Owen se queda mirándome desde la mesa.

—¿Te has enamorado de alguien? —dice.

—Owen.

—Es una pregunta de trabajo. Si te has enamorado de alguien lo tengo que saber, porque entonces esto no es un problema de montaje, es un problema de calendario, y en enero se te pasa.

—No es eso.

—¿Y qué es?

—Es que había una niña —digo, y me sale así, y ya no se puede recoger.

Owen deja pasar cuatro segundos enteros. Owen sabe hacer eso mejor que yo.

—Doce años —digo—. Muy graciosa. Muy antipática. Y me fui el lunes por la mañana sin decirle nada porque su padre me hizo una cosa y yo tenía razón en irme, y sigo teniendo razón en irme, y esa niña me vio desde la ventana metiendo cajas en el coche.

—¿Y no bajó?

—No.

—¿Y tú subiste?

—No.

Owen se echa hacia atrás en la silla.

—Bueno —dice.

—No digas «bueno».

—No he dicho nada.

—Has dicho «bueno» con toda la cara.

—Es que llevo ocho años oyéndote decir que el trabajo se entrega y ya está. —Se levanta a mirar al niño—. Y me parece muy bien. Es que a mí eso también me lo dijiste tú y yo lo aplico y me va estupendamente.

—Owen.

—Rehazlo —dice.

—Ya.

—Rehazlo mañana, entrégalo el jueves y cobra. Y luego me cuentas lo de Marbury, o no me lo cuentes, me da igual, pero no le hagas esto a esta gente que ha pagado dos mil cuatrocientos dólares por una fiesta.

Se va a las nueve con el niño en el carro y con las dos cervezas sin terminar en la mesa.

◆

Lo rehago el miércoles y me lleva seis horas, que son cinco menos que el primero.

Eso también es una cosa del oficio que nadie se cree: rehacer es más rápido, siempre, aunque tires todo, porque ya sabes dónde está cada cosa.

Empiezo por la puerta de la iglesia y no por la abuela. Corto los finales de las frases, los treinta y uno, uno por uno, a cuatro palabras del final. Dejo a la abuela una sola vez y la dejo de pie en el pasillo lateral, adonde la llevé yo con permiso de su hija, y no sentada en la silla.

Y el baile del final lo monto desde dentro del corro, entre la gente, con el micro pegado, con la cámara moviéndose cuando alguien me da con el codo.

Cuatro minutos y cincuenta segundos.

Lo veo entero dos veces y a la segunda tengo que parar en el minuto tres, que es donde está el tío que canta, porque canta bien y porque hay noventa personas cantando con él en una sala de un club portugués de Quincy Point con manteles de papel.

Y ninguna de las noventa está pensando en lo que va a pasar dentro de cuatro años.

Lo entrego el jueves a las nueve de la mañana.

◆

Mi padre se murió un viernes por la tarde y yo llegué el domingo por la noche.

Nuria me llamó a las cinco menos veinte, hora de Boston, y yo estaba en una sala de etalonaje en un sótano de la calle Congress con un cliente al lado, con los cascos puestos, y vi el nombre en la pantalla del móvil y pensé que era por lo de la comunión.

Salí al pasillo. Me lo dijo en cuatro palabras, que es como se dicen estas cosas cuando hay que llamar a más gente.

Y luego me pasé cincuenta minutos en ese pasillo con el móvil buscando un vuelo.

No había. No había nada esa noche, ni al día siguiente por la mañana. Había uno el sábado a las siete y veinte de la tarde con escala en Lisboa, y llegaba a Madrid el domingo a las once y diez, y de Madrid a Pamplona hay cuatro horas de autobús.

Lo enterraron el sábado a las once de la mañana.

Aquello me lo explicó mi tía por teléfono desde el tanatorio y me lo explicó como si fuera una cosa que se pudiera arreglar hablando: que allí no se puede esperar, que hay un plazo, que la parroquia solo tenía el sábado a las once, que mi madre no estaba para decidir nada y que lo habían decidido entre ellos.

Y era verdad. Todo lo que dijo mi tía era verdad y no había nadie a quien echarle la culpa de nada, y esa es exactamente la razón por la que llevo siete años sin poder cerrar el asunto.

Llegué a la casa el domingo a las nueve y media de la noche.

Había once personas. Estaban cenando algo de pie, de esas cenas que se hacen en las casas donde ha pasado esto, con tortilla y con pan y con una bandeja de embutido que ha traído alguien.

Mi madre me abrazó en el recibidor durante un rato largo y luego me preguntó si había comido en el autobús.

Le dije que sí y no era verdad. Me sentó en la mesa de la cocina y me puso un plato, y once personas se pusieron a hablar de otra cosa muy deprisa para que yo pudiera comer sin que nadie me mirara, que fue lo más generoso que hizo nadie aquel fin de semana.

Nuria estaba en el fregadero, secando platos, con el paño y la fuente grande. Cuando entré me dijo hola y siguió secando.

No me dijo nada. No me dijo «podías haber venido antes», ni «no pasa nada», ni «lo hemos hecho todo nosotros», ni «te has perdido lo del cura», que sí se lo dijo a otra persona el martes.

No me dijo absolutamente nada de aquello ni aquella noche ni en los siete años siguientes.

Y eso es peor que si me lo hubiera dicho, y las dos lo sabemos, y ninguna de las dos lo ha mencionado nunca, y por eso ahora nos llamamos los sábados por la mañana y hablamos de supervisoras y de pastillas de la tensión durante cuarenta minutos.

Me quedé nueve días.

En los nueve días hicimos lo que se hace: papeles, banco, la ropa, el coche, la baja de la mutua, una carpeta con la letra de mi madre que decía JAVIER y que estaba llena de cosas que ya no servían.

Y al segundo día pregunté si alguien había hecho fotos.

Lo pregunté en la cocina, a media mañana, y lo pregunté con esa voz tonta de quien pregunta una cosa práctica para no preguntar otra: si alguien había hecho fotos, o si el tanatorio tenía algo, o si la parroquia grababa los funerales, que hay parroquias que lo hacen.

Y mi tía Charo levantó la vista y dijo que no, que qué fotos, que quién iba a hacer fotos.

Y lo dijo con una cara que yo no había visto nunca en mi tía Charo, que era la cara de estar preguntándose seriamente qué me pasaba.

Y ahí lo entendí.

No hay nada. No hay una foto de aquellos días, ni un vídeo, ni una grabación de voz, ni un papel escrito por él más allá de siete fechas en el reverso de siete fotos.

Hay un hombre de cincuenta y siete años que existió durante cincuenta y siete años y del que quedan cuarenta fotografías de carrete, tres cintas de vídeo de otras personas en las que aparece de refilón y nueve segundos en una boda de 1997.

Y su hija, que se dedica a esto.

Y su hija, que aquel domingo llevaba seis años dedicándose a esto y que había grabado ochenta y cuatro bodas, once comuniones y cuatro funerales de gente a la que no conocía de nada.

◆

El miércoles por la noche, después de rehacer el bautizo y dejarlo en cuatro minutos y cincuenta segundos, con la abuela una sola vez y con el baile desde dentro, abro el disco viejo y busco la carpeta.

NUEVE SEGUNDOS / montaje_v14

Última modificación: doce de mayo de 2025.

Un año y cinco meses.

La abro.