El otoño que no grabamos 17
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No duermo, y a las cuatro de la mañana me levanto y hago lo único que sé hacer cuando no puedo hacer nada, que es entregar.

Empiezo por los discos.

Hay tres. El original de Elena, que es de ellos y que no he tocado; el disco de trabajo, que tiene el proyecto entero con las secuencias, los desgloses y las hojas; y el espejo, que ha estado en el maletero de mi coche desde el nueve de septiembre y que hoy va a salir del maletero por última vez.

Los limpio. Les cambio la etiqueta. Cinta blanca, rotulador negro, letra de imprenta:

span class="ar"PRIETO 2026 — ORIGINAL E.K. — NO MODIFICADO/span span class="ar"PRIETO 2026 — PROYECTO — 26.10.26/span span class="ar"PRIETO 2026 — ESPEJO — 26.10.26/span

Verifico los tres. Tarda dos horas y cuarenta minutos y me las paso sentada mirando una barra azul.

Luego escribo la hoja.

Se llama estado del proyecto y es un documento que hago siempre al entregar, y que normalmente tiene dos páginas. Este tiene seis.

Página uno: inventario del material recibido, con duraciones al segundo, y inventario del material grabado por mí, que son once horas y cuarenta minutos en veintiséis sesiones, con fecha, localización y participantes, con una nota de contenido por sesión.

Página dos: estado del montaje. span class="ar"verano_v1/span, once minutos, terminada.

span class="ar"otoño_ensamblado/span, cuarenta y tres minutos de bruto ordenado por líneas de A4, sin cortar.

Las líneas de A4 cumplidas hasta hoy: la cuatro dos veces, la cinco, la siete, la once y la catorce.

Las líneas imposibles: la dos y la tres, con la explicación de por qué.

Página tres: lo que falta. Esto me lleva más que todo lo demás, porque es lo único que le va a servir a la persona que venga.

Faltan por grabar: 1 (cerrar las ventanas, pendiente del tiempo), 19 (primera helada, cristal del coche), 22 (el ginkgo).

La 22 es la única que no admite aplazamiento.

El árbol suelta la hoja entera en menos de un día, sin aviso, tras la primera helada fuerte.

Hay que tener una cámara en la casa a partir del 5 de noviembre y hay que mirar el parte todos los días.

Si se pierde ese día, no hay segunda oportunidad y no hay manera de arreglarlo en montaje.

Página cuatro: hueco de A2. El minuto 29:14, doce segundos, faltantes desde el original, no recuperables. Recomendación: dejarlos en negro y no rellenar.

Página cinco: cuestiones técnicas. El ruido del ventilador en el span class="ar"C0037/span y cómo se limpia.

El room tone que hace falta y en qué archivo de A6 está el más parecido, que es el span class="ar"amb_cocina_31/span, que es de julio y de la misma habitación y que sirve.

Página seis: A5.

A5 no forma parte de la película. No se ha tocado, no se ha montado y no se ha corregido de sonido. Existe una copia hecha el 21 de octubre a petición del cliente. Recomendación de quien esto firma: hacer una tercera copia y guardarla fuera de esta casa.

Y abajo, en la última línea, dos nombres y dos números: el de Marta Oyelaran, en Providence, que es mejor que yo, y el de Owen, por si nadie contesta.

Lo imprimo en la impresora de la casa, que no funciona bien y que tarda catorce minutos, y lo firmo, y lo grapo.

◆

A las nueve y diez hago la transferencia.

Once mil dólares. Se hace desde el móvil, en la aplicación del banco, con la pantalla en modo oscuro porque he estado despierta toda la noche, y son cuatro toques y una huella.

Antes: doce mil doscientos ochenta y uno.

Después: mil doscientos ochenta y uno.

Y encima doce mil cuatrocientos de deuda, un alquiler en Somerville que se paga el uno y un trabajo que empieza en ninguna parte.

Bloqueo la pantalla y la vuelvo a encender dos veces. Luego lo guardo y bajo las cajas.

◆

Daniel está en la cocina. No ha ido a Beverly.

—No te vayas —dice.

—Aquí están los tres discos. —Los pongo en la mesa—. El original está como me lo diste. En el de proyecto está todo lo que he montado y todo lo que he grabado, sin comprimir. El espejo es idéntico al de proyecto y es el que se guarda en otro sitio, y otro sitio significa otro edificio.

—Sara.

—Esto es el estado del proyecto. —Pongo las seis hojas encima de los discos—. Está todo. Lo que hay, lo que falta, lo que urge y lo que no se puede hacer. La página tres es la que importa. Si solo lee una, que sea la tres.

—No quiero la página tres.

—La página tres es el árbol.

Y eso lo para en seco, que es exactamente para lo que lo he dicho.

—El árbol cae en menos de un día —digo—.

Puede ser el ocho de noviembre o puede ser el veinticinco.

Hay que tener una cámara aquí desde el cinco y hay que mirar el parte todas las noches.

Si se pierde ese día, la línea veintidós no se cumple, y usted va a poner esa película el seis de diciembre con un hueco dentro.

—Puede quedarse a grabarlo.

—No.

—Es un día.

—No.

—Le pago el día.

—Daniel.

—Le pago la semana entera, o el mes, o lo que haga falta, y no nos vemos. —Se aparta de la mesa—. Yo me voy a Beverly a las siete y vuelvo a las siete. Usted graba lo que tenga que grabar y yo no estoy.

—Y su hija tampoco, supongo.

Silencio.

—Eso es lo que le está proponiendo a la niña —digo—. Que la mujer que se fue un lunes vuelva a entrar en su jardín cuando no haya nadie mirando, para grabar un árbol.

—No lo había pensado así.

—Ya lo sé que no lo había pensado así. Es que usted no piensa las cosas así, usted piensa en cargas y en plazos, y eso normalmente está muy bien y aquí no vale.

Daniel mira las seis hojas grapadas.

—Marta Oyelaran —dice, leyendo la última página.

—Providence. Es mejor que yo, es más rápida y cobra un veinte por ciento más.

—¿La conoce bien?

—Trabajamos juntas cuatro años con Ruth. —Cierro la bolsa—. Si la llama hoy y le cuenta lo que hay, puede estar aquí el jueves. Le va a hacer dos preguntas incómodas y usted se las va a contestar.

—¿Qué preguntas?

—Por qué se ha ido la anterior. —Me pongo la correa al hombro—. Y si va a haber problemas con la niña.

—¿Y qué le digo?

—La verdad las dos veces. Se lo va a notar igual.

—¿Y el dinero? —dice.

—Se lo he devuelto esta mañana.

—Yo no le he pedido…

—Ya lo sé. —Me pongo bien la correa de la bolsa—. He trabajado siete semanas y le he entregado once horas de material y un montaje. Le podría facturar nueve mil dólares y sería justo y usted los pagaría.

—Los pagaría.

—Ya lo sé. Por eso no se los voy a pedir.

—Eso no tiene ningún sentido.

—No lo tiene, no —digo—. Es una cosa que hago yo. Ya me arrepentiré en enero.

◆

Hay una última cosa y me la deja para el final él, en el mudroom, mientras yo me estoy poniendo el abrigo.

—¿Qué le digo a Vera?

Y esa es la única pregunta de toda esta casa que me importa, y él lo sabe, y por eso la ha guardado.

—La verdad.

—¿Toda?

—Eso es asunto suyo. —Me subo la cremallera—.

Pero le voy a decir una cosa y es la última que le digo: esa niña ya sabe que la conciben con un óvulo de otra persona, lo sabe desde los dos años, y lo sabe porque su madre y usted hicieron eso bien.

Eso lo hicieron bien. Es lo único de todo este asunto que se ha hecho bien.

—Ya.

—Y lleva siete semanas con una desconocida en su casa, y la desconocida se va un lunes por la mañana sin decirle nada, y esa niña va a hacer una lista de razones. Tiene doce años. Va a hacer la lista esta noche.

—Vale.

—Y en la lista va a haber una razón que sea ella.

Daniel se apoya en la lavadora.

—Vale —dice—. Se lo cuento.

◆

Cargo el coche en cuatro viajes.

Cuatro viajes es lo que tardé en subirlo el veintisiete de septiembre, así que en algún sitio hay una simetría y me niego a mirarla.

Cierro la maleta y la meto en el maletero, y la maleta tiene las ruedas hacia fuera esta vez porque tengo prisa.

Bajo las dos cajas de discos. Bajo el equipo en dos viajes, que es lo que exige el equipo.

Y luego subo por última vez a mirar el estudio vacío, que es una manía que tengo y que sé que tengo: no me puedo ir de ningún sitio sin comprobar que no me dejo nada, y llevo trece años sin dejarme nada nunca.

No me dejo nada.

Lo que sí hago es una cosa que no había hecho en trece años, que es quedarme dos minutos de pie delante de la ventana grande mirando un jardín.

Desde aquí se ve entero: el cuadrado de hierba, el cobertizo, la valla del vecino, el árbol de doce metros en la esquina de la izquierda, plantado demasiado cerca de la esquina, con todas las hojas verdes en la última semana de octubre y con el suelo cubierto de bolas de color hueso.

Ese árbol va a caer entero en menos de un día dentro de dos, tres o cinco semanas, y yo no voy a estar aquí, y a lo mejor no está nadie.

En el tercer viaje, cuando estoy metiendo la caja de discos en el asiento de atrás, miro hacia arriba porque se mueve algo.

La ventana de la izquierda del primer piso, la que se queda encendida hasta tarde todas las noches. La cortina está corrida y detrás está Vera.

Ha vuelto del colegio hace media hora. No ha bajado.

Nos miramos cuatro segundos, o los mira ella y yo estoy quieta, que no es lo mismo.

Levanto la mano.

Ella no.

Y luego se aparta de la ventana y la cortina se queda como estaba, colgando recta, sin moverse, que es lo peor que puede hacer una cortina.

◆

Salgo de Alewife Lane a las cuatro y veinte de la tarde de un lunes, que es la peor hora posible para bajar a Boston, y tardo una hora y veintiún minutos en hacer cincuenta y dos minutos de carretera.

No pongo música.

Tampoco pongo la radio, ni un pódcast, ni nada. Voy los ochenta y un minutos con el ruido del coche y con el intermitente cada tres kilómetros, y a la altura de Lynn me doy cuenta de que voy contando los coches azules, que hacía a los nueve años en el asiento de atrás del Renault de mi padre.

Cuento treinta y siete coches azules entre Lynn y Somerville.

Hay una cosa que hice esta mañana a las cinco menos cuarto, entre los discos y la hoja, y que no le he dicho a nadie y que no pienso decirle a nadie.

Copié los cuatro PDF a mi propio disco.

Los cuatro. span class="ar"scan_0071/span, span class="ar"scan_0072/span, span class="ar"scan_0073/span y span class="ar"scan_0074/span.

Cuarenta megas. Los metí en una carpeta con mi nombre, dentro de mi archivo personal, que es el sitio donde no hay material de clientes.

Eso es material del cliente. Está en el contrato que firmé el nueve de septiembre, cláusula tres, escrita por mí: la propiedad íntegra del material entregado y generado corresponde al cliente.

Eso me lo quedo.