31 #2
Llama a la casa, no al móvil, que ya es una declaración. Contesta Daniel y a los dos minutos me pasa el teléfono sin decir nada y se va a la otra habitación, y en los dos minutos anteriores solo le he oído decir «sí», «no» y «eso pregúntaselo tú».
—Diga.
—Que venga al postre —dice Margaret Kovac.
—Margaret.
—A las cuatro. Comemos a la una y media, y a las cuatro se recoge y se pone el postre, y entonces viene usted.
—No hace falta.
—Ya sé que no hace falta.
—De verdad que no. Y le agradezco muchísimo la llamada, y no hace falta.
—Mire —dice, y se oye que se cambia el teléfono de oreja—, yo no la quiero en mi mesa el jueves y usted lo sabe y yo sé que usted lo sabe, y no le voy a decir que sí la quiero porque entonces seríamos dos mentirosas.
—Vale.
—Pero mi nieta no ha querido comer con nosotros por esto y va a haber once personas preguntando dónde está.
—Ya.
—Y yo no pienso pasarme mi Acción de Gracias explicándole a mi cuñada Roseanne por qué mi nieta está enfadada, porque a esa mujer se lo explico una vez y lo cuenta once.
—Entendido.
—A las cuatro. Cuarenta minutos y se va usted. —Una pausa—. Y traiga algo.
—¿Qué traigo?
—Cualquier cosa. Da igual lo que traiga. Es para que tenga algo en las manos cuando entre.
Y cuelga.
Y yo me quedo con el teléfono fijo de una casa de Massachusetts en la mano pensando que acabo de recibir la instrucción más precisa y más humana que me ha dado nadie en tres meses, y que me la ha dado la única persona de este pueblo que no me quiere en su casa.
◆
Llego el jueves a las cuatro y cinco con una tarta de manzana comprada en la 127.
La casa de Margaret Kovac es más pequeña que la de su yerno y tiene el doble de cosas. Hay fotografías en tres paredes y en dos muebles, hay un plato conmemorativo de un centenario de algo y hay una vitrina con dieciocho figuras de porcelana que nadie ha tocado desde 1994.
Hay once personas y tres son niños.
Está el hermano de Margaret, que tiene setenta y cuatro años y que me pregunta cuatro veces de dónde soy, y las cuatro con auténtico interés.
Está una cuñada que se llama Roseanne y que me mira desde el otro lado del salón durante los cuarenta minutos enteros sin dirigirme la palabra ni una vez.
Están unos vecinos que se llaman Doherty y que traen a un niño de cinco años que se mete debajo de la mesa dos veces.
Son cuarenta minutos incomodísimos y no voy a decir otra cosa.
Nadie es maleducado. Todo el mundo es de una educación aplastante, que es peor, y yo me paso veinte minutos de pie con un plato en la mano contestando que soy de España, que sí, del norte, que hace calor sí pero no tanto como aquí en verano, que catorce años, que Boston, que no, que documental.
—¿Y usted trabaja para Danny? —dice el hermano.
—Trabajo para Vera.
Y eso lo tengo preparado desde el martes, y lo suelto tres veces en cuarenta minutos, y a la tercera lo oye Margaret desde la cocina.
Daniel está en la otra punta del salón hablando con un señor de un tejado, y no viene, y eso lo hemos hablado y está bien. Se cruza conmigo una vez, con dos vasos en la mano, y me dice «¿todo bien?» a la altura del hombro y sigue andando, y con eso basta.
Vera está sentada en el brazo de un sillón, cerca de mí, comiendo, sin decir gran cosa, montando guardia de una manera que se le nota a todo el mundo y de la que no se dará cuenta hasta que tenga treinta años.
En un momento dado, Roseanne le pregunta desde el otro lado si va a apuntarse al club de teatro.
—No —dice Vera.
—Es una pena.
—Sí.
Y se mete otro trozo de tarta en la boca, y Roseanne me mira a mí, y yo miro mi plato.
◆
A las cuatro y media Margaret sale de la cocina con la fuente.
Es el quinto kolač y lo ha hecho Vera. Lo hizo el miércoles por la tarde, ella sola, con la ficha plastificada delante y con su padre fuera de la cocina porque se lo pidió ella, y esperó la hora entera, y picó las nueces a cuchillo durante quince minutos.
Margaret pone la fuente en la mesa del comedor y once personas se acercan.
Y entonces dice, en voz alta, a la sala:
—Que lo corte Sara.
Se hace un silencio de dos segundos que no oye nadie más que tres personas de esa habitación.
—Yo lo corto —digo.
—Cuchillo de sierra —dice—. Está en el segundo cajón.
Y me da la fuente y se aparta.
Yo corto el kolač de Katarina Kovac en una casa de Marbury, Massachusetts, el veintiséis de noviembre, delante de once personas que no saben quién soy, con un cuchillo de sierra del segundo cajón, y la primera rodaja sale mal y la aparto, porque quien se come la primera rodaja es porque no sabe.
Vera está a mi izquierda con el plato.
Tiene las manos temblando un poco. Muy poco. Lo justo para que se le vea a la persona que tiene el plato al lado y a nadie más.
Sale la espiral. Sale entera, apretada, sin la zona clara del centro y sin abrirse por ningún lado.
—Está bien —dice Margaret, mirándolo.
Y no añade nada y no le hace falta, porque en esa casa esas dos palabras dichas por esa mujer son un discurso de veinte minutos.
Vera se come el suyo de pie, al lado de la mesa, sin sentarse.
◆
Y a las cuatro y treinta y cinco, con la fuente a medias y once personas de pie con un plato en la mano, el hermano de Margaret dice, en voz normal, sin ninguna intención:
—Oye, Danny, ¿es verdad lo de Doggett?
Y la habitación no se calla, porque las habitaciones no se callan como en las películas.
Lo que pasa es más pequeño y es peor: Margaret Kovac, que está sirviendo café a metro y medio, para la jarra.
—¿Lo de Doggett? —dice.
—Que lo tiran —dice el hermano—. Me lo ha dicho Fitzy, que su chico trabaja en la promotora esa.
—¿Quién lo tira?
—Que ya está el papel.
Y once personas siguen comiendo y bebiendo café y hablando de otra cosa, y en el metro cuadrado que hay entre la jarra y la mesa hay tres personas que ya no están en esa fiesta.
—Danny.
—Sí.
—¿Tú has firmado eso?
—Sí.
—¿Cuándo?
—El lunes.
Margaret deja la jarra.
La deja en la mesa, no en la bandeja, y eso lo hace una mujer que en cincuenta años no ha dejado una jarra fuera de sitio.
—El lunes —dice.
—El lunes veintitrés.
—Antes de venir a mi casa.
—Tres días antes de venir a tu casa.
Y ella se seca las manos en el delantal, que es un delantal que no necesita secarse las manos, y sale al pasillo.
Y él va detrás.
◆
Yo me quedo en el comedor con un cuchillo de sierra en la mano y con once personas hablando de un tejado.
Están cuatro minutos en el pasillo. Se oye poco y se entiende menos, y lo poco que se entiende son tres frases, y las tres son de ella.
Treinta y un años, Danny.
No me digas que es tu trabajo.
Es que eso es lo peor que me podías decir.
Vuelve él primero. Vuelve con la cara de siempre, coge un plato y se pone a hablar con el padre de Priya de una empresa de tejados.
Ella tarda seis minutos y vuelve con la jarra llena.
Y sirve café a once personas, empezando por el hermano y terminando por mí, y a mí me sirve el mismo café que a los demás y me dice «¿leche?» exactamente igual que a los demás.
Y a las cinco menos veinte, cuando ya me voy y estoy en la puerta poniéndome el abrigo, se me acerca.
—Usted lo sabía.
—Desde el jueves diecinueve.
—Vale.
—Margaret.
—No, si no le pregunto nada. —Se ajusta la manga—. Le estoy diciendo que ya lo sé.
Y se vuelve al salón.
Yo me voy a las cuatro y cuarenta y cinco.