El otoño que no grabamos 15 #2
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15 #2

Es una niña de cinco años en una playa de piedras, con un bañador rojo que tiene una anilla blanca cosida a la altura del pecho, sujetando algo con las dos manos y mirando hacia un lado, fuera del cuadro, con la boca abierta.

Zarautz, agosto de 1997.

Mi madre nos hizo esa foto a mi hermana y a mí el mismo día, por separado, con un carrete de veinticuatro.

La de Nuria salió mejor. La de Nuria salió muchísimo mejor: salió riéndose, mirando a cámara, con el pelo mojado, y estuvo veinte años en el mueble del salón dentro de un marco de plata. La mía estuvo veinte años en un sobre.

Cuando la agencia me pidió una foto de infancia, en 2013, llamé a mi madre desde Boston y le dije que necesitaba una foto mía de pequeña para una cosa de la facultad.

Ella me mandó tres en un sobre por correo, y una era esta, y me la mandó con una nota que decía esta es la que menos te gusta pero sales tú .

Y en la segunda página, en un recuadro grande con una instrucción impresa encima — Escribe unas líneas sobre ti para la familia receptora, en primera persona, entre 150 y 200 palabras —, hay ciento ochenta palabras escritas con mi letra de los veintiún años, que era más redonda y que se inclinaba a la derecha al final de las líneas.

◆

Aquello lo escribí en veinte minutos.

Fue en una sala de espera del segundo piso, en Brookline, un martes de marzo, con la ventana dando a un aparcamiento y una planta de plástico en la esquina que tenía polvo en las hojas y que yo me quedé mirando bastante rato.

Me habían dado el formulario en un portafolios de plástico verde y un boli con el nombre de la clínica, y me habían dicho que me tomara el tiempo que necesitara y que si tenía cualquier duda preguntara.

Yo llevaba once días pinchándome por la noche en el baño de un piso compartido de Allston, con el frigorífico lleno de cajas que mis compañeras creían que eran de la alergia.

Había ido a nueve controles a las siete de la mañana antes de clase.

Había engordado tres kilos y medio y me dolía la espalda de una manera nueva.

Me quedaban seis días para la punción y estaba, sobre todo, cansada.

Me atasqué en el recuadro. Y Kelsey pasó por delante con una carpeta y se paró.

— Don’t get deep about it —dijo—. A las familias no les gusta.

Tenía veinticuatro o veinticinco años y masticaba chicle y no lo dijo con maldad ninguna. Lo dijo como quien lleva doscientos formularios y sabe cuáles se atascan.

—Pon cosas normales —dijo—. Lo que le gusta a la gente es que seas normal.

Y yo escribí ciento ochenta palabras normales.

Escribí que me gustaba correr aunque no era rápida.

Que mi comida favorita era la de mi abuela y que no la sabía hacer.

Que estaba estudiando cine en Boston con una beca que no me llegaba.

Que tenía una hermana mayor con la que discutía mucho y a la que llamaba todos los días.

Que hablaba tres idiomas y ninguno del todo bien.

Que me gustaba el mar de mi pueblo más que el de aquí, aunque el de aquí fuera el mismo.

Y en la última línea, porque me sobraban catorce palabras y porque tenía veintiún años, escribí que no sabía qué iba a hacer con mi vida, pero que quería que tuviera que ver con contar cosas de otra gente.

Cobré ocho mil cuatrocientos dólares en dos pagos, el primero a los diez días y el segundo en junio.

Con el primero pagué dos plazos de matrícula y llamé a mi madre para decirle que ya estaba resuelto y que no se preocupara, y no le dije cómo, y ella no preguntó, porque en mi casa esas cosas se resuelven y no se cuentan.

Con el segundo pagué el alquiler de mayo y junio, le mandé cuatrocientos a mi hermana para una cosa del coche y me compré un abrigo verde militar en una tienda de segunda mano de Cambridge que costó ciento diez dólares.

Es el que llevo puesto ahora mismo. Se ha lavado veintiséis veces, tiene el forro roto en la manga derecha y es la única cosa que me queda de todo aquello.

◆

Bajo a la casa.

No sé para qué bajo. Bajo con las manos vacías, sin el móvil, sin las llaves, con el abrigo puesto dentro de una casa a veintiún grados, y bajo los doce escalones exteriores del garaje que construyó el abuelo de esa mujer con la madera de un barco desguazado en 1958.

Entro por el mudroom. Los ocho pares de zapatos contra el zócalo. Los dos del treinta y ocho en la esquina, uno pegado al otro.

Y me quedo de pie en el centro de la cocina.

No hay nadie. Es la una menos cuarto de un domingo, la niña está en casa de su abuela desde ayer y él está en Beverly mirando un muelle.

Y yo llevo seis semanas y cinco días entrando en esta cocina.

He grabado ochenta y dos minutos en esta habitación.

Sé que la luz es buena de nueve a doce y que a partir de las tres no vale nada.

Sé que el trípode va en la esquina de la izquierda porque en la de la derecha se corta la puerta.

Sé que la nevera hace un ruido de doscientos y pico hercios que hay que quitar en posproducción y sé exactamente en qué archivo de A6 está la muestra para quitarlo.

Sé dónde están los paños, los cuchillos, la báscula que no vale y el paquete azul del café malo, que sigue en la encimera al lado del marrón.

Y en algún momento de los últimos seis días he empezado a coger los vasos sin mirar dónde están.

Me quedo de pie en el centro de esa cocina no sé cuánto tiempo. Un minuto o cuatro. Es la única cosa de todo este otoño que no cuento.

Luego subo, me siento otra vez y abro el cuarto.

◆

span class="ar"scan_0074/span no es un impreso.

Es un folio a mano. Se ve el pliegue central y se ven las líneas de la libreta de la que lo arrancó, y arriba a la derecha hay una fecha:

16-10-2022

Sara:

Fui a tu taller ayer. Me senté detrás porque no quería que me miraras y luego me cambié a la tercera fila, que es una cosa muy tonta de hacer a mi edad.

Te hice una pregunta y me contestaste bien.

Quiero decir que me contestaste como se le contesta a alguien que ha pagado quince dólares, que es exactamente lo que yo era.

No sé si esto lo estoy escribiendo para ti o para poder decir luego que lo escribí.

Lo que iba a preguntarte de verdad era si te acuerdas de haberlo hecho. No de la clínica. De la decisión. Si es una cosa que te vuelve a la cabeza o si es una cosa que se guardó y ya está. No hace falta que me contestes. De hecho preferiría que no.

Elena

No hay sobre. No hay sello. No hay dirección.

Lo leo entero.

Y luego lo leo otra vez, y la segunda vez lo leo en voz alta, en un garaje de cuarenta metros construido con la madera de un barco desguazado en 1958, y me oigo la voz, y la voz me sale rara porque llevo seis horas sin hablar con nadie.

Miro la hora. Es la una y cuarto.

Llevo aquí desde las nueve y media buscando dos segundos de silencio.

HOJA DE MONTAJE — A3 / VERANO TC 00:31:04:11— Interior, cocina, tarde. V. y E. Ventilador. DECISIÓN: