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El domingo estoy sola.
Vera está en casa de Margaret desde el sábado por la tarde. Daniel ha ido a Beverly a mirar un muelle que se ha movido dos centímetros y que a alguien le ha parecido urgente en domingo, y me ha escrito a las nueve para decirme que hay café hecho abajo y que la puerta está abierta.
En dos días no hemos hablado de nada.
Hemos trabajado. Hemos comido en la misma mesa el sábado con la niña delante, y él me ha pasado la sal, y yo he dicho gracias.
El sábado por la tarde estuvimos dos horas y media revisando el desglose del verano sentados a metro y medio con el portátil en medio, discutiendo un corte, y no pasó absolutamente nada, y hemos sido los dos de una corrección tan minuciosa que si lo hubiera visto Margaret Kovac lo habría entendido todo en cuatro minutos.
Yo estoy bien. Estoy trabajando.
Lo tengo ordenado en cuatro puntos, como lo tengo todo.
Uno: quedan seis semanas. Dos: cuando terminen las seis semanas yo me vuelvo a Somerville, que está a cincuenta y dos minutos.
Tres: cincuenta y dos minutos no es nada y también es exactamente lo suficiente.
Cuatro: aquí hay una niña de doce años que en dos años ha perdido a una persona, y lo que le pase a esa niña no depende de lo que a mí me apetezca en un cobertizo.
A las once de la mañana de un domingo en un garaje de Massachusetts todavía funciona.
Lo que tengo delante es el problema del ventilador.
En el verano hay un clip de siete minutos, el span class="ar"C0037/span, grabado en la cocina el veintiocho de junio a las tres de la tarde, con treinta y un grados y con el ventilador de pie encendido en la esquina, girando.
Debajo hay una conversación entre madre e hija de la que se entiende el sesenta por ciento.
El resto se lo come una banda de ruido de doscientos veinte hercios que va y viene según gira el aparato, y que además se lleva por delante las eses y las efes, que son las que hacen que una frase se entienda.
Es material bueno. Es de los mejores siete minutos del verano y es inservible, y las dos cosas a la vez son lo que hace que este trabajo sea un trabajo.
Se puede limpiar. No se limpia con un botón, aunque haya un botón que se llama así y que a la gente le encanta: se limpia haciéndole al programa una muestra del ruido solo, sin voz, para que sepa exactamente qué tiene que quitar.
Si le das una muestra en la que alguien está hablando, el programa se lleva también la voz y te queda una cosa metálica y muerta que suena a comisaría.
Luego, en los agujeros que deja, hay que meter room tone de la misma habitación, para que no suene a vacío.
Y el problema es el de siempre: en el span class="ar"C0037/span no hay ni un segundo en el que suene el ventilador y no hable nadie. Ni uno. Lo he repasado dos veces con la onda ampliada. Hablan encima, se pisan, se ríen, y cuando por fin se callan, alguien apaga el ventilador.
Necesito dos segundos. Dos segundos de esa cocina, con ese ventilador, sin voces.
Así que voy a A6.
◆
Trescientos cuarenta archivos de audio. Los tengo oídos por encima desde septiembre y tengo una hoja con veintiséis marcados como útiles, pero nunca he entrado a mirar la carpeta con calma, porque no había hecho falta.
La abro en vista de lista y la ordeno por nombre.
span class="ar"amb_cocina_01/span a span class="ar"amb_cocina_44/span.
span class="ar"amb_pasillo_01/span a span class="ar"amb_pasillo_29/span.
span class="ar"amb_lluvia_este/span.
span class="ar"amb_caldera/span.
span class="ar"amb_nevera_larga/span.
span class="ar"amb_lavadora/span.
Números, guiones bajos, todo en minúscula, todo con el mismo criterio, porque esta mujer nombraba los archivos como los nombra la gente que ha perdido cosas alguna vez.
Y en medio de la lista, entre span class="ar"amb_cocina_44/span y span class="ar"amb_lavadora/span, hay una carpeta.
Se llama span class="ar"44/span.
Una carpeta dentro de una carpeta de audio.
Yo asumo lo que asumiría cualquiera: que se le fue la mano en algún momento, que arrastró algo sin querer y que dentro están las tomas del span class="ar"amb_cocina_44/span, que a lo mejor son tres versiones, que a lo mejor la grabó tres veces porque las dos primeras salieron con un coche pasando.
La abro.
Dentro hay cuatro archivos.
span class="ar"scan_0071.pdf/span span class="ar"scan_0072.pdf/span span class="ar"scan_0073.pdf/span span class="ar"scan_0074.pdf/span
Nombres automáticos de escáner. De un escáner doméstico, de los baratos, de los que numeran de corrido y no preguntan.
Abro el primero.
◆
span class="ar"scan_0071/span es la impresión de una página web de una empresa de tests genéticos. Fondo blanco, logotipo arriba a la izquierda, la marca de agua del navegador abajo con la fecha de impresión: 14 de septiembre de 2021.
Es una tabla de coincidencias.
En la primera fila, con la barra verde más larga, hay un nombre abreviado, una cifra y una etiqueta.
R. Iribarne — 214 cM compartidos — 8 segmentos — Prima 2ª–3ª — Tudela, Navarra, ES
Yo leo eso una vez.
Lo leo y no entiendo nada, porque lo primero que hace mi cabeza no es entender: lo primero que hace mi cabeza es pensar que es un error del archivo, que se ha abierto un documento de otra carpeta, que este PDF es mío, que se ha mezclado algo en alguna copia en algún momento de los últimos siete años.
Iribarne no es un apellido raro en Navarra. Hay Iribarnes en toda la Ribera y hay una calle Iribarne en Tudela.
Mi prima Rosa vive en Tudela, tiene sesenta y un años y se hizo uno de esos tests en el veintiuno porque se los regalaron a todo el grupo en un viaje del Imserso, y lo contó en la comida de Navidad de aquel año durante cuarenta minutos, pasándole el teléfono a todo el mundo con un mapa de colores en el que salía que era un doce por ciento irlandesa.
Mi tía se enfadó porque decía que eso lo usan las aseguradoras.
Mi madre dijo que a ella eso le daba igual porque ya sabía de dónde era.
Yo me reí de ella.
Ese es el dato que me llega antes que ningún otro, antes que el nombre, antes que los doscientos catorce centimorgans: que yo me reí de mi prima Rosa en una comida de Navidad en 2021 mientras enseñaba un mapa de colores en el móvil.
Y catorce meses después una mujer que se estaba muriendo en Massachusetts imprimió esa página y la metió en una carpeta.
Abro el segundo.
◆
span class="ar"scan_0072/span es la fotografía de un papel. No es un escaneo limpio: es una foto hecha con el móvil y luego impresa y luego escaneada, con la sombra de una mano en el borde de arriba.
Es el reverso de una radiografía de tórax. Se ve la marca de la clínica en la esquina, y el año, y del otro lado se transparentan las costillas y una parte de la columna.
Encima, escrito a boli, hay un árbol.
Está dibujado hacia abajo, con corchetes, como se dibujan estos árboles cuando uno no sabe dibujarlos y va tirando líneas según encuentra.
Arriba, un nombre y dos fechas. Debajo, tres ramas.
Debajo, más. Hay flechas. Hay tres signos de interrogación.
Hay una zona en la esquina superior derecha donde ha tenido que escribir más pequeño porque se le acababa el papel, y una anotación al margen que dice mirar iglesia Cascante .
Hay tres nombres tachados. Tachados de verdad, con la raya encima repasada dos veces, y al lado de uno hay una fecha: demasiado mayor .
Y abajo a la derecha, al final de una rama, hay un nombre rodeado con un círculo. Y encima del círculo hay otro círculo, hecho después, con otro boli, porque el primero se ve azul y el segundo negro.
Sara Iribarne Zabalza.
Con el segundo apellido.
Con el segundo apellido, que en este país no lo usa nadie y no lo entiende nadie, que no está en mi correo, ni en mi página, ni en mi contrato, ni en mi permiso de conducir de Massachusetts, ni en mi tarjeta del banco, ni en la puerta del estudio que cerré en junio.
Está en mi pasaporte, en mi partida de nacimiento y en el impreso que rellené en Brookline en marzo de 2013.
◆
Y aquí es donde tengo que decir una cosa de mi oficio.
Hay una regla que se aprende el primer año y que nadie te explica, y es que uno no sabe qué está montando hasta que se acaba.
Tú puedes tener el guion, la escaleta, las veintidós líneas y la fecha de entrega, y aun así el material te va a decir una vez, y solo una, lo que es de verdad, y normalmente te lo dice tarde y por sorpresa y a la una de la tarde de un domingo.
Yo llevo seis semanas montando la película de una familia y resulta que estoy dentro del bruto.
◆
span class="ar"scan_0073/span es una ficha.
Es un formulario de dos páginas con el membrete arriba: New England Family Center, Brookline, MA. En la cabecera, a la derecha, dentro de una casilla con el borde grueso: Donante 4471. Debajo, la fecha: marzo de 2013.
Hay una tabla con las cosas de siempre. Altura: 163.
Peso, que en marzo de 2013 era otro. Color de ojos.
Color de pelo, con una casilla que pone castaño oscuro marcada a mano y una anotación al lado que pone (natural) .
Grupo sanguíneo. Estudios en curso. Idiomas: tres, con una crucecita en cada uno y una escala del uno al cinco.
Antecedentes de la familia por rama, con diecinueve casillas marcadas a bolígrafo azul por una chica de la agencia que se llamaba Kelsey, que masticaba chicle y que me preguntó por mis cuatro abuelos uno a uno mientras yo intentaba acordarme de qué había tenido exactamente el padre de mi madre.
Y abajo a la izquierda, en un recuadro con el borde de puntos, hay una fotografía.