El otoño que no grabamos 14
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Bob Cusick viene el jueves.

—¿Y usted quién es? —me dice, sin mirarme, con medio cuerpo dentro de la caldera.

—Estoy trabajando aquí.

—¿En qué?

—Vídeo.

—¿Vídeo de qué?

—De la familia.

Bob Cusick saca la cabeza.

—Ah —dice—. Bueno. Ella era la de las fotos, ¿no?

—Sí.

—Ya. —Y vuelve a meter la cabeza—. Pásame la de estrella del ocho.

Cuando se enciende sale por la rejilla del garaje ese olor a polvo quemado que llevan sin oler dos otoños.

Es la línea cinco.

El olor del garaje cuando se enciende la caldera.

La grabo, y es una tontería, y son cuarenta segundos de una rejilla con el sol de las once dándole de lado, y va a estar en la película.

El viernes por la mañana Daniel me dice, en la cocina, sin preámbulo:

—Hoy la caja.

—¿Cuál?

—La de verano. La de arriba de la nevera.

—¿Está seguro?

—Es la línea catorce.

—La línea catorce dice «la que él pueda».

—Pues esa puedo.

—¿Y por qué la de verano?

—Porque es la que tiene menos. —Cierra el armario—. He mirado las dos.

—¿Cuándo?

—Anoche.

—¿A qué hora?

—A las dos.

Y ahí ya sé cómo va a ir el día.

Vera baja a las siete y veinte, ve la caja bajada de encima de la nevera y puesta en el centro de la mesa del comedor, y se para tres segundos en la puerta de la cocina.

—¿Hoy? —dice.

—Hoy.

—Vale.

Y se come el desayuno de pie mirando por la ventana, que es una cosa que no hace nunca, y se va al autobús ocho minutos antes de lo que hace falta.

◆

Monto el equipo a las cinco.

Lo monto bien, además, que es lo que hace que todo lo demás sea peor.

La cámara en el trípode a la izquierda de la puerta del salón, altura de pecho, plano medio corto.

Con la ventana detrás de mí para que la luz vaya hacia él y no al revés.

El micro de solapa no, porque ponerle a un hombre un micro de solapa en la camisa para grabar esto es una barbaridad que solo se le ocurre a la gente que hace televisión.

El de cañón en la barra, apuntando a la mesa, a dos metros, fuera del encuadre.

Compruebo el nivel: menos doce. Compruebo la batería: noventa y cuatro. Compruebo la tarjeta: la de arriba a la izquierda, con ciento diecinueve gigas libres.

Todo bien. Todo listo. Cuarenta segundos de preparación y llevo trece años haciéndolo.

Daniel baja la caja de encima de la nevera y la pone en la mesa del comedor y se queda de pie mirándola.

Y yo no le doy al botón.

No hay ninguna decisión. Eso es lo raro y eso es lo que voy a tener que mirar de frente esta noche. No hay un momento en el que yo piense «no voy a grabar esto». Simplemente estoy detrás de la cámara con la mano en el sitio, y él abre la caja, y yo tengo la mano en el sitio, y no le doy.

Me digo tres cosas mientras no le doy.

La primera es que el plano está mal, que la luz de las cinco y media entra rasante por el oeste y le va a dar en la sien. Es verdad y es corregible en once segundos.

La segunda es que la línea catorce dice «la que él pueda» y que a lo mejor lo que hay que grabar no es esta caja sino la siguiente. Es verdad y es una excusa.

La tercera no me la digo con palabras.

Dentro de la caja hay ropa de verano doblada por alguien que dobla bien.

Cinco camisetas. Dos vestidos, uno de rayas y otro azul marino con un bolsillo descosido en el lado izquierdo.

Un bañador negro con la goma dada de sí.

Una camisa de hombre, grande, que evidentemente es de él y que estaba aquí porque ella se la ponía.

Un jersey fino de color hueso que no es de verano y que está en esta caja porque alguien lo metió al final por no dejarlo fuera.

Unas alpargatas con la suela gastada por dentro del talón izquierdo, que es como se gastan las alpargatas de la gente que pisa hacia dentro.

Y en el fondo, doblado en cuatro, un pareo de playa con dibujos de limones que en algún momento fue muy barato.

Daniel las saca de una en una y las va poniendo en el respaldo del sofá, en fila, y lo hace deprisa, con esa velocidad que pone la gente cuando ha decidido que si va despacio no acaba.

En la camisa se para dos segundos y la deja en un montón aparte, en el suelo, que es su montón.

Vera baja a la mitad.

Se para en el último escalón. Mira la fila del respaldo del sofá. Su padre no se vuelve.

—¿Esto es lo de la lista? —dice.

—Esto es lo de la lista.

—Vale.

Cruza el salón. No mira las camisetas ni los vestidos ni las alpargatas. Va derecha al jersey fino de color hueso, como quien va a por una cosa que ya sabía que estaba ahí, se lo pone debajo del brazo y se vuelve.

—¿Puedo?

—Puedes.

—Vale.

Y sube otra vez sin decir absolutamente nada más.

Y él sigue.

Cuando termina son las seis y veinte y hay cuatro bolsas cerradas en el suelo y una caja vacía encima de la mesa, y él está de pie en mitad del salón con las manos vacías y sin ningún sitio donde ponerlas.

—Vámonos —dice.

—¿Adónde?

—A donde sea.

◆

Bajamos al puerto porque no hay ningún otro sitio donde bajar.

En Marbury, un viernes a las siete menos cuarto de la tarde del veintitrés de octubre, hay abierto: The Pilot House, la gasolinera y una pizzería.

Eso es todo. Los turistas ya se han ido porque este año las hojas no han hecho nada, siguen verdes en la tercera semana de octubre y en las aplicaciones sale el condado en gris, y eso lo llevan tres semanas comentando en la cafetería como si fuera una enfermedad de un familiar.

Aparcamos al lado del contenedor de obra del astillero. Ya es de noche, que es lo único de este otoño imposible que funciona como tiene que funcionar.

—Le voy a enseñar una cosa —dice—. Para la película.

—Vale.

—A lo mejor no vale.

—A lo mejor no.

—Es que no sé si es para la película o si se lo digo para no volver a casa.

—Es lo segundo.

—Sí.

—No pasa nada.

La valla del astillero tiene un tramo suelto en la esquina sureste que se aparta con la mano, y él lo aparta con la mano como quien lo ha hecho cuatrocientas veces desde los quince años, con el pie apoyado en el poste para que no se venga.

—¿Esto es allanamiento? —digo.

—Esto es Marbury.

Dentro hay tres naves.

La primera está vacía, con el techo abierto en dos sitios. La segunda tiene todavía dos motores en el suelo, tapados con una lona verde que alguien ha cambiado hace poco, lo cual quiere decir que aquí viene alguien.

La tercera, la del fondo, es el cobertizo número cuatro: veintitantos metros de largo, con el portón lateral descolgado de un gozne y abierto medio metro de manera permanente desde hace por lo menos una década.

Entramos.

Huele a alquitrán frío, a sal y a madera vieja, y por los huecos del techo entra la luz naranja de la farola del muelle en franjas.

—Aquí trabajó el abuelo de Elena treinta y un años —dice—. Y su padre veinte.

—¿Y qué hacían?

—Cascos de madera. Y luego reparación. Y luego nada.

—¿Usted venía de crío?

—Yo soy de New Bedford.

—Ah.

—Vine aquí a los veintiséis, con ella. —Anda por el centro de la nave—. Me trajo su abuelo el segundo domingo que nos conocimos, a las siete de la mañana, para enseñarme esto y para preguntarme a qué me dedicaba.

—¿Y qué le dijo?

—Que estructuras.

—¿Y él?

—Que eso no es un oficio. —Se para—. Que un oficio es una cosa que se le hace a un material.

Y yo me río, y él también, y la risa suena rara en veintitantos metros de nave vacía.

—Tenía noventa y un años cuando nos casamos y me lo repitió en la boda delante de doce personas.

Anda hasta el centro de la nave y señala al suelo.

—Aquí.

Hay una cala de varada: una pendiente de hormigón con dos raíles de hierro que bajan y se meten en el agua por debajo del portón del fondo. En el hormigón, al lado del raíl de la derecha, hay algo escrito y raspado y vuelto a escribir por sesenta años de gente.

—Aquí es donde salió la madera del garaje —dice—. Desguazaron un barco en el cincuenta y ocho y el abuelo se llevó las cuadernas en un carro. Ochocientos metros. Cuatro viajes.

—¿Eso se lo contó ella?

—Eso me lo contó él. Estaba vivo cuando nos casamos. —Se mete las manos en los bolsillos—. Tenía noventa y un años y contaba esa historia con los cuatro viajes y con el nombre del hombre que le prestó el carro.

—¿Cómo se llamaba?

—No me acuerdo.

Se queda un momento con eso.

—Ese es el problema —dice.

—¿Cuál?

—Que la historia me la sé entera. Los cuatro viajes, el carro, la madera, la manera de cortarla. Y no me acuerdo del nombre del hombre del carro, y ella sí se acordaba, y ahora ya no se acuerda nadie.

—Eso pasa siempre.

—Ya lo sé que pasa siempre. —Da una patada suave a un cascote—. Es que yo pensaba que pasaba despacio.

Y luego, sin ninguna transición, levanta la cabeza y mira el techo.

Lo mira de otra manera. Lo mira como se mira una cosa que uno ha mirado ya muchas veces.

—¿Qué? —digo.

—Nada.

—Daniel.

—Que la cuarta y la quinta están hechas polvo.

—¿Las cuartas y las quintas qué?

—Las cerchas. —Señala hacia arriba, y desde aquí, con la luz naranja de la farola en franjas, lo único que se ve son vigas—.

Estas de madera son de 1931 y van sobre un muro de ladrillo sin refuerzo.

La cuarta tiene el apoyo del lado sur podrido.

Con una nevada gorda y viento del noreste, esto se viene abajo por ahí.

—¿Y cuánto le queda?

—Depende del invierno.

—¿Y eso lo sabe alguien?

Daniel se mete otra vez las manos en los bolsillos.

—Lo sé yo —dice.

Y ahí, en el cobertizo cuatro, se hace un silencio que no tiene nada que ver con los otros.

Yo he dejado la bolsa en el suelo, contra la pared, apoyada de canto, y en algún momento entre la valla y aquí la correa se ha doblado por encima del botón lateral de la cámara pequeña, que es un botón que sobresale dos milímetros de más y que llevo dos años diciendo que voy a cambiar.

Eso lo voy a saber luego.

—Sara.

Es la primera vez que me llama por mi nombre desde el nueve de septiembre.

—Sí.

—Lo del jueves pasado. En la cocina.

—El horno estaba a doscientos.

—Ya sé lo que estaba el horno.

—Ya lo sé.

—Llevo ocho días sin decirlo.

—Nueve.

Se ríe una vez, corto, y se le va enseguida.

—¿Y usted qué? —dice.

—¿Yo qué de qué?

—Que si usted lleva nueve días sin decirlo.

Y yo tengo aquí, en este momento, todas las respuestas profesionales de trece años, que son buenas y que están probadas y que consisten en agradecerlo, cambiar de tema y mandar la factura el lunes.

—Sí —digo.

Y él da dos pasos.

Y luego el resto de eso pasa apoyada contra el raíl de la izquierda de una cala de varada, en un cobertizo con el portón descolgado, con una franja de luz naranja cruzándonos por la altura del hombro, y dura bastante más de lo que yo tenía calculado que iba a durar nada de esto.

En algún momento me acuerdo de que soy una empleada. Me acuerdo con esas palabras exactas, que no son mías, que son de una señora de sesenta y ocho años en una mesa de comedor.

Y no me separo.

Se separa él, un poco después, con la frente todavía apoyada, y dice una cosa que no espero:

—Tengo que estar en casa a las ocho.

—Ya lo sé.

—No lo digo por…

—Que ya lo sé. Son las ocho menos cuarto.

—Sí.

—Pues vamos.

Y cuando me agacho a por la bolsa veo la luz roja.

Está encendida. Lleva encendida cuarenta y un minutos según el contador, apuntando a la pared de la izquierda desde el suelo, con la correa doblada encima del botón.

La apago.

—¿Qué pasa? —dice él, desde la puerta.

—Nada. La bolsa.

◆

En el coche no hablamos. En el camino de entrada de Alewife Lane él dice «mañana» y yo digo «mañana», que son las dos palabras más idiotas que se han dicho en esta calle, y subo al garaje.

En la cocina hay luz. Se ve desde aquí arriba: una niña de doce años sentada a la mesa con un plato y el portátil de ocho años abierto delante, cenando sola a las ocho y cinco de la noche de un viernes, porque su padre ha estado hora y media fuera de casa.

Él entra por el mudroom. La luz de la cocina se mueve cuando pasa por delante.

Se sienta enfrente de ella y ninguno de los dos se levanta durante veinte minutos, y desde aquí no se oye nada.

Son las ocho y diez.

A las ocho y veinte he volcado la tarjeta. A las ocho y cuarenta tengo las dos copias hechas y verificadas, porque eso lo hago con las manos y no hace falta que participe nadie.

Y luego me siento y me quedo delante del archivo span class="ar"20261023_1857_astillero.mov/span, cuarenta y un minutos, treinta y ocho gigas, en el que no se ve nada porque está apuntando a una pared, y en el que se oye absolutamente todo.

Cuarenta y un minutos. De los cuarenta y un minutos, treinta y siete son la valla, los pasos, la nave, el abuelo, el carro y el hombre del carro. Los otros cuatro son otra cosa.

No lo abro.

Y no lo abro no por delicadeza. No lo abro porque si lo abro voy a tener que decidir qué hago con él, y ahora mismo no quiero decidir nada.

No lo borro.

Ya sé que no lo voy a borrar. Eso no es una decisión que se tome esta noche ni ninguna otra: eso lo decidió por mí una mujer de Lagos que me gritó en Providence en 2013 y que lleva cinco años muerta, y desde entonces yo he guardado seis mil horas de material ajeno y no he borrado ni una, y he presumido de eso en treinta bibliotecas de este estado.

Lo renombro. span class="ar"20261023_astillero_NO.mov/span.

Lo meto en una carpeta que se llama span class="ar"descartes/span y que tiene otras once cosas dentro, y hago las dos copias también de eso, porque las copias se hacen de todo o no se hacen.

Treinta y ocho gigas por duplicado de una pared.

Y luego me quedo mirando la carpeta span class="ar"descartes/span un minuto largo, porque acabo de entender una cosa bastante fea: que si mañana me caigo por un terraplén en la 128, Owen abre un sobre en Dorchester, entra en mi archivo para devolverle a cada cliente lo suyo, y en la referencia de Marbury se va a encontrar esto.

Le pongo contraseña a la carpeta.

Y ponerle contraseña a una carpeta es la primera cosa que hago en trece años que Ruth Okafor no me habría dejado hacer, y lo hago igual, a las nueve menos veinte de la noche, en un garaje.

A las nueve y media apago y me tumbo, y a las once sigo despierta, y a la una también.

A las cuatro de la mañana me levanto, enciendo la lámpara de veinticuatro dólares y abro el verano.

Trabajo cinco horas seguidas. Es el mejor trabajo que hago en todo octubre.

Eso no va a ir en ningún sitio.