13
La caldera se rompe el martes por la noche y el miércoles por la mañana la casa está a catorce grados, que es la primera vez en seis semanas que en esta casa hace frío de verdad.
—Ya era hora —dice Vera, con dos jerséis.
—No digas eso.
—Es que llevo desde agosto sudando.
—Vera, esto son mil doscientos dólares.
—Yo solo digo que ya era hora.
—Pues no lo digas.
—Es que hay una cosa que se llama libertad de expresión.
—En esta casa no.
—Eso es inconstitucional.
—Coge la mochila.
Daniel se pasa la mañana en el sótano con una linterna y el manual, que está dentro de una funda de plástico colgada de un clavo al lado de la caldera, porque en esta casa todos los manuales están dentro de una funda de plástico colgada de un clavo al lado de la cosa.
Yo bajo dos veces. La primera a llevarle un café y la segunda porque me da vergüenza estar arriba trabajando mientras hay un hombre debajo de mi silla con una linterna en la boca.
—¿Le echo una mano?
—No.
—Yo he cambiado dos termopares en mi vida.
Daniel saca la cabeza de la caldera.
—¿Usted?
—En Somerville, en el catorce y en el diecisiete. Y una válvula de un radiador en Pamplona con dieciséis años.
—¿Y funcionó?
—Lo del radiador sí. Lo de Somerville no y vino un señor y se rio de mí.
—Ya.
—Pero le puedo sujetar la linterna, que es lo que hace falta aquí.
Y se la sujeto veinte minutos, y en veinte minutos ese hombre me explica cómo funciona una caldera de condensación de 2011 con un detalle que no le he pedido y que resulta ser lo más interesante que he oído esta semana.
A las once sube con las manos negras y dice que no es el quemador, que es la placa, y que hay que llamar a alguien.
—Llame al de siempre.
—Es que no sé quién es el de siempre.
Y ahí se para.
Se para de una manera muy concreta: a medio limpiarse, con las manos negras y el trapo colgando, de cara al fregadero.
—Hay un hombre —dice—. Viene desde el once. Se llama Bob algo, y hay que llamarle antes de las nueve de la mañana porque después ya está en las casas y no coge el teléfono. Eso lo sé porque lo he oído decir doscientas veces.
—¿Y el número?
—El número lo tenía ella.
—¿En el móvil?
—El móvil se lo dimos a la beneficencia con todo lo demás, en enero. —Se pasa la mano por la nuca y se deja una raya negra—. Pero está dicho.
—¿Dónde está dicho?
Y me mira, y yo ya sé dónde está dicho antes de que lo diga.
—Puedo mirarlo yo sola —digo—. Usted me dice el minuto aproximado y yo lo busco.
—No sé el minuto.
—Pues lo busco entero. Usted no tiene por qué estar.
Daniel dobla el trapo en cuatro, que con un trapo negro de sótano no hace ninguna falta.
—Está en mi casa —dice—. Si está en mi casa, lo veo yo.
◆
Lo vemos a las doce del mediodía, en el comedor, con la casa a catorce grados y los dos con el abrigo puesto.
Diecinueve minutos y once segundos.
El plano es malo. Es lo primero que veo y no lo puedo evitar: la cámara está en la mesilla de una habitación, apoyada en algo que no es un trípode, ligeramente torcida hacia la derecha.
La lámpara está detrás del sujeto, que es el peor sitio, y por eso Elena sale oscura y el respaldo del sillón sale brillante.
Hay un reflejo de la pantalla de un portátil en la pared del fondo.
El micro está a metro y medio y coge el eco de la habitación.
Es la única cosa de todo este archivo que está mal hecha, y está mal hecha porque la hizo alguien que ya no podía colocar una cámara.
Elena tiene una manta encima de las piernas y el pelo corto de otra manera. Habla despacio y sin ninguna emoción, que es como habla la gente cuando ha decidido que si se pone a sentir no termina.
—Vale —dice—. Cosas.
Y empieza.
La póliza del seguro de la casa está en la carpeta azul del armario del despacho y se renueva en marzo, y el año pasado subió cuatrocientos dólares y hay que discutirlo porque si se discute lo bajan.
—Llamas, te ponen a esperar, esperas. A los veinte minutos sale una persona y le dices que te vas a ir a la otra. Y ya está. No hay que enfadarse, hay que esperar. Tú te enfadas y cuelgas y luego pagas cuatrocientos dólares por haberte enfadado.
El de la caldera es Bob Cusick y hay que llamarle antes de las nueve. Si no lo coge, se llama a la mujer, que se llama Deb, y Deb sí lo coge.
—Y no le digas que es urgente. A Bob no se le puede decir que es urgente porque entonces se pone a explicarte por qué no puede venir. Le dices que se ha parado y ya está.
Los impuestos de la casa se pagan en dos veces y el segundo plazo es el uno de noviembre, y hay una casilla de una exención de veterano que no les corresponde y que un funcionario les puso en 2019 y que hay que quitar antes de que se den cuenta ellos.
La cuenta del College está en un sitio que se llama de una manera y no en el banco, y no se toca, y si hay un año malo se toca, porque para eso está, y no pasa nada.
—Si deja el clarinete, déjala. No lo negocies. Y si a los dos años lo echa de menos, que se lo pague ella.
Hay dos minutos enteros sobre el dentista.
—El doctor Whelan es carísimo y es bueno y hay que seguir yendo. Y cuando te diga lo de la ortodoncia, di que sí. No lo pienses, no pidas una segunda opinión, no mires en internet. Di que sí y paga.
Hay una parte, hacia el minuto once, sobre una vecina.
—Los Halloran. No les cojas nada. Te van a llevar comida durante cuatro meses y luego te la van a cobrar en favores durante nueve años. Diles que te la lleven a la iglesia.
Y a mí eso me hace reír en voz alta, con la casa a catorce grados, y a Daniel no.
Hay treinta segundos sobre Margaret.
—Y a mi madre déjala. Va a querer llevárselo todo a su casa y va a querer llevarse a la niña los fines de semana y va a querer decirte cómo. Déjala con lo de los fines de semana. Con lo demás no.
Hay un minuto sobre dinero, y es el más difícil de oír de los diecinueve, porque es el que está hecho con más cuidado.
—El seguro de vida son doscientos cuarenta mil y tarda entre seis y diez semanas. No lo toques el primer año. No lo pongas en nada, no lo muevas y no escuches a nadie que te diga que lo pongas en algo. Déjalo quieto doce meses y luego ya verás con la cabeza fría.
Y luego, sin cambiar de tono:
—Y no le compres cosas. A la niña. Te va a dar por ahí en enero o en febrero, y te lo digo ahora para que te acuerdes de que te lo dije.
Lo para dos veces.
La primera en el minuto seis, sin decir nada, con el pulgar todavía en el botón y la barra parada en mitad de una frase sobre una carpeta azul. Está así cuarenta segundos y luego le da al play otra vez.
La segunda en el minuto trece. Esta dura menos: doce segundos y una respiración.
Yo las cuento las dos y no digo nada en ninguna de las dos, porque en esta habitación hoy yo no soy nada más que una persona que sabe usar un ordenador y que se sabe el número de un fontanero.
Y en el minuto quince cambia de tema sin ningún aviso.
—Y lo otro —dice—. Si conoces a alguien.
Silencio de tres segundos en la grabación. Se coloca la manta.
—Que conocerás a alguien, no me pongas esa cara, que ni me estás viendo. Cuando conozcas a alguien, no se lo digas a mi madre primero. Díselo a Vera primero. Mi madre lo va a saber igual y va a decir que lo sabía, pero que Vera lo sepa antes que ella. Eso es lo único que te pido de ese asunto.
Al lado de mi codo, en la mesa, está el móvil de Daniel. Es un modelo del año pasado, nuevo, con la pantalla sin una marca, y lleva una funda de silicona negra que está agrietada por las dos esquinas de abajo y que tiene el borde blanco de tanto doblarse. La funda tiene por lo menos cinco años.
Ni él ni yo decimos nada durante todo el minuto quince.
Y luego, en el diecisiete, dice esto:
—Y cuando pregunte por lo de la donante, no le digas que no se puede saber.
Ya no es verdad. Ahora se sabe todo, se sabe con un tubo y cuarenta dólares, y ella lo va a hacer con dieciocho años o con veinticinco, y lo va a hacer sola en su cuarto un martes por la noche.
Así que no la dejes sola. Eso es todo lo que hay que hacer: no dejarla sola cuando lo haga.
Daniel se levanta.
No para el vídeo. Se levanta y va a la ventana de la cocina y se queda ahí de espaldas los dos minutos que quedan, y yo tampoco lo paro, porque pararlo sería peor.
Los últimos dos minutos son sobre la casa. El canalón del lado norte. Que no dejen que el arce de delante toque el tejado. Que el sótano hay que ventilarlo en junio.
Y al final se acerca a la cámara para apagarla y, mientras alarga el brazo, dice, casi sin voz:
—Ay, qué mal está esto puesto.
Y se corta.
◆
Nos quedamos los dos en una casa a catorce grados durante un rato bastante largo.
Yo hago lo único que se puede hacer, que es lo administrativo: abro el cuaderno y apunto.
Bob Cusick — antes de las 9. Si no, Deb. Seguro: carpeta azul, despacho. Marzo. Impuestos: 1 nov. Quitar casilla veterano. Dr. Whelan: decir que sí.
Se lo pongo delante.
—Ahí lo tiene todo lo de la casa —digo—. Son once cosas. Se las paso a limpio esta tarde y las cuelga en el armario del despacho y ya no tiene que volver a ver eso nunca.
Daniel mira el papel.
—Bob Cusick —dice, al final.
—Bob Cusick.
—Y la mujer se llama Deb.
—Deb.
Vuelve a la mesa. No se sienta. Pone las dos manos en el respaldo de la silla.
—Esto no lo toque —dice.
—Vale.
—No lo monte, no lo corte, no lo mejore. Ni el sonido.
—Vale.
—Se puede mejorar el sonido, ¿no?
—Se puede mejorar mucho. En dos horas le quito el eco y le subo la voz seis decibelios y parece otra cosa.
—Pues no.
—Vale.
—¿Le parece mal?
—Me parece perfecto. Es suyo. —Cierro el portátil—. Le voy a decir una sola cosa y luego no lo vuelvo a mencionar: eso está en un disco de dos terabytes de hace tres años y no hay copia.
—Hay copia.
—¿Dónde?
—Aquí. —Señala el disco—. Y en el original.
—Eso son dos discos que están a cuatro metros el uno del otro, en la misma casa, y usted me dijo en septiembre que eso no es una copia.
Daniel toca el disco con dos dedos y lo aparta un centímetro.
—Hágala usted —dice—. La copia.
—¿Y la miro?
—Ya la ha mirado.
—Digo si la vuelvo a mirar.
—No.
—Vale.
—¿Se lo puedo pedir así? ¿Sin darle una razón?
—Me lo puede pedir así. —Guardo el cable—. Es su material. Yo hago lo que me diga con su material y no le pido explicaciones. Eso está en el contrato y además es lo que pienso.
—Vale.
—Una cosa sí le voy a preguntar, y si no quiere no me la conteste.
—A ver.
—¿Cuántas veces lo ha visto?
Daniel se queda con la mano en el respaldo de la silla.
—Tres.
—¿Cuándo?
—En octubre del veinticuatro, cuando lo encontré. En enero del veinticinco, cuando hubo que renovar el seguro y no me acordaba de dónde estaba la carpeta azul. —Se pasa el pulgar por el borde de la mesa—. Y hoy.
—O sea que lo del seguro lo sabía.
—Lo del seguro lo sabía.
—Y lo del dentista.
—Lo del dentista lo sabía.
—¿Y lo de Bob Cusick no?
Silencio.
—Lo de Bob Cusick está en el minuto tres —dice—. Y las dos veces que lo puse lo paré en el dos y pico.
—¿Por qué?
—Porque en el minuto dos y pico ya sabía cómo iba a sonar el resto.
Y ahí me tengo que sentar, aunque llevo cuarenta minutos sentada.
Este hombre lleva dos años sin encender la caldera de su propia casa correctamente porque para saber el número del fontanero tenía que aguantar los diecinueve minutos enteros, y ha preferido llamar a un servicio de urgencias.
—¿Cuánto le cobró el de urgencias la última vez? —digo.
—Ciento veinte.
—¿Cuántas veces?
—Dos inviernos.
—¿Cuántas veces, Daniel?
—Cuatro —dice—. Cuatrocientos ochenta dólares.
—Vale.
—No lo diga.
—No iba a decir nada.
—Lo estaba pensando.
—Lo estaba pensando, sí.
Y entonces se sienta, por fin, con el abrigo puesto, en su comedor de catorce grados, y se queda con los codos en la mesa y las manos juntas delante de la boca, que es una postura que no le he visto nunca.
—No sé cómo se hace esto —dice.
Y yo llevo trece años y ciento noventa y seis familias y sé perfectamente que no está hablando de la película, y sé también, con la misma exactitud, que si le contesto a lo que ha dicho de verdad, se levanta y se va y mañana estamos otra vez en septiembre.
Hay una cosa que se puede decir aquí. La sé. Es corta y es verdad y le serviría.
—Se llama a Bob Cusick antes de las nueve —digo.
—Ya.
—Y si no lo coge, a Deb.
—Ya.
Se pasa las dos manos por la cara.
—Vale —dice—. Vale.
A las cinco viene el fontanero de urgencias, que no es Bob Cusick porque Bob Cusick no lo coge, y cobra ciento veinte dólares por decir que es la placa.
HOJA DE MONTAJE — A5 / PARA MÁS TARDE TC 00:00:00:00 — 00:19:11:00 Interior, dormitorio, tarde. E. sentada. Cámara torcida, contraluz. DECISIÓN: no procede. MOTIVO: no es de la película.