El otoño que no grabamos 12
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El domingo lo dedico a escanear, que se puede hacer con la casa llena y con la televisión puesta.

Doscientas ochenta y una fotos y catorce papeles.

La mayoría son de teléfono impresas en una máquina de supermercado, con el borde blanco y la fecha en naranja en la esquina.

Vera en una piscina. Vera con un disfraz que no consigo identificar.

Un perro que no es de esta casa. Una obra.

Cuarenta y una fotografías de un edificio de ladrillo desde cuarenta y un ángulos, que son de trabajo y que alguien metió aquí por error.

Trabajo cuatro horas. Escanear es una cosa que a mí me gusta y que no puedo explicarle a nadie: es repetitiva, es lenta, tiene un ritmo de cuatro tiempos —poner, cerrar, esperar, sacar— y a las dos horas la cabeza se va a otro sitio y las manos siguen.

Daniel se sienta enfrente una hora, sobre las tres, con un café.

—¿Esta de qué es? —dice, y me pasa una.

Es Vera con seis o siete años, en el porche de esta casa, con un casco de obra amarillo que le queda enorme y las dos manos en el ala.

—Eso es de un día que la llevé a un sitio en Salem —dice—. Un aparcamiento de cuatro plantas que se caía. Elena estaba fotografiándolo antes de que lo tiraran y la niña se aburrió a los diez minutos.

—¿Y por qué el casco?

—Porque era mío y era lo único divertido que había.

Escaneo la del casco a mil doscientos aunque no hace falta.

Hay una cosa que se aprende con las cajas de fotos de la gente y es que el orden no existe.

Aquí, entre una foto de un cumpleaños y una foto de un cumpleaños distinto, hay: un albarán de una carpintería, dos entradas de un acuario, una postal de Sevilla escrita por alguien que firma «C.

» y un papel doblado en cuatro con una lista de la compra en la que pone pilas, nueces, tomates, algo para Vera .

Eso último lo escaneo. No sé para qué y lo escaneo.

Y hay una del jardín.

Es de 2015 y se sabe porque lo pone detrás, con la letra de ella, solo el año, como pone las cosas esta familia.

En el centro hay una mujer de treinta y dos años arrodillada en la hierba con las dos manos en la tierra, y a su lado hay una niña de año y medio de pie, agarrada a la manga, y entre las dos hay un palo.

Un palo de metro y medio con siete hojas.

Lo mido con el dedo contra la foto y luego lo mido contra la puerta del salón, que sé que tiene dos metros y cinco, y le calculo metro y medio o metro sesenta.

Once años.

De metro y medio a doce metros en once años, que es una barbaridad para un árbol, y que además es exactamente la razón por la que está plantado demasiado cerca de la esquina: porque el día que lo plantaron era un palo.

—¿Esa qué es? —dice Daniel, que ha entrado sin que yo lo oiga.

Se la doy.

—Ah —dice.

—¿Se acuerda?

—Me acuerdo del vivero. —La coge por los bordes, que se lo enseñé yo en septiembre—. Costó veintidós dólares y venía en una bolsa de plástico negro con tierra, y le dije que estaba muy cerca de la valla.

—Y usted tenía razón.

—Yo tenía razón. —Se la devuelve—. Y ella dijo que ya se vería, y ahora hay doce metros de árbol a metro noventa de la esquina del garaje y las raíces se van a llevar el suelo del garaje en veinte años.

—¿Eso lo sabe?

—Eso lo sé porque me dedico a esto.

—¿Y qué se hace?

—Nada —dice—. Se va a llevar el suelo del garaje en veinte años y no se hace nada.

Y se lleva la taza a la cocina.

Y en el fondo de la caja, aparte, en un sobre marrón: la ficha del kolač.

La escaneo a mil doscientos, que es más de lo que hace falta, y la plastifico con la máquina de veintinueve dólares que me he traído, y le pongo la de verdad a Daniel encima del microondas, y le enseño el archivo en la pantalla.

—¿Se ve la mancha? —dice.

—Se ve todo.

—¿Se puede quitar?

—Se puede.

—No la quite.

—No la iba a quitar.

◆

A media tarde Vera y Priya se ponen a ver una serie en el salón con el volumen bajo y una manta compartida, y a las cinco menos cuarto Priya se va y Vera se queda.

Y a las cinco y diez se ha dormido.

Yo lo veo desde el comedor porque desde el comedor se ve el sofá. Está de lado, con la manta hasta la barbilla, con el brazo derecho colgando fuera y la mano izquierda apoyada en el cojín, delante de la cara.

Y tiene el pulgar metido debajo de los otros cuatro dedos.

No es un puño. Es otra cosa. Es la mano abierta, floja, con el pulgar cruzado por dentro de la palma y los otros cuatro encima, sujetándolo sin apretar, como si tuviera algo pequeño ahí guardado.

Mi padre hacía eso.

Mi padre, Javier Iribarne, cincuenta y siete años, chapista, muerto en Pamplona el once de octubre de 2019, veía la televisión con la mano así encima del reposabrazos, y mi madre le decía que se iba a quedar tonto de la mano, y él decía que no, y a la media hora tenía que estirar los dedos uno a uno como quien abre una persiana.

Llevo catorce años sin acordarme de eso.

Ni siquiera es que lo hubiera olvidado. Es que no estaba en ninguna parte.

No hay una sola foto suya con las manos.

No lo he contado nunca, ni en una cena, ni a Owen, ni en ninguno de los treinta talleres en los que conté doce anécdotas de mi familia para que la gente se soltara.

No aparece en los treinta y un minutos de Nueve segundos porque en los nueve segundos que tengo de él sale de perfil cogiendo un plato con las dos manos abiertas.

Yo llevo cuatro años buscando material de mi padre. He escrito a catorce primos. He pedido cintas de VHS a una señora de Estella que se llama Puri y a la que no conozco. He pagado sesenta euros por digitalizar una boda entera de 1997 para sacar nueve segundos.

Y resulta que había esto, y que estaba en mi cabeza, y que no ha aparecido en cuatro años y ha aparecido ahora, a las cinco y diez de la tarde de un domingo, en un sofá que no es mío.

Me levanto y salgo al jardín.

◆

Fuera huele fatal.

Empezó el jueves y en tres días ha ido a peor.

El ginkgo del fondo tiene el suelo cubierto de unas bolas del tamaño de una cereza, blandas, de color hueso, que se abren solas y que huelen exactamente a mantequilla estropeada, y si pisas una el olor se te queda en la suela y entra en la casa contigo.

Vera dijo en su ficha de ciencias que empezaba el veinticuatro de octubre.

Ha empezado el quince. Este año todo va cambiado: hace veinte grados en la tercera semana de octubre, la caldera no se ha encendido todavía, el árbol ha soltado el fruto nueve días antes y las hojas siguen verdes como en agosto.

Me quedo de pie en la hierba, respirando por la boca, y hago lo que hago siempre, que es ordenarlo.

Uno. Una postura de la mano no se hereda. No hay ningún gen del pulgar debajo de los dedos. Eso es una manía, y las manías se copian o se tienen y ya está, y la mitad de la gente de esta calle duerme con la mano así.

Dos. Yo no duermo con la mano así.

Tres. Llevo seis semanas metida en esta casa doce horas al día mirando a una niña por una pantalla, y cuando se mira a alguien doce horas al día durante seis semanas se le empiezan a ver parecidos con todo el mundo.

Eso lo sé. Eso me pasó en 2018 con un cliente de Newton al que le vi la cara de mi tío durante tres meses.

Cuatro. Mi padre lleva siete años muerto y yo llevo cuatro montando una película sobre él que no tiene material, y una persona que lleva cuatro años buscando a su padre en cualquier sitio lo va a encontrar en cualquier sitio.

Ordenado.

Es una explicación completa, es verdadera en sus cuatro puntos y no me sirve absolutamente para nada, porque sigo aquí fuera, de pie, en un jardín que huele a mantequilla podrida, respirando por la boca.

Saco el móvil y llamo a mi hermana.

◆

En Pamplona son las once y media de la noche del domingo, que es mala hora, y Nuria lo coge al tercer tono con el ruido de la tele detrás.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—¿Cómo que nada?

—Que nada, que te llamo.

—Sara, son las once y media.

—Ya, es que aquí son las cinco y media.

—Ya sé la hora que es ahí. —Se oye que se levanta, que anda, que cierra una puerta—. Me llamas los sábados por la mañana. Llevas ocho años llamándome los sábados por la mañana. Hoy es domingo por la noche.

—¿Y no puedo llamarte un domingo?

—Puedes, pero entonces me asusto, que es lo que estoy haciendo.

—Estoy bien.

—Vale.

—De verdad.

—Que vale, que te he dicho vale.

Y ahí ya está bien, porque mi hermana es así: te suelta el interrogatorio entero en los primeros veinte segundos y luego lo deja y no vuelve.

Hablamos cuarenta minutos.

Me cuenta que en la unidad han metido a una supervisora nueva que ha llegado con la idea de reorganizar los turnos y que lleva tres semanas descubriendo, una por una, todas las razones por las que los turnos están como están, y que ella se lo está pasando en grande viéndolo.

—Es que se lo dijimos. Se lo dijimos en la primera reunión, Sara, y con papeles, y dijo que era resistencia al cambio. Y ahora resulta que la de las noches no puede hacer viernes porque tiene a la madre, que es lo que le dijimos, pero claro, ahora lo ha descubierto ella y ahora es una solución.

—¿Y tú qué has dicho?

—Nada. Yo ya no digo nada. Yo he entrado en la fase de no decir nada, que es la mejor fase de todas.

—Tú no vas a durar en esa fase.

—Llevo tres semanas.

—Nuria.

—Llevo tres semanas y estoy encantada de la vida.

Me cuenta que Íker ha suspendido dos y que ha dicho que le da igual, y que ella no se ha alterado, y que a las dos horas se ha alterado.

Me cuenta que a mamá le han cambiado la pastilla de la tensión y que está mejor, y que sigue llamando a la de arriba a las siete de la mañana por lo de la persiana.

Me cuenta que la comunión de la hija de Amaia es el nueve de mayo y que ya está avisada por si acaso, aunque las dos sabemos que no voy a ir.

—Que puedes venir, ¿eh?

—Ya lo sé.

—Que hay vuelos.

—Ya lo sé, Nuria.

—Digo que hay vuelos porque tú siempre dices que es carísimo y luego yo miro y hay a cuatrocientos.

—En mayo no hay a cuatrocientos.

—En mayo hay a cuatrocientos ochenta, que lo he mirado.

—¿Has mirado los vuelos de mayo?

—Los miro todos los meses. —Un ruido de silla—. Es gratis mirar.

Y ahí me río, y ella también, y las dos sabemos exactamente lo que acaba de pasar y ninguna de las dos lo dice.

—¿Y tú? —dice.

—Yo bien. Trabajando.

—¿Sigues en lo del pueblo ese?

—Marbury.

—Eso.

—Hasta diciembre.

—¿Y qué tal la gente?

Y yo me apoyo en la valla del vecino, en un jardín de Massachusetts que huele a mantequilla podrida, con mi hermana al otro lado de un océano preguntándome qué tal la gente.

—Bien —digo—. Hay una niña de doce años que es muy graciosa.

—Ay, las niñas de doce.

—Es la mejor de los tres, con diferencia.

—Eso siempre.

—Y hay una abuela que no me deja hablar.

—Esa te va a caer bien.

—Ya me cae bien.

—Ya te digo yo que sí. —Se oye un mechero—. ¿Estás fumando?

—No.

—Yo tampoco. —Pausa—. Sara.

—¿Qué.

—Que si pasa algo me lo dices.

—Que no pasa nada.

—Vale.

Y colgamos, y en cuarenta minutos hemos hablado de una supervisora, de dos suspensos, de una pastilla de la tensión y de una comunión de mayo, y en ningún momento le he dicho una sola de las cosas por las que la he llamado.

Cuando vuelvo a entrar, Vera se ha despertado y está en la cocina bebiendo agua directamente del grifo, que su padre no soporta.

—Hueles a fuera —dice.

—Es que he estado fuera.

—Pues no vayas.

—Ya.

Deja el vaso. Se estira. Y estira los dedos de la mano izquierda uno por uno, como quien abre una persiana.

Eso no significa nada.