El otoño que no grabamos 11
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La negociación dura cuatro días y la pierde él.

—Es la línea once —dice Daniel, el lunes.

—Ya sé cuál es la línea once.

—«El baile. Que no se dé cuenta de que la grabas.»

—Ya lo sé, papá, me la sé.

—Entonces se puede.

—Se puede que no me dé cuenta. No se puede que no esté.

Y ahí ya está perdido, aunque tarda hasta el jueves en aceptarlo.

El martes lo intenta por el lado técnico, que es su lado.

—¿Y desde fuera? Desde el aparcamiento, con el objetivo largo, por la ventana.

—Papá, eso es peor.

—Es menos.

—Eso es lo que hace la policía.

El miércoles lo intenta por el lado moral, que es su peor lado.

—Tu madre lo puso en la lista.

Y Vera deja el vaso en la encimera y se vuelve, y le contesta con una calma que a mí me da un poco de miedo:

—Mi madre puso veintidós cosas y tú te sabes las veintidós. ¿Cuál es la trece?

Silencio.

—La trece no me la sé —dice él.

—No hay trece. —Coge la mochila—. Están todas menos la trece. Te dejaste de escribir un número y llevas dos años sin darte cuenta.

Yo estoy en el comedor con los cascos a medio quitar y hago una cosa muy poco profesional, que es abrir el archivo ahí mismo para comprobarlo.

Tiene razón. Del once se pasa al catorce.

El jueves llegamos a un acuerdo con tres cláusulas que redacta Vera de pie en la cocina, con la mochila todavía puesta: puedo grabar en casa mientras se arregla; puedo grabar la salida y el coche; no puedo entrar en el gimnasio, ni asomarme a la puerta, ni quedarme en el aparcamiento «como una madre».

—Eso último no es una cláusula —digo—. Es una descripción.

—Es una cláusula.

—¿Y dónde me quedo?

—Donde quieras. En un bar.

—En Marbury no hay bares.

—Pues en el bar que haya.

Hay uno. Se llama The Pilot House y a las siete de la tarde de un viernes tiene dentro a seis personas y un perro.

◆

El baile es el viernes dieciséis, de siete a nueve y media, en el gimnasio del Marbury Middle School, y se llama baile de otoño aunque el termómetro del porche marca veintiún grados a las cinco de la tarde.

Priya llega a las cuatro con una bolsa de deporte que pesa lo que pesa una mudanza.

—¿Qué llevas ahí? —dice Vera.

—Cosas.

—¿Qué cosas?

—Cosas por si acaso.

Se encierran arriba dos horas. De lo que pasa en esas dos horas yo grabo veinte minutos y son los veinte minutos más difíciles que he grabado en seis semanas, porque una niña de doce años delante de un espejo y una cámara es una niña que ya no está delante del espejo.

Así que hago lo que hago en estos casos, que es dejar la cámara en un sitio, encenderla, salir de la habitación y volver a los veinticinco minutos. Se llama plano abandonado y no se lo enseño a nadie porque suena fatal.

Lo que sale es lo mejor de la noche y no lo va a ver nadie hasta diciembre.

Sale una habitación de doce metros con la cama deshecha y dos niñas de doce años dentro.

Sale Priya poniéndose de rodillas encima de la cama para llegar al espejo desde otro ángulo.

Sale Vera probándose un pendiente, quitándoselo, probándose el otro, poniéndose los dos y quitándose los dos.

Sale una discusión de once minutos sobre un chico llamado Marcus que, según Priya, «lo sabe», y según Vera «no lo sabe nadie», y según las dos «da igual porque no va a ir».

Sale Vera diciendo, a los diecinueve minutos, mirando al espejo y no a Priya:

—Es que si me pongo el pelo así parezco ella.

Y sale Priya contestando, sin levantar la vista de la bolsa:

—Ya, ¿y?

Y sale Vera diciendo «nada», y cambiando de tema, que es lo que hace.

Cuando vuelvo, Priya le está haciendo algo en el pelo con dos horquillas y una teoría.

—Es que si te lo recoges parece que te has arreglado.

—Es que me he arreglado.

—Ya, pero no tiene que parecer que te has arreglado, tiene que parecer que estás así.

—Priya, eso es imposible.

—Es lo único que importa.

—¿Y cómo se hace?

—Se hace tardando dos horas —dice Priya, con una gravedad enorme, y le mete la segunda horquilla.

Cuando bajan, Daniel está en el recibidor y hace exactamente lo que hacen todos los padres del mundo, que es abrir la boca y no decir nada durante dos segundos, y luego decir una cosa que no está a la altura.

—Muy bien —dice.

—¿Muy bien?

—Estás muy bien. Estáis muy bien las dos.

—Gracias, señor Prieto —dice Priya, encantada.

—Papá, «muy bien» es lo que se dice de una tostada.

—Estás guapísima.

—Ahora es peor.

—Vera.

—Es peor porque lo has dicho después.

Y se van al coche discutiendo, y yo lo grabo desde el porche, y eso sí va a ir en la película.

◆

Los dejamos en la puerta del gimnasio a las siete y cinco.

Hay una fila de coches con el intermitente puesto y cuarenta críos entrando de dos en dos y de tres en tres, y todos los padres hacen la misma maniobra: parar, no aparcar, esperar tres segundos y arrancar. Es un ballet feísimo y perfectamente coordinado y lo hacen sin hablar entre ellos.

Vera baja sin despedirse, que es lo correcto.

Daniel da la vuelta a la manzana y aparca en el aparcamiento del fondo, el de los profesores, que está vacío.

—Ha dicho que no en el aparcamiento —digo.

—Ha dicho que usted no. —Apaga el motor—. De mí no ha dicho nada.

—Eso es hacer trampa.

—Eso es leer bien.

Nos quedamos.

Son dos horas y veinticinco minutos. Al principio hablamos de cosas prácticas: el presupuesto de la caldera, que hay que cambiar el termostato; que el sábado hay que escanear las fotos de dos cajas; que a lo mejor conviene grabar algo con Margaret antes de Acción de Gracias porque después esa señora se pone insoportable.

—¿Por qué después?

—Porque en diciembre se acuerda de todo. —Mira por el parabrisas—. Nació el veintiuno de diciembre, se casó el veintiocho de diciembre y su marido se murió el dos de enero. Diciembre en esa casa es un mes complicado.

—¿Y usted qué hace?

—Ir. —Se encoge de hombros—. Hay que ir y estar y no decir nada.

A los cuarenta minutos se acaban las cosas prácticas, y quedan una hora y cuarenta y cinco.

Salen tres críos por la puerta lateral, miran el móvil y vuelven a entrar.

—¿Qué hacen? —dice él.

—Comprobar que existen.

—¿Cómo?

—Salen, miran si alguien les ha escrito, y vuelven. —Me acomodo en el asiento—. Yo lo hacía con el fijo de mi casa. Salía de una fiesta a la calle a llamar a mi hermana desde una cabina para preguntarle si había llamado alguien.

—¿Y había llamado alguien?

—Nunca.

Se ríe.

—Deme la cámara pequeña —digo.

—¿Para qué?

—Para que la use usted.

—Yo no sé.

—Ya lo sé. —Se la pongo en las manos—. Encuadre algo.

—¿Aquí?

—Aquí.

—Aquí no hay nada.

—Nunca hay nada. Eso es todo el trabajo.

Daniel coge la cámara como coge las cosas, que es demasiado bien, y se pasa cuatro minutos mirando por la pantallita en silencio. Barre el aparcamiento. Prueba con la valla. Prueba con un contenedor.

Yo espero, porque lo peor que se puede hacer con alguien que está buscando un plano es hablarle.

Al final para.

—Esto —dice.

Miro la pantalla.

Ha encuadrado la puerta lateral del gimnasio desde ochenta metros, con un poste en el primer término y el rectángulo de luz amarilla al fondo, y en el rectángulo de luz hay una silueta que sale, mira el móvil dos segundos y vuelve a entrar.

—Otra vez —dice.

Sale otro. Mira el móvil. Vuelve a entrar.

—Llevan haciéndolo veinte minutos —dice—. Salen, miran el móvil y entran.

—¿Y por qué le gusta?

—Porque desde aquí no se ve el baile y se ve todo. —Baja la cámara—. ¿Está mal?

—Está muy bien.

—No me lo diga por decir.

—No se lo digo por decir, se lo digo porque llevo trece años y eso es un plano. —Le quito la cámara—. La mala noticia es que ahora ya no va a poder mirar una puerta en su vida.

Se ríe. Se está riendo más que en septiembre y los dos lo sabemos y ninguno lo comenta.

—Otra —dice.

—¿Otra?

—Otro plano. Deme otro.

—No se le dan otro. Se busca.

—Pues busco.

Y se pasa once minutos más con la cámara pequeña y encuentra tres cosas y dos son malas.

La primera es la sombra de la valla del aparcamiento, que es una idea de fotógrafo y no de esto. La segunda es un coche con el motor encendido y el intermitente puesto, que es demasiado bonito y por lo tanto no sirve.

Y la tercera es una madre esperando, de pie, fuera del coche, apoyada en la puerta del conductor, con el móvil en el bolsillo y sin mirarlo, a treinta metros.

—¿Y esa?

—Esa es la buena.

—¿Por qué?

—Porque es la única de las tres en la que no se ha dado cuenta usted de por qué le gusta.

Daniel baja la cámara.

—Lleva ahí desde que llegamos —dice—. Hora y media de pie al lado del coche.

—Sí.

—Y no está mirando el móvil.

—No.

—¿Eso qué es?

—Eso es una señora que ha decidido que hoy espera. —Le quito la cámara—. Y usted lo ha visto porque lleva hora y media haciendo lo mismo.

Y luego, en algún momento de la segunda hora, me cuenta cómo la conoció, y no me lo cuenta porque yo se lo pregunte.

—En un puente de Rowley —dice—. Yo tenía veintiséis y era mi primer informe firmado por mí solo, y lo firmé cerrando el puente. Y a los tres días fui a hacer unas fotos para el expediente y había una mujer subida al pretil con una cámara del tamaño de una tostadora.

—¿Y qué hacía?

—Fotografiar el puente que yo acababa de cerrar.

—¿Para quién?

—Para nadie. Le gustaban las cosas condenadas. —Se aprieta la sien—. Tenía una serie entera. Depósitos, silos, una fábrica de hielo en New Bedford. Todo cosas a las que les quedaban dos años.

—¿Y usted qué le dijo?

—Que se bajara del pretil.

—Muy romántico.

—Es que estaba cerrado. —Se encoge de hombros—. Tardó cuatro meses en perdonármelo y quince años en dejar de sacarlo en las cenas.

Y luego se calla, y no vuelve a eso en toda la noche, y no hace falta.

◆

A las nueve y diez entro a por el abrigo de Vera.

Es verdad que hace falta: se lo ha dejado en el coche y a las nueve y media, cuando salgan, van a ser diecisiete grados y su padre no piensa dejarla salir sin él. También es verdad que podría llevarlo él.

Me ofrezco yo. Y él dice que sí.

El pasillo del middle school huele a productos de limpieza y a gimnasio, que es un olor internacional. Hay taquillas verdes, una vitrina con trofeos de béisbol y un cartel de cartulina que pone BAILE DE OTOÑO con las letras recortadas a mano y una de las eses al revés.

La puerta doble del gimnasio está cerrada. Tiene dos ventanucos rectangulares a la altura de la cara, de vidrio armado: cristal con una malla de alambre por dentro, cuadrícula de dos centímetros, el que ponen en los colegios para que no se rompa.

Dentro hay música y una luz azul y morada barriendo.

Y a cuatro metros de la puerta, Vera está bailando.

Está bailando mal, que es lo único que hace bien todo el mundo a los doce años: con los brazos demasiado cerca del cuerpo, mirando a Priya para copiarle el ritmo con medio segundo de retraso, riéndose de algo, corrigiéndose, volviendo a empezar. Se le ha soltado una de las dos horquillas.

Y yo saco la cámara pequeña del bolso y grabo.

Grabo desde el pasillo, a través del ventanuco, con el cristal en medio. Sé lo que estoy haciendo y sé exactamente lo que va a salir, porque lo veo en la pantallita mientras lo hago.

Sale la cuadrícula del alambre encima de todo, dividiendo la imagen en cuadrados de dos centímetros.

Sale la luz azul y morada rebotando en el cristal y ensuciándolo.

Sale el pasillo reflejado por detrás: las taquillas verdes, el fluorescente y, encima de la cara de Vera, transparente, del tamaño exacto de su cara, la mía.

Grabo un minuto y cincuenta y un segundos.

Es la mejor imagen que he grabado en seis semanas y probablemente en tres años, y me doy cuenta a los ocho segundos, y sigo grabando hasta el minuto cincuenta y uno.

Y no la puedo usar.

No la puedo usar porque hay tres cláusulas escritas por una niña de doce años de pie en una cocina con la mochila puesta, y la segunda decía que yo no podía asomarme a la puerta.

Y hay otra razón, que es peor, y que es de oficio.

Si yo pongo ese minuto y cincuenta y uno en la película de su madre, esa niña va a ver dos cosas a la vez: se va a ver a sí misma bailando mal a los doce años, que es lo que hay que ver, y va a ver la cara de la mujer que la estaba grabando desde el pasillo encima de la suya, que no.

Y no se puede quitar. No se quita en posproducción, no se quita con un filtro, no se quita de ninguna manera, porque no es un reflejo encima de la imagen: es la imagen.

Eso también lo sé a los ocho segundos y sigo grabando igual.

Bajo la cámara. Me quedo un momento en el pasillo del middle school de Marbury con el abrigo de una niña de doce años en el brazo izquierdo, con las taquillas verdes detrás y con un cartel de cartulina que tiene una de las eses al revés.

Dentro sigue la música.

Vuelvo al coche con el abrigo.

—¿Estaba? —dice Daniel.

—Estaba.

—¿Bien?

—Bien.

Y no le enseño nada, y él no me pregunta más, porque hay un tono con el que se dicen esas dos palabras y él ya lo ha aprendido.

A las nueve y media salen. Vera trae una horquilla puesta y la otra suelta, y se pasa el camino entero mirando por la ventanilla, y en el camino de entrada, antes de bajarse, dice:

—Ha estado bien.

Y sube.

Su padre se queda con las llaves en el contacto y el motor apagado, mirando la puerta de su propia casa, durante bastante más tiempo del necesario.

—Ha dicho que ha estado bien —dice.

—Ya lo he oído.

—Es que no dice eso nunca.

◆

El sábado por la mañana Vera sube al garaje a devolverme un cable y se queda mirando la pantalla, que está encendida, porque yo llevo desde las ocho revisando lo de anoche y no la he oído subir.

En la pantalla está congelado el minuto uno con veintidós.

La cuadrícula del alambre. La luz morada. Ella, riéndose, mal, con una horquilla menos. Y mi cara encima de la suya, del tamaño exacto de la suya, transparente.

Se queda ahí de pie, enrollando el cable en dos dedos y soltándolo, el tiempo que haría falta para decir cuatro frases. Yo tampoco digo nada, porque decir algo ahora sería pedir permiso y ya es tarde para pedirlo, y porque las tres cláusulas las escribió ella y las tres las he cumplido menos una.

Luego deja el cable en la mesa.

—El azul es de la tele —dice—. Lo necesitamos.

—Vale.

—Es que si no, no se ve nada.

—Vale.

Llega a la puerta. Se para con la mano en el marco.

—Se te ve la cara —dice.

—Ya lo sé.

—Vale.

Y baja.

Eso no lo puedo usar y no lo voy a borrar.

HOJA DE MONTAJE — MATERIAL PROPIO / BAILE TC 00:00:00:00 — 00:01:51:07 Interior, pasillo, noche. V. a través del vidrio armado de la puerta. DECISIÓN: fuera. MOTIVO: cláusula 2.