El otoño que no grabamos 10
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Margaret llega el jueves a las cinco para dirigir el segundo intento.

El Buick otra vez en el centro del camino, otra vez de manera que no entra ni sale nadie, y esta vez con el maletero abierto, porque ha traído tres cosas: el delantal, un rodillo de madera que era de su suegra y una báscula de cocina de las de aguja que pesa como un ladrillo.

—La suya no vale —me dice, al pasar por mi lado con la báscula.

—No es mía.

—La de esta casa. No vale. Es digital.

—¿Y qué tienen de malo las digitales?

—Que te dicen lo que quieres oír.

No sé qué contestar a eso y me da la impresión de que no hay nada que contestar, y de que llevo tres semanas en esta casa y esa señora es la única persona que no me hace ninguna pregunta cuyo objetivo sea que yo esté cómoda.

No ha venido a hacerlo ella. Eso lo deja claro en el primer minuto, con el bolso todavía en el brazo:

—Yo no lo voy a tocar.

—Nadie te ha pedido que lo toques —dice Daniel.

—Es que la última vez que lo hice fue en el noventa y siete y me salió mal.

—¿A ti también te salió mal?

—A mí me salió mal una vez y no lo he vuelto a hacer. —Cuelga el bolso en la silla—. Yo lo traduje. Con eso ya he hecho bastante.

Monto la cámara en la misma esquina que la semana pasada, con la misma óptica, a la misma altura. Eso también es oficio: si vas a grabar dos veces lo mismo, grábalo igual, porque después las dos versiones se pueden poner juntas y el corte no duele.

Y empieza.

—Cuarenta minutos —dice Daniel, leyendo la ficha.

—Una hora.

—Aquí pone cuarenta.

—Lo puse yo y está mal.

—¿Cómo va a estar mal si lo pusiste tú?

—Está mal porque yo lo copié de mi suegra y mi suegra decía cuarenta, y mi suegra amasaba con las manos de mi suegra. —Margaret se sienta—. Tú tienes las manos calientes. Una hora.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Todo.

—Margaret, eso no es así.

—Danny, ponme la mano.

—No te voy a poner la mano.

—Ponme la mano en la muñeca.

Se la pone. Margaret la aguanta dos segundos y la suelta.

—Una hora —dice.

Daniel me mira. Yo me encojo de hombros desde detrás del trípode, porque estoy trabajando y porque, además, en esto tiene razón ella.

Y porque quince años en cocinas ajenas me han enseñado que cuando una mujer de sesenta y ocho años te toca la muñeca para ganar una discusión sobre una masa, la discusión ya se ha acabado.

Deja reposar la masa una hora. Durante esa hora Margaret le corrige otras cuatro cosas de una ficha que escribió ella misma.

Las nueces hay que picarlas a cuchillo y no en un aparato, aunque en la ficha no lo ponga.

La mantequilla tiene que estar a temperatura de habitación, y esta casa está a veinticuatro grados en octubre porque el árbol ese no deja abrir las ventanas, y por lo tanto hay que sacarla veinte minutos y no dos horas.

Se estira desde el centro hacia fuera y girando el paño, no empujando.

Y no se echa el azúcar hasta que esté frío, porque si no se hace una costra y no es lo mismo.

—¿Y por qué no está nada de esto en la ficha? —dice Daniel.

—Porque una receta es una lista de la compra —dice Margaret—. Lo demás se ve.

Y ahí, por primera vez en dos semanas, esa señora y yo estamos completamente de acuerdo en algo, y no lo digo.

Los doce minutos de picar las nueces a cuchillo son doce minutos reales.

Yo los grabo enteros porque son buenísimos: un hombre de metro noventa inclinado sobre una tabla, con un cuchillo grande, haciendo un ruido regular que llena la casa, y su suegra sentada a metro y medio corrigiéndole el ángulo cada dos minutos.

—Más plano.

—Estoy plano.

—Estás picando con la punta. Eso no es picar, eso es apuñalar.

—Margaret.

—Es que se va a saltar.

—No se va a saltar.

Se salta un trozo. Cae al suelo. Margaret lo mira, mira a la ventana y sigue con la ficha, que es lo peor que puede hacer.

A la media hora ya no queda nada que corregir y se hace ese silencio raro de las cocinas cuando algo está reposando. Margaret se pone a doblar los paños de cocina que ya estaban doblados. Daniel se lava las manos por segunda vez.

—¿Y esto lo hacía usted en su casa? —le pregunto.

—Lo hacía mi suegra.

—¿Y usted no?

—Yo lo miraba. —Alisa un paño con el canto de la mano—. Y me quejaba, porque tardaba tres horas y porque en mi casa el domingo se comía a la una.

—¿Y cuándo lo aprendió?

—Cuando se murió. —Coge otro paño—. Eso es lo que pasa. Una se pasa quince años mirando y protestando y luego un día se muere la señora y te toca a ti.

—¿Y le salió?

—La primera vez fatal —dice Margaret—. La segunda bien. La tercera dejé de hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque ya se lo había demostrado a la persona que había que demostrárselo y esa persona estaba muerta.

Lo dice sin ninguna carga, mientras dobla, como quien cuenta que cambió de banco.

Yo estoy detrás del trípode y tengo la mano en el botón, y no lo aprieto.

◆

A los cincuenta minutos Margaret se va al salón a llamar por teléfono a una amiga, y en la cocina nos quedamos Daniel y yo con una bola de masa tapada con un paño y veinte minutos que no hacen nada.

Él se apoya en la encimera de enfrente. Yo compruebo el nivel de audio, que no hace falta comprobar.

—¿La ha grabado a ella? —dice.

—A su suegra.

—Ya lo sé, digo si la ha grabado.

—Media hora.

—No se lo ha pedido.

—Yo no pido casi nunca. Aviso el primer día, pongo la cámara en la esquina y luego la gente decide sola si existe o no existe. —Cierro la pantallita—. Ella ha decidido que no existe, que es lo mejor que puede pasar.

—¿Y va a salir?

—Depende de si dice algo que valga.

—Ha dicho lo de la señora muerta.

—Lo ha dicho, sí.

Daniel mira el paño que tapa la masa.

—Yo no sabía eso —dice.

—¿El qué?

—Que dejó de hacerlo. Yo pensaba que no lo hacía porque no le salía.

—Pues no.

—Llevo dieciocho años comiendo en su casa.

—Ya.

—Dieciocho años.

Se separa de la encimera y va a mirar por la ventana del fregadero, que da al jardín, y desde ahí no se ve nada porque a las seis y cuarto de octubre ya está oscuro.

—Es que a esta gente hay que preguntarles —dice.

—A todo el mundo hay que preguntarle.

—Ya, pero a esta gente hay que preguntarles dos veces.

Y se queda ahí hasta que Margaret vuelve y dice que ya está la hora, que faltan cuatro minutos pero que ya está la hora.

◆

Sale mejor.

Sale mejor de una manera que no es dramática ni emocionante: sale mejor porque ha esperado una hora, porque ha picado las nueces a cuchillo durante doce minutos con una paciencia que no le conocía, y porque cuando la masa se ha agujereado en un sitio, en vez de taparlo con más masa lo ha dejado agujereado.

—Eso ya no lo arreglas —dice Margaret.

—Ya lo sé.

—Enróllalo con el agujero hacia abajo.

—¿Se puede?

—Se puede todo. Luego se corta y nadie lo ve.

Vera aparece en la puerta cuando ya está enrollado, con el móvil en las dos manos, a la altura del pecho.

—¿Ese es el segundo? —dice.

—Ese es el segundo.

—Este ha durado más.

—Este ha durado una hora más porque tu abuela me ha hecho esperar.

—Yo no te he hecho nada —dice Margaret—. Yo he dicho una hora y tú has decidido.

—¿Y ha quedado fino? —dice Vera.

—Ha quedado más fino.

—Eso no es que sí.

—Es que sí —dice Margaret, sin levantar la vista—. Déjalo en paz.

Vera se apoya en el marco y se queda ahí diez minutos sin moverse del sitio. Yo la veo por el rabillo del ojo dos o tres veces, con el móvil sujeto con las dos manos, quieta, y pienso que está mirando un vídeo con el sonido quitado, que es lo que hacen todos, y me vuelvo a lo mío.

◆

A los cuarenta minutos empieza a oler bien de verdad, que es lo que no pasó la semana pasada.

Y a los cincuenta y dos, cuando faltan tres, Daniel abre el horno para mirar y una gota del relleno cae en la resistencia de abajo y hace ese ruido.

Yo doy un paso hacia el horno sin pensar, por costumbre de cocina, para apartar la bandeja de abajo.

Y él me coge la muñeca.

Me coge la muñeca izquierda con la mano derecha, tres dedos por encima del hueso, y tira quince centímetros hacia atrás, y dice:

—Que está a doscientos.

Y no me suelta.

Está la puerta del horno abierta, y el calor saliendo, y la bandeja chisporroteando abajo, y Margaret sentada a metro y medio con las gafas puestas leyendo la ficha, y Vera en la puerta con el móvil en las dos manos.

Y él no me suelta y yo no me retiro, y estamos así nueve segundos.

Los cuento. Los cuento porque cuento siempre y porque hoy no me hace ninguna falta contar.

—Ya —digo.

—Perdón.

—No, si tiene razón.

—Es que está a doscientos.

—Ya, ya.

Me suelta. Se agacha, saca la bandeja de abajo con un trapo, la deja en el mármol y cierra el horno, y toda esa secuencia le lleva cuatro segundos y los hace bien, porque este hombre hace bien todo lo que se puede hacer con las manos.

—Tres minutos más —dice Margaret, sin levantar la vista de la ficha.

—Tres minutos —dice él.

Yo me voy al otro lado de la isla a mirar la cámara, que no necesita que la miren, y compruebo el nivel de audio, que está bien, y compruebo la batería, que está al setenta y uno.

Cuando levanto la vista, Vera ya no está en la puerta.

Y nadie ha visto nada, y el asunto es que sí.

◆

Salgo al jardín cuatro minutos con la excusa de la batería.

No hace falta cambiar la batería. Está al setenta y uno.

Fuera hay diecinueve grados a las siete de la tarde de un ocho de octubre, que es una barbaridad, y desde aquí se oye a Margaret dentro diciéndole algo a su yerno y a su yerno contestando, y la casa se ve como se ven las casas desde los jardines: entera, iluminada y con gente moviéndose dentro que no sabe que la miran.

Cuento hasta cuarenta con la batería en la mano.

Llevo trece años entrando en casas ajenas.

Ciento noventa y seis familias. He estado en cocinas el día de un funeral, en salones el día de una boda y en un hospital de Brockton grabando a una señora que se estaba despidiendo de sus hermanas.

He tenido tres clientes que me han invitado a Navidad, dos que me han pedido el teléfono para otra cosa y uno que se enamoró de mí en 2019 y me lo dijo en un aparcamiento, y a todos les he dicho que no de la misma manera, que es agradeciéndolo y cambiando de tema y mandando la factura el lunes.

Esto no es eso. Y lo peor de todo es que sé perfectamente que no es eso, y que si fuera eso no estaría aquí fuera con una batería al setenta y uno por ciento en la mano.

Vuelvo a entrar.

—¿Todo bien? —dice Daniel.

—Sí, es que me quedaba poca.

—Ah.

Y no me mira, y eso es peor.

◆

Sale del horno a las siete y veinte y hay que dejarlo enfriar cuarenta minutos antes de echarle el azúcar, así que nos sentamos los cuatro alrededor de una mesa con una cosa caliente en el centro que no se puede tocar, que es una situación bastante ridícula.

Margaret habla de un vecino. Daniel se levanta dos veces a mirarlo. Vera pregunta si se puede ya y le dicen que no tres veces.

A las ocho lo cortamos.

Margaret dice que se corta con cuchillo de sierra y en frío, y que la primera rodaja siempre sale mal y hay que tirarla, y que quien se coma la primera rodaja es porque no sabe.

Daniel se come la primera rodaja.

—Es que no sabes —dice ella.

—Está buena.

—Está deshecha.

—Está buena y está deshecha.

Sale la espiral. No perfecta: hay un tramo del centro donde el relleno se ha corrido y se ha quedado una zona más clara, y por el lado del agujero hay un trozo que se abre. Pero es una espiral, se ve, y en el plato tiene el aspecto que tiene que tener.

Vera prueba después de su padre, que es una regla que no ha establecido nadie.

Mastica. Nos mira a los tres. Se toma su tiempo, la muy cabrona.

—Está bien —dice.

—¿Bien bien?

—Está bien. —Coge otro trozo—. No está como el de mamá.

—Ya lo sé.

—Pero está bien.

—¿Bien de comérselo o bien de no decir nada?

—Bien de comérselo —dice, y coge un tercero para demostrarlo, y ahí se le nota que le está haciendo un favor a su padre y que sabe que se le nota.

Margaret se limpia las comisuras con la servilleta, dos toques rápidos, y se come el suyo entero, que es lo máximo que va a hacer esta mujer en toda su vida por su yerno.

Cuando se va, en la puerta, con el bolso colgado y las llaves en la mano, se para y dice:

—El año que viene menos horno.

—Vale.

—Cinco minutos menos.

—Vale.

—Y llámame.

Y se mete en el Buick.

Yo lo tengo todo grabado. La primera mordida de Vera está en el eje, en foco, con el sonido del tenedor de su abuela debajo. Va a ir en la película. Eso lo sé desde que lo estoy viendo.

Recojo el equipo a las nueve. Guardo la tarjeta en la cajita, en el hueco de arriba a la izquierda, y saco la que voy a usar mañana.

Y luego subo al garaje, vuelco los cincuenta y ocho minutos, hago las dos copias, verifico las dos, y me quedo delante de la línea de tiempo con el cursor puesto encima del minuto cincuenta y dos.

Eso ya lo decidiré en noviembre.