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El sábado por la tarde me pongo con el verano, que es lo que llevo dos semanas aplazando.
El verano es el problema del proyecto. Las otras tres carpetas están o montadas o vacías, que son dos estados razonables.
Esta está a medias en el peor sentido: cuarenta minutos y veinte segundos de bruto en diecinueve archivos sin renombrar, sin ordenar y sin ninguna nota, grabados entre el ocho de junio y el nueve de agosto de hace dos años.
Empiezo por lo aburrido, que es lo que hay que hacer siempre.
Luego el desglose. Seis columnas: archivo, duración, localización, quién sale, qué pasa, y una última columna que se llama «utilidad» y que va del uno al cinco y que no le enseño a nadie porque es grosera.
Cuarenta minutos y veinte segundos se reparten así:
Once minutos en esta cocina. Ocho en el jardín.
Seis en el coche, con la cámara puesta en el salpicadero, todos del mismo trayecto a un sitio que no llego a identificar.
Cuatro en una playa de piedras que puede ser Salt Neck o puede ser cualquiera de las otras cuatro playas de piedras que hay en este condado.
Tres minutos y medio en un supermercado, grabados a la altura de la cadera, sin permiso de nadie.
Y siete minutos sueltos que no son de ningún sitio: una mano, un cable, un techo, cuarenta segundos de una lavadora funcionando.
De los diecinueve, en catorce sale Vera. En cuatro no sale nadie. Y en uno sale Elena.
Hay dos que me quedo mirando más rato del que hace falta.
El primero es el del coche. Seis minutos con la cámara puesta en el salpicadero, apuntando al asiento del copiloto, en un trayecto que empieza en una gasolinera y termina en un semáforo.
En el copiloto va Vera con diez años, cantando algo mal, y de vez en cuando entra una mano por la izquierda a cambiar la temperatura.
Solo la mano. Elena conduce y no sale nunca, y ha puesto la cámara exactamente donde no sale.
El segundo es el del supermercado. Tres minutos y medio grabados a la altura de la cadera, con la cámara colgando, sin permiso de nadie, con el suelo, unas ruedas de carro y trozos de piernas ajenas.
No se ve nada. Se oye todo: Vera preguntando si pueden comprar una cosa, Elena diciendo que no, Vera preguntando por qué, Elena diciendo «porque no», Vera diciendo que eso no es un argumento y Elena diciendo que sí lo es, y a los dos minutos las dos riéndose de algo que ha dicho una señora al fondo y que no se entiende.
Ese clip no vale para nada y es el mejor que hay.
Encima del desglose monto un ensamblado, que es todo pegado en orden cronológico, sin cortar nada, y que no sirve absolutamente para nada excepto para saber lo que tienes. Es como vaciarse los bolsillos encima de la mesa antes de salir de casa.
Tardo cuatro horas y media. A las siete bajo a por comida al supermercado de la 127 y vuelvo, y sigo.
A las ocho y media llaman a la puerta de abajo.
Es Daniel con un plato tapado con papel de aluminio.
—Ha sobrado.
—Gracias.
—No es nada. Es pollo.
—Vale.
Se queda en el escalón. Desde ahí se ve la mesa contra la ventana, la pantalla grande encendida con diecinueve tiras de vídeo en fila y la hoja de cálculo abierta al lado con las seis columnas.
—¿Eso es la película? —dice.
—Eso es el verano entero sin cortar.
—Parece una factura.
—Es peor que una factura.
Se ríe un poco y no entra, que es una decisión que ha tomado antes de subir la escalera, se le nota.
—¿Necesita algo?
—Un enchufe más.
—Mañana le traigo una regleta.
—Vale.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Baja. Yo me como el pollo de pie en cuatro minutos con el tenedor que me ha traído, que es uno de los suyos, y sigo.
En la casa hay luz en la cocina y luego en el salón y luego solo en el pasillo de arriba. A las diez y veinte se apaga todo menos una ventana, la de la izquierda, que es la de Vera y que se queda encendida hasta tarde todas las noches, y que no es asunto mío.
En el archivo span class="ar"C0041/span, grabado el veintiuno de julio a las seis y doce de la tarde, Elena Kovac se pone por primera vez delante de su propia cámara.
Y no lo hace como lo hace la gente.
La gente, cuando se pone delante de su propia cámara, hace una de estas dos cosas: o se sienta muy recta y empieza a hablar como si estuviera en un juicio, o se hace la graciosa durante nueve segundos y luego se le acaba.
Elena entra en el plano por la derecha, se agacha, mira la pantallita, dice «espera», sale otra vez, vuelve con una silla, la pone donde tiene que estar, mira otra vez, corrige la silla diez centímetros a la izquierda, se sienta y dice:
—Vale. Esto lo estoy grabando mal a propósito.
Se oye a Vera de diez años fuera de plano diciendo que no.
—Sí. Lo estoy grabando mal a propósito, y si algún día alguien ve esto, que sepa que yo sé que está mal. —Se aparta el pelo—. La cámara tendría que estar allí. —Señala a su izquierda, fuera del encuadre—. Allí se ve la ventana, se te ve a ti y se ve la fruta. Todo bien. Precioso.
—Pues ponla allí.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque si la pongo allí tú te pones a hablar como una presentadora.
—No es verdad.
—Vera.
—No es verdad.
—«Hola, hoy vamos a preparar…»
—¡Yo no digo eso!
—Dijiste eso el martes durante cuatro minutos —dice Elena, y se ríe con un ruido corto que le sale por la nariz, y por el ruido, no por la cara, se sabe que se está riendo de verdad y no para la cámara.
—Fue una broma.
—Fue una broma que duró cuatro minutos. Eso ya no es una broma, eso es un programa.
Y luego pelan un melocotón.
Es un asunto largo y no se resuelve.
—Los melocotones no se pelan —dice Elena.
—Todo el mundo pela los melocotones.
—Todo el mundo se equivoca. Pelar un melocotón es una invención burguesa.
—¿Qué es burguesa?
—Burguesa es cuando haces algo que no hace falta para demostrar que puedes permitírtelo.
—Eso te lo acabas de inventar.
—Búscalo.
—Lo voy a buscar.
—Búscalo ahora, que estamos grabando y así queda.
Se oye a Vera cogiendo un teléfono y a los cuatro segundos dejándolo.
—No hay cobertura en la cocina —dice.
—Qué pena.
Elena coge el melocotón, lo frota con un trapo de cuadros, fuerte, ocho o nueve veces, y lo levanta.
—Mi abuela Katarina lo hacía así. Trapo y ya está.
—Tu abuela Katarina vivía en una casa con una vaca.
—Mi abuela Katarina vivía en Split, en un tercero.
—Papá dice que había una vaca.
—Tu padre no ha estado en Split.
—Papá dice que había una vaca y una mujer que se llamaba Zdenka.
—Zdenka era la vecina y tenía una máquina de coser, no una vaca. —Elena deja el melocotón—. Tu padre lleva veinte años arreglando esa historia.
Hay una parte, hacia el minuto cinco, en la que se pone a pelar uno para demostrar cómo se hace mal, y lo hace tan mal a propósito, con tanta minuciosidad, quitando una capa y luego otra y luego otra para igualar, que le quedan tres milímetros de fruta encima del hueso.
Lo levanta contra la luz de la ventana como quien enseña una prueba en un tribunal.
—Ahí lo tienes —dice—. Un melocotón de mentira.
—Está bien así.
—Es un melocotón de mentira, Vera. Es un hueso con vergüenza.
—Dame el cuchillo.
—No.
—Mamá.
—Es que lo vas a pelar entero y luego no queda nada.
—Es mi melocotón.
—Es de los dos.
—¡Lo he cogido yo!
—Lo he pagado yo.
—Eso no vale como argumento.
—Ese es el único argumento que hay en esta casa —dice Elena, y se ríe con un ruido corto que le sale por la nariz, y por el ruido, no por la cara, se sabe que se está riendo de verdad y no para la cámara.
Al final se lo comen los dos. Ella el suyo con piel y Vera el suyo pelado hasta el hueso, y hay cuarenta segundos en los que no habla nadie porque están comiendo, y en esos cuarenta segundos se oye el frigorífico, un coche fuera y a alguien masticando demasiado cerca del micro.
—¿A que está mejor con piel? —dice Elena.
—No.
—Un poco sí.
—Nada.
—Un poquito.
—Mamá, para.
Y yo, a las once menos cuarto de la noche, sola, en un estudio de cuarenta metros encima de un garaje que construyó el abuelo de esa mujer con madera de un barco, me río en voz alta.
Me río sola durante un buen rato, además. Le doy hacia atrás y me río otra vez con lo del hueso con vergüenza.
Luego el clip sigue tres minutos más. Terminan de discutir, comen el melocotón por partes, Vera se va a hacer algo y se oye un portazo lejos, y Elena se queda sola en el plano.
Y no hace nada.
Se queda sentada. Se limpia las manos con el trapo de cuadros, despacio, dedo por dedo, empezando por el pulgar de la izquierda.
Mira hacia la ventana. Se rasca la ceja.
Coge el hueso pelado de la mesa, lo mira, y lo vuelve a dejar en el mismo sitio.
Cambia de postura y apoya el codo en la mesa. Se mira la muñeca, que no lleva reloj.
Cincuenta y dos segundos así, sin levantarse a apagar la cámara.
Yo he visto esto quinientas veces. Todo el mundo hace esto. La gente se queda sola delante de una cámara encendida y se pone a existir, y ese es el material que ningún cliente quiere y que yo guardo siempre, porque es lo único que no está hecho para nadie.
En ningún momento mira al objetivo.
Y luego alarga el brazo y la apaga.
◆
Trabajo dos horas más, que es lo que se hace cuando se ha encontrado algo: no se para, se aprovecha.
Con el melocotón en el centro, el verano se ordena solo.
Eso pasa a veces y no se puede forzar. Tienes cuarenta minutos de trozos que no significan nada y de pronto aparece una escena de cinco minutos que sí, y todo lo demás se coloca alrededor como las limaduras alrededor del imán: el clip del coche va antes porque es el trayecto a comprar la fruta, y el del supermercado va inmediatamente después porque en el del supermercado se oye a Vera pidiendo algo que no le compran, y ese algo, si se escucha con cascos buenos y se sube nueve decibelios, resulta ser melocotones.
Le compró los melocotones. En el supermercado le dijo que no y en la cocina hay tres en un cuenco.
Me río otra vez, sola, a la una menos veinte.
Monto una secuencia de once minutos que se llama span class="ar"verano_v1/span y que es la primera cosa de este proyecto que se parece a una película. La veo dos veces enteras. Cambio dos cortes. La veo otra vez.
Y luego hago una cosa que no hago casi nunca, que es escribirle a Owen a la una de la mañana un mensaje de una línea.
Hoy he encontrado la escena.
Contesta a los cuatro minutos, porque Owen tiene un hijo de dos años y no duerme desde 2024.
¿Y qué haces despierta entonces? Se supone que cuando la encuentras te vas a dormir.
No le contesto.
◆
Cierro el portátil a la una y media y me quedo un rato en la silla, con la lámpara de veinticuatro dólares encendida y la ventana negra.
Antes de cerrarlo he vuelto atrás tres veces. La primera para volver a oír lo del hueso con vergüenza. La segunda para mirar cómo pone la silla. La tercera ya no sé para qué.
Lo que pasa es lo siguiente, y lo voy a escribir aquí porque en algún sitio hay que escribirlo: me cae bien.
Me cae bien de una manera muy concreta y muy profesional, que es la peor de todas.
Me cae bien porque puso la cámara en el sitio malo a propósito y lo dijo en voz alta y lo dejó grabado.
Porque sabía exactamente dónde estaba el plano bueno y eligió el otro, y eligió el otro porque el plano bueno le habría dado una hija actuando.
Porque eso es una decisión de montaje tomada antes de rodar, y eso lo hace muy poca gente, y la mayoría de la gente que lo hace se dedica a esto y cobra por ello.
En trece años he trabajado con dos personas que entendían eso. Una era Ruth Okafor, que me lo enseñó gritando. La otra era una chica de Providence que ahora es abogada.
Yo llevo tres semanas montando la película de una mujer a la que estaba tratando como un problema técnico.
Y hoy, a las once menos cuarto de la noche, me he reído sola en una habitación vacía por una cosa que dijo esa mujer hace dos años en su cocina, y luego le he dado hacia atrás para volver a reírme, que es lo que se hace con la gente que te gusta y no con el material.
Hay una regla del oficio que no está escrita en ningún sitio y que yo he dicho en treinta talleres: no te enamores del bruto. Te enamoras del bruto y ya no puedes cortarlo, y si no puedes cortarlo no puedes montar, y si no puedes montar no sirves.
La he dicho treinta veces en salas con sillas de plástico.
Y eso, en mi oficio, es un problema.
No sé todavía de qué tipo.
HOJA DE MONTAJE — A3 / VERANO TC 00:04:12:19 — 00:09:31:04 Interior, cocina, tarde. E. delante de la cámara. Melocotón. DECISIÓN: dentro. MOTIVO: no hay otra.