El otoño que no grabamos 8
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La excursión es la línea siete y hay que hacerla antes de que cambie el tiempo, y este año el tiempo no cambia, así que la hacemos el último miércoles de septiembre porque Vera tiene el jueves y el viernes de fiesta por una cosa del distrito.

Rye Ledge. Vosotros dos. No hace falta que subáis del todo.

Salimos a las ocho y cuarto, que son cuarenta y cinco minutos más tarde de lo previsto, porque a las siete y media Vera baja a la cocina con el pijama puesto y dice, exactamente:

—No quiero ir.

—Vera.

—No he dicho que no vaya. He dicho que no quiero.

—Vale.

—Es distinto.

—Ya sé que es distinto.

—Pues que conste.

Y sube a vestirse.

Tarda treinta y cinco minutos en bajar. Su padre no la llama ni una vez, se sienta en la mesa de la cocina con las llaves delante y espera, y a mí me parece que esa es la decisión mejor tomada que le he visto tomar a nadie en tres semanas.

Son cincuenta minutos de coche hacia el norte, y los cincuenta minutos se convierten en una hora y veinte porque a partir de Ipswich la carretera va llena de gente de fuera que ha subido a ver las hojas y que conduce a cuarenta por hora con el móvil pegado a la ventanilla.

Daniel adelanta a tres y luego se resigna, que es lo que hace todo el mundo en esta carretera en octubre.

—Cada año peor —dice.

—¿Y de dónde sale toda esta gente?

—De Nueva York. Y de Ohio. Y de Alemania, hay muchísimos alemanes. —Cambia de carril—. Hay una aplicación que te dice el porcentaje de color que hay en cada condado, y la gente conduce seis horas siguiendo la aplicación.

—Eso es lo más triste que he oído esta semana.

—El fin de semana pasado había cola para aparcar en un mirador que es una curva.

Vera va detrás con los cascos puestos y no ha dicho nada desde que salimos de Alewife Lane, donde ha dicho, exactamente: «No quiero ir».

Al cuarto de hora se quita un casco.

—¿Cuánto queda?

—Cuarenta minutos.

—Has dicho cincuenta hace cincuenta minutos.

—Es que hay tráfico.

—Es que siempre hay tráfico —dice, y se vuelve a poner el casco.

◆

Rye Ledge es un saliente de granito en mitad de un bosque, a cuarenta minutos de camino desde el aparcamiento.

En el aparcamiento, clavado en un poste, hay un buzón de madera con un cuaderno dentro y un lápiz atado con un cordel. Es el registro. La gente apunta el nombre, la fecha y una tontería.

Vera va derecha. Lo abre, pasa páginas hacia atrás, encuentra lo que busca y le da la vuelta al cuaderno.

—Aquí —dice.

Es una hoja de hace tres años. Hay una línea escrita con una letra pequeña y muy inclinada: E, D y V. Otra vez. Hace frío.

—¿Eso lo escribió ella? —digo.

—Lo escribía siempre. —Vera cierra el cuaderno—. Es lo único que hacía en el aparcamiento porque el resto no le gustaba.

—¿No le gustaba subir?

—Le parecía una tontería subir a un sitio para volver a bajar. —Deja el lápiz colgando—. Lo decía todos los años y venía todos los años.

Daniel coge el cuaderno, lo abre por la última página, escribe tres palabras y lo cierra.

No miro lo que escribe. Podría, porque estoy a un metro. No lo miro.

El camino es fácil los primeros treinta minutos: tierra, raíces, un puentecillo de tablones sobre un arroyo que en septiembre no lleva agua. Los últimos diez minutos son roca pelada en pendiente, con una cuerda vieja atornillada a la piedra en el tramo del medio.

Vinieron aquí todos los años desde que Vera tenía tres. El último año fue hace tres, en 2023, y ya subieron solo dos porque Elena se quedó en el coche.

Eso me lo cuenta Daniel en los primeros veinte minutos de camino, andando, sin que yo le pregunte, y me lo cuenta con la misma voz con la que me explicó lo de las vigas del garaje.

—El primer año Vera tenía tres y la subimos a hombros los dos tramos.

—¿Los dos?

—A hombros el bosque y en brazos la roca. —Aparta una rama—. Pesaba catorce kilos. Yo me acuerdo del número porque discutimos si podíamos.

—¿Y quién decía que sí?

—Ella.

—¿Y quién tenía razón?

—Ella. —Se para a dejarme pasar por el puentecillo—. Ella tenía razón en todas las que eran de subir cosas y yo en todas las que eran de bajarlas. Eso lo decíamos de broma y luego resultó ser exacto.

Le pregunto por qué vinieron siempre en septiembre y no en octubre, que es cuando viene todo el mundo.

—Por eso mismo. —Se encoge de hombros—. En septiembre no hay nadie y no hay color, y a ella el color le parecía una tontería. Decía que un bosque que se pone naranja es un bosque haciendo teatro.

Y me hace gracia, y luego me hace menos gracia, porque llevo tres semanas montando a esa mujer y ya voy por la tercera frase suya que me sé de memoria sin haberla oído nunca en directo.

Yo grabo poco. Grabo el puentecillo, grabo las botas, grabo un plano de Vera adelantándose treinta metros y volviendo, que es lo que hacen los de doce años, que van al doble de velocidad y con la mitad de dirección. Un rato voy detrás de ella y hablamos del clarinete.

—Lo dejo en junio.

—¿Por qué en junio?

—Porque en junio se acaba y si lo dejo antes hay que hablarlo con la señora Whitcomb.

—Eso es muy estratégico.

—Es que si lo hablas, te convencen.

—¿Y te gusta algo del clarinete?

—Me gusta la caja.

—¿La caja?

—Por dentro es de terciopelo azul y cada pieza tiene su hueco. —Salta una raíz—. La caja es lo mejor del clarinete con diferencia.

Y a mí eso me hace una gracia enorme por razones que no le explico.

—¿Y por qué empezaste?

—Porque mi madre tocó el clarinete en el colegio.

—Ah.

—No, no es eso. —Me mira de reojo, y por primera vez es ella la que corrige la conversación antes de que yo la estropee—.

No es una cosa emocionante. Yo tenía nueve años y en el colegio te daban una lista y ella dijo «el clarinete es el único que se puede llevar en autobús». Y yo dije vale. Y ya está.

—Eso es una razón excelente.

—Es una razón de mierda.

—Es una razón práctica.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo en absoluto —digo—. Yo elegí mi trabajo porque una señora me gritó y me cayó bien.

Vera se para y se vuelve.

—¿En serio?

—En serio.

—¿Y por qué te gritó?

—Porque había borrado catorce minutos de una boda.

—¿Y por qué los borraste?

—Porque estaban mal.

—¿Y estaban mal?

—Estaban malísimos. —Paso por encima de una raíz—. Y da igual, porque eran de otro.

Vera se lo piensa siete u ocho pasos.

—Eso tiene sentido —dice, con la desgana de siempre, como si le costara dinero.

Luego se acuerda de otra cosa.

—El baile es el once.

—¿Qué baile?

—El de otoño. Del colegio. —Se para a esperarme, lo cual no había hecho hasta ahora—. Y mi padre te lo va a decir esta semana y te va a decir que vayas.

—Vale.

—Y yo te voy a decir que no.

—Vale.

—O sea que ya te lo digo ahora y así os ahorráis la conversación.

—Muy considerado.

—Es que sois muy pesados los dos —dice, y se adelanta otra vez.

◆

El último tramo empieza donde se acaba el bosque.

Se acaba de golpe, además: hay una línea de árboles y luego hay granito, cuarenta metros de granito en pendiente hasta el saliente, con la cuerda en el medio y con la gente de arriba que se ve pequeña.

Vera llega primero y no espera. Pone la mano en la roca, mira hacia arriba y empieza.

Daniel se para.

Se para donde termina la tierra, con la punta de las botas en el borde exacto donde el suelo cambia, y se queda mirando la pendiente.

Pasan cuatro segundos.

—Voy a esperar aquí —dice.

—Vale.

—Es la rodilla. Con la bajada luego es peor.

—Vale.

—El año pasado me tuvieron que hacer una infiltración.

—Ya.

No le digo nada más. No hay ninguna versión de decirle algo más que no sea peor que callarse, y además yo estoy trabajando, y trabajar consiste en esto: en estar delante de un hombre que le está mintiendo a su rodilla y no hacer un solo ruido.

Él se sienta en una piedra a la sombra de la línea de árboles. Se quita la mochila. Saca la botella y no bebe.

—¿Usted sube? —me dice.

—Yo trabajo.

—Puede subir. Es fácil.

—Ya, pero si subo tengo que llevar el equipo y si llevo el equipo tengo una mano.

—Ya.

—Y además el plano está aquí abajo.

—¿Está aquí abajo?

—Está aquí abajo —digo, y monto el trípode, y no le explico por qué.

Vera sube.

Sube bien. Sube con las manos, en diagonal, buscando las grietas, y a los ocho metros ni siquiera usa la cuerda porque la cuerda va por la parte más fácil y ella ha cogido la línea de la izquierda, que es más limpia. A mitad de camino se vuelve una vez, ve que su padre está sentado, y sigue.

No dice nada. No pregunta. No baja a por él, que es lo que haría una niña de doce años en una película mala.

Yo monto el trípode en la línea de los árboles y hago el plano abierto.

En el encuadre caben las dos cosas: abajo a la izquierda, un hombre sentado en una piedra con una botella en la mano; arriba a la derecha, una niña de doce años en una pared de granito, pequeñísima. Entre los dos, cuarenta metros de roca gris y nadie.

Lo dejo rodando tres minutos y cuarenta segundos, que es lo que tarda en llegar arriba.

Y mientras está rodando me doy cuenta.

No hace falta que subáis del todo.

Yo llevo tres semanas leyendo esa línea como una amabilidad. Como una madre que dice «no os agobiéis», «pasadlo bien», «da igual lo que hagáis».

No es eso.

Elena escribió eso en junio de hace dos años, en la cocina de su casa, en una lista de veintidós líneas, y en esa lista no hay ni una sola amabilidad. Hay una chaqueta azul, una receta, una helada, un árbol y un baile. Todas las líneas son instrucciones de rodaje y esta también.

Elena sabía que su marido no iba a poder con el último tramo. No lo sospechaba: lo sabía, y lo sabía dos años antes, y lo escribió para que el día que pasara hubiera un papel diciendo que estaba bien.

Le dio permiso por adelantado, por escrito, y se lo dejó en una carpeta que él no ha abierto en dos años.

Sigo grabando. Es lo que hay que hacer.

Y cuento, porque cuento siempre: son tres minutos y cuarenta segundos de plano, cuarenta metros de granito, dos personas y ni una palabra entre ellas. Con eso, bien colocado, se cuenta una película entera.

Cuando Vera llega arriba se pone de pie en el saliente y se queda mirando el mar, y desde aquí abajo no se le ve la cara y no se le va a ver nunca, y eso es lo que tiene que ser ese plano.

Se está tres minutos. Baja en dos.

—¿Qué se ve? —dice su padre.

—Lo mismo.

—¿Los barcos?

—Había uno. —Se sienta a su lado en la piedra y le quita la botella—. Y estaba el señor ese de la gorra que estaba el año pasado.

—No puede ser el mismo.

—Es el mismo. Tenía la misma gorra.

—Vera, esa gente cambia.

—Papá, era la misma gorra.

—¿Y el señor de la gorra estaba solo?

—Sí.

—¿Y qué hacía?

—Estaba sentado. —Vera se encoge de hombros—. Lleva tres años sentado en la misma piedra. A lo mejor vive allí.

—No vive allí.

—A lo mejor.

—Vera, hay ochenta kilómetros hasta el pueblo más cercano.

—Papá, hay gente que vive en sitios.

Y se quedan discutiendo sobre la gorra de un desconocido durante casi cinco minutos, sentados en la misma piedra, pasándose la misma botella, y en un momento dado Daniel se ríe con la boca cerrada y ella le da con el codo, y él le devuelve la botella y ella se la queda.

Yo lo grabo entero desde ocho metros con el micro de cañón, y esos cinco minutos van a ser cincuenta segundos y van a ir en la película, y son la única razón por la que hoy ha valido la pena levantarse a las siete.

Al final Vera se levanta, se sacude los pantalones y dice, mirando arriba:

—El año que viene subes.

—Sí.

—Lo has dicho muy rápido.

—Es que sí.

—Vale.

Y empieza a bajar sin esperar a nadie.

◆

La bajada la hacemos en cincuenta minutos porque hay que ir despacio con las raíces.

Vera baja delante, luego yo, luego él. Va bien. Va despacio y va bien, y en los últimos diez minutos, cuando ya se ve el aparcamiento entre los árboles, se para dos veces con la excusa del cordón.

En el aparcamiento hay una furgoneta vendiendo sidra a nueve dólares el vaso. Vera mira el cartel, mira a su padre, y su padre dice que no con la cabeza antes de que ella abra la boca.

—Nueve dólares —dice él, cuando ya estamos en el coche.

—Es que la gente la paga.

—La gente ha conducido seis horas. A la sexta hora pagas lo que sea.

—Yo la pagaría —dice Vera desde atrás.

—Tú no tienes nueve dólares.

—Tengo trescientos ochenta.

—¿Cómo vas a tener trescientos ochenta?

—Cumpleaños, la comunión de Priya y los perros del verano. —Se abrocha el cinturón—. Trescientos ochenta y dos.

—¿Y dónde los tienes?

—En un sitio.

—Vera.

—En un sitio mío.

Daniel me mira de reojo y hace un gesto con la boca que quiere decir «esto lo hablo luego», y no lo habla.

Salimos a las dos y veinte. Vera se duerme a los once minutos, con la cabeza contra el cristal y la boca abierta, y con la mano izquierda encima del cinturón.

Daniel la ve por el retrovisor.

Y entonces levanta el pie.

No dice nada, ni me mira, ni pone ninguna cara. Simplemente pasa de noventa a cincuenta en la 133, en un tramo sin nadie detrás, y se queda ahí. Un coche nos adelanta y pita. Luego otro.

Va a cincuenta durante veinte minutos, con las dos manos en el volante, hasta que llegamos a la 128 y ya no puede.

Yo miro por la ventanilla y no digo absolutamente nada, y me pasa una cosa rara, que es que en algún momento de esos veinte minutos me doy cuenta de que llevo un rato sin pensar en el trabajo.

◆

Paramos en una gasolinera a la altura de Danvers porque a Vera la despierta el intermitente y dice que tiene hambre de una manera que no admite negociación.

Compra un paquete de patatas y una bebida azul.

Su padre le dice que la bebida azul es veneno y ella dice que ya lo sabe.

Yo me compro un café que resulta ser excelente, otra vez, y me lo tomo apoyada en el coche mientras ellos discuten dentro de la tienda por unos calcetines de rayas que hay colgados al lado de la caja y que Vera considera imprescindibles.

Salen con los calcetines.

—Han sido cuatro dólares —me dice él, como si tuviera que justificarse.

—No he dicho nada.

—Ha puesto una cara.

—No he puesto ninguna cara.

—Sí ha puesto una cara —dice Vera, desde atrás, abriendo las patatas.

Llegamos a Alewife Lane a las cuatro menos veinte. Vera baja la primera y se mete en casa sin decir nada, que es lo normal, y desde el camino la oigo subir la escalera de dos en dos.

Daniel se queda apoyado en el maletero abierto sin cerrarlo.

—Gracias —dice.

—Es mi trabajo.

—Ya, pero gracias.

—¿Por qué?

Se lo piensa. Tarda.

—Por no decir nada arriba —dice al final.

—No había nada que decir.

—Sí lo había.

Y coge las dos mochilas, la suya y la de su hija, y se mete en casa, y yo subo al garaje de dos en dos y me pongo a volcar antes de quitarme las botas, porque si me siento no vuelco.

Cincuenta y un minutos de material. Dos copias. Verificadas las dos.

De los cincuenta y un minutos, el plano del granito dura tres cuarenta. Lo pongo entero, una vez, en la pantalla grande, con la luz apagada.

Y luego lo pongo otra vez.