El otoño que no grabamos 7
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Owen me llama el viernes a las nueve y media de la mañana, que es su hora de las malas ideas.

—Tengo una cosa.

—Buenos días.

—Buenos días. Tengo una cosa. —Se oye una cafetera de fondo, de las de bar—. La fundación esa de Roxbury, la de los talleres de música. Quieren seis piezas de cuatro minutos para el aniversario. Seis semanas de trabajo. Quince mil.

Me siento en el borde de la cama del Blue Anchor.

—Quince.

—Quince. Y son las historias de seis chavales, Sara. Es tu trabajo. Es literalmente tu trabajo.

—¿Cuándo?

—Empezaría el trece de octubre.

—El trece de octubre yo estoy aquí.

—Ya lo sé. Por eso te llamo.

Me levanto y voy a la ventana, que da al aparcamiento y a un contenedor.

—Owen.

—Y además tengo las tres bodas, que se pueden mover a enero, y lo de los colchones, que son ocho mil por cuatro días y que sigue en pie porque a la señora esa le has caído bien sin conocerla.

—No he hablado con ella.

—Le mandé tu página. Se ve que le gustó la parte de «treinta años dentro de una caja de zapatos».

—Owen, no le mandes mi página a la gente sin decírmelo.

—Te la mando a gente que paga.

—Ya, pero avisa.

—Si te aviso me dices que no. —Un ruido de vaso—. Llevo ocho años trabajando contigo. Tú a las ofertas les dices que no en el primer segundo y luego te pasas cuatro días arrepintiéndote en silencio y al quinto llamas. Yo lo que hago es saltarme los cuatro días.

Hago las cuentas de pie, con la frente apoyada en el cristal, y las hago dos veces porque la primera no me la creo.

Quince mil de la fundación más ocho mil de los colchones son veintitrés mil. Los veintidós mil de aquí son veintidós mil menos las tres semanas de motel que llevo pagadas, que son quinientos ochenta y ocho, menos la gasolina de subir y bajar hasta enero, que a este ritmo son mil doscientos.

Aquí gano veinte mil doscientos. Allí gano veintitrés mil y duermo en mi casa.

Y con veintitrés mil la deuda se acaba en junio en vez de en noviembre del año que viene.

—¿Sigues ahí? —dice Owen.

—Sí.

—Te acabo de oír hacer números.

—No se puede oír a alguien hacer números.

—A ti sí. Respiras distinto.

—Déjame el fin de semana.

—Te dejo hasta el lunes.

—Vale.

—Y Sara.

—¿Qué.

—Si dices que no, dime por qué. —Un ruido de tazas—. No me digas «es que ya me he comprometido», porque el contrato tiene una cláusula de salida a treinta días que escribiste tú.

—Cláusula nueve.

—Cláusula nueve —dice, y cuelga.

◆

El sábado voy a la casa a decirlo.

Lo he decidido en la ducha, que es donde se deciden las cosas cobardes.

Voy a llegar, voy a esperar a que Vera no esté delante, voy a decirle a Daniel que le devuelvo los once mil menos lo trabajado y que le paso tres nombres de gente buena que puede terminar esto en noviembre.

Uno de los tres es mejor que yo. Se lo voy a decir también, porque es verdad y porque las verdades verdaderas es lo único que hace que una espantada no parezca una espantada.

Llego a las once. La puerta del mudroom está abierta de par en par porque están ventilando.

Y en la mesa de la cocina, no arriba, en la mesa de la cocina, está Vera con un ordenador portátil, un cuaderno y tres hojas de árbol puestas en fila encima de una servilleta.

—No me grabes —dice, sin levantar la vista.

—No te iba a grabar.

—Tienes la bolsa.

—La bolsa la llevo siempre.

Me sirvo un vaso de agua para tener algo que hacer con las manos. Daniel está fuera, en el jardín, hablando por teléfono con alguien de trabajo y andando en círculos, como hace siempre.

Las tres hojas son del árbol de atrás. En abanico, verdes todavía, con el borde ondulado.

—¿Deberes?

—Ciencias. —Vera pasa una página del cuaderno—. Hay que hacer una ficha de una especie del jardín de tu casa. La mitad de la clase ha hecho el arce, porque son unos vagos.

—¿Y tú qué has hecho?

—Esto.

Gira el portátil quince grados, lo justo para que yo lo vea sin que parezca que me lo está enseñando.

—«Ginkgo biloba» —lee, en voz alta y monótona, como se leen los deberes—. «Bi-loba quiere decir dos lóbulos. La hoja está partida por la mitad por una hendidura pero solo tiene un rabillo.»

—¿Eso lo has copiado?

—Eso lo he copiado, sí, pero hay que poner la fuente. —Señala el pie de página—. Ahí está la fuente.

—Muy bien.

—Es que si no, es plagio.

—Ya.

—Y la señora Whitcomb lo mira.

Coge una de las tres hojas y la levanta contra la ventana para verla a contraluz, y se queda así un segundo, y luego la vuelve a dejar exactamente donde estaba, alineada con las otras dos.

—Es la única así —dice.

—¿La única cómo?

—Que se parte y no se parte. —Se encoge de hombros y vuelve al cuaderno—. Es de hace doscientos millones de años. Es más viejo que las flores.

—Eso no lo sabía.

—Es que no lees.

—Leo bastante.

—Lees guiones.

—No leo guiones. Yo no trabajo con guiones.

Vera levanta la vista por primera vez.

—¿Y con qué trabajas?

—Con lo que hay. —Me apoyo en la encimera—. Alguien graba cuatro horas de una cosa y yo tengo que sacar de ahí una historia que ya estaba dentro pero que nadie escribió.

—Eso es imposible.

—Es dificilísimo. Imposible no.

—¿Y si no hay historia?

—Siempre hay historia. Lo que a veces no hay es final.

Vera me mira un segundo largo y vuelve a bajar la vista al cuaderno, y escribe tres palabras que no puedo ver.

—El mío se muere en el veinticuatro —dice.

—¿Cómo?

—El árbol. Que el macho y la hembra son distintos y el nuestro es hembra y las hembras hacen unas bolas que huelen fatal, y eso empieza el veinticuatro. —Señala la fecha con el boli—. Lo pone aquí. Del veinticuatro de octubre en adelante.

—¿Y eso también lo has copiado?

—Eso lo sé yo —dice—. Eso lo sabe todo el mundo en esta calle.

Y sigue escribiendo.

Yo me bebo el agua entera de pie al lado de la nevera, y me voy sin decir nada de la fundación de Roxbury.

◆

El sábado por la noche lo hago en papel, en la habitación seis, con un boli del motel que pone Blue Anchor y que escribe mal.

Columna izquierda: Roxbury. Columna derecha: Marbury.

En la izquierda hay veintitrés mil dólares, mi casa, mi cama, seis chavales de Roxbury con una historia cada uno y un trabajo que se termina el veinte de noviembre. En la derecha hay dieciocho mil seiscientos, un motel que se quemó por detrás en el ochenta y nueve y una película sin otoño.

Está clarísimo.

Le doy la vuelta al papel y escribo, en la otra cara, las razones para quedarme, porque eso es lo que enseñan los libros de tomar decisiones y porque yo nunca he tomado una decisión con un libro.

Escribo tres.

La primera es que si me voy en octubre, la película la termina otro y la va a terminar con lo que hay, y con lo que hay se hace una película correcta de cuarenta y cinco minutos que a esa niña no le va a decir nada.

La segunda es que cláusula nueve o no cláusula nueve, yo no me he ido nunca de un sitio a mitad.

La tercera la empiezo a escribir y me paro en la cuarta palabra, y la tacho, y la tacho tan bien que no se lee, como se tacha lo que uno va a tirar esa misma noche.

Tiro el papel.

◆

El domingo vaciamos el apartamento del garaje.

Es un estudio de cuarenta metros con el techo inclinado, una cocina de dos fuegos, un baño con la ducha de plato y una ventana grande que da al jardín de atrás.

Lo alquilaban en verano a estudiantes del College por ochocientos dólares al mes, y lleva dos años sin alquilarse, y se nota en la cantidad de cosas que hay dentro.

Sacamos: una cuna desmontada dentro de su caja original, cuatro sillas de plástico de jardín, una bicicleta estática con la pantalla rota, seis cajas de libros de texto de ingeniería de los años noventa, un árbol de Navidad artificial de metro ochenta, dos alfombras enrolladas, una caja de cables que ninguno de los dos es capaz de identificar y una caja de zapatos llena de mandos a distancia.

—Nueve mandos —digo.

—Ya lo veo.

—¿De qué son?

—De cosas que ya no están.

—¿Y por qué se guardan los mandos y no las cosas?

—Porque las cosas ocupan.

—Esa es la respuesta más triste que me ha dado usted en un mes.

—Es que es una pregunta triste. —Coge la caja—. Los tiro.

—No los tire.

—¿Por qué no?

—Porque me los quedo yo. —Le quito la caja—. Son buenísimos para poner encima de una mesa cuando falta algo en un plano.

Daniel me mira como si le acabara de decir que colecciono uñas.

—¿Eso lo hace la gente?

—Eso lo hace todo el mundo. Al noventa por ciento de las mesas de las películas les falta algo.

—¿Y para eso hacen falta nueve?

—Para eso hacen falta nueve.

Tardamos cuatro horas. Hay un momento, sobre las dos, en el que sacamos entre los dos una alfombra enrollada de tres metros por la escalera exterior, que gira, y estamos ocho minutos discutiendo si va antes él o antes yo, y los ocho minutos son bastante mejores que la alfombra.

A las tres hacemos una pausa y nos comemos un sándwich cada uno sentados en el escalón de fuera, y él me cuenta que este garaje lo construyó el abuelo de Elena en el cincuenta y ocho con madera de un barco desguazado, y que por eso las vigas no son de la medida de nada y por eso él sabe exactamente dónde está cada una.

—¿Usted no lo va a alquilar más?

—No.

—Son ochocientos al mes.

—Ya lo sé lo que son.

—Vale.

—Es que la gente entra y sale por ahí. —Señala el camino con el sándwich—. Y desde la cocina se ve. Y no quiero que mi hija mire por la ventana y vea a un desconocido con una bolsa.

—A mí me va a ver.

—Usted no es un desconocido.

Y se levanta a por el resto de las cajas antes de que a ninguno de los dos nos dé tiempo a mirar esa frase de cerca.

◆

A las siete de la tarde me quedo sola arriba.

He subido lo mío en cinco viajes: dos cajas de discos, el equipo, la maleta, una bolsa de comida del supermercado de la 127 y una lámpara de escritorio que me he comprado por veinticuatro dólares porque la luz del techo es un fluorescente y con un fluorescente no se puede montar nada.

Coloco la mesa contra la ventana grande, que es lo que hace todo el mundo y que es un error, porque a las cuatro de la tarde vas a tener el sol de frente y la pantalla no va a valer nada. La coloco igual. Ya la moveré.

Y entonces, sentada, con el portátil todavía en la caja, miro por la ventana por primera vez desde arriba.

El jardín se ve entero desde aquí: el cuadrado de hierba, el cobertizo, la valla del vecino y el árbol en la esquina de la izquierda, plantado demasiado cerca de la esquina, como planta la gente cuando el árbol es pequeño y no se imagina el árbol que va a ser.

Desde abajo parecía uno más. Desde aquí tiene doce metros y está solo en cuarenta metros cuadrados y no hay nada que se le acerque.

Del suelo salen dos ramas bajas que alguien no ha podado nunca. Es un árbol que se ha dejado crecer a su aire durante once años porque la persona que lo plantó pensaba estar allí para verlo.

Me quedo un rato.

Luego bajo la maleta de encima de la cama, la abro, y la vacío entera: los pantalones en el cajón de abajo, las camisetas en el de arriba, los dos jerséis buenos colgados, el abrigo verde en el gancho de la puerta, el neceser en la balda del baño y la maleta vacía y cerrada debajo de la cama, con las ruedas hacia dentro.

Eso no lo hago nunca. En trece años y doscientas once referencias no lo he hecho nunca. Yo trabajo de la maleta abierta en el suelo, y cuando el trabajo termina la cierro y ya está, y una vez estuve cinco semanas en un sitio de Maine y no colgué ni una percha.

Llamo a Owen a las ocho y media.

—¿Y bien?

—No lo cojo.

—Vale. —Silencio—. ¿Por qué?

—Porque la película se puede terminar mal.

—Todas las películas se pueden terminar mal.

—Ya. Pero si la termina mal otro, yo lo voy a saber.

—Me siento en la cama, que es de matrimonio y que es la primera cama de matrimonio en la que duermo en cuatro meses—.

Y no lo voy a saber de una manera abstracta, Owen.

Lo voy a saber porque dentro de dos años esa niña va a tener quince y va a poner ese archivo un día que esté mal, y va a haber un corte en el minuto treinta que va a estar donde no tiene que estar.

—Eso es muy soberbio.

—Es soberbísimo.

—Es lo más soberbio que te he oído decir.

—Ya lo sé.

—Pero es verdad —dice.

—Ya lo sé.

Se queda callado un momento. De fondo hay televisión y un niño.

—Vale —dice—. Les digo que no a los de Roxbury.

—Diles que en enero sí.

—En enero ya lo habrán hecho.

—Diles que en enero sí igualmente.

Y cuelga sin despedirse, que es lo que hace Owen cuando le parece que me estoy equivocando y ha decidido no discutirlo.

Es verdad lo que le he dicho, además. Es verdad y no es toda la verdad, y las dos cosas caben perfectamente en una llamada de dos minutos.

Eso ya lo miraré en enero.