El otoño que no grabamos 6
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Me habían dicho a las seis. Llego a las cinco y media por educación y el coche de Margaret Kovac lleva ahí desde las cuatro.

Margaret está en la cocina con un delantal que se ha traído de su casa.

Es pequeña. Es de esas personas pequeñas que ocupan una cocina entera porque no paran las manos: mientras me mira de arriba abajo está escurriendo un colador, y mientras me da la mano está bajando el fuego de atrás con la otra.

La cocina no está como estaba el jueves. El escurreplatos ha cambiado de lado. El cuenco de la fruta está en la isla y no en la ventana. Y hay dos tablas de cortar apoyadas de canto contra la pared, secándose, que en esta casa no se apoyan nunca de canto porque el azulejo se mancha.

—Usted es la chica del vídeo.

—Sara Iribarne.

—Margaret. —Me suelta la mano antes de terminar de dármela—. He traído la comida.

—Qué bien.

—Es que aquí no hay nada. Hay pasta y hay tomate y hay pasta.

Daniel está en el otro extremo de la cocina, apoyado en la encimera, con una cerveza que no se está bebiendo. Hay café nuevo desde el jueves, en un paquete marrón, y el paquete azul sigue en la encimera al lado, medio, sin tirar.

—¿De dónde es usted? —dice Margaret.

—De España.

—¿De dónde de España?

—De Pamplona. Al norte.

—Los toros.

—Los toros.

—Yo estuve en Madrid en el ochenta y siete. —Abre el horno, mira, lo cierra—. Cuatro días. Hacía un calor imposible y todo el mundo cenaba a las once de la noche.

—Eso sigue igual.

—Ya me imagino. ¿Y está usted casada?

—No.

—¿Ha estado?

—Casi.

—Bueno, eso no cuenta.

—No, no cuenta.

—¿Y cuántos años tiene?

—Treinta y cuatro.

—¿Y va a estar aquí hasta cuándo?

—Hasta diciembre. Puede que hasta enero.

—¿En el motel?

—En el motel.

—Eso son mil dólares al mes por una habitación con una tabla en la pared.

—Ochocientos cuarenta.

—Peor me lo pone. —Margaret abre un armario, saca un colador, lo mira y lo devuelve a otro armario distinto, que no es donde estaba—. En el ochenta y nueve ese motel se quemó por detrás y lo levantaron en cuatro meses. Yo no dormiría ahí.

—Duermo bien.

—Todo el mundo duerme bien hasta que no.

Y ahí, sin ninguna transición, se vuelve del todo y me mira de frente por primera vez desde que he entrado.

—¿Usted ha hecho esto antes? —dice.

—¿El qué?

—Esto. Una casa donde falta alguien.

—Sí.

—¿Muchas veces?

—Once.

Margaret hace un ruido corto con la lengua, que no es aprobación ni lo contrario, y saca una fuente del horno con las manos desnudas y la deja en el mármol como si fuera un plato de plástico.

Miro a Daniel. Daniel mira la cerveza.

◆

Cenamos a las seis y cuarto, que aquí es una hora normal y a mí me sigue pareciendo una merienda.

Lo que ha traído es un guiso de ternera con pimentón y patata que está buenísimo, y unas rebanadas de pan blanco de bolsa que están en la mesa sin ninguna razón y que nadie toca.

Vera baja cuando ya está todo servido, se sienta al lado de su abuela y le deja apoyar la mano en la nuca dos segundos, que es más contacto físico del que le he visto permitir en dos semanas.

—Está muy delgada —dice Margaret, a Daniel.

—Está igual.

—Está más delgada que en junio.

—Estoy aquí —dice Vera.

—Ya lo sé, cielo. Come.

Durante veinte minutos la conversación va sobre gente del pueblo.

Un tejado, una operación de cadera, un chico que ha vuelto de Colorado con una novia que no le gusta a nadie, la iglesia metodista, que ha cambiado el horario.

Margaret cuenta todo eso en frases cortas, sin subordinadas, y cada frase termina de verdad, con punto, y entonces empieza otra.

Yo no digo nada porque no me toca y porque estoy contando: en veinte minutos ha nombrado a once personas y de nueve ha dicho la edad exacta.

—El hijo de los Ferrante ha vuelto —dice.

—¿Cuál?

—El segundo. El que se fue a Portland.

—¿Y qué hace?

—Nada. —Sirve más guiso a Vera sin preguntarle—. Está en casa de su madre y sale a correr por la mañana. Cuando un hombre de cuarenta y un años sale a correr por la mañana en este pueblo es que ha pasado algo.

—Eso es un poco duro —digo.

Y es la primera vez que abro la boca en veinte minutos, así que se vuelven los tres.

—¿Usted corre? —dice Margaret.

—No.

—Pues entonces.

Vera se ríe. Se ríe de golpe, con la boca llena, y se tapa con la servilleta, y su padre le dice algo y ella dice que no ha sido culpa suya, y durante treinta segundos esta mesa es una mesa normal.

—Fui secretaria del colegio treinta y un años —me dice Margaret, cuando se calla todo—. Todos estos han pasado por mi mostrador.

—Eso es una barbaridad de gente.

—Es un pueblo pequeño. Uno se cansa. —Se limpia—. Y usted, ¿cuánto cobra?

—Mamá.

—Es una pregunta.

—No es una pregunta —dice Daniel.

—Es que a mí eso no me parece mal. Yo he cobrado toda mi vida y lo he dicho siempre.

—Cobro por proyecto —digo—. No por horas. Y no le voy a decir la cifra delante de la niña porque después me la sacaría en dos días.

Vera levanta la vista del plato.

—Te la voy a sacar igual.

—Ya lo sé.

—O sea que da igual que no lo digas.

—No da igual. Da tiempo.

Margaret nos mira a las dos, primero a una y luego a la otra, y por primera vez desde que he entrado en la casa deja las manos quietas encima del mantel.

◆

El postre es una tarta de manzana comprada, y con la tarta llega el asunto.

—Yo esto de la película no lo entiendo —dice Margaret.

—Mamá.

—No lo entiendo y lo digo. Llevo dos años sin decirlo.

—Llevas dos años diciéndolo.

—Lo he dicho tres veces. —Levanta tres dedos—. En Navidad, en abril y ahora.

Daniel deja el tenedor.

—Elena estaba enferma —dice ella—. La gente enferma tiene ideas.

Yo he visto a mucha gente enferma y todos tienen una idea, y la idea siempre es dejar algo.

Uno graba, otro escribe cartas, otro se pone a hacer una casita de madera para un nieto que tiene ocho meses.

Y luego se mueren y la casita se queda a medias en el garaje y todo el mundo se pasa diez años sin poder tirarla.

Nadie dice nada.

—Y ahora resulta que hay que pagarle a una señora de Boston para terminar la casita.

—Es una película, no una casita —dice Daniel.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo.

—Danny. —Y ahí le cambia la voz un poco, solo un poco—. Es exactamente lo mismo y lo sabes.

Yo me como la tarta y me concentro en la tarta, que es lo que hago siempre en las casas ajenas y que en esta casa ya llevo hecho dos veces.

—Y te voy a decir otra cosa, ya que estamos —dice Margaret.

—No hace falta.

—Esa película no es para la niña.

Daniel deja de masticar.

—Esa película es para ti —sigue ella, y no ha subido la voz ni un punto—.

Y no pasa nada. A mí me parece bien que sea para ti.

Lo único que digo es que no digas que es para ella, porque a la niña le vas a poner cuarenta minutos el día de su cumpleaños y va a tener que poner una cara, y esa cara la va a poner por ti.

—Ella la ha visto ya. El invierno lo ha visto ocho veces.

—Sola.

—¿Y qué?

—Que sola es otra cosa. —Margaret se apoya en el respaldo—. Sola puede pararla. Sola puede llorar y luego lavarse la cara. El seis de diciembre va a haber gente delante.

Y eso, en esta mesa, no lo puede contestar nadie.

Yo podría. Yo he tenido esta conversación exacta en nueve casas y tengo tres respuestas preparadas, y las tres son buenas, y ninguna es mía.

Así que me callo, y esa es la parte del trabajo que no viene en el contrato.

—¿Usted qué opina? —me dice Margaret.

—Yo estoy trabajando.

—Eso no es una opinión.

—No, pero es lo que hay. —Dejo el tenedor—. Me han contratado para terminar un material que existe. Si mañana el señor Prieto me dice que paremos, paramos, le devuelvo el disco y me voy a Somerville.

—Ya. —Margaret se limpia las comisuras con la servilleta, muy rápido, dos toques—. Es que usted es una empleada.

—Mamá.

—Y no lo digo como un insulto, que conste. Es una empleada. Que cene si quiere, pero es una empleada, y a mí me parece muy bien, porque un empleado hace su trabajo y se va, y eso es más de lo que hace la mayoría de la gente.

Y entonces Vera dice:

—Tú cobrabas por estar en el colegio.

Se hace un silencio de esos que se oyen.

—¿Perdona? —dice Margaret.

—Que tú cobrabas. Treinta y un años. —Vera no ha levantado la voz—. Y nadie te decía en la cara que eras una empleada.

Margaret deja la servilleta doblada al lado del plato.

—Sí lo era —dice.

Nada más. Ni se defiende, ni se ofende, ni le pide una disculpa. Coge la fuente vacía, se levanta y la lleva al fregadero, y se pone a fregar de espaldas a la mesa.

Y a Vera se le viene encima de golpe.

Se le nota en la cara el segundo exacto en el que entiende lo que acaba de hacer: que ha usado a una desconocida para pegarle a su abuela, y que su abuela lo ha aguantado sin devolverlo, que es lo peor que le puede pasar a alguien de doce años.

Yo también lo entiendo, con dos segundos de retraso, y entiendo además la parte que le toca a la niña y que no le toca a nadie más: que lo ha dicho porque le ha parecido injusto, que le ha parecido injusto de verdad, y que ahora va a tener que decidir si eso justifica algo.

—Perdón —dice.

—No pasa nada, cielo.

—Abuela.

—Que no pasa nada. Come.

—No quiero comer.

—Pues no comas.

Y esa es la respuesta que la hunde del todo, porque Margaret Kovac le habría discutido cualquier otra cosa.

Vera se queda diez minutos más en la silla sin comer y sin hablar. A los diez minutos se levanta, sube, y se oye la puerta.

Nadie va a buscarla. Eso también es una decisión, y la toman los dos a la vez sin mirarse.

◆

Daniel sube al cabo de un rato con un plato de tarta que va a volver a bajar intacto, y Margaret y yo nos quedamos solas fregando.

Ella lava, yo seco. Al menos aquí el reparto lo elige otro.

—Ha sido culpa mía —dice.

—Un poco.

Margaret gira la cabeza dos centímetros.

—¿Perdone?

—Que ha sido un poco culpa suya, sí. —Cuelgo un plato en el escurridor—. Usted ha dicho una cosa cierta delante de una niña de doce años para ganarle una discusión a su yerno, y la niña la ha cogido y se la ha devuelto. Eso pasa.

—Yo he dicho lo que pienso.

—Ya. Yo también.

Sigue fregando. Tarda tres platos en volver a hablar.

—Usted no me cae mal —dice.

—Ya lo sé.

—No sé si eso es peor.

—Es peor —digo—. Si le cayera mal ya se habría acabado.

Y ahí Margaret Kovac hace algo que no le he visto hacer en tres horas, que es parar las manos.

—Yo con Elena me llevaba muy bien —dice, al fregadero—. Muchísimo mejor que con él. Ella me contaba cosas que a él no le contaba, y no lo digo por presumir, lo digo porque es una lata. Una se entera de cosas y luego se tiene que quedar con ellas.

—Eso pasa con las madres.

—Eso pasa con las hijas —dice—. Las madres nos enteramos porque no nos queda otra.

Escurre el estropajo. Lo dobla en dos y lo deja encima del grifo, que es donde no se deja.

—Bueno —dice—. Yo me voy.

Antes de irse se para en la puerta del mudroom con el bolso ya colgado y las llaves en la mano, y dice, hacia el jardín, en general:

—Y ese árbol hay que quitarlo.

—El árbol está bien —dice Daniel.

—El árbol huele a muerto tres semanas al año.

—Tres semanas.

—Tres semanas es mucho. —Se cambia el bolso de hombro—. Se lo dije a Elena cuando lo plantó. Le dije: eso es hembra, mujer, mira las bolas. Y me dijo que no importaba.

—Y no importa.

—Danny, en octubre no se puede abrir la ventana de la cocina.

—Nos apañamos.

—Vosotros os apañáis con todo —dice Margaret, y no lo dice con cariño.

—¿Cuánto cuesta talar un árbol de doce metros? —digo.

Se vuelven los dos.

—Mil ochocientos —dice ella—. Lo pedí en abril.

—¿Pidió presupuesto? —dice Daniel.

—Pedí un número. No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo.

—Danny, yo pido números para saber.

—Mamá, tú no has pedido un número en tu vida sin querer que pasara algo.

Margaret se cambia el bolso de hombro y no contesta a eso, que es la primera vez en toda la noche que no contesta a algo, y se va.

El Buick sale del centro del camino de entrada en tres maniobras que podrían ser una.

Nos quedamos Daniel y yo en el escalón. Él con las manos en los bolsillos.

—Ya le avisé —dice.

—Ha sido mejor de lo que me esperaba.

—¿En serio?

—Yo tenía una abuela así. —Busco las llaves—. La mía además hacía preguntas sobre el sueldo de la gente en los bautizos.

—¿Y qué se hace?

—Contestar. Es lo único que las para.

Daniel se queda de cara al camino vacío.

—Elena le contestaba —dice.

—Ya me lo imagino.

—No, quiero decir que se llevaban muy bien. —Se frota la ceja con el pulgar—. Muchísimo mejor que ella y yo. Elena le contaba cosas que a mí no me contaba.

—Eso lo hace todo el mundo.

—Ya. —Se encoge de hombros—. Pero es raro cuando te lo dice tu suegra.

Y entra, y yo me voy al motel, y no le doy más vueltas.

◆

Esa noche trabajo hasta la una en la primavera.

Cincuenta y un minutos. Estoy buscando el hueco otra vez, el del minuto veintinueve, y llevo tres semanas buscándolo como se buscan estas cosas, que es sin buscarlas: pasando por delante ocho veces al día hasta que un día se ve.

Lo que hago esta noche es lo que hay que hacer y lo que no había hecho: coger los cincuenta y un minutos y verlos enteros sin tocar nada, con un cuaderno al lado y sin adelantar.

Cincuenta y un minutos son cincuenta y un minutos, no cuarenta, y la gente de mi oficio se salta esto constantemente y luego se pasa una semana perdida.

Y en el camino encuentro una cosa que llevaba tres semanas delante y que no había visto porque no sabía a quién estaba mirando.

En el minuto veintiocho con cincuenta y uno, en la cocina de esta casa, en abril de hace dos años, hay una mujer pequeña de pie junto a la puerta del mudroom, con el abrigo puesto, mirando hacia dentro.

No entra. Está veintitrés segundos ahí, con el abrigo puesto, en el marco, con el bolso todavía colgado del brazo. Alguien fuera de plano le dice algo y ella contesta con una frase que no se entiende porque hay un grifo abierto. Luego se da la vuelta y se va por donde ha venido.

Y a los veintitrés segundos exactos empieza el hueco.

Reviso los cincuenta y un minutos enteros, uno por uno, y no vuelve a salir. Cincuenta y un minutos de primavera en casa de su hija y veintitrés segundos con el abrigo puesto.

Luego repaso el invierno, que son setenta y cuatro. Tampoco.

Eso lo dejo dentro.

HOJA DE MONTAJE — A2 / PRIMAVERA TC 00:28:51:06 — 00:29:14:12 Interior, cocina, tarde. M. de pie en la puerta, con el abrigo puesto. No entra. DECISIÓN: dentro. MOTIVO: es la única vez que sale.