El otoño que no grabamos 5
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El martes le enseño seis minutos.

Los he montado el lunes por la noche en la habitación seis del Blue Anchor, con los cascos puestos y el portátil encima de la tabla atornillada a la pared, y a las dos de la mañana el chico de recepción me subió a preguntar si estaba bien porque llevaba cuatro horas con la luz encendida.

Le dije que sí. Me dijo que aquí la gente no trabaja de noche. Le dije que ya me había dado cuenta.

He cogido el bruto del verano, que es lo único sin montar que hay, y he hecho lo que se hace el primer día que quieres que un cliente entienda de qué va esto: un montaje de prueba, feo, sin música, con los cortes a hueso. Seis minutos y veinte segundos sacados de cuarenta minutos y veinte.

Es la parte del trabajo que más miedo me da, y no lo digo nunca.

Un pase de trabajo es una manera muy educada de decirle a alguien: esto es lo que yo he entendido de su vida en seis días.

A veces aciertas. A veces la gente se te queda mirando y entiendes que has metido en la película justo la escena que se llevan discutiendo desde hace veinte años.

Daniel se sienta delante de la pantalla con las manos en las rodillas, como en el dentista.

Lo ve entero.

Se ve la cocina de esta casa en julio con la ventana abierta y el ruido de un cortacésped que entra y sale.

Se ve a Vera con dos años menos y el pelo largo, discutiendo con alguien fuera de plano sobre si un limón cuenta como fruta.

Se ve a él de espaldas en el jardín, con una manguera, regando el cobertizo por error durante once segundos hasta que se da cuenta.

Se oye la voz de Elena todo el rato desde detrás de la cámara, preguntando cosas y riéndose de las respuestas antes de que terminen.

Hay un minuto entero, en mitad, de nada: la mesa de la cocina vacía a las siete de la mañana, con la luz entrando por el este, y una mosca.

Lo he dejado a propósito, porque quiero ver qué cara pone cuando no pasa nada.

Al final hay veinte segundos de la niña pelando un melocotón mal, con el zumo por la muñeca hasta el codo, y luego negro.

Cuando se acaba, él se queda mirando la pantalla apagada.

—Está muy bien —dice.

—Gracias.

—Está muy bien y falta la mitad.

—Falta el ochenta y cinco por ciento.

—Falta la parte del cumpleaños.

—Sí.

—Y falta lo del viaje ese a Vermont, que son como doce minutos.

—Trece y medio.

—Y falta ella. —Se vuelve—. Sale al principio y ya no sale más.

—Sale en voz durante cuatro minutos de los seis.

—No es lo mismo.

—No, no es lo mismo. —Paro el portátil—. Es mejor.

Y ahí empieza.

—¿Cómo va a ser mejor no verla?

—Porque cuando la ve, usted la mira a ella y deja de mirar lo que está pasando.

—Le doy la vuelta a la pantalla para que la vea de frente—.

Es lo que hace todo el mundo. Le pongo cuarenta minutos con su mujer dentro y usted va a ver cuarenta minutos de su mujer, y su hija va a ver cuarenta minutos de su madre, y las dos cosas están bien, pero eso no es una película. Eso es un archivo.

—A lo mejor yo quiero un archivo.

—Entonces no me necesita.

—A lo mejor no la necesito.

—Pues devuélvame los once mil y me marcho hoy.

Se levanta. Da tres pasos hasta la ventana y se queda ahí con las manos en la cintura, mirando el jardín, y cuando habla lo hace sin volverse, que es un truco que usa mucho.

—Es que hay ciento sesenta y cinco minutos —dice—. Y usted va a tirar ciento quince.

—Yo no tiro nada. Nunca. Se lo dije el viernes.

—Va a dejar fuera ciento quince minutos.

—Sí.

—Y decide usted cuáles.

—Sí. Para eso me ha contratado.

—Yo la he contratado para terminar la película de mi mujer.

—Su mujer dejó veintidós líneas y cuarenta minutos sin montar. —Cierro el portátil del todo—. Terminar eso significa elegir. Si no significara elegir, lo haría usted.

Se vuelve.

—Se lo voy a decir de otra manera —dice, y ahora habla despacio, con el tono con el que se explica un informe—.

Mi hija va a tener trece años. Le quedan setenta por delante.

Lo que usted deje fuera el seis de diciembre, ella no lo va a ver hasta que tenga cuarenta, si es que lo ve.

Y usted no la conoce. Lleva seis días aquí.

¿Cómo sabe lo que le va a hacer falta a esa niña dentro de veinte años?

Y eso es bueno. Eso es lo mejor que me ha dicho nadie de este asunto en trece años, y no tiene arreglo, y él lo sabe.

—No lo sé —digo.

—Ya.

—No lo sabe nadie. Ni yo, ni usted, ni su mujer.

—Me levanto también, porque estar sentada empieza a ser incómodo—.

Yo lo único que le puedo garantizar es esto: lo que dejo fuera sigue existiendo, etiquetado, con su fecha y su hora, y cuando su hija tenga veintiséis años y quiera ver a su madre pelando fruta durante cuarenta minutos seguidos, va a estar.

Va a estar en un disco con el nombre bien puesto, y va a poder verlo sola y sin que nadie se lo haya arreglado.

Daniel deja de moverse del todo.

—Eso me vale —dice.

—Vale.

—No he dicho que esté de acuerdo.

—Ya lo sé. He dicho vale.

Silencio. Fuera hay un camión de reparto haciendo marcha atrás con el pitido ese.

—Yo lo he intentado —dice.

—Ya lo sé.

—Dos veces. Me bajé un programa.

—¿Cuál?

—Uno gratis.

—Ah, bueno. Entonces con razón.

Se vuelve del todo. Me está mirando con la cara de alguien que no sabe si le acabo de tomar el pelo, y decide que sí, y decide que no le importa.

—¿Cuánto duraba lo suyo? —pregunto.

—Dos horas y diez.

—Madre mía.

—Es que estaba todo.

—Ya, ya me imagino. —Me levanto a por agua para no seguir riéndome en su cara—. ¿Y se lo enseñó a alguien?

—A mi suegra.

—¿Y?

—Se durmió en el minuto cuarenta.

—Su suegra tiene toda la razón y probablemente sea la única persona de esta casa que la ha tenido en dos años.

Y entonces me doy cuenta de lo que he dicho, y hay medio segundo en el que esto puede ir muy mal.

Daniel se apoya en el marco de la ventana.

—Sí —dice—. Probablemente.

—Perdón.

—No.

—Es que llevo aquí seis días y le acabo de decir eso.

—No pida perdón. —Se cruza de brazos—. Pídalo cuando se equivoque.

—Vale.

—Y otra cosa. —Señala el portátil con la barbilla—. El minuto ese de la mesa vacía.

—¿Qué le pasa?

—Que lo ha puesto para ver qué hacía yo.

Me río, porque me ha pillado y porque no tiene ningún sentido negarlo.

—Sí.

—¿Y qué he hecho?

—Se ha quedado quieto sesenta segundos mirando una mesa. —Cierro el portátil—. La mayoría de la gente coge el móvil a los once.

—¿Los cuenta?

—Los cuento.

◆

El miércoles no pasa nada, que es exactamente lo que tiene que pasar.

Le grabo arreglando el segundo escalón del porche, que lleva un año hundido y que él lleva un año diciendo que va a arreglar.

Tarda cincuenta minutos en una cosa que un carpintero haría en quince, porque en vez de cambiar la tabla desmonta las tres y las vuelve a montar niveladas.

Le pregunto por qué y me dice que porque si solo cambia una se nota, y le pregunto que a quién se le nota, y dice que a él.

Vera pasa por detrás dos veces. La primera con el móvil pegado al muslo y sin mirar a nadie. La segunda se para en el escalón de arriba, mira el trabajo de su padre y dice:

—Está torcido.

—No está torcido.

—Está torcidísimo.

—Vera.

—Papá, que se ve desde la calle.

Se va antes de que él conteste, que es un movimiento táctico muy superior.

Yo lo grabo todo desde el mismo sitio, sin moverme, con el plano un poco abierto, y son cincuenta minutos que se van a convertir en cuarenta segundos. Esos cuarenta segundos van a estar en la película. Lo sé desde el minuto tres.

En el minuto treinta y uno, sin dejar de atornillar, dice:

—¿Esto lo va a usar?

—A lo mejor.

—Es un escalón.

—Es un hombre arreglando un escalón que lleva un año hundido.

—Eso es lo mismo.

—Eso no es lo mismo en absoluto y usted lo sabe, porque si fuera lo mismo lo habría arreglado en octubre.

Daniel pone el último tornillo. Comprueba el nivel. Lo vuelve a comprobar.

—Está torcido —dice.

—No está torcido.

—Está tres milímetros abajo por la izquierda.

—Nadie va a ver tres milímetros.

—Yo veo tres milímetros.

Y desmonta la tabla otra vez, y son otros doce minutos, y eso también lo grabo, y esos doce minutos son los mejores del día.

Antes de irme, él me dice que el domingo viene su suegra a cenar.

—¿Debería no venir? —pregunto.

—Debería venir.

—¿Eso es una respuesta o es una petición de refuerzos?

—Es lo segundo —dice, y cierra la puerta.

◆

El jueves toca la línea cuatro.

La receta de Katarina. Que la haga él aunque salga mal.

Katarina Kovac era la abuela de Elena, la madre de su padre, y lo que hacía era una cosa que se llama kolač y que, por lo que consigo entender, es un bizcocho enrollado de nueces que en teoría se corta en espiral.

La receta está en una ficha de cartón amarilla, escrita a mano en croata, con la traducción al inglés escrita debajo por otra mano y en un bolígrafo distinto.

—¿Esto lo tradujo su mujer?

—Su madre. Margaret. —Daniel se está subiendo las mangas—. Ella tampoco lo hace, pero lo tradujo.

—¿Y usted lo ha hecho alguna vez?

—Nunca.

—¿Nunca?

—Lo hacía Elena.

Es la primera vez que le oigo decir el nombre. Lo dice y sigue subiéndose la manga, y no le pasa nada en la cara, y a mí me cuesta un esfuerzo bastante grande no apuntarlo en algún sitio.

Monto la cámara en el trípode en la esquina de la cocina, con el objetivo corto, sin luz añadida, y luego me pongo a un lado y no toco nada más. Esto es lo que la gente no se cree del oficio: que la parte importante es estar callada.

Sale mal desde el principio.

La receta dice que la masa repose cuarenta minutos y él la deja veinte, porque a las siete tiene que estar la cena.

La receta dice nueces molidas y él las muele en un robot que no es para eso, y en vez de molerlas las machaca, y le queda una pasta que suelta aceite y que huele muy bien y que no se puede extender.

La receta, en la parte traducida, dice literalmente «estirar hasta que se lea el periódico a través», y él estira, y la masa se agujerea en dos sitios, y tapa los agujeros con más masa, que es exactamente lo que no hay que hacer.

Vera aparece en el marco de la puerta con un vaso de leche a la mitad del desastre.

—Está muy gorda —dice.

—Ya lo sé.

—Es que tiene que quedar fina.

—Ya lo sé, Vera.

—La abuela dice que hasta que se lea el periódico.

—Lo pone aquí. Lo estoy leyendo.

—¿Y por qué no lo haces?

—Porque se rompe.

—Porque no has esperado —dice ella.

Y se apoya en el marco con el vaso, y no se va.

—¿Tú sabes hacerlo? —le pregunto.

—No.

—¿Nada?

—Yo miraba. —Se bebe media leche—. Ella me dejaba poner el azúcar por encima al final. Eso es como dejarte aparcar el coche cuando ya está aparcado.

—¿Y por qué no lo haces tú ahora?

Vera me mira como si le hubiera preguntado por qué no vuela.

—Porque le toca a él —dice.

Y señala la ficha amarilla con el vaso, la línea de la traducción, sin leerla, porque se la sabe.

Vera me mira a mí por primera vez en cuatro días, y me mira como se mira a un testigo.

—Se le va a romper al enrollarlo —me dice.

—Se le va a romper al enrollarlo —confirmo.

Se le rompe al enrollarlo.

Lo mete en el horno igualmente, en un molde que no es el que dice la ficha, y en el horno la cosa se abre por un lado y suelta un río de nuez con azúcar que llega a la bandeja de abajo y empieza a hacer humo. Daniel abre el horno para verlo mejor. Sale más humo. Salta el detector.

Y ahí está: un hombre de metro noventa subido a una silla dándole con un trapo a un detector de humos, una niña de doce años abriendo todas las ventanas de la planta baja con una eficacia que se nota ensayada, y yo en la esquina con la cámara grabándolo todo en un plano fijo perfectamente encuadrado, porque llevo trece años en esto y sé que estos son los treinta segundos por los que después la gente llora en un salón.

Cuando para el pitido, Vera coge un trozo del borde con los dedos, lo prueba y pone una cara.

—¿Está malo? —dice él.

—Está muy malo.

—Vale.

—Está malísimo, papá.

—He dicho vale.

—Está malo de una manera rara. —Coge otro trozo—. Como si supiera a caja.

—¿A caja?

—A caja.

Se lleva el segundo trozo al subir la escalera, y eso también lo grabo.

◆

Recogemos la cocina los dos porque a mí me da vergüenza no hacerlo. Él friega y yo seco, que es el reparto que se hace siempre en las casas ajenas.

—Le he estropeado la ficha —dice.

Es verdad: la ficha amarilla tiene una mancha de mantequilla en la esquina de abajo, redonda, que se ha comido dos palabras del croata.

—Se la escaneo mañana —digo—. Y luego la plastifico y le devuelvo la de verdad.

—¿Eso lo hace?

—Eso lo hago con todos. Fotos, cartas, recetas, entradas de conciertos, postales, una vez un carné de conducir de 1961. —Cuelgo el trapo—. La mitad de mi trabajo es escanear cosas que la gente ha metido en una caja de zapatos en el noventa y cuatro.

—Vale. Sí. Gracias.

—Es que si no se pierden. Y además luego vienen bien, porque el papel viejo en pantalla queda muy bonito y llena mucho.

—O sea que es por usted.

—Es por mí, sí.

—Ya me parecía.

—Es que soy una profesional, señor Prieto. Todo lo que hago tiene dos motivos y uno es siempre malo.

Y él se ríe.

Se ríe de verdad, dos veces, por la nariz la primera y con la boca la segunda, y luego se para de golpe, como quien ha hecho ruido en una biblioteca, y se pone de espaldas a escurrir un estropajo que ya está escurrido.

Yo hago como que doblo el trapo otra vez.

—Bueno —digo—. Mañana la línea uno, que es lo de cerrar las ventanas, y con el calor que hace no sé cuándo la vamos a poder grabar.

—En octubre.

—A ver si en octubre.

Cojo el bolso y voy hacia el mudroom, y a mitad de camino me acuerdo de una cosa y me vuelvo.

—Ah, y otra cosa. Su apellido.

—¿Qué le pasa?

—Que lo dice usted mal.

—Yo digo mi apellido como se dice mi apellido.

—Prieto —digo, en español, con la erre corta y las dos vocales cerradas, como se lo diría a un vecino en Pamplona—. Así.

Daniel cierra el grifo con la muñeca, porque tiene las dos manos mojadas, y se queda así cinco segundos largos.

—Otra vez.

—Prieto.

Y no lo repite. No lo intenta, ni lo comenta, ni pregunta de dónde soy, que es lo que pregunta todo el mundo aquí a los tres minutos de conocerte.

Cierra el grifo, se seca las manos y me acompaña hasta la puerta.

En el mudroom se para a apagar la luz y no la apaga: se queda con la mano en el interruptor.

—El domingo mi suegra le va a preguntar cuánto cobra —dice.

—Vale.

—Y de dónde es. Y si está casada. Y por qué no lo está.

—Estoy acostumbrada.

—Y luego va a decir que la película no hace falta.

—¿Y usted qué va a decir?

—Yo no voy a decir nada. —Apaga la luz—. Por eso le he pedido que venga.

—Eso es un poco cobarde.

—Es bastante cobarde, sí.

Ya en el escalón, con el calor de septiembre todavía subiendo del camino de entrada a las nueve y media de la noche, me dice buenas noches y añade:

—Mañana traigo otro café.

—¿Por?

—Porque el que hay está malo.

—Está malísimo.

—Ya lo sé —dice—. Lo compro igual.

Y cierra la puerta antes de que me dé tiempo a preguntarle por qué.