4
La niña vuelve el lunes.
Ha pasado el fin de semana en casa de su abuela, que vive a once minutos y a la que todavía no conozco, y ahora entiendo por qué me pusieron a empezar un miércoles: para que la desconocida ya estuviera instalada en la casa antes de que la niña llegara.
No sé si eso lo decidió él, o lo decidieron entre los dos, o lo decidió la abuela. Tampoco es asunto mío.
Paso la tarde sola en la casa, que es una sensación que no se acostumbra nunca. Llevo trece años entrando en casas ajenas y todavía piso distinto cuando no hay nadie: más despacio, más por el centro de las habitaciones.
Trabajo en el hueco de la primavera, el del minuto veintinueve, el sitio donde la música sube sola porque debajo tenía que haber algo.
Le doy quince veces. Antes del hueco hay una mano abriendo una ventana.
Después del hueco hay un plano de la mesa de la cocina con tres tazas.
Entre las dos cosas faltan, calculando por la música, entre once y catorce segundos.
Once y catorce segundos no es nada. Es una frase. Es cruzar una habitación.
Reviso el bruto del verano por si aparece por casualidad, aunque sé que no, porque son estaciones distintas y porque las cosas no aparecen por casualidad; aparecen porque alguien las guardó.
Y luego reviso los trescientos cuarenta audios por si alguno tiene una pista que encaje, y ahí ya sé que estoy perdiendo el tiempo y sigo perdiéndolo veinte minutos más.
Al final apunto en mi cuaderno: A2, 00:29:14, faltan 12«. No preguntar todavía.
A las tres y cuarenta oigo la puerta del mudroom y dos voces, y una de las dos se calla en cuanto entran en la cocina.
—Hola —digo desde el comedor.
—Hola.
Vera Prieto tiene doce años y nueve meses y es más pequeña de lo que me esperaba después de haber visto quinientas fotos suyas de cuando tenía ocho.
Lleva una sudadera del colegio, unos pantalones anchos, unas zapatillas con la puntera pintada de rotulador y una mochila que pesa demasiado.
Tiene el pelo oscuro cortado a la altura de la mandíbula de una manera que parece decisión reciente y no del todo consultada.
Detrás viene otra niña, más alta, con gafas y una carpeta rosa apretada contra el pecho.
—Priya —dice la otra, sin que nadie le pregunte—. Yo soy Priya.
—Sara.
—Ya lo sabemos —dice Vera.
Y va directa a la nevera.
Priya se sienta en un taburete de la isla y empieza a hablar.
Habla de una profesora de matemáticas que se llama señora Delgado y que ha puesto un examen el jueves que no estaba anunciado, lo cual, según Priya, es técnicamente ilegal.
Habla de un chico de octavo que se ha roto la muñeca en el gimnasio haciendo algo que no debía y que ahora dice que se la rompió en el mar.
Habla de que en el middle school han cambiado el orden del recreo y ahora comen a las once y diez, que es una hora de desayuno, y de que hay gente que se está llevando dos comidas.
—Yo me llevo dos —dice Vera desde la nevera.
—Ella se lleva dos.
—Porque a las once y diez no tengo hambre.
—Y luego a las dos se come el sándwich en clase de sociales.
—Y la señora Ocasio hace como que no me ve.
—La señora Ocasio hace como que no ve nada —dice Priya, con una autoridad enorme—. Es su cosa.
Vera saca un yogur, coge dos cucharas y le da la mitad a Priya sin preguntarle. Ninguna de las dos me mira ni una vez.
Y entonces Priya, sin transición, se vuelve entera hacia mí en el taburete.
—¿Tú has grabado a alguien famoso?
—No.
—¿A nadie?
—A un hombre que salió una vez en las noticias porque encontró una ballena.
Priya abre mucho los ojos detrás de las gafas.
—¿Muerta?
—Muerta.
—¿Y lo grabaste?
—Lo grabé en la boda de su hija, ocho años después. Y él lo contó en el brindis.
—O sea que sí.
—O sea que técnicamente sí.
—Vera —dice Priya, girando el taburete—, ha grabado al de la ballena.
—Ya lo he oído —dice Vera, de espaldas, en la nevera.
—Es que tú no te enteras de nada.
—Me entero de todo, Priya. Estoy a metro y medio.
Priya vuelve a girar hacia mí, satisfecha, y se pone a explicarme la diferencia entre la señora Delgado y la señora Ocasio como quien explica una guerra antigua.
Y en algún momento de esa explicación me doy cuenta de que Vera ha dejado de moverse por la cocina y está apoyada en la encimera escuchando, no a Priya, sino a lo que yo contesto.
Yo estoy a cuatro metros, sentada delante de una pantalla con cuarenta minutos de su madre en verano, y sigo trabajando porque irse sería peor.
A las cuatro y veinte Priya se va porque su madre la espera en el coche. Se despide de mí con la mano, con toda la mano, como se despide la gente de los aviones.
Y nos quedamos las dos.
Vera se acerca a la mesa del comedor por el lado largo, con las manos en los bolsillos de la sudadera, y mira el equipo. No lo toca. Lo mira como se mira el escaparate de una tienda en la que no vas a entrar.
—Esa es la de mi madre —dice.
—Esa es la mía. La de tu madre es la del sótano.
—El trípode es de ella.
—El trípode es de ella. Se lo he pedido a tu padre.
—Vale.
Da dos pasos más. Se para delante de la cajita de las tarjetas, que está abierta.
—¿Y esto?
—Tarjetas.
—¿Y por qué falta una?
Y a mí me da una alegría bastante desproporcionada.
—Porque el hueco es donde va la que estoy usando —digo—. Si algún día abres esa caja y están las once, es que hay una tarjeta perdida en tu casa y hay que buscarla.
Vera mira el hueco un rato.
—Eso está bien pensado —dice, con desgana, como si le costara dinero.
—Gracias.
—No lo digo por ti.
—Ya lo sé.
Va al fregadero, aclara la cuchara, la mete en el lavavajillas y cierra. Todo eso lo hace sin ninguna prisa y sin volverse ni una vez, y a mí me da tiempo a entender que lo está haciendo despacio a propósito, para no tener que decidir todavía qué va a hacer conmigo.
Yo tengo la cámara pequeña en la mesa. Está apagada. La toco con dos dedos, que es una manera de preguntar.
—¿Te importa si te grabo un rato?
—Sí.
—Vale.
—Sí me importa.
—Ya, te he entendido.
—Es que has dicho vale muy rápido.
—Porque te he entendido muy rápido.
Vera se apoya en la encimera con las dos manos hacia atrás y por fin me mira. Tiene una mirada muy larga, de esas que no se apartan porque saben que el otro va a apartarse primero. Me aparto primero.
—¿Cuánto te paga? —dice.
—Eso no te lo voy a decir.
—Vale, o sea que mucho.
—O sea que no te lo voy a decir.
—Mi padre puso una hoja en la nevera con lo que ibas a hacer cada semana. —Señala con la barbilla, sin girarse—. Ahí. La quitó el domingo por la mañana antes de que yo llegara, pero yo ya la había leído el jueves.
—¿Y qué ponía?
—Ponía «septiembre: rutina». —Se despega de la encimera—. ¿Eso qué es?
—Eso es que en septiembre yo os grabo haciendo cosas normales, y luego, cuando pase algo, ya sé cómo sois cuando no pasa nada.
—Qué asco.
—Un poco sí.
—Es que es asqueroso.
—Bastante.
—¿Y a la gente le parece bien?
—A la gente le parece bien porque me paga.
—Ya, pero ¿a los niños?
—A los niños no —digo—. A los niños les parece fatal siempre, y luego a los veintiséis me escriben.
—¿Te escriben?
—Me han escrito cuatro veces en trece años. —Me apoyo en el respaldo—. Y las cuatro fue para pedirme material que no había entrado en la película.
Vera se queda con eso más rato del que quiere.
Se para. No se esperaba que le diera la razón y ahora tiene que decidir si eso la desarma o la enfada más, y elige lo segundo, que a los doce años es siempre lo segundo.
—Mi madre ya hizo la película —dice.
Y ahí se me acaban las respuestas de golpe, porque tiene razón, porque es exactamente lo que ha pasado y porque lo ha dicho sin subir la voz ni una nota.
—Hizo tres cuartas partes —digo.
—Hizo la película.
—Vera…
—Está entera. Yo la he visto. Está el invierno y está la primavera y está el verano, y ya está, se acabó el año. —Coge la mochila del suelo con una mano—. Lo que pasa es que él quiere el otoño porque falta, no porque haga falta.
Y se va al piso de arriba.
◆
Vuelve a los diez minutos.
Baja los escalones de dos en dos, entra en la cocina sin mirarme, abre un cajón, saca un cargador enrollado y se queda ahí de pie desenrollándolo con más cuidado del que hace falta.
—¿Y qué pasa si sale mal? —dice.
—¿El qué?
—La película.
Cierro el portátil.
—Pues que la vemos y decidimos qué se cambia.
—¿Quién la ve?
—Tu padre. Y tú, si quieres.
—¿Antes o después?
—¿Antes o después de qué?
—De que esté hecha. —Se enrolla el cable en la mano—. Porque si la veo después ya da igual lo que yo diga.
Y esa es una pregunta buenísima y no me la esperaba de una niña de doce años, y por un momento me pica el amor propio, que me pasa cuando alguien me hace una pregunta que yo debería haber hecho antes.
—Antes —digo—. Yo lo hago siempre antes. Se llama pase de trabajo. Es feo, no tiene música y hay que aguantar cortes que dan grima.
—¿Y si digo que quite algo?
—Depende de qué.
—Eso es que no.
—Eso es que depende. —Me apoyo en la mesa—. Si me dices que quite un plano porque sales rara, lo quito y no lo discutimos. Si me dices que quite todo lo de tu madre, nos sentamos y lo hablamos, y probablemente te diga que no.
—¿Y quién decide?
—Tu padre. Porque es quien paga.
—Ya.
—Te estoy diciendo la verdad, no te estoy diciendo lo que me conviene.
—Ya lo sé. —Termina de enrollar el cable y lo aprieta con la goma—. Es que la verdad es una mierda.
—Bastante.
Se enrolla el cargador otra vez, aunque ya está enrollado, decidiendo si se va o si sigue.
—¿Y lo que no entra dónde va? —dice.
—A un disco. Con su fecha y su hora.
—¿Y quién lo tiene?
—Vosotros. Yo os dejo una copia en enero. —Cojo un rotulador y le enseño la punta, que es una cosa ridícula de hacer, pero es lo que tengo a mano—. Y otra copia me la quedo yo hasta que me muera.
Vera me mira como si acabara de decir algo raro, que es lo que he hecho.
—Vale —dice.
—¿Vale bien o vale de dejarlo?
—Vale de que ya veremos.
Y sube otra vez.
◆
Daniel llega a las seis y diez. Trae dos bolsas del súper y una carpeta bajo el brazo, y lo primero que hace es mirar hacia arriba, hacia la escalera, y contar los pasos de la habitación de ella por el techo antes de dejar nada en la encimera.
—¿Ha ido bien? —pregunta.
—Ha ido.
—¿Le ha dicho algo?
—Me ha dicho que la película ya está hecha.
Daniel deja una bolsa. Luego la otra.
—Sí —dice—. Eso lo dice.
—¿Se lo dice a usted?
—Me lo dijo en junio. —Empieza a sacar cosas y a colocarlas, y las coloca todas de una en una, cada cosa en su sitio, sin acumular nada en la encimera—.
Y luego se pasó una semana viendo el invierno por las noches en el portátil con los cascos puestos.
A mí no me lo dijo, pero yo veía la luz por debajo de la puerta.
—Ya.
—Las dos cosas son verdad —dice—. Con ella las dos cosas son verdad siempre.
Ceno con ellos porque me lo pide él y porque decir que no habría sido una declaración. Es pasta con tomate y hay una ensalada que no toca nadie. Daniel saca tres platos y luego se queda medio segundo con el tercero en la mano, y lo pone igual, en su sitio, y sirve.
Vera baja. Come. Contesta a dos preguntas con una palabra cada una.
—¿Qué tal el examen? —dice él.
—No era el examen.
—¿Y cuándo es?
—El jueves.
—¿Y ya está?
—Ya está.
A la tercera pregunta contesta con una frase entera, porque es sobre Priya y sobre un asunto que tiene que ver con la señora Ocasio y con un sándwich, y mientras la cuenta se le mueve la cara de otra manera, y Daniel la escucha con los cubiertos parados en el aire como si le estuvieran dando una noticia importante, que es lo que está pasando.
Y luego él lo estropea.
—Sara ha estado hoy viendo la primavera —dice—. Dice que hay un trozo donde falta algo.
Vera no levanta la vista del plato.
—¿Y?
—Y a lo mejor tú te acuerdas de qué había.
—Yo tenía diez años.
—Ya lo sé, pero a lo mejor…
—Papá. —Deja el tenedor—. ¿Me estás preguntando por la película delante de ella?
—Te estoy preguntando por un trozo.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo y lo has hecho para que yo no pueda decir que no.
Se hace un silencio de esos que duran lo que dura un tenedor apoyándose en un plato.
—Vale —dice él—. Tienes razón.
—Ya lo sé.
—He dicho que tienes razón.
—Y yo he dicho que ya lo sé.
Yo miro la ensalada que no ha tocado nadie y me concentro mucho en la ensalada.
Cuando termina, lleva su plato al fregadero y luego, sin que nadie se lo pida y sin hacer ningún gesto, lleva también el de su padre.
Cuando sube, Daniel se queda con las dos manos apoyadas en la mesa.
—Lo he hecho mal —dice.
—Un poco.
—Lo he hecho mal a propósito.
—Eso ya es peor.
—Es que si se lo pregunto a solas me dice que no. —Recoge el mantel individual de ella y lo dobla—. Y delante de usted se lo piensa.
—Ya.
—¿Eso está muy mal?
—Está fatal —digo—. Y va a durarle dos meses como mucho, porque tiene doce años y ya se lo ha visto.
Daniel aprieta el pliegue del mantel doblado con el pulgar.
—Sí —dice.
Yo recojo el mío y me pongo el abrigo en el mudroom.
Los zapatos siguen igual que el jueves: ocho pares contra el zócalo, alineados, y en la esquina los dos del treinta y ocho, juntos, uno pegado al otro. Hoy hay un par más en la fila, las zapatillas de Vera con la puntera pintada, tiradas de cualquier manera y con los cordones metidos por dentro.
Alguien barre este cuarto todas las semanas. Alguien barre alrededor de esos dos zapatos y los vuelve a poner donde estaban.
Cuando salgo, ella está en el tercer escalón de la escalera con la mano en la barandilla, esperando a que yo pase para poder subir sin cruzarse conmigo.
—Buenas noches —digo.
—Buenas noches.
—Vera.
—¿Qué.
—Lo del hueco de la primavera se lo he dicho yo a él, no al revés. Y no era para que te preguntara nada.
—Vale.
—Vale.
—Es que hace eso —dice, y no aclara qué.
Y luego, cuando ya tengo la mano en el picaporte, sin volverse:
—Además ella quería a otra persona y no la llamó.
—¿Qué?
—Para la película. —Sube dos escalones—. Había alguien que quería. Lo dijo en la cocina, con la abuela. Y luego no la llamó.
—¿Y quién era?
—No sé. —Se encoge de hombros con la mochila puesta, que es un movimiento imposible que solo hacen los de doce años—. Yo tenía diez.
Y sube.
Eso lo guardo y ya veré.