El otoño que no grabamos 3
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El viernes me lo dedico a la parte que a nadie le interesa, que es la parte por la que me pagan.

Llego a las nueve con dos bolsas y las vacío encima de la mesa del comedor.

Daniel se sienta enfrente con la libreta antes de que yo le diga nada, y esta vez con el café ya servido para los dos sin preguntar.

Me lo bebo. Está malo. Es un tueste oscuro de un paquete azul que hay en la encimera y que le queda medio, y está malo de una manera muy concreta, como a quemado, como si hubieran metido el grano demasiado cerca de algo.

—Esto es el equipo —digo.

—Vale.

—Le voy a decir lo que hay y luego usted decide si le sobra algo.

—Yo no voy a decidir nada de esto.

—Usted decide todo, que es su casa y su hija. Lo que pasa es que a lo mejor no quiere. —Saco la primera cámara—. Dos cuerpos. Este es el que uso el noventa por ciento del tiempo. El segundo es por si el primero se cae al agua.

—¿Se le ha caído al agua alguna vez?

—A mí no.

—¿A quién?

—A un chico que trabajaba conmigo, en un muelle de Gloucester, en 2018. —Alineo lo demás—. Estaba grabando a una señora tirando cenizas. Es una historia buenísima y no la voy a contar porque el chico ahora es director de fotografía y tiene una vida.

Sigo. Dos ópticas fijas y un zoom que casi no uso.

Un micro de cañón. Dos de solapa, que son los que se pierden.

Un trípode, un monopié y un aro de goma que sirve para que el trípode no arañe los suelos de madera de la gente.

Cuatro baterías grandes y seis pequeñas.

Un cargador doble. Once tarjetas de ciento veintiocho gigas metidas en una cajita de plástico duro con espuma, seis en la fila de arriba y cinco en la de abajo, y el hueco vacío es a propósito.

—¿Por qué falta una?

—Porque el hueco vacío es el sitio donde va la tarjeta que estoy usando. —Cierro la caja—. Si abro la caja y están las once, es que hay una tarjeta suelta en algún sitio de esta casa con material sin volcar, y entonces paro todo hasta que aparezca.

Lo apunta.

—¿Eso lo ha aprendido perdiendo una?

—Eso lo he aprendido perdiendo una.

—¿Qué había?

—Cuarenta minutos de un señor de ochenta y siete años contando cómo llegó a Boston.

—¿Y apareció?

—Apareció. Dentro de un piano.

—¿Dentro de un piano?

—Dentro de un piano. Y el señor se murió cinco semanas después, así que ahora tengo esta cosa de las once tarjetas y de la cajita, y la gente se ríe de mí, y yo me dejo.

Le cuento el flujo. Grabo, vuelco al final del día, doble copia: una en el disco de trabajo y otra en un disco espejo que se queda en el coche.

El coche es peor que la casa, pero el coche está en otro sitio, y esa es toda la idea.

Formateo las tarjetas solo cuando las dos copias están verificadas, y no antes, aunque me estén esperando.

—¿Y la nube? —pregunta.

—No.

—¿Nada?

—Nada.

—Es más seguro.

—Es más seguro contra el fuego y menos seguro contra todo lo demás.

—Es más seguro contra el fuego, contra el robo, contra que se le caiga el coche por un terraplén y contra que un disco se muera solo, que se mueren solos. —Ha dejado el bolígrafo—. Yo trabajo con estructuras. Una copia en dos sitios que están a cuatro metros el uno del otro es una copia.

—Están a cuatro metros y en dos edificios distintos.

—Uno de los cuales tiene ruedas.

Me callo, porque tiene razón.

—Vale —digo—. Ha marcado un punto.

—Gracias.

—Sigo sin subirlo.

—¿Por qué?

—Porque yo no subo material de familias a servidores de gente que no conozco. —Me sirvo más café malo sin pensarlo—. Se lo digo a todos los clientes el primer día y algunos me discuten, y usted me acaba de discutir mejor que ninguno, y aun así no.

—Vale.

—Si en enero se quema esta casa con el disco dentro y a la vez alguien me revienta el coche en Somerville, habremos perdido la película y yo le devolveré su dinero.

—No es una cuestión de dinero.

—Ya lo sé. Es que es lo único que le puedo prometer.

Daniel se queda con eso un momento.

—Otra —dice—. ¿Y si se muere usted?

—¿Perdón?

—Si se muere usted en noviembre. —Lo dice sin ninguna crueldad, como quien pregunta por una carga puntual—. Un accidente en la 128. Usted tiene el material, tiene el montaje a medias y tiene las contraseñas. ¿Qué pasa con la película de mi hija?

—Nadie me había preguntado eso nunca.

—Pues es raro.

—Es rarísimo, sí. —Me apoyo en la mesa—. Owen tiene una copia de mis claves en un sobre en su casa. Y en mi testamento, que lo hice en el veintiuno porque se murió mi jefa y me dio por ahí, pone que el archivo pasa a él y que él tiene que devolverle a cada cliente lo suyo.

—¿Eso está escrito?

—Eso está escrito y firmado delante de una notaria en Medford que se llamaba Denise y que se rio de mí.

—Pues Denise es tonta.

—Denise cobró doscientos veinte dólares.

—Entonces es lista. —Y esta vez sí le sale del todo una sonrisa, corta—. Escríbalo en el contrato.

—Lo del testamento no lo voy a escribir en el contrato.

—Lo de Owen sí.

—Lo de Owen sí. Se lo mando el lunes.

—Escríbalo en el contrato —dice—. Y lo de la nube.

—Ya está escrito.

—Ah.

—Cláusula cinco. La ha firmado usted el miércoles.

Y hace una cosa muy pequeña con la boca, que no es sonreír pero se le parece bastante, y lo apunta igual.

◆

A media mañana pasamos a lo mío, que es lo que tengo yo y no lo que tengo aquí, porque una cosa que la gente no entiende del oficio es que la mitad del trabajo consiste en saber dónde está todo lo demás.

—Le voy a decir lo que hay en mi archivo —digo—. Porque parte de esto lo voy a montar en Somerville y quiero que sepa dónde va a estar el material de su mujer cuando no esté aquí.

—Vale.

—Tres bloques. El primero es el trabajo por cliente. Trece años. Doscientas once referencias, ochenta y un discos, y una copia entera en el sótano de la madre de mi socio, en Dorchester. Nada de eso se toca, nada de eso se enseña y nada de eso se borra.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Ni cuando el cliente se muere?

—Ni cuando el cliente se muere. —Doy la vuelta a la caja de las tarjetas para tener las manos ocupadas—. En abril se murió un señor de Winthrop para el que trabajé en el veintiuno. Cuatro tardes con él y con su mujer, para el cincuenta aniversario. Cobré, entregué, se acabó.

—¿Y?

—Y en junio me llamó el hijo. —Coloco las baterías en fila—. Quería saber si por casualidad guardaba algo que no hubiera entrado en el montaje, porque en el montaje su padre estaba muy bien y él quería verlo un rato normal. Le mandé seis horas.

—Seis horas.

—Seis horas de un señor diciendo que la cámara le molestaba. —Me encojo de hombros—. La gente cree que el archivo es para el cliente. El archivo es para el hijo del cliente, que todavía no ha pedido nada.

Daniel escribe eso.

Lo apunto yo también, mentalmente, porque acabo de darme cuenta de que hasta hoy no lo había dicho nunca en voz alta y me ha salido demasiado redondo, y las cosas que salen demasiado redondas suelen ser cosas que uno se ha creído sin comprobar.

—El segundo bloque son mis cursos. Yo daba talleres en bibliotecas, del dieciséis al veintitrés. Cómo grabar a tu familia sin arruinar la Navidad , se llamaba.

—¿En serio se llamaba así?

—Se llenaba.

—Me lo creo.

—Quince dólares, dos horas, una sala con sillas de plástico y treinta personas con móviles y con tres cámaras de vídeo de 1998 que traían por si acaso.

—Cierro una bolsa—. Los grababa todos porque colgaba trozos en la página.

Están ahí, sin tocar. Noventa y pico minutos cada uno, y hay como treinta.

—¿Y los ha vuelto a ver?

—Ninguno. —Me río—. Nadie se ve a sí mismo dando clase dos veces. Es como oírse en un contestador.

Él se ríe un poco por la nariz y anota. Verde otra vez.

—¿Y por qué los dejó?

—Porque dejaron de venir. —Me encojo de hombros—. En el diecinueve venían treinta personas y en el veintitrés vinieron seis, y no porque yo lo hiciera peor, sino porque ya no hace falta: la gente lleva la cámara en el bolsillo y graba nueve horas al año sin pensarlo.

—Eso es mejor, ¿no?

—Es más. —Cierro la caja de los filtros—. Antes la gente tenía cuarenta fotos de su padre y ahora tiene once mil, y en las once mil no está mirando a la cámara ni una vez, porque ya nadie le dice a nadie que mire.

—¿Y eso es peor?

—Eso es distinto y a mí me da de comer.

—Y el tercer bloque es un proyecto personal que no voy a terminar nunca.

Espero, porque preguntan siempre.

—¿De qué es?

—De mi padre.

—Ah.

—Se murió en el diecinueve, en Pamplona.

Yo estaba aquí. —Meto las baterías en la bolsa una por una, cuatro grandes y seis pequeñas—.

Y resulta que en toda mi vida no lo grabé nunca.

Cincuenta y siete años de hombre y yo tengo nueve segundos suyos, que son de una boda del noventa y siete que grabó un tío mío con una cámara de hombro.

—Nueve segundos.

—Nueve. Sale detrás de mi madre, de perfil, y coge un plato.

Daniel no dice ninguna de las cosas que dice la gente.

No dice que lo siente. No dice que seguro que es bonito.

No dice nada sobre que lo importante es el recuerdo, ni sobre que su padre está en mí, ni sobre el tiempo.

Se queda quieto con el bolígrafo apoyado en la libreta y deja pasar el tiempo suficiente para que se note que lo está dejando pasar a propósito.

Luego dice:

—¿Y qué hace con nueve segundos?

—Robar. —Me encojo de hombros—. Fotos de otros. Vídeos de bodas de primos. Un anuncio de la fábrica donde trabajaba, del ochenta y ocho, en el que sale al fondo medio segundo y desenfocado. Llevo cuatro años, tengo treinta y un minutos de montaje provisional y no vale para nada.

—¿Y por qué no lo termina?

—Porque no hay material.

—Ya lo sé, pero por qué no lo termina.

Y esa es una pregunta bastante buena para un hombre que hace peritajes de muelles, y no tengo respuesta, así que hago lo que hago siempre, que es cerrar la bolsa y preguntar algo técnico.

—¿Su mujer tenía trípodes propios o compartíais?

◆

El sótano se entra por una puerta que está en el mudroom y que tiene un pestillo a media altura, de esos que se ponen cuando en la casa hay un niño de tres años.

Bajo yo primero porque él me deja pasar. Hay una caldera, una estantería metálica y un banco de trabajo con las herramientas colgadas en un panel perforado y la silueta de cada herramienta dibujada detrás con rotulador, para saber cuál falta.

En la estantería, en la balda de arriba, está el equipo. Dos trípodes buenos, uno de vídeo y otro de foto. Una maleta rígida gris. Tres bolsas de cámara. Una caja de plástico con filtros. Una mochila con el logotipo de una marca alemana que costó lo que cuesta.

Todo cubierto con una sábana blanca, doblada por los bordes y metida por debajo, como se cubren los muebles de una casa que se cierra en septiembre.

Subo la sábana medio metro. La maleta gris tiene una pegatina del aeropuerto de Zúrich de 2019 y una etiqueta de equipaje con su nombre escrito a mano en tinta azul, con la letra pequeña y muy inclinada de alguien que escribe deprisa: ELENA KOVAC, y debajo un teléfono con un dígito tachado y corregido.

Abro la maleta. Está el cuerpo de la cámara, dos objetivos, un fotómetro de mano y un cepillo de pelo de cabra para limpiar sensores. Cada cosa en su hueco de espuma. En el hueco del tercer objetivo, que está vacío, hay un papel doblado.

Lo abro. Es un recibo de una tienda de Cambridge, de marzo de 2023, de una reparación de un enfoque automático, sesenta y cuatro dólares. Nada más.

Lo vuelvo a doblar por donde estaba y lo dejo en su hueco.

—¿Puedo usar el trípode de vídeo? —digo—. La rótula es mejor que la mía.

Silencio.

Me vuelvo. Daniel está en el cuarto escalón. No en el sótano: en el cuarto escalón, con una mano en la barandilla y la otra en el bolsillo, a la altura exacta desde la que se ve la estantería y no se llega a ella.

—Sí —dice—. Úselo.

—¿Seguro?

—Para eso es.

—Vale.

—Hay una cosa que le voy a decir y usted haga lo que quiera con ella —digo, desde abajo.

—Diga.

—Esa cámara hay que encenderla dos veces al año. La batería se queda pegada si no. —Toco la maleta con dos dedos y la cierro—. Diez minutos. Se enciende, se hace una foto a la pared y se apaga.

—Vale.

—Se lo digo porque dentro de seis años su hija va a querer esa cámara, y va a querer que funcione.

Daniel cambia de mano la que tiene en la barandilla. Sigue en el cuarto escalón.

—Puede hacerlo usted, si quiere —dice al final.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no es mía. —Cojo el trípode—. Y porque si lo hago yo, dentro de seis años se lo va a tener que contar a ella y va a quedar fatal.

Vuelvo a tapar el resto con la sábana metiendo los bordes por debajo como estaban, que me lleva más tiempo del que hace falta y que hago igualmente.

Él sube antes que yo.

◆

Cuando terminamos son las dos y pico. Él tiene que ir a Beverly a firmar algo y yo tengo que ir al Blue Anchor a volcar lo de la mañana, y estamos los dos de pie en el mudroom poniéndonos los zapatos, que es una postura ridícula para hablar de nada.

—Una cosa —dice.

—Dígame.

Se ata el zapato izquierdo. Tarda.

—¿Guarda todo lo que graba?

—Todo.

—¿Todo lo que ha grabado en su vida?

—Todo lo que he grabado en mi vida está en algún sitio, sí. —Cojo el bolso—. Es un poco de enferma, ya lo sé. Owen dice que es un problema.

—No —dice él—. No, está bien.

Y asiente despacio, dos veces, mirando el suelo del mudroom.

Luego abre la puerta y salimos los dos al calor de septiembre que este año no se acaba nunca, y no volvemos a hablar del asunto.

Eso sí lo dejo dentro.