El otoño que no grabamos 2
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El Blue Anchor tiene una máquina de hielo que funciona y una cafetera en recepción con un cartel escrito a mano que dice que el café es gratis y que por favor no se lo lleven en botellas. A las siete y cuarto de la mañana hay un hombre llenando una botella.

Nos miramos. Sigue llenándola.

Me tomo un vaso de pie mirando el aparcamiento. Está bueno, además. Es lo único de este país que no ha dejado de sorprenderme en trece años: que el café de las gasolineras y los moteles esté decente y el de los sitios que se anuncian a sí mismos como sitios de café sea una teoría.

A las nueve estoy en Alewife Lane y ahora sí veo la casa.

Antes de llamar doy la vuelta entera por fuera, que es una cosa que hago siempre y que la gente encuentra rarísima cuando la pilla.

Es una colonial blanca de principios de siglo, con las contraventanas negras y el porche corrido.

Está en muy buen estado de una manera que no es presumida: los canalones limpios, la pintura del año pasado, el escalón de la entrada con una placa antideslizante atornillada, que la pone la gente que se ha caído o que ha visto caerse a alguien.

Lo que miro no es eso. Lo que miro es de dónde entra la luz.

Las ventanas grandes dan al este y al sur.

Eso significa que la cocina va a estar bien de nueve a doce y que a partir de las tres no voy a poder hacer nada en el salón sin meter una lámpara, y meter una lámpara en la casa de una familia es lo mismo que decirles que dejen de ser una familia y se pongan a actuar.

Detrás hay un jardín pequeño, cuadrado, con un cobertizo y un árbol solo. El árbol tiene una hoja rara, en abanico, partida por la mitad con una hendidura pero con un rabillo único. Le hago una foto con el móvil para buscarlo luego. Luego se me olvida.

Daniel abre antes de que llame.

—Buenos días.

—Buenos días.

—Café.

—Ya he tomado.

—Ah. —Deja la cafetera en la placa sin servir—. Vale.

Entramos por un lado, no por la puerta principal: por un cuartito con una lavadora y una fila de abrigos, que aquí llaman mudroom y que es la mejor idea que ha tenido esta gente en cuatrocientos años.

Hay ocho pares de zapatos alineados contra el zócalo.

Tres son de niña. Dos son de mujer, del treinta y ocho, y no están en la fila: están juntos, en la esquina, uno pegado al otro, como los deja alguien que se los ha quitado en un sitio y no en otro.

La casa por dentro está ordenada como está ordenada la casa de alguien que ha decidido que ordenar es una actividad.

Los libros por altura. Los cables recogidos con bridas negras, todas del mismo largo.

En la cocina, encima de la nevera, una fila de cajas de cartón idénticas, del mismo tamaño, con etiquetas de rotulador negro en letras mayúsculas de plano de ingeniería:

span class="ar"FOTOS SUELTAS 2009-2014/span span class="ar"FOTOS SUELTAS 2015-2019/span span class="ar"CÁMARAS Y ACCESORIOS/span span class="ar"E — ROPA — INVIERNO/span span class="ar"E — ROPA — VERANO/span span class="ar"E — PAPELES TRABAJO/span

Me quedo mirando esa letra más rato del que hace falta para leerla.

—Es una letra muy buena —digo.

—Es letra de dibujo. —Está sacando dos tazas y no se vuelve—. Nos la enseñaron en la carrera con plantilla. Ahora ya no la enseñan.

—¿Ingeniero?

—Estructural. Puentes, muelles. Peritajes, sobre todo. —Deja una taza en la mesa delante de mí aunque le he dicho que no—. Voy a Beverly casi todos los días.

—¿Y hoy?

—Hoy me lo he cogido.

—¿Y mañana?

—Mañana también.

Se sienta enfrente con una libreta. Una libreta de verdad, de espiral, y un bolígrafo de esos de cuatro colores.

—¿Va a tomar notas?

—Sí.

—De su casa.

—De lo que usted diga. —Hace clic con el bolígrafo, azul—. Es que si no lo apunto, lo pierdo.

Y eso, no sé exactamente por qué, me cae bien de golpe.

—¿Las cajas las hizo usted? —digo, porque llevo cinco minutos mirándolas.

—Las hicimos entre mi suegra y yo.

—¿En qué momento?

—En enero. —Le da la vuelta a la taza sin bebérsela—. El primer invierno no. El segundo.

—Eso está bien.

—¿Está bien?

—Está bien de tiempos. La gente hace las cajas o a los diez días o a los diez años, y las dos cosas salen mal. —Señalo con la barbilla—. Y encima las ha etiquetado por temporada. Ropa de invierno, ropa de verano. Eso quiere decir que las hizo pensando que se iban a volver a abrir.

Daniel mira la fila de cajas encima de la nevera como si no la hubiera visto en ocho meses, que a lo mejor es lo que pasa: la gente deja de ver lo que ha colocado bien.

—Mi suegra quería llevárselo todo a su casa —dice.

—¿Y usted?

—Yo quería que estuviera aquí.

—¿Y quién ganó?

—Nadie. —Clic, negro—. Están encima de la nevera.

—¿Puedo preguntarle una cosa antes de empezar?

—Sí.

—¿Cómo llegó a mí?

Daniel tapa el bolígrafo con el capuchón y lo vuelve a destapar.

—Buscando.

—Ya, pero buscando qué.

—Documental familiar, Massachusetts. —Se encoge de hombros—. Sale usted, sale gente de Nueva York que cobra el triple y sale una empresa de Quincy que hace vídeos de graduaciones con drones.

—Los drones son un cáncer.

—Eso mismo pensé.

Y se ríe medio segundo, y yo me río, y no le pregunto más, porque me acaba de decir tres cosas y solo una era una respuesta.

◆

Trabajamos en el comedor porque es la única mesa larga. Conecto el disco al portátil, monto el árbol de carpetas en la pantalla grande que me he traído y hago lo que hago siempre el primer día: el inventario en voz alta. Es aburridísimo. Yo lo aviso.

—Va a ser aburridísimo —digo.

—Vale.

—Voy a decir números durante cuarenta minutos.

—Vale.

Hay seis carpetas.

A1. INVIERNO. Setenta y cuatro minutos con doce segundos.

Montada. Tiene estructura, tiene música, tiene rótulos hechos a mano con una tipografía que alguien eligió a conciencia porque no es ninguna de las que vienen con el programa.

Está terminada. Terminada de verdad: tiene títulos de crédito, dos líneas, y en la segunda línea pone «Marbury, Massachusetts».

A2. PRIMAVERA. Cincuenta y un minutos. Montada también, un poco más suelta. Tiene dos sitios donde se ve el hueco: un corte que dura un fotograma de más y otro donde la música sube sola porque debajo tenía que haber algo que nunca llegó.

—¿Esto lo notó usted? —pregunto, y le enseño el segundo.

—No.

—Pues ahí falta un plano.

—¿Y qué plano?

—El que ella quería poner. —Le doy hacia atrás—. Se sabe que falta porque el sonido está pensado para que haya algo. Lo que no se sabe es qué.

Daniel mira la pantalla dos veces más, hace clic con el bolígrafo dos veces sin escribir, y luego lo apunta.

A3. VERANO. Cuarenta minutos y veinte segundos. Bruto. Sin montar. Diecinueve archivos con el nombre que les puso la cámara, span class="ar"C0031/span a span class="ar"C0049/span, sin renombrar y sin ordenar.

—Aquí ya estaba mal —digo.

—¿Mal cómo?

—Mal de cansada. —Señalo la lista—. Las tres primeras carpetas están renombradas una por una. Esta no. Aquí grabó y no volvió a tocarlo.

A4. OTOÑO.

—Está vacía —digo.

—No del todo.

Dentro hay un archivo de texto de dos kilobytes. span class="ar"otoño.txt/span. Lo abro.

Son veintidós líneas. Numeradas. Casi ninguna tiene verbo. Están escritas por alguien que estaba haciendo una lista y no un texto, y por alguien que sabía exactamente para qué sirve una lista así.

1. El primer día que hay que cerrar las ventanas.

2. La cara de V. cuando se da cuenta de que ya no anochece a las ocho.

3. La chaqueta azul. Si le vale todavía.

4. La receta de Katarina. Que la haga él aunque salga mal.

5. El olor del garaje cuando se enciende la caldera.

6. Los deberes en la mesa de la cocina, no en su cuarto.

… 7. Rye Ledge. Vosotros dos. No hace falta que subáis del todo.

… 11. El baile. Que no se dé cuenta de que la grabas.

… 14. La primera caja. La que él pueda. …

19. La primera helada. El cristal del coche.

… 22. El ginkgo. Todo en un día. Que no se lo pierda.

Lo leo dos veces. La primera para leerlo y la segunda para contarlo: veintidós instrucciones, de las cuales seis son de la niña, cuatro son de él, tres son de sitios y el resto son de cosas que pasan solas y que hay que estar delante para pillar.

—Esto es una lista de rodaje —digo.

—¿Eso qué quiere decir?

—Que no es una carta. —Bajo por el archivo y vuelvo a subir—. La gente cuando se está muriendo escribe cartas, y las cartas dicen lo que sienten. Esto dice dónde ponerse. Esto lo escribió alguien que sabía que otra persona iba a tener que grabarlo.

Daniel se queda muy quieto.

—Yo pensaba que era para mí —dice.

—Y es para usted. —Le doy la vuelta a la pantalla—. Es para usted y para quien viniera después. Mire la cuatro: «Que la haga él aunque salga mal». La está escribiendo un tercero.

—Ya.

—¿Qué es la tres? —digo—. «La chaqueta azul. Si le vale todavía.»

—Una chaqueta que le compró en Portugal cuando tenía ocho años. Se la ponía en octubre. —Se pasa la mano por la mandíbula—. El año pasado ya no le valía.

—¿Y se la puso?

—Se la puso una tarde, para enseñármelo. Y luego la dobló y la guardó ella misma.

—¿Eso lo grabó alguien?

—No.

—Vale.

—¿Eso es un problema?

—Eso es la mitad del trabajo. —Bajo por el archivo—.

Su mujer escribió veintidós cosas y por lo menos cuatro ya no se pueden hacer, porque la niña ha crecido dos años desde que las escribió.

La tres se ha ido. La dos también, porque en septiembre ya no anochece a las ocho y ya nos la hemos perdido este año.

—Entonces son dieciocho.

—Son dieciocho, y no lo va a notar nadie, y usted lo va a saber siempre.

Daniel apunta eso también. Lo apunta en azul, que hasta ahora era el color de los datos.

—La seis me gusta —digo—. «Los deberes en la mesa de la cocina, no en su cuarto.»

—Eso era una guerra.

—¿De quién?