El otoño que no grabamos 1 #2
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A Marbury se entra por una carretera de dos carriles con un cementerio a la izquierda y un concesionario de barcos cerrado a la derecha.

Luego hay una gasolinera, luego una farmacia con el cartel de la cruz apagado a medias, luego una calle que baja al puerto, y ya está: eso es todo.

Seis mil y pico habitantes. Un College pequeño que le da a la calle principal una cafetería mejor de la que le tocaría.

Y en el fondo del puerto, con las luces de emergencia todavía encendidas por dentro, un astillero cerrado desde 2008 con el rótulo entero puesto: DOGGETT & SONS BOATWORKS.

Las letras están bien. Alguien las repinta.

Bajo hasta el puerto sin darme cuenta, porque el navegador me manda por ahí y porque tampoco tengo prisa.

El agua está negra y quieta y hay cuatro barcos amarrados con las lonas puestas.

En el aparcamiento del astillero, delante de la nave grande, hay un contenedor de obra con una valla alrededor y un cartel de una promotora que anuncia veintiocho viviendas y una fecha que ya ha pasado.

Paro el motor un minuto. Es la costumbre.

Cuando llego a un sitio donde voy a trabajar, la primera noche paro el coche en algún lado y escucho, porque el sonido de un pueblo a las once de la noche te dice más que tres días de visita: aquí se oye el agua contra la piedra, un generador en alguna parte y nada más. Ni tráfico, ni gente, ni un perro.

Marbury es de esos sitios en los que se oye el mar porque no hay nada que se lo tape.

Alewife Lane está arriba, en la parte que da al agua sin llegar a darle.

Número nueve. Es de noche cerrada y no veo la casa: veo el porche, la puerta y un trozo de seto.

Hay una furgoneta blanca de una empresa de tejados aparcada delante que luego resulta que no es del tejado, que es de un vecino que trabaja en tejados.

Aparco donde puedo. Bajo. Hace calor: las once menos veinte de la noche y hace calor de julio, y eso lo llevan diciendo todo el verano en las noticias.

Llamo. Tarda.

Daniel Prieto abre la puerta y lo primero que veo es que es más alto de lo que me esperaba, y lo segundo es que tiene un pañuelo de papel enrollado en el índice de la mano izquierda con una gota de sangre atravesándolo.

—Perdón —dice, y esconde la mano—. Estaba con una caja.

—No pasa nada.

—Llega antes de lo que pensaba.

—He salido a las siete.

—A las siete es peor.

—Ya.

Nos quedamos los dos en el escalón un segundo de más.

Él lleva una camiseta gris, unos vaqueros y unas gafas de leer subidas en la cabeza, y tiene los brazos de alguien que hace deporte por indicación de un médico y no por gusto.

Detrás, en el recibidor, hay una torre de cajas de mudanza etiquetadas con rotulador y un pasillo con la luz encendida hasta el fondo, que es una manera muy cara de tener una casa.

—No la voy a hacer pasar ahora —dice—. Mañana está mejor. Mi hija está durmiendo.

—Claro.

—Hay un motel en la 127.

—El Blue Anchor.

—Está bien. No está bien, pero está limpio.

—Con eso me vale.

Y entonces se mete la mano en el bolsillo de atrás y saca un disco duro portátil, negro, de dos terabytes, con una pegatina blanca en un lado, y me lo da. Así, en el escalón, a las once menos veinte de la noche, con la mano del pañuelo.

Lo cojo. Pesa lo que pesan.

—Puede ir mirando —dice.

—Voy a ir mirando.

—Vale.

Se queda con la puerta a medio cerrar y la otra mano apoyada en el marco, y por un momento parece que va a decir algo largo.

—Hay más de lo que parece —dice.

Y cierra.

◆

El Blue Anchor tiene once habitaciones y un chico de veintipocos en recepción que está viendo un partido en el móvil con el volumen alto y que no lo baja mientras me da la llave.

Habitación seis. Cuarenta y nueve dólares la noche, ciento noventa y seis la semana si pago por adelantado. Pago la semana.

—¿Trabaja aquí? —dice.

—Unos meses.

—¿En qué?

—Vídeo.

—Ah. —Vuelve al partido—. Aquí no hay nada.

La habitación seis huele a alfombra limpia. Hay una cama, una mesa que en realidad es una tabla atornillada a la pared, un microondas y un cuadro de un faro que no es ningún faro de por aquí.

Coloco lo mío como lo coloco siempre, que es una manía y que ya no discuto conmigo: el portátil a la izquierda, el disco de trabajo a la derecha, el cargador de baterías en el suelo y enchufado, y las llaves del coche encima del disco.

Las llaves encima del disco es para no irme sin él. Eso también me lo enseñó Ruth.

Ciento noventa y seis dólares por una semana, siete noches por delante y una película sin otoño.

Enchufo el disco al portátil sentada en el borde de la cama, con el abrigo todavía puesto.

Seis carpetas. Se llaman como se llaman las cosas de la gente que sabe lo que hace: sin adornos, sin fechas metidas a mano, sin mayúsculas de más.

Las miro doce segundos y cierro el portátil, porque abrir el material de alguien a las once y media de la noche del primer día es una manera muy buena de empezar mal un trabajo.

Me quito el abrigo. Y ahí, mientras lo cuelgo del respaldo de la única silla, me doy cuenta de que en toda la conversación de esta noche, y en las dos llamadas de agosto, y en los once correos, ese hombre no ha dicho ni una vez el nombre de su mujer.

Eso no va a entrar en la película.