El otoño que no grabamos 1
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El otoño que no grabamos

El otoño que no grabamos

Por Paloma Laredo

© inepub.com

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Los discos están en cinco cajas de plátanos que me dio el chico del súper de la esquina. Las cajas de plátanos son las mejores porque llevan asa y porque el cartón es doble; esto no lo sabe nadie hasta que tiene que mudarse con cosas que pesan.

En mi coche caben tres cajas. Cuatro si tiro el asiento de atrás, que se tira, pero entonces no cabe la maleta.

En la pared del fondo sigue la pizarra blanca con el calendario del año pasado, con los rotulados por semanas y los nombres de los clientes en la columna de la derecha.

La borro con la manga porque el borrador se lo llevó Owen a su casa nueva por error, y no se borra bien: queda una capa gris con la forma de las palabras.

Se lee todo. Se sigue leyendo todo, solo que en gris.

—Se pueden guardar en casa de mi madre —dice Owen desde la puerta.

—Tu madre tiene ochenta y un años.

—Y un sótano seco. Que es más de lo que tienes tú.

Owen ha venido a devolverme la llave y se ha quedado, que es lo que hace siempre. Lleva la chaqueta buena, la azul, porque a las once tiene una reunión con una gente que hace vídeos corporativos para hospitales. Owen se ha reciclado. Lo dice él así, con retintín, como si fuera una lata.

—Trescientos dólares —dice, mirando el sofá por la ventana.

—Trescientos veinte.

—Nos duró siete años.

—Ocho.

—Siete. —Se apoya en el marco—. Lo compramos cuando entró la cuenta del museo, y la cuenta del museo entró en marzo del diecinueve.

Tiene razón. Owen siempre tiene razón con las fechas porque las ata al dinero, y el dinero se acuerda mejor que la gente.

Empiezo por la estantería de abajo. Los discos están etiquetados con cinta blanca y rotulador negro: apellido, año, referencia interna.

span class="ar"VITALE 2021 / CR-118/span.

span class="ar"NWOSU 2019 / CR-064/span.

span class="ar"TAM 2023 / CR-201/span.

Doscientas once referencias en ocho años, de las cuales ciento noventa y seis eran familias y quince eran otra cosa: dos museos, una fundación, una escuela de música y once trabajos que no salieron.

Owen coge una caja y la mira por dentro sin sacar nada.

—¿Y esto lo vas a arrastrar contigo toda la vida?

—Sí.

—Sara.

—Owen.

—Están entregadas. Cobradas y entregadas. Los clientes tienen su copia, la copia está en su casa y la casa es suya. —Levanta un disco y lee la etiqueta—. Este señor se murió, ¿lo sabías? El de Winthrop.

—Lo sé.

—En abril.

—Lo sé.

—Pues eso.

—Pues eso, ¿qué?

Owen deja el disco donde estaba, con cuidado, y se limpia las manos en el pantalón bueno, que es la única cosa que hace cuando sabe que va a perder.

Hay un asunto que me enseñó Ruth Okafor el primer mes que trabajé para ella, y me lo enseñó gritándome, que es como se aprenden las cosas.

Yo había borrado catorce minutos de bruto de una boda en Providence porque estaban movidos, porque el disco estaba lleno y porque tenía veintiún años y sabía perfectamente qué servía y qué no.

Ruth me sentó en su silla, que era la única silla buena del estudio, y me dijo que a ella le daba exactamente igual lo que yo pensara que servía. Que mi trabajo no era decidir lo que existe. Que mi trabajo era decidir lo que se enseña, que es otra cosa completamente distinta y mucho más pequeña.

No se borra material. Lo dijo así, en cuatro palabras, y luego me mandó a comprar café para siete personas y no me volvió a mencionar el asunto en cuatro años.

Ruth se murió en 2021, en abril también, y en el funeral había cuarenta personas y treinta y cinco eran gente a la que había gritado. Se notaba: estábamos todos de pie muy rectos.

—Vale —dice Owen—. ¿Y el trabajo ese?

—¿Cuál?

—No me hagas eso. El de la costa norte. El del viudo.

Me agacho a por la última caja para no tener que ponerle cara.

—Todavía no he dicho que sí.

—Son veintidós mil dólares.

—Ya sé lo que son.

—Por tres meses de una película que ya está medio hecha. —Owen se cruza de brazos—. Yo te he conseguido tres bodas y un corporativo de una empresa de colchones y te has quedado mirándome como si te hubiera ofrecido limpiar un váter.

—Las bodas no las llevo bien.

—Las bodas las llevas de maravilla. Las llevas mejor que yo. Lo que no llevas bien es que te den las gracias.

Eso me lo apunto para tenérselo en cuenta más adelante.

—Y lo de los colchones son cuatro días —sigue—. Cuatro días, ocho mil dólares, un almacén en Woburn y una señora que dice «densidad» treinta veces.

—Owen.

—Y no hay nadie llorando. Eso es lo bueno de los colchones. En cuatro días nadie llora ni una vez.

—En las bodas tampoco llora nadie.

—En las bodas lloran todos, pero por adelantado. —Se pone bien la chaqueta—. Es distinto. Eso es llorar con presupuesto.

—Cuéntame lo del viudo —dice, y coge una caja para que no le pueda decir que no.

—Se llama Prieto. Ingeniero. Vive en un pueblo de la costa norte que no conoce nadie.

—¿Y?

—Y la mujer se murió hace dos años. Fotógrafa. —Cierro el maletero y lo vuelvo a abrir porque no cabe—. Estaba enferma desde el veintidós y el último año se puso a grabar una película para la hija. Cuatro estaciones. Invierno, primavera, verano y otoño.

—Ay.

—No digas «ay».

—He dicho «ay» de trabajo. —Owen deja la caja en el asiento de atrás—. ¿Y qué falta?

—El otoño. Se murió a finales de agosto.

Owen se queda un segundo con la mano en la puerta del coche.

—Joder.

—Ya.

—O sea que te ha contratado para grabar el otoño que a ella no le dio tiempo.

—Me ha contratado para terminar una película. —Le quito la mano de la puerta para poder cerrarla—. Que no es lo mismo y que es importante que no sea lo mismo.

—Sara.

—Es un encargo. Hay ciento sesenta minutos de material montado a medias y una fecha. Es un encargo.

—Vale —dice Owen—. Vale, vale.

—No me hagas eso.

—Es que se te ha puesto la voz de cuando lo tienes decidido.

Bajo las cajas de dos en dos porque de una en una son doce viajes y de dos en dos son seis.

Pesan más de lo que parece; los discos son pequeños y engañan, como las cajas de libros.

Owen baja dos y luego tiene que irse a lo del hospital, y me da un abrazo en la acera al lado del sofá que no quiere nadie, y me dice que le llame el viernes.

—Coge el trabajo —dice.

—Vale, vale.

—No he dicho «vale, vale». He dicho cógelo.

—Ya te he oído.

—Es que cuando dices «vale, vale» quiere decir que ya lo has decidido y que no me lo vas a contar hasta el martes.

Se va andando hacia Highland con la chaqueta azul y no se vuelve, porque Owen tiene la teoría de que volverse es de gente que no piensa volver.

Me siento en el suelo del estudio vacío.

Sin los muebles se oye distinto: hay un eco corto que antes se comía la moqueta y que ahora rebota entre la pared y el ventanal.

Room tone de habitación vacía. Se me ocurre que debería grabarlo, y se me ocurre inmediatamente después que no tengo la cámara aquí, que está en el maletero, debajo de dos cajas de plátanos.

Debo doce mil cuatrocientos dólares. Son un préstamo de siete mil doscientos que pedí en enero para cubrir dos nóminas, más lo que llevo arrastrando en la tarjeta desde que perdimos la cuenta del museo, más ochocientos de intereses que no me esperaba porque no leí una página.

Puedo pagarlo en catorce meses si no me pasa nada. No me tiene que pasar nada.

Marco el número.

Contesta al segundo tono, lo cual siempre me ha parecido una cosa un poco agresiva.

—Daniel Prieto.

Lo dice como si esperara a otra persona. Lo pronuncia mal, además: Praieto , con una be inglesa metida en medio. Yo me lo callo, que es lo primero que se aprende aquí.

—Soy Sara Iribarne.

—Sí. —Un ruido de fondo, una silla que se arrastra—. Sí, hola.

—Tengo tres preguntas antes de decirle nada.

—Vale.

—¿El material está todo en un sitio o está repartido?

—En un sitio. Está en un disco. Hay copia.

—Bien. ¿Grabó ella o grabó alguien más?

—Ella. —Una pausa—. Alguna vez la niña, con el móvil, pero eso no está ahí.

—Vale. Tercera. Su hija cumple trece años el seis de diciembre y usted quiere la película terminada para el seis de diciembre. ¿Eso es una fecha o es un deseo?

Silencio de cuatro segundos. Los cuento porque llevo trece años contándolos.

—Es una fecha —dice.

—Entonces sí.

Otro silencio, más corto.

—¿Sí?

—Sí. Acepto. Me pongo el miércoles. —Cambio el móvil de oreja—. Le mando el contrato esta tarde. La mitad por adelantado, la mitad a la entrega, y si el proyecto se cae por algo que no sea culpa mía el adelanto no se devuelve. Es lo normal.

—Ya lo sé —dice—. Ya he leído su contrato.

—Todavía no se lo he mandado.

—El de su página. El modelo. —Una pausa que dura un poco de más—. Lo leí en agosto.

Y ahí hay algo que no encaja del todo, pero yo estoy sentada en el suelo de un sitio que ya no es mío con doce mil cuatrocientos dólares encima y no tengo ninguna gana de buscarle la costura.

—Perfecto —digo—. Entonces nos ahorramos una conversación.

—¿Necesita sitio para dormir?

—Ya he mirado un motel.

—El Blue Anchor.

—Ese.

—Es el único —dice, y creo que quiere que suene a broma, pero no le sale, y colgamos los dos con esa cosa a medias colgando en el aire.

Cierro con llave por costumbre y luego me acuerdo de que la llave la tengo que meter por debajo de la puerta, así que abro, salgo, y la meto por debajo de la puerta.

◆

De Somerville a Marbury hay cincuenta y dos minutos si sales a las siete de la mañana y una hora y cuarenta si sales a las cinco de la tarde. Salgo a las siete de la tarde, que es lo peor de las dos cosas, y tardo una hora y cuatro.

La 128 va llena. Hay gente que sube a la costa norte a esta hora de un miércoles y no consigo imaginarme por qué.

Pongo la radio, sale un programa de deportes, la quito.

Pongo música, me acuerdo de que la lista esa la hice con alguien, la quito.

Conduzco en silencio los últimos veinte minutos, que es una cosa que hago más de lo que pienso que la hago.