CAPÍTULO 54
Seis meses después.
El sol de la tarde filtraba sus rayos sobre los ventanales de la sede de la Policía Federal en Brasilia, donde una multitud de periodistas internacionales aguardaba el inicio de la rueda de prensa.
En las pantallas de los informativos globales, el titular era uniforme: la caída definitiva del gigante minero y financiero Titan & Rex .
Las pruebas presentadas por el equipo —el análisis forense indiscutible de la causa de muerte de Vera, las muestras bioquímicas de la contaminación masiva en el río Cauaburi y los registros fotográficos encriptados recuperados en la cueva— desencadenaron una avalancha judicial sin precedentes.
La Interpol, en coordinación con el Ministerio Público Federal y la justicia alemana, emitió más de cuarenta órdenes de captura internacional.
Raulinho, Klaus Von Bergmann y la cúpula directiva de Frankfurt enfrentaban cargos por crimen organizado, contaminación ambiental dolosa, homicidio calificado y tráfico ilegal de patrimonio histórico.
Las obras de arte robadas durante la Segunda Guerra Mundial, halladas en las cavidades del Pico da Neblina, habían sido puestas bajo la custodia conjunta de la UNESCO y el gobierno brasileño.
Se iniciaba el proceso de restitución más grande de las últimas décadas, devolviendo cuadros de maestros europeos a los museos más importantes de Europa.
En el Instituto de Geociencias de la Universidad de Sao Paulo, el ambiente olía a papel antiguo, reactivos y café recién preparado.
Tatiana contemplaba una vitrina de cristal donde reposaba la pequeña muestra de roca con incrustaciones de cuarzo que había recogido en el desfiladero de la ladera poniente.
Visto de cerca, el mineral parecía inofensivo, pero cargaba la memoria de una odisea que había transformado su vida para siempre.
A sus veintitrés años, su nombre figuraba ya como coautora en dos publicaciones científicas internacionales sobre el impacto del mercurio en la cuenca del Amazonas.
—Todavía parece un sueño —dijo Tatiana sin apartar la mirada del cristal.
Diego se acercó por detrás, vistiendo una chaqueta informal pero impecable, con el aspecto descansado de quien finalmente ha dejado atrás los fantasmas de su etapa en el FBI.
—No fue un sueño, Tatiana. Fue el alma de la geología de roca dura formada ante la presión —respondió Diego con una sonrisa cálida—. Tu lectura de la arcilla en el río nos salvó a todos. Sin ti, nunca habríamos llegado a tiempo.
Tatiana se giró y lo miró a los ojos, con la serenidad madura de quien ha dejado atrás la fascinación infantil para dar paso a un afecto profundo y asentado. Le dio un abrazo breve pero sincero.
—Aprendí del mejor profesor que pude haber tenido —murmuró ella, sonriendo.
En la mesa contigua, Ariadna terminaba de ajustar los detalles de su testimonio oficial para la fiscalía.
Aunque caminaba apoyada en un bastón debido a las secuelas de la lesión sufrida en la montaña, sus ojos reflejaban una vitalidad renovada.
La recuperación física había sido lenta, pero el peso del trauma acumulado comenzaba a disiparse con la certeza de que el sacrificio de Vera no había sido en vano: una fundación ambiental en Manaos llevaba ahora su nombre, dedicada a la protección de las aguas Yanomami.
Killari entró en el laboratorio cargando una carpeta de piel con los sellos oficiales de la UNESCO. Se detuvo a unos pasos de Diego, cruzando con él una mirada en la que ya no había tensión ni cuentas pendientes, sino la complicidad indestructible de quienes han compartido el filo del abismo.
—Tengo las credenciales para la expedición de conservación en el macizo —anunció Killari, apoyándose en la mesa—.
Volvemos a la montaña el próximo mes, pero esta vez con un contingente de arqueólogos y guardaparques federales.
Hay que catalogar el resto de las cavidades antes de cerrar la reserva por completo.
—¿Decidiste si vendrás con nosotros, Diego? —preguntó la atractiva mujer que era Ariadna, mirando al ex-agente.
Diego observó por el ventanal la vista panorámica de la ciudad. Guardó las manos en los bolsillos de la chaqueta, sintiendo el peso suave pero reconfortante del cuaderno de notas que siempre lo acompañaba.
—Alguien tiene que encargarse de la logística táctica para que los científicos no se pierdan en la bruma —dijo Diego con una leve sonrisa en los labios.
Killari sonrió con sutileza y le tendió una copia del mapa de la zona fronteriza. Sus dedos se tocaron un instante sobre el papel, cerrando silenciosamente los años de distancia para abrir un nuevo capítulo.
Afuera, la tarde en Sao Paulo caía sobre los rascacielos.
La selva y la montaña continuaban allí, al norte, guardando sus viejos secretos en la bruma del Pico da Neblina, pero los hombres y mujeres que habían arriesgado todo por sacar la verdad a la luz caminaban ahora sobre terreno firme, listos para reconstruir sus vidas sobre la roca sólida de la justicia.