CAPÍTULO 53
El destello rojo de las luminarias de emergencia inundaba el laboratorio clínico con un pulso sangriento cada dos segundos.
El silbido de los compartimientos automáticos al sellarse resonó a lo largo del pasillo principal del sótano dos, bloqueando las salidas convencionales.
Por los altavoces de la planta, los pasos pesados de la patrulla de respuesta rápida retumbaban como un tambor de guerra a través del piso de hormigón.
Diego no mostró un solo signo de duda. En lugar de buscar los rifles de asalto de los guardias abatidos para iniciar un tiroteo suicida en el pasillo, se dirigió con paso frío hacia la terminal de control del laboratorio.
Extrajo la unidad de almacenamiento blindada que contenía el archivo maestro de las fotografías de la pinacoteca nazi, los mapas geológicos de contaminación radiactiva y las pruebas forenses del asesinato de Vera.
Conectó la unidad blindada al puerto de enlace satelital de alta velocidad de la propia consola de la corporación.
—Tatiana, ¿tienes enlace directo con Marcos Valente y los servidores del Ministerio Público Federal en Brasilia? —preguntó Diego por la frecuencia interna, manteniendo la mirada en la barra de progreso de transferencia.
— Enlace establecido y encriptado, Diego —respondió Tatiana desde la furgoneta, con la voz vibrando de adrenalina—. El canal de fibra óptica del subsuelo está abierto. Tengo el control del servidor de difusión.
—Inicia el volcado en bucle espejo —ordenó Diego—.
Si presiono el interruptor de confirmación en esta pantalla, diez terabytes de información comprimida —incluyendo las órdenes de ejecución firmadas por la junta de Frankfurt— se subirán automáticamente a los servidores de la Interpol, la Agencia de Protección Ambiental y los principales consorcios de comunicación del mundo.
Killari mantenía a Ariadna en pie, apoyándola contra su hombro mientras le administraba una dosis concentrada de analéptico para revertir el efecto de los sedantes. Ariadna apretó el brazo de la antropóloga, mirando a Diego con una mezcla de asombro y alivio.
En ese instante, la pesada puerta de cristal templado del laboratorio se abrió con un chasquido metálico.
Ocho operativos armados con subfusiles MP5 y chalecos tácticos pesados irrumpieron en la estancia, formando un semicírculo letal.
En medio del contingente avanzó un hombre alto, maduro, de porte distinguido y traje a medida de corte italiano, cuyo rostro reflejaba una arrogancia calculada: el doctor Klaus Von Bergmann, vicepresidente ejecutivo de operaciones continentales de Titan Rex .
—Se acabó la aventura en la selva, agente Montana —dijo Von Bergmann con un tono de voz pulcro y desprovisto de emoción—.
Está rodeado, el edificio está bajo confinamiento militar privado y sus opciones se redujeron a cero en el momento en que pisó este laboratorio.
Entregue las unidades de memoria y quizás autorice un traslado discreto a un penal de alta seguridad.
Diego no levantó el arma. Se limitó a girar la pantalla de la terminal médica hacia el ejecutivo.
En el monitor, un temporizador en cuenta regresiva marcaba doce segundos. Abajo, en letras rojas parpadeantes, se leían los nombres de las carpetas cifradas: PROYECTO_NEBLINA_LIXIVIADOS , PINACOTECA_OBLITERADA_1944 y AUTOPSY_VERA_TOXICITY .
—Usted cree que la fuerza bruta en un pasillo cerrado le da el control, Von Bergmann —dijo Diego con voz pausada, firme y gélida—.
Pero en la criminología moderna, el verdadero poder no es la bala que mata, sino la información que destruye la estructura financiera.
Si uno solo de sus hombres acciona el gatillo o si la puerta no se abre en los próximos diez segundos, este temporizador llegará a cero.
Von Bergmann levantó una ceja, manteniendo una sonrisa despectiva.
—Un chantaje desesperado. Nuestras defensas cibernéticas bloquearán cualquier transferencia en la puerta de salida.
—No esta vez —intervino Killari, dando un paso al frente sin soltar a Ariadna—.
No es un virus; es una difusión abierta a la red judicial federal desde su propio enlace dedicado de Alphaville.
Los medios internacionales ya tienen la confirmación del hallazgo de la pinacoteca y el informe forense de Vera redactado bajo protocolo de custodia de la FUNAI.
Si este servidor envía el paquete final, las acciones de su corporación en Frankfurt y Nueva York caerán a cero antes del cierre de la bolsa de este mediodía.
Su junta directiva lo entregará a usted como chivo expiatorio antes de la noche.
Un silencio sepulcral cayó sobre el laboratorio. La mirada de Von Bergmann se desplazó del temporizador a los ojos de Diego, y por primera vez, una sombra de duda matemática cruzó el rostro del ejecutivo. El cálculo de costo-beneficio de la corporación acababa de derrumbarse.
El temporizador marcó cuatro segundos.
—¡Abran la puerta del muelle! —ordenó Von Bergmann en un chasquido de dientes, levantando la mano hacia el jefe de su escolta—. ¡Abran la barrera y desconecten el bloqueo del subsuelo!
El jefe de seguridad dudó un segundo ante de teclear la orden de anulación de emergencia en su consola de solapa. La sirena roja se apagó al instante y el cerrojo magnético del pasillo principal se retrajo con un golpe sordo.
—Excelente elección, doctor —dijo Diego, pausando el temporizador a falta de dos segundos sin desconectar el sistema—. El paquete permanece retenido mientras nosotros salimos de su perímetro. Si una sola patrulla nos sigue por la autopista, el botón se presiona en tránsito.
Sosteniendo a Ariadna entre Killari y Diego, el grupo retrocedió paso a paso hacia el muelle de carga. Von Bergmann y sus hombres los observaron en absoluto silencio, paralizados por la certeza de que la verdad ya no podía ser enterrada en la montaña ni aplastada en los sótanos de Sao Paulo.
Subieron a la furgoneta donde Tatiana los esperaba con el motor en marcha. El vehículo aceleró por la rampa de hormigón, rompiendo la niebla matutina de Alphaville mientras se incorporaban al flujo incesante de la autopista, dejando atrás la fortaleza de cristal para siempre.