El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

A las cinco y cuarentaicinco de la mañana, una niebla densa y fría, cargada del hollín industrial de la autopista Castelo Branco, envolvía los rascacielos de Alphaville en la ciudad de Sao Paulo.

Las torres de cristal ahumado se erguían como monolitos silenciosos sobre las avenidas privadas del distrito corporativo.

Frente al imponente edificio inteligente de Titan Rex , la vida cotidiana apenas despertaba, pero la maquinaria de seguridad privada ya operaba con la precisión de un reloj suizo.

Una furgoneta blanca con el logotipo falso de la empresa de mantenimiento de climatización se detuvo sin llamar la atención en la rampa de acceso al muelle de carga del segundo subsuelo.

En la cabina, Diego vestía el uniforme técnico de trabajo con la gorra calada sobre la frente.

En la parte posterior, ocultas entre tubos de freón, herramientas pesadas y analizadores de gas, Killari y Tatiana verificaban los últimos ajustes de su equipo.

Diego deslizó la tarjeta clonada por Marcos Valente en el lector de la barrera de control. El sensor emitió un pitido agudo y la barra de acero se elevó lentamente.

—Acceso confirmado. Subsuelo dos —anunció el monitor del vehículo en un parpadeo de luz verde.

El vehículo descendió por la espiral de hormigón hasta la zona de carga y descarga de la planta operativa.

El ambiente aquí abajo era gélido, dominado por el zumbido ensordecedor de los extractores de aire industrial y el olor a vapor de aceite y metal pulido.

Diego estacionó la furgoneta en un ángulo ciego, fuera del alcance directo de la cámara de domo del pasillo central.

—Catorce minutos a partir de este momento —recordó Diego en un susurro apretado, ajustando el auricular de frecuencia cerrada—. Si la presión del laboratorio cae antes de tiempo, el sistema entrará en protocolo de confinamiento y los cristales blindados sellarán los pasillos.

Tatiana se deslizó bajo el camión de la furgoneta con una agilidad pasmosa, alcanzando la caja de registro del panel de distribución de la planta de aire acondicionado.

Con manos firmes y apoyada en su conocimiento de lectura de diagramas de flujo, conectó el dispositivo USB de bypass a las líneas de control lógico programable.

—Interceptando la señal del sensor de flujo —informó Tatiana, con la mirada fija en la pantalla del dispositivo—.... ahora. El panel central cree que la presión del aire es constante, pero acabamos de liberar el cerrojo de la puerta de la unidad médica.

—Adelante —ordenó Diego.

Con silenciadores acoplados a sus armas cortas y cubriéndose en las sombras proyectadas por las gigantescas tuberías de refrigeración, Diego y Killari avanzaron a paso táctico por el pasillo de servicio.

La transición del hormigón bruto de los cimientos al piso de mármol blanco e inmaculado del laboratorio clínico fue casi imperceptible, salvo por el intenso olor a antiséptico que reemplazó al aroma de la maquinaria.

En la puerta de acceso al laboratorio de contención, dos guardias de la seguridad privada de la corporación —vestidos con trajes tácticos oscuros y armados con subfusiles MP5— custodiaban el control biométrico.

Killari hizo una señal con dos dedos. Diego avanzó por la izquierda utilizando el codo de un conducto como cobertura, mientras Killari se posicionó en el ángulo opuesto.

Con dos disparos secos y amortiguados a la zona del cuello y el torso, los guardias cayeron al suelo antes de que pudieran accionar los transmisores de solapa.

Diego arrastró los cuerpos hacia el armario de desinfección en cuestión de segundos, mientras Killari aplicaba la tarjeta clonada y la huella dactilar del guardia abatido en el escáner de la esclusa.

La pesada puerta de cristal templado se abrió con un silbido neumático.

El interior de la sala clínica estaba iluminado por un tubo fluorescente incandescente.

En el centro de la estancia, sobre una camilla asistida y conectada a monitores de constantes vitales y sueros intravenosos de desorientación neuroquímica, yacía una mujer demacrada, de cabello oscuro y rostro cruzado por rasguños recientes.

Era Ariadna.

Sus ojos, entornados por el efecto de los sedantes, intentaron enfocar a las dos figuras que irrumpían en el recinto.

—¿Quiénes son ustedes...? —susurró Ariadna con la voz seca y rota por la deshidratación—. Sabía... sabía que no... que vendrían por mi...

—Tranquila, Ariadna. Estás a salvo —dijo Killari con firmeza profesional pero cargada de compasión, retirando las agujas de las vías intravenosas y cubriéndola con una manta térmica mientras comprobaba su ritmo cardíaco—. Vera nos dejó la ruta. Tu sacrificio en la montaña valió la pena.

Diego extrajo el transmisor de la consola médica y desconectó el servidor local que registraba las grabaciones de los interrogatorios.

—Tatiana, tenemos al objetivo —comunicó Diego por la radio en un tono helado y resolutivo—. Prepara la salida por el conducto de carga. Nos evacuamos en tres minutos.

Sin embargo, antes de que pudieran dar un paso hacia la esclusa de salida, una sirena roja comenzó a girar rítmicamente en el techo del laboratorio, acompañada por la voz automatizada del sistema de inteligencia del edificio.