CAPÍTULO 51
El zumbido del aire acondicionado de presión negativa era el único sonido sordo en la inmensidad del Sótano dos. No había ventanas, no había tiempo, no había sombras. Solo la luz blanca y tubular que rebotaba sobre las paredes de polímero esterilizado del laboratorio clínico de Titan Rex .
Ariadna yacía sobre la camilla inclinada, con las muñecas y los tobillos fijados por bandas de poliester flexible a los rieles de acero.
Un catéter intravenoso en su antebrazo izquierdo suministraba a gotas regulares una solución translúcida: un cóctel neuroquímico de escopolamina modificada y analgésicos de síntesis diseñado por la división farmacéutica del conglomerado para romper la resistencia volitiva sin provocar un paro respiratorio.
El mundo flotaba para Ariadna en un plano distorsionado. Las paredes del laboratorio se dilataban y contraían como si el recinto entero respirara.
A un metro de la camilla, el doctor Klaus Von Bergmann permanecía de pie, impecable en su traje gris carbón, ajustándose las gafas de montura de titanio mientras revisaba una tableta táctil donde se graficaban en tiempo real las ondas cerebrales y la respuesta galvánica de la piel de la prisionera.
—El efecto de la fase de inducción ha alcanzado el pico del ochenta por ciento, doctor —informó un ayudante técnico en bata blanca desde la consola lateral—. La frecuencia cardíaca está en noventa y dos pulsaciones. El cerebro está en estado alfa sugestible.
Von Bergmann dio un paso al frente. Su sombra se proyectó sobre el rostro demacrado de Ariadna.
—Ariadna —dijo el ejecutivo, con una voz suave, modulada y desprovista de cualquier matiz de ira o crueldad—.
Escúchame con atención. No hay necesidad de continuar con este malestar físico.
Tu amiga ha muerto en la selva. Tu expedición ha fracasado.
Estás en São Paulo, dentro de una propiedad donde la policía no tiene acceso.
Ariadna apretó los dientes, sintiendo que la lengua se le pegaba al paladar seco. La droga pugnaba por disolver sus barreras lógicas, abriendo grietas en su memoria por donde los recuerdos amenazaban con salir sin control.
—Vera... no fracasó... —musitó Ariadna, con la voz rota y arrastrada—. Vera... los expuso...
—Vera es un cadáver en descomposición en el río Cauaburi —replicó Von Bergmann sin alterarse, pasando una página digital en su pantalla—.
Lo que a mí me interesa son las claves de acceso de noventa y seis bits que encriptan el archivo maestro y el servidor donde subieron las copias de seguridad antes de ser interceptadas.
¿Dónde está la llave de transferencia, Ariadna?
Ariadna cerró los ojos. En la oscuridad de su mente, el suero de la verdad simulaba un incendio de luces de neón.
Veía la cueva tras la cascada, el rostro frío de Vera, la bota encajada en la roca...
y el sonido del agua cayendo en picada. Si revelaba la clave o la ubicación de la celda de memoria, la corporación borraría los servidores remotos en cuestión de minutos y su muerte sería archivada como un accidente de montaña.
—La clave... —balbuceó Ariadna, simulando ceder al efecto de la droga—. La clave... está en el agua...
Von Bergmann se inclinó más, acercando el oído.
—¿En el agua? ¿Qué agua? ¿En las muestras del laboratorio de Manaos? ¿En el servidor del ministerio? ¡Habla!
—En el agua... de la cascada... —repitió ella, dejando caer la cabeza hacia un lado mientras forzaba un espasmo de tos que alteró bruscamente el monitor cardíaco.
—¡Doctor, la presión sistólica está cayendo a sesenta! —advirtió el técnico, poniéndose en pie enérgicamente—. Si aumentamos la dosis para romper la evasión, entrará en shock anafiláctico o colapso cerebral irreversible.
Von Bergmann apretó la pantalla de la tableta con rabia contenida. Sabía que un cerebro muerto no podía entregar claves de cifrado alfa-numéricas de alta complejidad.
—Estabilícenla con una dosis baja de atropina —ordenó el ejecutivo, dando media vuelta con frialdad—.
Manténganla en el umbral de la conciencia.
Mañana al amanecer vendrán los especialistas en interrogatorio anatómico-físico de Frankfurt.
Si no entrega las claves por la química, lo hará por estimulación nerviosa directa.
La puerta de cristal de la esclusa de seguridad se cerró con un chasquido magnético, dejando a Ariadna sola bajo la luz incandescente de los tubos fluorescentes.
En la penumbra de la sala, con los monitores emitiendo su pitido rítmico, Ariadna abrió levemente los ojos. El efecto del sedante seguía haciendo estragos en su cuerpo, pero mientras le quedara un hálito de vida, no entregaría la verdad a los asesinos de Vera.