CAPÍTULO 50
El aire pesado y cargado de smog de Sao Paulo los recibió con la violencia de un choque térmico al pisar la pista del Aeropuerto Internacional de Guarulhos.
Atrás quedaban los susurros de la selva ecuatorial, el rugido de la cascada y la humedad del Pico da Neblina.
La megalópolis los envolvía ahora en una marea incesante de sirenas, luces de neón y rascacielos que arañaban un cielo nocturno teñido de un gris violáceo.
Vestidos con ropa urbana limpia adquirida en el terminal y transportando el equipo táctico y las unidades de memoria blindadas en petates discretos, Diego, Killari y Tatiana abordaron un taxi que los condujo directamente hacia el barrio de Bixiga, en el centro histórico de la ciudad.
Su destino era un apartamento sin rotular en el tercer piso de un edificio de arquitectura art déco de los años cuarenta, cuyo timbre ostentaba únicamente las iniciales M.V.
—Marcos Valente es periodismo de investigación de la vieja escuela —explicó Diego en voz baja mientras ascendían por las escaleras de hierro forjado—.
Cubrió las guerras del coltán en el Congo y los escándalos de minería ilegal en el Orinoco.
Lleva tres años siguiendo la red de lavado de activos de Titan Rex en América del Sur.
Si alguien tiene la radiografía operativa de su sede en Alphaville, es él.
La puerta se abrió tras tres toques rítmicos.
Marcos Valente, un hombre de unos cincuenta años con cabello canoso desordenado, ojeras marcadas y una taza de café humeante en la mano, los hizo pasar rápidamente antes de echar tres cerrojos de seguridad.
El interior del apartamento era un santuario de inteligencia: paredes cubiertas con diagramas de flujo de capitales corporativos, recortes de prensa, planos de ingeniería civil y monitores con transmisiones encriptadas de radiofrecuencia.
—Sabía que sobrevivirían a la montaña, Diego —dijo Marcos, estrechando la mano del profesor con fuerza antes de saludar a Killari y Tatiana con una inclinación de cabeza—.
Pero lo que viene ahora es infinitamente más peligroso que Raulinho en la selva.
En la montaña tenían el factor sorpresa; en Alphaville, juegas en la fortaleza del enemigo.
Marcos caminó hacia la mesa central y desplegó un plano tridimensional interactivo del complejo arquitectónico de Titan Rex , una torre de cristal y acero blindado de veinticuatro pisos rodeada por un perímetro de seguridad con detectores biométricos y patrullas privadas de respuesta rápida.
—El complejo es una embajada corporativa inexpugnable —explicó Marcos, señalando la pantalla del monitor—.
Pero todo gigante tiene un punto ciego. Mañana a las seis de la mañana entra el turno de mantenimiento de los sistemas de aire acondicionado central y filtrado de agua.
Utilizan una empresa subcontratista cuyo sistema de credenciales depende de tarjetas RFID de espectro limitado.
El periodista sacó de un cajón de seguridad tres tarjetas magnéticas clonadas y un dispositivo USB de lectura profunda.
—Cloné los pases de acceso del equipo técnico la semana pasada —prosiguió Marcos, mirando fijamente a Killari—.
El subsuelo dos alberga el centro de servidores y la unidad de contención médica privada de la corporación.
Si Ariadna sigue viva, está retenida en el laboratorio clínico del sótano, donde la someten a suero de la verdad y fármacos de desorientación para extraerle los datos de la colección antes de que la Junta Directiva de Frankfurt autorice su "desaparición definitiva".
Tatiana examinó la arquitectura del subsuelo con ojo crítico.
—El sistema de ventilación del laboratorio utiliza ductos para evitar fugas de contaminantes —indicó la joven geóloga, identificando las especificaciones de la planta—.
Si alteramos los sensores de flujo desde el panel secundario del sótano, forzaremos la apertura automática de las esclusas de emergencia sin activar la alarma general de incendios.
—Exacto —asintió Marcos con una sonrisa sombría—. Pero tienen una ventana de apenas catorce minutos antes de que el centro de monitoreo principal en Alemania detecte la discrepancia de datos y ordene el cierre hermético del edificio.
Diego tomó las tarjetas clonadas y la unidad USB, guardándolas en el bolsillo de su chaqueta táctica.
La mirada de Killari se cruzó con la suya; ya no había espacio para la duda ni para las sombras del pasado.
El rescate de Ariadna y la caída de la corporación comenzaban a redactarse en los pasillos de cristal de Alphaville.
—Prepárense —dijo Diego, revisando el ajuste del silenciador de la pistola de nueve milímetros—. Salimos en dos horas.