CAPÍTULO 49
La lluvia terminó su obra dejando el aire bien despejado y el grupo improvisó una barca de transporte utilizando dos varas sólidas de guadua y la lona del cobertizo hallado en la cascada.
En un silencio solemne, rompiendo el espeso barro del bosque, Diego y Jacaré cargaron el cuerpo de Vera, mientras Killari y Tatiana abrían paso a través del ramaje con machetes de campo.
Cada tramo del trayecto era un tributo a la memoria de la investigadora, cuyo sacrificio biológico se había convertido en el testimonio definitivo contra la corporación.
Tras cuatro horas de marcha agotadora a lo largo del margen del río, la vegetación cerrada cedió el paso a un claro natural iluminado por la luz tenue del atardecer.
Las chozas cónicas de la comunidad Yanomami emergieron entre la bruma del río; Jacaré se adelantó haciendo señales de paz en su lengua nativa, siendo recibido por el consejo de ancianos y los cazadores de la aldea.
La llegada de la comitiva con los restos de Vera conmovió a los habitantes del poblado. Los ancianos, que ya conocían los estragos que las minas clandestinas de Titan Rex causaban en la salud de sus ríos, asumieron la custodia del cuerpo con un respeto tribal.
—Aquí estará segura, profesor —prometió el jefe de la comunidad, un anciano de mirada profunda y rostro cruzado por la pintura ritual del urucú—.
La resguardaremos en la casa de la selva hasta que la policía federal llegue a certificar la causa de su muerte.
Ningún hombre de la corporación pisará este suelo.
En la choza central, iluminada por el fuego sagrado de la tribu, Killari procedió a redactar el protocolo oficial de custodia forense, firmando el acta junto al líder indígena y dejando copias de seguridad de las fotos y lecturas bioquímicas.
Mientras tanto, Diego utilizó el teléfono satelital de emergencia de la comunidad —conectado a una pequeña celda solar— para establecer una línea cifrada con su antiguo contacto en la División de Delitos Internacionales del FBI en Brasilia y con el Fiscal general de la Republica de Brasil.
—Tengo los archivos fotográficos de la colección nazi, los registros geográficos de los lixiviados de mercurio y el cuerpo de una investigadora oficial fallecida por envenenamiento agudo —dictó Diego por la frecuencia satelital con voz fría e inflexible—.
Necesito una escolta federal enviada a la comunidad Yanomami del Cauaburi para la custodia de las pruebas, y tres pasajes en el vuelo comercial nocturno desde Sao Gabriel da Cachoeira hacia el aeropuerto de Guarulhos en São Paulo.
— Agente, si la corporación tiene a Ariadna en Alphaville, no tienes jurisdicción para intervenir en una propiedad privada de ese nivel —advirtió la voz del fiscal al otro lado de la línea—. Si irrumpes sin una orden judicial firmada, le acusarán de terrorismo corporativo.
—Ariadna no tiene veinticuatro horas de vida si esperamos a que un juez firme un exhorto en Brasilia —replicó Diego antes de cortar la comunicación.
Al caer la noche, Jacaré los guio en una canoa con motor fuera de borda a través de los canales sinuosos que conducían a la pista de aterrizaje de Sao Gabriel da Cachoeira.
El contraste fue inmediato y brutal: el silencio milenario del Pico da Neblina y el aroma a humedad vegetal se disolvieron al abordar el bimotor de enlace que los trasladó a Manaos, y de allí, al reactor comercial que cruzó el continente hacia el sur.
A diez mil metros de altura, en la cabina en penumbra del avión comercial, el grupo contempló por la ventanilla cómo las luces infinitas de la megalópolis de São Paulo se extendían bajo las nubes como una alfombra de brasas doradas.
La selva había quedado atrás, pero la amenaza se volvía aún más letal en la selva de concreto.
Tatiana, exhausta pero con la mirada firme, miró a Diego, quien revisaba en la pantalla de su tableta táctil los planos arquitectónicos del complejo corporativo de Titan Rex en el exclusivo distrito de Alphaville.
A su lado, Killari preparaba los dispositivos de clonación de frecuencias y credenciales de acceso que utilizarían al tocar tierra.
—El juego ha cambiado —murmuró Diego, observando los rascacielos iluminados que se aproximaban tras la maniobra de descenso hacia el aeropuerto de Guarulhos—. Mañana al amanecer, entramos a la sede central.