El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

El silencio sofocante del remanso solo era quebrado por el goteo constante de las hojas sobre el agua estancada.

Diego hizo una señal de alto con el brazo, apretando el cordón del fusil contra su pecho.

La cantimplora muescada y el bastón de titanio doblado reposaban en el barro como tristes marcadores de un esfuerzo supremo que había llegado a su límite biológico.

Killari y Tatiana avanzaron con cautela hacia la maraña entrelazada de raíces aéreas de matapalo que se internaba en las aguas oscuras del Cauaburi. El aire olía a moho, a tierra saturada y a un matiz metálico e inconfundible que despertó de inmediato el instinto forense de la antropóloga.

—Diego... aquí —murmuró Killari con un hilo de voz tenso, señalando una sombra oculta bajo la bóveda vegetal.

Entre los contrafuerzes del árbol gigante, parcialmente cubierta por hojas secas y una lona de rescate deshilachada, yacía una figura inmóvil.

Diego apartó los helechos con el cañón de la carabina mientras Killari se arrodillaba en el fango, deslizando los dedos de inmediato hacia la arteria carótida.

Era el cuerpo de una mujer. Diego reconoció inmediatamente a Vera Blanco.

Su rostro, marcado por una palidez cadavérica y finos hematomas subdérmicos en torno a las cuencas oculares, reflejaba las etapas finales de la neurotoxicidad severa. Killari retiró lentamente la mano y miró a Diego, negando con la cabeza en un gesto amargo e irrevocable.

—El pulso se apagó hace horas —dictaminó Killari, examinando la rigidez incipiente de los dedos y las livideces cadavéricas en el costado desplomado—.

La herida de la pierna estaba infectada, pero lo que detuvo su corazón fue la falla multiorgánica por la intoxicación masiva de mercurio. Luchó hasta el último aliento.

Tatiana se cubrió la boca con las manos, sintiendo que un nudo helado se le asentaba en el estómago.

Ver el desenlace trágico de una de las investigadoras cuya pista habían seguido a través del infierno del macizo reducía a polvo cualquier ilusión de un rescate perfecto.

Diego se agachó junto al cuerpo, cerrando suavemente los ojos de Vera mientras examinaba el entorno inmediato en busca de la segunda desaparecida.

—¿Dónde está Ariadna? —preguntó Tatiana con la voz quebrada—. Si estaban juntas en este refugio, ¿por qué no está su cuerpo?

Jacaré, que exploraba el lodo unos metros más adelante en la orilla, señaló una serie de huellas profundas y marcadas que irrumpían desde el agua hacia la vegetación: marcas de botas militares de suela pesada, signos de arrastre y casquillos percutidos de nueve milímetros.

—No se fue por su propia voluntad, profesor —dijo el guía, recogiendo del barro un radio transceptor portátil militar con la carcasa rajada, abandonado en la prisa de una evacuación táctica—. Hubo una lucha aquí mismo.

Diego tomó el transceptor. La pantalla LCD estaba parcialmente agrietada, pero la batería secundaria aún emitía un parpadeo tenue en verde. Ajustó la frecuencia de frecuencia alta (UHF) e introdujo la clave de canal CQC que había obtenido del equipo de los mercenarios abatidos en el desfiladero.

Del pequeño altavoz del radio emergió una voz distorsionada por la estática, amortiguada por el ruido de fondo de turbinas de aviación comercial:

—Atención Control Central, unidad Lima-Seis en frecuencia. Confirmamos la baja de la segunda muestra biológica en el sector del río. La investigadora principal, Ariadna, fue neutralizada y asegurada con vida. Repito: objetivo Ariadna asegurado con vida.

—Recibido, Lima-Seis —respondió una voz fría con acento germánico desde el otro lado de la línea—. ¿Cuál es el vector de traslado del objetivo?

—Extraída por el equipo de Raulinho vía pista clandestina de Sao Gabriel da Cachoeira en el jet ejecutivo de la corporación.

Vuelo directo hacia el complejo industrial de Titan Rex en el distrito de Alphaville, São Paulo.

La orden de la junta es someterla a interrogatorio de nivel tres antes de la consolidación de los activos.

La transmisión se cortó en un chasquido de estática seca.

Un silencio pesado cayó sobre el grupo en la orilla del Cauaburi.

El misterio del Pico da Neblina no había terminado; simplemente había cambiado de escenario, trasladando la trama de las sombras de la selva ecuatorial al corazón financiero y corporativo de la metrópoli más grande de América del Sur.

—Ariadna sigue viva —dijo Diego, poniéndose de pie con la mirada encendida por una fría determinación—. La tienen secuestrada en São Paulo para sacarle la ubicación del tesoro Nazi y la clave de encriptación de los archivos que nosotros custodiamos.

Killari guardó las últimas muestras forenses del cuerpo de Vera en la cápsula de protección, asegurando la prueba irrefutable de los crímenes de la corporación.

—No podemos dejar el cuerpo de Vera a merced de la selva ni de los mercenarios —afirmó Killari, mirando al profesor—. Y no podemos permitir que silencien a Ariadna en Sao Paulo.

—Nos llevamos a Vera hacia la comunidad de Jacaré para asegurar su custodia oficial —sentenció Diego, ajustando el fusil sobre su hombro—.

Y de ahí, tomamos el primer vuelo hacia Sao Paulo.

Esta guerra ya no es por la supervivencia en la montaña: es por la vida de Ariadna y el desmantelamiento total de Titan Rex .