El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 47
86%

CAPÍTULO 47

El rugido del río Cauaburi se convirtió en un bramido constante a medida que el grupo abandonaba la protección de la cascada y se internaba en el bosque inundado.

La lluvia tropical había amainado a una llovizna persistente, pero el suelo era una masa informe de barro espeso, raíces descubiertas y vegetación en descomposición.

En este terreno traicionero, el rastreo no dependía solo de la vista, sino de pisar bien para no caerse y la buena forma física de los expedicionarios.

Diego avanzaba en cabeza con paso cauto, con la carabina al hombro y la mirada fija en el margen arcilloso.

A su lado, Tatiana aplicaba sus conocimientos de campo con una agudeza sorprendente: su ojo entrenado no buscaba impresiones de botas perfectas, sino las deformaciones en la estructura de la arcilla.

—Aquí —indicó Tatiana en voz baja, arrodillándose sobre la humedad del suelo y señalando una depresión irregular junto al tronco de un ibirapitá—.

La pisada del pie izquierdo es profunda y limpia, pero la derecha arrastra el talón y rompe el borde de la capa de humus.

Es el paso inestable de alguien que no puede apoyar todo el peso del cuerpo.

Killari se aproximó y observó la marca con atención forense.

—Es el patrón de la perdida de coordinación del cuerpo por el mercurio —confirmó la antropóloga, ajustando las cintas de su mochila—.

Vera está perdiendo el control y el sexto sentido.

Ariadna probablemente la lleva agarrada por la cintura; miren la huella más ancha y profunda a la izquierda, donde el peso de ambas se concentra en cada avance.

El grupo siguió la estela del rastro, que zigzagueaba de forma errática alejándose de la corriente principal para buscar el abrigo del ramaje más denso.

Cada cincuenta metros, las evidencias del calvario de las dos investigadoras se volvían más explícitas: ramas quebradas a una altura inusual por caídas repentinas, jirones de tela técnica enganchados en las espinas de las palmeras de muru-muru y pequeñas manchas de sangre diluida por la llovizna sobre la corteza de los árboles donde Vera se había apoyado para no desplomarse.

Jacaré, que vigilaba la retaguardia con el oído atento a cualquier chasquido ajeno a la selva, se acercó a Diego con expresión adusta.

—Profesor, la corriente del Cauaburi está subiendo rápidamente por el deshielo de la cima y las lluvias de la noche —advirtió el guía en un susurro—.

Si el río desborda el margen bajo, el agua borrará las huellas en menos de veinte minutos.

Y lo peor no es el río... los hombres de la corporación conocen este tramo; si vienen bajando en bote por el cauce principal, nos cortarán el paso en el meandro del paso de los caimanes.

—Aceleramos el ritmo —ordenó Diego, buscando la mirada de Tatiana para transmitirle seguridad—. Tatiana, tú y Killari marquen el eje del rastro. Jacaré y yo cubrimos los flancos. Si Ariadna está cargando con Vera en este estado, no pueden estar a más de un kilómetro por delante de nosotros.

Avanzaron a marcha forzada, sorteando el lodo y los troncos caídos mientras la espesura de la selva baja los envolvía en un bochorno sofocante.

La tensión era palpable: la certeza de que las dos mujeres estaban al límite de sus fuerzas físicas y mentales infundía en el grupo una urgencia desesperada que sobrepasaba el agotamiento físico.

De pronto, al doblar un recodo donde el río formaba un remanso de aguas oscuras y cañas altas, Tatiana se detuvo en seco. A escasos metros, medio sumergido en el barro de la orilla, yacía un bastón de trekking de titanio doblado por la mitad y una cantimplora de plástico.

El rastro de pisadas terminaba bruscamente justo allí, al pie de una masa densa de raíces aéreas de matapalo que se adentraba en el agua. Ariadna y Vera habían alcanzado el margen del río, pero las señales en la orilla sugerían que ya no podían seguir caminando.