CAPÍTULO 46
El crepúsculo sobre la cuenca del río Cauaburi no traía luz, sino un tinte violáceo y ceniciento que se filtraba a través de la cúpula del bosque tropical. El agua goteaba incesante desde el follaje de los ibirapitás, sumando su rumor al bramido constante del río desbordado.
En el hueco sofocante formado por la maraña de raíces de un matapalo gigante, Ariadna permanecía de rodillas, con el rostro húmedo por una mezcla de sudor, lluvia y lágrimas secas. Sobre su regazo descansaba la cabeza de Vera.
La piel de la investigadora principal estaba fría, teñida de una palidez marmórea con finos hematomas marcándole los pómulos.
Sus labios, partidos por grietas secas, apenas se movían.
El temblor visible de las manos, que durante días había sido el síntoma más visible de la neurotoxicidad por mercurio, había cedido su lugar a una rigidez progresiva y letal.
—Ariadna… —murmuró Vera. La voz era un soplo débil, casi inaudible bajo el rugido de la cascada del rio—. El agua… no dejes que… borren las muestras.
—Están a salvo, Vera. Las tengo en la bolsa impermeable —susurró Ariadna, apretando la mano helada de su compañera contra su pecho—. Las guardé en la grieta bajo el refugio. Todo está registrado. Descansa.
Vera fijó sus ojos en el dosel de hojas oscuras. Por un instante, la bruma del delirio tóxico pareció disiparse, dejando ver una lucidez serena, amarga y definitiva.
—Mis análisis… mi sangre… —dijo Vera, ahogándose con su propia respiración acelerada—. Diles que no fue la montaña. Fue el mercurio… Fue Titan Rex .
Un espasmo seco recorrió el tórax de Vera. Su mano apretó los dedos de Ariadna con una fuerza agónica y repentina, para luego aflojarse lentamente. El brillo en sus pupilas se apagó en un parpadeo, congelando una última mirada fija hacia las sombras del bosque.
El silencio que siguió en el interior de la cavidad de raíces fue absoluto.
Ariadna no gritó, lloro en silencio. El dolor la vació por completo, dejándola inmóvil en la penumbra mientras sujetaba el cuerpo inerte de su amiga.
Cubrió con cuidado el rostro de Vera con el trozo de lona térmica que les había servido de manta y se reclinó contra la madera húmeda del matapalo, agotada hasta los huesos.
No tuvo tiempo de ceremonias.
Un chasquido seco de ramas quebradas a menos de diez metros resonó sobre el goteo del agua.
Ariadna reaccionó por instinto. Se deslizó fuera del hueco de las raíces, buscando la protección de la sombra.
A través de los helechos gigantes, distinguió tres figuras tácticas avanzando en abanico por el lodo de la ribera.
Vestían uniformes de camuflaje sin insignias, chalecos pesados y cascos nocturnos.
En el centro, manejando una carabina con soltura mortal, avanzaba el propio Raulinho.
—¡Revisen los contrafuertes de los árboles grandes! —ordenó Raulinho en voz baja pero imperiosa, en un portugués áspero con acento del norte—. Hay rastro de sangre diluida en la arcilla. La herida no puede estar lejos.
Ariadna retrocedió un paso, metiendo la mano en el bolsillo de su chaqueta en busca del cuchillo de campo. Sus botas, empapadas y cubiertas de barro espeso, traicionaron su movimiento al resbalar sobre una raíz húmeda.
¡CRAC!
—¡A la derecha! ¡Movimiento en las raíces! —gritó uno de los mercenarios.
Un haz de luz blanca de alta intensidad rasgó la penumbra de la selva, impactando de lleno en el rostro de Ariadna. Ciega por el destello, intentó incorporarse y echar a correr hacia la corriente del río, pero sus piernas, castigadas por días de marcha y desnutrición, no respondieron.
Un disparo de nueve milímetros retumbó en la ribera, impactando en el barro a pocos centímetros de sus pies.
—¡No la maten! —rugió Raulinho, acortando la distancia con zancadas rápidas—. ¡El doctor Von Bergmann la quiere viva! ¡Necesitamos las claves de encriptación y la ubicación de las copias físicas!
Ariadna logró ponerse en pie y arremetió contra el primer mercenario que se abalanzó sobre ella, hundiéndole las uñas en el rostro y golpeando con el mango de la cantimplora la visera de su casco.
El hombre maldijo y dio un paso atrás, pero un segundo operativo la abordó por la espalda, atrapándola en un candado al cuello.
Pese al agotamiento extremo, Ariadna luchó con ferocidad animal, pateando y retorciéndose en el barro mientras intentaba alcanzar la granada de estruendo colgada del chaleco del mercenario.
—¡Sujétenla firmemente! —ordenó Raulinho, aproximándose.
Con un movimiento rápido y brutal, Raulinho asestó un golpe seco con la culata de su fusil en el costado de Ariadna. El aire salió de sus pulmones en un gemido ahogado y sus rodillas cedieron, cayendo de bruces sobre la arcilla helada.
El mercenario la sujetó por el cabello, obligándola a levantar la cabeza. Raulinho se arrodilló a su lado, examinando su rostro con satisfacción helada.
—Ariadna… la famosa investigadora —dijo Raulinho, esbozando una sonrisa torcida—. Se acabó el juego de las escondidas en la montaña.
Raulinho hizo una señal hacia el interior de las raíces del matapalo. Uno de sus hombres se adentró en la grieta y regresó segundos después, negando con la cabeza.
—La otra está muerta, comandante. Rigidez cadavérica incipiente. Parece colapso multiorgánico o envenenamiento.
—Déjenla ahí. La selva y los carroñeros borrarán los restos antes de que alguna otra persona se entere —dictaminó Raulinho sin dar importancia al cuerpo de Vera. Se volvió hacia sus hombres y sacó una jeringa de administración rápida con un sedante concentrado—. Aseguren a esta.
Ariadna intentó escupirle al rostro, pero el sedante penetró en la vena de su cuello antes de que pudiera articular palabra. Una frialdad ardiente se extendió rápidamente por su cabeza, pesado como el plomo. El rugido del río Cauaburi empezó a distorsionarse, alejándose en un eco hueco.
Lo último que vio Ariadna antes de que la oscuridad total la devorara fue la silueta de los mercenarios arrastrándola hacia la orilla, donde el motor apagado de una lancha rápida aguardaba en la bruma para iniciar el traslado hacia la pista clandestina de São Gabriel da Cachoeira…
y de allí, al bunker blindado de São Paulo.