CAPÍTULO 55
(Un año después de la caída de Titan Rex)
El silencio en el nuevo despacho de la Universidad en California solo era interrumpido por el leve zumbido del aire acondicionado y el repiqueteo suave de la lluvia matutina contra los cristales.
Sobre el escritorio de caoba de Diego descansa un marco de madera fina con una fotografía reciente: el equipo completo de docentes sonriendo junto a los guías locales de Virginia tras la inauguración de una estación de monitoreo ambiental en el Parque Nacional de Shenandoah .
Mientras recordaba también lo que sucedió ayer por la mañana cuando vio a su joven alumna Tatiana conversando jovialmente con el Profesor Smith, mientras el observaba de lejos, se dijo así mismo tratando de convencerse que Tatiana estaba en la etapa en lo que todo era deseo fugaz y juvenil.
Diego ajustó el cuello de su camisa y revisó el informe logístico para la próxima expedición de prácticas de campo de los estudiantes a su cargo.
Un año sin persecuciones, sin armas en el bosque y sin el fantasma de la impunidad corporativa.
Por primera vez en casi una década, la vida parecía haber encontrado un cauce tranquilo.
Un zumbido sordo sobre la mesa rompió la calma.
El teléfono satelital con línea encriptada —el mismo terminal que Diego había conservado de sus años en operaciones especiales y que solo tres personas en el mundo tenían registrado— parpadeó con un número desconocido de prefijo internacional (+56).
Diego observó la pantalla durante dos segundos antes de descolgar.
—Montana —dijo con voz neutra.
— Diego. Qué bueno que sigues respondiendo a esa línea.
La voz al otro lado de la línea era áspera, distorsionada por el viento seco y por una interferencia metálica inusual. Era el coronel Pinochet, enlace de seguridad de la red de respuesta biológica de los Andes del Sur.
—Coronel Pinochet. Pensé que estaba retirado en Valparaíso —respondió Diego, reclinándose en su sillón mientras la intuición táctica, aletargada durante meses, volvía a encenderse en su pecho.
— Ojalá, Diego. Ojalá. Pero tengo un problema que escapa a la jurisdicción militar y a la medicina convencional. Necesito a tu gente. A la Dra. Killari.
—Nosotros cerramos el capítulo corporativo en la Amazonía, coronel. La nueva fundación está dedicada exclusivamente a la conservación ambiental.
— Esto no es la Amazonía, Diego... y no tiene nada que ver con el mercurio —hizo una pausa; a través de la línea se escuchaba el chasquido rasposo de una radio de alta frecuencia y el rumor de aspas de helicóptero en la distancia—.
Estoy en la provincia de El Loa, en el desierto de Atacama, cerca de la frontera entre Chile y Bolivia.
Específicamente en un antiguo yacimiento de litio y tierras raras que perteneció a un consorcio canadiense y que lleva cinco años abandonado.
Diego se irguió y tomó un bolígrafo, acercando un block de notas.
—¿Qué ocurre en el yacimiento?
— Hace setenta y dos horas, una cuadrilla de mineros informales y pobladores locales ingresó a los socavones del nivel inferior buscando vetas de cobalto.
Seis de ellos colapsaron dentro de las galerías.
Los equipos de rescate lograron sacar a tres con vida, pero los síntomas no responden a ningún gas pesado ni a intoxicación por metales conocidos.
—¿Qué tipo de síntomas?
— Ataxia fulminante, temblores, alucinaciones, locura y una degeneración de los nervios centrales que destruye el sistema nervioso periférico en menos de seis horas —la voz de Pinochet bajó de tono, volviéndose sombría—.
Pero lo alarmante no es solo la velocidad del colapso.
Los análisis preliminares de suelo muestran que los minerales de la cueva están cubiertos por una capa de suciedad orgánica...
algo biológico que metaboliza silicatos y tierras raras a tres mil metros de altitud.
Diego sintió un escalofrío helado recorriendo su nuca.
—Eso es imposible. No hay organismos biológicos activos en socavones secos de tierras raras a esa concentración.
— Por eso te llamo. La muestra de tejido de uno de las victimas reveló marcadores sintéticos en la secuencia genética del patógeno.
Alguien estuvo cultivando esto en la oscuridad de la mina.
—Pinochet hizo una pausa larga antes de asestar el golpe definitivo—.
Y en las cajas de embalaje selladas que encontramos en el fondo de la galería principal, debajo de dos metros de sal, hay un sello de cera técnica con un logotipo que tú conoces bien.
Diego apretó el bolígrafo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
— Titan Rex —susurró Diego.
— La corporación cayó en Sao Paulo, Diego, pero sus proyectos negros no murieron con ellos. Si lo que hay atrapado en los socavones de Atacama sale a la superficie con los vientos del desierto, el brote no se va a detener en la frontera.
—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que decreten la cuarentena militar en la zona? —preguntó Diego al micrófono.
— Doce horas. Si no están en la pista de Calama antes del amanecer, la aviación sellará el perímetro con fuego de artillería para colapsar las entradas de la mina.
Diego bajó el teléfono lentamente y miró la fotografía sobre su escritorio; necesitaba una investigadora más.
—Tengo que elegir entre Tatiana y Ariadna —se dijo Diego, poniéndose en pie y abriendo el cajón inferior de su escritorio para extraer su teléfono satelital moderno—. Y empezó a marcar el numero...