CAPÍTULO 44
La lluvia torrencial desatada tras la explosión del helicóptero transformó el bosque en un revoltijo de barro y vegetación descompuesta.
A medida que el grupo descendía hacia la base del macizo, el rugido de la torrentera del río Cauaburi se hacía cada vez más ensordecedor.
El agua de las alturas caía con fuerza en un cañón estrecho, abriéndose paso en una caída estruendosa que vibraba en el lecho de roca.
Sosteniendo firmemente la linterna táctica entre las manos, Diego guio al grupo por el margen escarpado de la quebrada, evitando las zonas descubiertas por donde las patrullas enemigas podrían desplegarse.
A escasos cincuenta metros de la caída principal de la cascada, el profesor notó una hendidura en la pared rocosa: una grieta estrecha disimulada por el cortinaje de agua y helechos gigantes.
—Detrás de la cascada —ordenó Diego, haciendo una señal con la mano—. El volumen del agua amortiguará cualquier firma sonora y la pared de roca bloqueará las lecturas térmicas si despliegan drones.
Uno a uno, empapados hasta los huesos y tiritando por la humedad y el cansancio acumulado, se descolgaron por el saliente hasta atravesar el muro helado de la caída de agua.
Al otro lado, la presión del aire cambió bruscamente.
Entraron en una caverna amplia y profunda, donde el estruendo del torrente se transformaba en un retumbo cavernoso que ahogaba cualquier ruido del exterior.
Tatiana se dejó caer contra la pared de piedra, abrazando sus rodillas para aplacar el temblor de sus hombros.
Diego se acercó de inmediato, arrodillándose a su lado para examinar el estado de sus extremidades y ajustar la manta térmica de emergencia sobre sus espaldas.
Por un instante, la mano de Tatiana buscó la de él, apretando sus dedos con una gratitud desesperada que Killari observó desde la entrada con una calma melancólica.
Sin embargo, cuando Jacaré iluminó el fondo de la cavidad con su linterna de mano, el haz de luz no reveló una simple cueva salvaje.
—Profesor... miren al fondo —murmuró el guía en un hilo de voz.
A resguardo del goteo sobre una plataforma seca de granito, se erguía un campamento improvisado, pero impecablemente organizado.
Un cobertizo de lona impermeable delgada estaba fijado a las grietas de la piedra.
Debajo, descansaba un pequeño hornillo de alcohol apagado, pero con restos de hollín reciente.
Killari y Diego avanzaron a paso rápido hacia el refugio.
Sobre una caja de plástico estanca abierta yacían empaques vacíos de raciones hipercalóricas de uso médico, varias vendas impregnadas de antiséptico con manchas de sangre seca y un frasco de antibióticos de amplio espectro cuyo lote correspondía exactamente a los suministros de la expedición original.
—No es un refugio antiguo —dijo Killari, pasando los dedos enguantados sobre la lona del cobertizo—. El textil conserva aún la elasticidad y la humedad del aire no ha generado moho. Alguien estuvo aquí refugiándose hace muy pocos días... o pocas horas.
Tatiana se incorporó con esfuerzo y se acercó a la mesa de piedra improvisada junto al vivac. Entre las piedras que sujetaban la lona, descubrió una incisión limpia hecha con la punta de una navaja sobre la corteza blanda de un tronco de balsa traído desde la orilla.
Eran tres líneas talladas con trazo firme y apresurado:
Vera está herida pero consciente. Descendemos por la línea del río para desviar al grupo de Raulinho hacia el puesto fronterizo venezolano. Si encuentran esto, no suban a la cima: la prueba está en el agua. — A. & V.
Un silencio electrizante se adueñó de la caverna.
—Ariadna y Vera... —susurró Tatiana, tocando con las yemas de sus dedos la madera tallada—. Están vivas. O al menos lo estaban cuando bajaron al cañón.
Diego examinó el corte en la madera con la lupa de su kit táctico. La resina que brotaba de la hendidura aún estaba blanda y transparente.
—El rastro no se esfumó en la cueva superior —concluyó Diego, con la mirada encendida por una determinación renovada—.
Ejecutaron una maniobra de distracción táctica.
Al verse perseguidas en la meseta, escenificaron la pérdida de sus prendas en la cima para hacer creer a la corporación que habían caído por la falla, mientras descendían por esta ruta secreta para proteger los análisis del agua.
—" La prueba está en el agua " —repitió Killari, mirando hacia el torrente que caía al otro lado del muro de piedra—.
No se referían solo a la contaminación por mercurio que denunciaron en sus primeros informes.
Se referían al rastro químico de los lixiviados de las minas ilegales que financia la corporación.
Diego guardó el trozo de corteza en su funda impermeable y se volvió hacia el grupo.
El descubrimiento del campamento abandonado no solo confirmaba que su travesía no había sido en vano, sino que transformaba por completo el objetivo de la misión: Ariadna y Vera continuaban la huida río abajo, perseguidas por las fuerzas de Raulinho, y la única forma de salvarlas era alcanzar la corriente principal del Cauaburi antes de que los mercenarios interceptaran su rastro.