CAPÍTULO 43
El bosque de la ladera del Pico da Neblina era un laberinto vegetal sofocante, donde los árboles, deformados por la altitud y los vientos eternos, no superaban los tres metros de altura.
Sus ramas retorcidas, cubiertas de musgo denso y plantas carnívoras, se entrelazaban formando una cortina baja y casi impenetrable.
Sin embargo, lo que servía como camuflaje perfecto para el grupo de Diego se convirtió rápidamente en una trampa de movilidad: avanzar exigía arrastrarse sobre raíces resbaladizas y cortar tallos leñosos sin hacer un solo ruido revelador.
Por encima del bosque, el rugido ensordecedor de las palas de un helicóptero ligero Eurocopter cortó la humedad del aire.
La nave de la corporación volaba a baja altura, barriendo el límite superior de la vegetación con un potente foco de búsqueda de alta intensidad.
Las ráfagas del viento generado por el rotor abrieron brechas temporales entre las copas de las matas enanas, haciendo temblar las ramas y amenazando con dejar al descubierto a los integrantes del grupo.
—¡Cuerpo a tierra! ¡No miren hacia la luz! —instruyó Diego en un susurro tenue pero tajante, presionando a Tatiana y Killari contra el fango negro de la base de un árbol de altura considerable.
El haz de luz blanca cruzó a escasos dos metros de su posición, iluminando con violencia las hojas húmedas antes de perderse en la bruma.
A través de las aberturas del ramaje, Diego pudo distinguir la silueta negra del helicóptero y el destello de la óptica de un sistema fotónico instalado bajo el morro.
Raulinho no estaba escatimando recursos: equipada con un sensor de resolución militar, la aeronave buscaba cualquier variación de temperatura superior a los treinta y seis grados en la alfombra vegetal.
—La humedad ambiental nos está sirviendo de escudo térmico parcial, pero si se posicionan en vuelo estático sobre nosotros, el gradiente de calor nos delatará en segundos —murmuró Killari, acomodando el cuerpo de Jacaré detrás de un tronco para evitar que el destello de sus equipos los traicionara.
—No nos mantendremos invisibles por mucho tiempo si se quedan patrullando en abanico —asintió Diego, analizando las dinámicas del vuelo—.
Miren la turbulencia que generan en la quebrada.
Las corrientes ascendentes de la pared poniente están creando térmicas severas y de cizalladura.
El piloto está luchando contra el cíclico para mantener la estabilidad a baja celeridad.
Un plan audaz comenzó a tomar forma en la mente del exagente del FBI.
Ajustando la carabina de asalto capturada en el desfiladero, Diego extrajo dos cartuchos trazadores de los cargadores de repuesto.
Se volvió hacia Tatiana, cuyos ojos fijos en él expresaban un pánico contenido pero una confianza absoluta en sus decisiones.
—Tatiana, necesito que tú y Killari avancen con Jacaré cincuenta metros hacia el lecho seco del arroyo.
Usen la zanja natural para cubrirse y no se detengan por nada —ordenó Diego, sosteniéndole el rostro con una mano por un breve instante antes de soltarla—.
Voy a darles una razón para cambiar su vector de búsqueda.
Sin esperar réplica, el profesor se deslizó en silencio como una sombra a través de la densa red de raíces, apartándose del trayecto del grupo.
Avanzó cuarenta metros hacia el borde del talud, justo donde la ladera caía en picado hacia una chimenea de aire de la quebrada.
Posicionándose bajo un claro natural del bosque, Diego esperó a que la nariz del Helicóptero se alineara con la brecha.
Cuando el foco del helicóptero comenzó a girar hacia su posición, Diego se puso de pie en un saliente de piedra y alimentó la recámara.
Apuntó directamente a la toma de aire del turboeje y al rotor de cola, la zona de mayor vulnerabilidad aerodinámica del Helicóptero durante un vuelo en régimen de picado estático.
Un estallido de fuego rápido perforó la noche. Diego vació el cargador en una ráfaga precisa de tres disparos trazadores.
Las balas incandescentes impactaron contra la estructura del rotor posterior y las hélices del compresor.
Una lluvia de chispas naranjas saltó del motor, seguida por un fuerte golpe metálico que resonó por todo el valle.
La turbina del helicóptero entró en pérdida por ingestión de esquirlas, perdiendo potencia bruscamente en el momento en que una corriente ascendente de aire helado golpeó la cola de la nave.
El Helicóptero entró en unos tambaleos incontrolables.
El piloto intentó aplicar pedal a fondo para compensar la pérdida de potencia, pero la pérdida de efectividad del rotor de cola convirtió la aeronave en un trompo fuera de control.
El foco de búsqueda trazó espirales locas contra las paredes del cañón antes de que la pavorosa pérdida de sustentación arrastrara al coloso de metal contra las copas del bosque.
El impacto fue brutal. El helicóptero despedazó decenas de metros de vegetación antes de estrellarse contra un saliente de granito, donde la estructura del fuselaje se quebró en dos.
Un estallido sordo de combustible evaporado iluminó la ladera con un resplandor anaranjado, seguido por una densa columna de humo negro que ascendió en la bruma.
Diego se dejó caer de nuevo entre la capa de vegetación baja del bosque mientras los restos incendiados de la nave crujían a cien metros de distancia.
El silencio regresó gradualmente a la ladera, interrumpido solo por el crepitar de las llamas y la lluvia constante que comenzaba a caer desde las nubes de la noche.
—¡Profesor! —el llamado angustiado de Tatiana resonó desde la zanja del arroyo.
Diego se puso en marcha a través de la vegetación calcinada, reuniéndose con el grupo en la penumbra.
Tatiana se lanzó instintivamente hacia él, rodeándole el cuello con los brazos en un abrazo apretado que Diego correspondió con firmeza antes de recuperar la postura táctica.
Killari observó la escena con una mirada serena pero profunda, comprendiendo que el peligro inmediato había sido neutralizado, pero que la marcha hacia la salvación apenas comenzaba.
—La explosión servirá de faro para el resto de los hombres de Raulinho que estén en la ladera inferior —sentenció Diego, revisando el estado del armamento—. Tenemos menos de dos horas antes de que envíen patrullas de reconocimiento a pie. Hay que llegar al lecho del río Cauaburi antes del amanecer.