CAPÍTULO 42
El viento de la vertiente poniente rugía con la fuerza de una turbina a través del Paso del Diablo, una cornisa de arenisca de apenas sesenta centímetros de ancho suspendida sobre un abismo vertical de más de setecientos metros.
La niebla helada subía en espirales desde el fondo del cañón, reduciendo la visibilidad a ráfagas intermitentes y cubriendo la roca con una capa que volvía cada paso una ruleta rusa.
Diego encabezaba la cordada, enterrando la pica de su bastón táctico en cada fisura antes de trasladar el peso de su cuerpo.
Detrás de él, enlazada por la cuerda de aramida de ocho milímetros, Tatiana avanzaba con los dientes apretados y los ojos fijos en la espalda del profesor, mientras Killari cerraba la línea asegurando las clavijas en la pared de piedra.
Jacaré, unos metros más atrás, cargaba la mochila pesada con los últimos restos de víveres y las radios inservibles.
De pronto, un silbido ultrasónico rasgó el aire por encima del bramido del viento, seguido inmediatamente por el chasquido seco y ahogado de un disparo con silenciador.
La roca a escasos diez centímetros de la cabeza de Diego saltó en mil pedazos. Una nube de esquirlas de cuarzo le azotó el rostro, dejándole un reguero de sangre fina en la mejilla.
—¡Emboscada! ¡Cuerpo a tierra contra la pared! —gritó Diego, pegando la espalda a la roca y empujando a Killari contra el nicho más cercano.
Un segundo impacto golpeó la cuerda principal exactamente entre Tatiana y Killari, haciendo saltar las fibras sintéticas en un chispazo de fricción.
El tiro venía desde una cresta superior ubicada a unos ciento veinte metros hacia el noroeste: una posición elevada y dominante que bloqueaba por completo la única vía de descenso del macizo.
—¡Es un tirador selectivo con visor térmico!
—analizó Diego en voz alta, evaluando la cadencia y el ángulo de tiro con la fría lucidez de sus años en la división de operaciones especiales del FBI—.
Está usando un rifle de francotirador con supresor y munición de 7.
62 milímetros. Sabe que la niebla nos ciega, pero él nos tiene marcados por los movimientos del calor corporal.
—¡Nos tienen atrapados en la cornisa! —gritó Tatiana, comprimiéndose contra la hendidura mientras una nueva ráfaga de proyectiles masticaba el borde del precipicio, haciendo volar pedazos de repisa al vacío.
Desde la cima del contrafuerte, amortiguada por la distancia y el viento, pero inconfundible en su tono metálico, resonó la voz de Raulinho a través de un megáfono de campo:
—¡Montana! Se acabó el recorrido turístico. Entrega la cápsula con las tarjetas de memoria y el mapa del sector o mis hombres convertirán ese paso en su tumba. No tienen cobertura, no tienen ruta de escape y su cuerda de seguridad ya está destruida. ¡Tienen treinta segundos!
—¡No les des nada, Diego! —gritó Killari desde la retaguardia, aferrada a una trampa de escalada mientras revisaba su bolso táctico—. ¡Si les entregamos las fotos, nos matarán de todos modos para no dejar testigos en la ladera!
Diego no respondió. Sus ojos verdes leían el entorno no como un paisaje geológico, sino como un escenario de combate asimétrico.
El enemigo tenía la ventaja de la altura, el camuflaje y la tecnología infrarroja, pero cometía un error táctico fundamental: confiaba a ciegas en su posición fija sobre una cornisa de arenisca altamente fracturada.
—Jacaré, ¿cuántos cartuchos de señalización de fósforo rojo nos quedan en el kit de supervivencia? —preguntó Diego en un susurro urgente, deslizándose hasta quedar junto al guía.
—Tres bengalas de alta densidad, profesor... y dos botes de humo de socorro para aviación —respondió el baquiano, sacando los cilindros metálicos con manos temblorosas.
—Dámelos Jacaré. Tatiana, necesito tu linterna de alta potencia y el espejo de señalización topográfica.
—¿Qué vas a hacer, Profesor? —preguntó Tatiana con miedo, pasándole el equipo mientras intentaba dominar el temblor de sus piernas.
—Romper el espectro térmico —explicó Diego con voz rápida y helada—.
El visor de infrarrojos amplifica el contraste de temperatura.
Si creamos un pico térmico de dos mil grados en este espacio cerrado, el sensor del tirador se saturará por encandilamiento óptico y quedará ciego durante al menos treinta segundos. En ese momento, cruzaremos la brecha.
Diego quitó el seguro de la primera bengala de fósforo y la combinó con el bote de humo de aviación. Con un movimiento rápido y certero, arrojó el dispositivo hacia un saliente rocoso ubicado diez metros por encima de su posición, justo entre la cornisa y el nido del tirador.
Un estallido de luz blanca cegadora y humo denso de fósforo inundó el cañón.
El calor generado por la combustión química elevó la temperatura del aire a cientos de grados en cuestión de milisegundos.
Arriba, en la posición del francotirador, se escuchó una maldición ahogada cuando la pantalla del visor térmico del mercenario se saturó por completo, volviéndose una masa de luz blanca incandescente.
—¡Ahora! ¡Avancen pegados a la pared! —ordenó Diego.
Aprovechando la ceguera temporal del tirador y la cortina de humo denso que se extendía por el desfiladero, el grupo avanzó a paso redoblado sobre el borde del abismo.
Tatiana corría con la agilidad que le daba su juventud, mientras Killari coordinaba el paso con Jacaré para no perder el equilibrio sobre la roca resbaladiza.
Sin embargo, Raulinho no dependía únicamente de su francotirador. Cuando el grupo alcanzó el codo del desfiladero donde la cornisa se ensanchaba en una pequeña plataforma, tres mercenarios armados con carabinas de asalto avanzaron entre la niebla, cerrándoles el paso a quemarropa.
—¡Al suelo! —gritó Diego.
En un despliegue de puro instinto táctico, el profesor no intentó cubrirse.
Se lanzó de frente contra el mercenario de vanguardia, esquivando la línea de fuego y trabando la mano del operativo con una llave de desarme militar.
El sonido del hueso de la muñeca del mercenario al fracturarse resonó en la plataforma antes de que Diego le arrebatara la carabina y utilizara el propio cuerpo del enemigo como escudo humano contra las ráfagas de los otros dos atacantes.
Con dos disparos controlados al centro de masa, Diego neutralizó a los otros dos mercenarios, cuyos cuerpos cayeron sin vida rodando por la pendiente hasta desaparecer en la bruma del abismo.
—¡El paso está limpio! ¡Sigan bajando hacia el bosque enano! —gritó Diego, recogiendo los cargadores de repuesto y cubriendo la retaguardia con el fusil capturado.
Killari, Tatiana y Jacaré se deslizaron por el tobogán de piedra que marcaba la salida del desfiladero, adentrándose en la vegetación densa del bosque de niebla, donde las balas de Raulinho ya no podían alcanzarlos.
Diego retrocedió metro a metro, manteniendo a raya a los sobrevivientes del comando con disparos intermitentes hasta perderse él mismo en la espesura verde de la montaña.
El asedio en el desfiladero había sido superado, pero el sonido de las hélices de un helicóptero privado comenzaba a retumbar en la distancia, anunciando que la corporación estaba dispuesta a desplegar todo su poder de fuego para evitar que salieran con vida de la Serranía de la Neblina.