El oro del Amazonas (Diego Montana 1) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

El frío del amanecer arreciaba con intensidad en la meseta superior.

La bruma, impulsada por un viento constante del noreste, se arrastraba entre las rocas como trozos de cera derretida.

En el pequeño campamento de altura, el desmontaje de la tienda y la recogida del equipo se llevaban a cabo en un silencio cargado de tensión.

Diego trabajaba con una precisión casi quirúrgica, doblando las lonas térmicas y asegurando las cintas de su mochila táctica.

Sin embargo, su mente seguía atrapada en las palabras no dichas de la noche anterior.

Cada vez que sus manos se cruzaban con las de Tatiana al empaquetar los aislantes o al recoger las estacas de aluminio, el aire entre los dos parezca espesarse.

Tatiana no evitaba el contacto; al contrario, sus movimientos eran pausados, manteniendo una cercanía implícita que transmitía una mezcla de entrega silenciosa y serenidad melancólica.

Killari, dotada de esa aguda intuición científica y femenina refinada por años de observación humana y cercanía con Diego, no tardó en percibir la sutileza del cambio.

Aunque no había escuchado la conversación nocturna, los gestos hablaban con absoluta claridad: la forma en que Tatiana seguía con la mirada cada desplazamiento del profesor, la suavidad inesperada con la que le alcanzaba el material de escalada y, sobre todo, la leve reserva que Diego demostraba al intentar mantener una distancia formal que sonaba cada vez más forzada.

Mientras desenroscaba el cartucho de gas de la hornilla, Killari observó a ambos de reojo.

No había rabia en su rostro, sino una sobria y profunda comprensión de la realidad.

Sabía mejor que nadie que la travesía había desnudo las emociones de todos, y que la juventud y la pasión impulsiva de Tatiana eran un imán natural para un hombre que había llevado el peso de la culpa y la prudencia durante tanto tiempo.

Sin embargo, Killari tampoco mostró un solo atisbo de debilidad; se limitó a ajustar con firmeza las correas de su propio petate, erguida y serena, encarnando la certeza de la historia y el tiempo compartido que nada podía borrar.

—El viento está cambiando hacia el sur —comentó Killari con tono sereno, rompiendo el espeso silencio mientras le tendía a Diego la cantimplora—.

Si no empezamos a descender antes de las ocho, la niebla cubrirá el paso de la cresta del poniente y la bajada por las rocas resbaladizas será un infierno.

Diego tomó la cantimplora, sosteniendo la mirada de Killari durante un segundo que pareció eterno. En los ojos de la antropóloga no encontró reproches, sino un reflejo maduro que lo obligaba a encarar la complejidad de su propia confusión.

—Tiene razón —asintió Diego, volviéndose hacia el grupo mientras se encajaba el arnés táctico—.

Nos agrupamos en cordada de tres para el primer tramo del desfiladero.

Yo iré a la cabeza, Tatiana en el centro y Killari cerrando el seguro en la retaguardia.

Jacaré marcará los puntos de apoyo en la roca.

Tatiana acató la orden sin objetar, ajustándose el casco y fijando su mosquetón a la cuerda principal.

Al quedar posicionada exactamente entre Diego y Killari, la tensión triangular del grupo se volvió tangible, marcada por el ritmo de la cuerda tenso entre los tres.

Cada paso hacia el borde de la cumbre era un recordatorio de que, más allá del misterio de la montaña y la amenaza de las corporaciones, el regreso a la civilización los obligaría a resolver la tormenta silenciosa que se había desatado en sus corazones.